Vicente de Paúl, Carta 1153: A Luisa De Marillac

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Vicente de Paúl .
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Nantes, 28 abril 1649.

Señorita:

La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros.

Hace diez días que llegué a esta ciudad, de donde espero marchar mañana, con la ayuda de Dios, para Luçon. He encontrado a las pobres Hijas de la Caridad recién salidas de una gran persecución que han padecido. Se les acusa de un montón de cosas: la principal es de apropiarse los bienes de los pobres. Los tres sacerdotes que están en la casa y el señor Valton de Lafosse (marido de aquella mujer a la que sor Juana Saint-Albin le dijo aquella cosa ofensiva), que era padre de los pobres el año pasado, son los causantes de esta persecución; éste, al dejar el cargo e ir a dar las gracias a las autoridades, les dijo que todo iría bien en el hospital sin las Hijas de la Caridad, que cumplían muy mal con su obligación y, lo que es peor, arruinaban el hospital y metían la mano. Y se ofreció a dar dinero para que las echaran. El ayuntamiento delegó a los señores del cabildo y nombró al presidente para que tuviera una asamblea, a fin de que los tres cuerpos estudiasen esta acusación y decidiesen el despido o la continuación de las hermanas. Pero, gracias a Dios, los actuales administradores demostraron que la acusación era falsa y delegaron en el señor deán para decírselo a las hermanas y darles ánimos.

Pero todo esto no restó ánimos a los acusadores, que fueron a ver al señor obispo de Nantes dos días después de su regreso y le dijeron cosas terribles contra estas pobres hermanas. Pues bien, hoy me han dicho que el señor obispo, que nunca vio bien esta fundación, quiere conocer personalmente las quejas que se tienen contra ellas. Me tomé el honor de ir a visitarle antes de estas últimas quejas y le dije que había visitado a estas buenas hermanas del hospital, que había encontrado en ellas mucho que desear, pero que gracias a Dios eran inocentes de lo que les acusaban. El me respondió que efectivamente eran buenas, y esto me lo dijo de corazón. No sé ahora si he de ir a verle de nuevo para hablarle más largamente de este asunto; pero, como por una parte veo que todo cuanto le diga no le apartará de estudiar personalmente este asunto, y por otra sé que no podré quitarle la antipatía que siente por esta obra, aparte de otros motivos que tengo y que luego le explicaré, me parece que no es conveniente que le visite de nuevo; no obstante, lo haré si les parece necesario a los señores des Jonchères. Esto por lo que se refiere a la persecución contra sus hijas.

Ya he hecho la visita y las he visto todos los días, excepto a una o dos. He de confesar que no se portan como sería de desear: 1.° se olvidan de la observancia del reglamento; 2.° no son fieles a la oración, la lectura, los exámenes y el silencio; no hay mucha caridad entre ellas, ni obediencia, ni paciencia, ni tampoco la debida dedicación a la asistencia de los enfermos.

Juana, la sirviente, es una hermana muy buena, juiciosa y paciente; algunas de ellas opinan que no ha sido muy previsora.

Enriqueta es una hermana llena de ardor y de caridad, pero poco respetuosa, poco sumisa a la sirviente, o mejor dicho no se le somete en nada; no le agrada mucho al médico y a otras varias personas, y es poco observante; me parece que es ella la causa de casi todos los desórdenes de las hermanas.

No puedo seguir diciéndole la situación de todas las demás; lo haré de viva voz, con la gracia de Dios. Estoy con prisas. Ahora se encuentran en mejor estado, gracias a Dios, y dispuestas a obrar bien.

Es absolutamente necesario retirar a Enriqueta y poner a otra en su lugar, que sepa llevar la farmacia. Es necesario enviar a María a Richelieu; una vez allí, ya pensaremos en la forma de enviarla a su casa; las cosas de por aquí no permiten que la despidamos directamente, ni tampoco que se vaya hasta que llegue la que usted ha destinado a su sitio. Se necesita además una octava. Si es posible, le ruego que envíe dos como es debido; cuando llegue a París, la pondré al corriente de lo demás.

Me han hablado de una fundación nueva en la diócesis de Vannes; le he dicho al señor de Jonchères que no es posible pensar en ella, al menos por ahora.

Espero salir mañana para Luçon para ir luego a Richelieu, con la ayuda de Dios, y de allí a París, a no ser que alguna cosa más urgente exija mi presencia en otra parte; en ese caso, creo que bastará con un mes para ir y marchar a Richelieu. Cuando llegue a París, hablaremos de todo lo que se necesita por aquí.

Entretanto, señorita, le ruego que cuide de su salud, por amor de Nuestro Señor, en cuyo amor soy de usted el más humilde servidor

VICENTE DEPAUL,

Indigno sacerdote de la Misión.

Dirección: A la señorita Le Gras, París.

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