París, 31 agosto 1646.
Padre:
La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros.
No he recibido su paquete esta semana. Pero le pongo estas líneas para mantener la correspondencia en todos los correos ordinarios, así como también para decirle que he visto al reverendo padre Charlet, que me ha dicho, sobre nuestros votos, que hay que mantener por ahora los que ya tenemos.
Me gustaría mucho conocer la opinión de los de allí sobre si es necesario que el papa autorice la perpetuidad del general, o si es suficiente con que lo haga el señor arzobispo de París.
Me extraña que les hayan negado las facultades a los misioneros de Argel, que me han escrito diciéndome que han sido bien recibidos y que ya han comenzado a hacer el bien que pueden.
El padre Le Soudier ha salido para Salé, que es una ciudad en la costa de Africa, en el Océano, más allá del estrecho.
¿Qué podemos hacer? ¿Seguirán las cosas como están, a propósito del señor Ingoli?
Los capuchinos andan pidiendo por aquí que ninguna otra comunidad pueda establecerse en las ciudades de Grecia, de Africa y de Asia, donde hay cónsules del rey y ellos tienen fundaciones, sin llevar carta del rey para el cónsul. Yo he intervenido ya en esto, pero las cosas no están aún preparadas; ya pensaré.
Le confieso que siento un gran afecto y devoción, según creo. a la propagación de la iglesia en los países infieles, por temor a que Dios la vaya destruyendo poco a poco por aquí y no quede nada dentro de cien años, por culpa de nuestras depravadas costumbres, de estas nuevas opiniones que van creciendo cada día más, y por la situación de las cosas. Desde hace cien años, por las dos nuevas herejías, ha perdido la mayor parte del Imperio y los reinos de Suecia, Dinamarca y Noruega, Escocia, Inglaterra, Irlanda, Bohemia y Hungría, de forma que sólo quedan Italia, Francia, España y Polonia, y con muchas herejías en Francia y Polonia.
Pues bien, estas pérdidas de la Iglesia desde hace cien años nos dan pie para temer, en las presentes miserias, que dentro de otros cien años perderemos la iglesia en Europa; ante este miedo, son bienaventurados aquellos que pueden cooperar en la extensión de la iglesia por otros lugares.
El padre Martin me indica que usted le ha dicho al padre Blatiron que le envía usted al padre Richard, con quien están muy contentos. Le ruego que lo haga lo antes posible y que pida a Dios por mí, que soy en el amor de Nuestro Señor su muy humilde y obediente servidor,
VICENTE DEPAUL,
Indigno sacerdote de la Misión.
Al pie de la primera página: Padre Dehorgny.







