15 agosto 1648.
Alabo a Dios por su diligencia y su acierto en procurar que esos señores eclesiásticos de Génova, que se llaman misioneros, no sean llamados de ese modo y se impida la confusión de nombre, evitando los inconvenientes que pueden surgir de la multiplicidad de quienes lo llevan. Hace usted bien en insistir para que el señor cardenal cambie el nombre de los ejercicios que hacen, no sea que, al llamarlos misiones, lleguen con el tiempo a llamar misioneros a quienes los llevan a cabo, ya que con frecuencia los obreros sacan su nombre del de sus obras y fácilmente se pasa del uno al otro; además, que es costumbre de la Iglesia asignar a todas las congregaciones y a sus funciones nombres diferentes, para distinguir las unas de las otras.







