Vicente de Paúl, Carta 1133: Tomas Turchi A San Vicente

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Vicente de Paúl .
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Roma, 21 diciembre 1648.

Reverendísimo padre Vicente:

Me siento muy agradecido a su celo por el bien de los asuntos de mi Orden y por el cuidado que ha puesto en situar a los padres mayores de la provincia de Toulouse en el camino de su deber, del que les había desviado su vanidad y su libertinaje, haciéndoles inventar pretextos en los que ellos mismos habrían perdido su felicidad y su reposo. Yo no he decidido la unión de que ahora se quejan más que a instancias suyas y con el consentimiento de todos ellos, para aplacar sus disensiones y sus diferencias, en las que estaban desde hace dos años, sin provincial, en medio de facciones y partidismos y pretensiones de algunos, como los padres Biarrotte y Marrin. La situación lamentable en que encontré los conventos de aquella provincia, cuando hice mi visita, tanto en lo temporal como en lo espiritual, los restos de casas que caían en ruinas en Marciac, La Réole, Port Saint-Marie, etcétera, por la mala economía y el poco celo del bien común y de la observancia de sus superiores, los escándalos que surgían por todas partes, como en Bergerac, Agen, Marciac, La Réole, Port Saint-Marie, etcétera, las quejas generales de los seglares, que ni eran atendidos ni recibían edificación, y finalmente las súplicas de todos y de ellos mismos, al verse sin novicios, me obligaron a aplicar este remedio eficaz y único a tantos males presentes y venideros por medio de la unión de esa provincia tan miserable y la segunda de la Orden a la congregación de San Luis de esta parte del Loira, cuyos conventos gozan de buena fama en lo espiritual y en lo temporal y tienen medios para educar en la observancia y en la ciencia a muchos novicios y alumnos, para reparar las brechas de esa provincia, irremediables sin su ayuda, y para ir introduciendo poco a poco y por las buenas los principios y las prácticas de la vida regular, que es el fundamento y la única piedra básica de las casas religiosas. Estas consideraciones, padre, que habían sido el cimiento de la unión, les deberían haber llevado a su mantenimiento si la ambición y la vanidad de algunos padres y doctores no los hubieran cambiado, al verse privados del cargo de provincial, prescindiendo de todo lo que tiende a la observancia de las reglas, que era el único camino para el bien y la conservación del espíritu en los conventos donde ya se practicaban, y de todo interés por obligar a los demás a recibirlas y abrazarlas, según la órdenes y los deseos de los reyes cristianísimos de feliz memoria Enrique IV y Luis XIII, que siempre insistieron ante los capítulos generales y ante los superiores de la Orden para que los provinciales de Francia fuesen de la observancia y los novicios se educasen en las casas de la estrecha observancia, que es uno de sus fallos, por lo que se han atrevido, por medio de las malas mañas del padre Labat, procurador por entonces en esa corte, a lograr subrepticiamente y con falsas alegaciones las bulas del Committimus in partibus contra el breve del papa Urbano VIII de feliz memoria y contra las disposiciones de los capítulos generales y el decreto de la Congregación de regulares que con toda claridad les manda obedecerme, después de haber considerado todas sus quejas. Por eso, padre, ante un asunto como éste, al que se ha llevado con tanta violencia y osadía contra el honor de esa corte, tan indignada por la forma con que la han sorprendido, contra la autoridad de la Congregación de cardenales, contra las órdenes del rey que se dignó confirmar con su aprobación el decreto de unión, y contra la disposición de los parlamentos de Toulouse y de Burdeos que lo aceptaron, y finalmente contra las intenciones del buen señor cardenal que me aconsejó llevar a cabo todo este asunto, no puedo cruzarme de brazos ni descansar hasta que hayan obedecido y hayan reparado, con su obediencia y sumisión, las malas semillas de rebeldía y de irreverencia que sus violencias y atrevimientos han echado en los espíritus de los religiosos, pues sería de muy mal ejemplo y de tristes consecuencias si yo condescendiese en alguna cosa, en contra de lo que me permiten mi deber y mi conciencia. Por tanto, padre, le ruego que haga lo posible para que me obedezcan, y luego yo les demostraré que soy su padre, dispuesto siempre a favorecerles, siempre que se encuentren en situación de recibir mi benevolencia, esto es, cumpliendo con su obligación.

No puedo hacer otra cosa, obligado como estoy a los intereses de esa corte y de mi Orden, y muy agradecido a usted por haberles hecho cumplir con su deber. ¡Ojalá le crean a usted! Por estas dificultades puede ver cuánto cuesta contentar a todo el mundo y a cuántas afrentas y peligros hay que enfrentarse cuando los obispos insisten en la reforma de los conventos, y cómo resulta mucho más fácil desear ese bien que llevarlo a cabo, y que si yo no respondo… de sus buenos deseos tan pronto como ellos quisieran, es más por falta de medios que de buena voluntad, ya que sería uno de mis mayores consuelos ver a mi Orden en la observancia y en la situación que requiere su vocación.

Ruego a Dios le siga concediendo sus gracias y que bendiga sus buenas intenciones, por las que si yo puedo alguna cosa desde aquí, le ruego me lo diga con tanta libertad como confianza tengo yo en su piedad. Ya me he ofrecido para ello a esos buenos padres e hijos que usted tiene aquí.

Le ruego me crea…

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