París, 9 de octubre de 1643.
Padre:
¡La gracia de nuestro Señor sea siempre con nosotros!
Quiere Dios que yo haya caído en la cuenta de que tenía que pedirle muy humildemente perdón por no haberle escrito en los dos correos últimos, por puro olvido. Espero que su caridad me lo perdone.
Sus últimas cartas me hablan de la necesidad de alquilar ese palacio de seiscientos escudos. Pues bien, una vez pensado todo lo que usted me dice, no tenga ninguna dificultad en tomarlo, si no lo ha hecho todavía; y esto con mayor motivo por habernos dado esperanzas su digna fundadora de que nos daría nuevos fondos para ello. Todavía no lo ha hecho. Espero que lo haga, pero será por el estilo de los fondos que le ha dado hasta ahora, sobre los que el rey ha dado ya un edicto por el que se queda con un cuarto y medio del precio del arrendamiento de este año, y con otro tanto para el siguiente. Como en estos tiempos hace lo mismo con todas las cosas, no hay ni un solo oficial de esta corte soberana que no tenga que sufrir lo mismo. Hago todo lo que puedo para que nos deje exentos a nosotros. No sé si Dios nos concederá esta gracia.
La persona que nos ha hablado diversas veces del asunto de Babilonia volvió a hablarnos ayer. Le pregunté si monseñor no lo había tratado con la persona que le indiqué a usted, que insistía tanto en lograrlo, o sea, con el señor A[uthier], y me aseguró que no, y que, si podíamos hacer que le dieran el priorato de 2.500 libras del señor de Saint-Aignan, que trataría de ello; me dijo además que ese buen señor no pedía el obispado, sino que quiso recibirlos en su asociación para servirle en todas las funciones y proyectos que tiene para aquellos lejanos países. Esto me da motivos para pensar que quizás esto podría facilitar la unión, haciendo que le dieran el obispado, me refiero al señor Aut[hier], ya que la mayor dificultad con que se tropieza en este asunto es su persona. Los suyos lo desean mucho y se lo han dicho al señor du Coudray. He sabido que la unión que se ha llevado a cabo de la Doctrina Cristiana de Provenza con el Oratorio siempre se vio combatida por el R. P. Romillion, su fundador, y que fue su compañía la que le urgió hasta verse obligado a ello. Una de las dificultades que nos ha presentado en este caso uno de los principales de los suyos, es la del cargo que se le daría después de la unión: pedía que fuera nombrado coadjutor mío cum futura sucessione, pero le he dicho claramente que no podía hacerlo. Pues bien, me parece que sería ésta una ocasión importante que nos ofrece la Providencia. Entonces son dos las cosas que hay que hacer, una desde aquí y otra desde ahí: desde aquí, ver si podemos asegurar la cosa para la compañía, por medio del priorato del señor de Saint-Aignan; y desde ahí, que vea usted al señor Ingoli y trate con él, según su habitual prudencia, sobre]a unión de la compañía y sobre este cargo para dicho señor A[uthier].
El padre du Coudray ha recobrado su salud al volver y está dispuesto a irse de nuevo a Provenza, ya que lo han pedido desde Marsella. En aquel sitio se encontrará con dicho señor. Ya le he indicado que hemos dejado la decisión para el año que viene. Esta ocasión quizás pueda acelerar y facilitar las cosas, que requieren mucha discreción y precaución. Nosotros no tenemos ninguna dificultad, por la gracia de Dios, en la uniformidad de funciones; por el contrario. Utinam omnes prophetent! Pero todos nuestros amigos nos dicen que ese nombre nos resulta injurioso y que con el tiempo daría lugar a cuestiones enojosas, y todos creen que es necesario que cambien ellos o nosotros. No hay ningún inconveniente en que tomen el nombre de Sacerdotes del Clero. Ellos van más allá y creen que es necesario que nos opongamos a sus bulas en Roma, y aquí a la comprobación de las cartas patentes que pudieran obtener; pero eso en último extremo. Dicen que el papa les niega la aprobación y les manda que hagan la unión. Si alguna vez ha llevado usted entre manos algún asunto delicado, ha sido éste. Es muy importante que lo mantenga todo muy en secreto y que me avise oportunamente de todo. El alma de esta cuestión, se lo digo expresamente, es el secreto con todo el mundo.
Le he comunicado su memorial sobre San Ivo al señor de Brienne; él me ha enviado al señor de Sanit-Chamont, que se va de embajador ahí, para que lo negocie cuando llegue. Este asunto nos causará alguna tempestad molesta con los padres del O[ratorio]. Creo que convendría suspenderlo.
Hemos recibido la provisión de Champvant y la hemos enviado para que tomen posesión, aguardando la unión.
Le he escrito al señor Le Bret la dificultad que hay en el asunto de que me habla. Dele mis saludos.
Nuestro asunto de La Rose va mal; habrá que tener paciencia. El padre Lamberto está en camino para ir a hacerles la visita. Soy en el amor de nuestro Señor su muy humilde y obediente servidor.
VICENTE DEPAUL
Indigno sacerdote de la Misión
Haga el favor de presentar mis excusas a los padres Brunet,
Blatiron, ya que el ajetreo en que estoy me impide responderles. Les abrazo a los dos, postrado en espíritu a los pies de todos ustedes junto con el resto de la compañía, y me encomiendo a sus oraciones.
Dirección: Al padre Codoing, superior de los sacerdotes de la Misión de Roma, en Roma.







