Señor:
La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros.
¡Dios mío! ¡Cuánto he sentido y siento en estos momentos el dolor y la pérdida que usted ha sufrido en el saqueo a su casa de Orsigny! Le confieso, señor, que los daños que hemos recibido nosotros y los que podamos seguir recibiendo no son nada en comparación con lo suyo. Nuestros pecados nos han hecho culpables de estas pérdidas. Pero ¿qué ha hecho usted y su buena esposa para que Nuestro Señor los haya cargado con una cruz tan pesada como la de su larga y dolorosa enfermedad? Les ha visitado a ustedes dos en sus propias personas, por esa larga y molesta enfermedad, y en sus bienes; ¿qué nombre daremos a ese trato de Dios con ustedes? La verdad, señor, es que yo no veo nada parecido a ese trato como el que le dio a Job, al que afligió de esas tres maneras. ¡Qué dicha ser tratado en este mundo como aquel gran santo, al que Dios ponía como modelo de justos, que jamás dijo ni hizo nada que disgustase a su divina Majestad! Añada a ello que es Dios el que lo ha hecho, sin cuyas órdenes no ocurre nada, y que su divina bondad, que le ama tan cariñosamente como puede hacerlo el mejor padre con sus hijos, lo ha hecho para glorificarse en ustedes, para santificar sus almas cada vez más y para hacer ver en el cielo y en la tierra el amor que les tiene y el aprecio que siente por su virtud, ya que la somete a semejante prueba. Un pagano nos enseña que en esas ocasiones hay que someterse a la Providencia; y el Hijo de Dios, que comprendía estas cosas mejor que él, nos dice que es una dicha sufrir en semejantes ocasiones, y que su gloria es la recompensa de aquellos que sufren con paciencia por amor a él. Hay que reconocerlo: [lo aceptaría] cualquier espíritu menos formado en la escuela de Jesucristo que el señor y la señora Norais, ya que se trata de una necesidad que no tiene remedio; pero yo estoy seguro de que su piedad, que sabe muy bien que la caridad convierte la necesidad en virtud, mediante la aceptación de la voluntad de Dios en todas las aflicciones que necesariamente sufrimos, sabrá comprender esta dicha y sacar de ella el mérito de la gloria. Así pues, habrá que reconocer que lo que parecía una pérdida para usted, según la carne, es una gran ventaja según el espíritu y un motivo poderoso para dar gracias a Dios.







