19 junio 1649.
Dios sabe el consuelo que he recibido con su carta y que supera todo lo que podría decir. No dude usted de que todo lo que me viene de su parte me llega al corazón, pues sabe usted el afecto que Dios me ha dado por su persona y que ahora ha aumentado mucho más, si todavía es posible, al ver por su carta la sinceridad de su corazón y su fidelidad a Dios, por lo que doy gracias a su divina bondad.
Me parece, hermano mío, que preferiría usted morir antes que dejar a Dios por los hombres, ya que los hombres pasan mientras que Dios permanece. Se trata de una prueba que Nuestro Señor quiere hacer de su firmeza, para darle una mayor participación en su amor. La seguridad que tengo de que es usted necesario en La Rose me obliga a pedirle que vuelva usted allá, una vez recibida la presente, y que me lo comunique apenas llegue.
Me imagino que ya sabe usted el viaje que hice a Bretaña y a Poitou. Esperaba que podría ir a verle, pero la Providencia lo ha dispuesto de otro modo y me ha traído de nuevo a París, adonde llegué hace unos días con buena salud, gracias a Dios. Las casas por donde he pasado me han dado motivos de alabar a Dios por la fidelidad al reglamento que allí se observa y la unión que todos tienen.
Los de París siguen bien, gracias a Dios, y en general toda la Compañía, según me indican. No es que haya por aquí y por algunos que den algo que hablar, pero no hay que extrañarse de ello, ya que entre los discípulos de Nuestro Señor también había defectos.
El cariño de mi corazón me hace hablar de esta manera, a pesar de que no tenía pensado decirle tantas cosas.
Siempre he confiado en sus oraciones. Adiós, mi querido hermano, unámonos mucho a él.







