Richelieu, 29 mayo 1649.
Señorita:
He recibido la suya, que me ha llenado de aflicción y de consuelo al mismo tiempo, al conocer su indisposición y curación a la vez; doy por todo ello gracias a Dios y le ruego que le dé cada vez más fuerzas.
Ha desaparecido, gracias a Dios, mi pequeña fiebrecilla. Estoy terminando la visita y espero salir dentro de tres o cuatro días, con la ayuda de Dios. Todavía no he salido de casa para hacer otras visitas y no he podido ver a nuestra hermana; lo haré mañana o pasado, si Dios quiere.
Alabo a Dios por el favor que le ha hecho la señora canciller.
Siento mucho la pérdida de nuestra buena hermana que marchó enferma de Saint-Denis y bendigo a Dios por la partida de las otras a las que él no ha llamado.
Si no se ha llevado a cabo el asunto de Saint-Germain, ya hablaremos de él a mi vuelta, si Dios quiere.
Me parece sobre todo que lo mejor será que el señor magistrado vaya despacio, sin emplear todavía todas las fuerzas en ese cargo; quizás le venga demasiado ancho.
Examinaré detenidamente a las muchachas de aquí que se presenten. Entretanto, me encomiendo a sus oraciones y quedo de usted en el amor de Nuestro Señor…







