París, 15 de mayo de 1643.
Padre:
¡La gracia de nuestro Señor sea siempre con nosotros!
Recibí a la vez dos cartas suyas, una del 5 y otra del 15 de abril. La del 5 me incita a realizar todos los esfuerzos posibles para la fundación de Roma; le aseguro que no he perdido el tiempo. Ya le envié unos poderes para la compra de la casa y le dije lo que opinaba sobre la última que usted me proponía y sobre la nueva fundación de cinco mil libras de renta sobre los coches de Rouen, que ha hecho la señora duquesa. He mandado a preguntar al notario si ya ha firmado ella el contrato que nos envió para que lo firmáramos nosotros primero; si lo averiguo antes de entregar la presente al correo, se lo indicaré en una nota.
En segundo lugar me habla usted de algunos de la compañía. distintos de los primeros que ya me había usted pedido. Le diré que me gustaría que pensase usted las cosas antes de decirlas, ya que, al cambiar tan fácilmente de opinión, resulta que las cosas no se pueden realizar como usted pensaba últimamente.
Los padres Blatiron y Brunet. que aquí nos eran más útiles que esos que usted nos pide, ya están en camino para Roma, después de haber hecho muchos y diversos viajes. En adelante bastará con que usted me indique la cualidad de las personas y que me deje a mí su elección. El superior de una congregación conoce mejor a todas las personas que la componen que cualquier otro. Me dice usted que escogí mal al principio; no lo creo.
Fíjese, padre; yo tengo mucha confianza en las personas de espíritu. La experiencia de cada día me hace ver qué poco se puede esperar de los talentos y de los medios humanos, de cualquier nación que se trate. Estos últimos días le decía a una persona distinguida lo que siento en el fondo de mi corazón, que para las cosas de Dios confío en los medios humanos tanto como en el diablo. Aun cuando las cosas no hubiesen llegado a la situación en que están, estoy seguro de que nuestro Señor las hubiera hecho a su modo, que consiste en hacer más por medio de los instrumentos débiles que por los excelentes, según su regla: Infirma elegit Deus ut fortia quaeque confundat. En este sentido le digo que no hemos escogido mal, por la misericordia de Dios, y que espero que nuestro Señor querrá servirse de los que él mismo nos ha traído, sin pedirnos otros por ahora. Espero que en adelante le conceda a la compañía la gracia de encontrar mejores sujetos o de formarlos mejor que hasta ahora lo ha hecho, o de contentarse con la pobreza.
Tenemos aquí diecisiete o dieciocho alumnos en teología y filosofía, que se portan muy bien, según dicen los que entienden más que yo. El señor Messier, doctor de la Sorbona, que asistió hace tres días a sus disputas, se extrañaba de cómo habían podido progresar tanto en tan poco tiempo; y lo mismo decía nuestro padre Gilles.
Del asunto de San Ivo nada podemos hacer por ahora desde aquí El señor de Chavigny me indicó la razón que le expuse anteriormente. Si puede hacer usted algo desde ahí, por medio del señor Marchand, interesando a las personas que puedan influir, lo que no es verosímil, lo dejo en sus manos. Las cosas han cambiado desde entonces.
Dejaremos también el seminario de Vannes. Nos han hablado de uno en Treguier para la Baja Bretaña; pero hasta ahora hay solamente unas 500 libras de renta.
Mucho me agrada lo que usted me dice de la facilidad que habrá para la unión de las parroquias. Pero como lo que usted me indica sobre la cuestión de dejar al superior general la facultad de tomar de una casa para dárselo a otra encierra muchas dificultades y es algo inaudito en todas las compañías, es conveniente que yo piense en ello durante algún tiempo delante de Dios.
Ya le escribí también sobre el lugar de residencia del superior general, que hace más de un año que lo estoy pensando, lo mismo que la mayor parte de las cosas que usted me dice, especialmente lo que me indica de los que se salen.
Alabo a Dios por lo que me dice de los ordenandos, de lo del señor cardenal Barberini y de la decisión que usted ha tomado a propósito de la parroquia de la diócesis del señor cardenal Lante. Dios mío! Me da vergüenza no haberle escrito todavía, ni haber contestado a su señor vicario general. El quehacer que he tenido desde hace algún tiempo y mi miseria inexcusable me lo han impedido.
Ayer quiso Dios disponer de nuestro buen rey en el mismo día en que había nacido hacía treinta y tres años. Su Majestad quiso que yo asistiese a su muerte, junto con los señores obispos de Lisieux y de Meaux, su primer capellán y el reverendo padre Dinet, su confesor. Desde que estoy en la tierra, no he visto morir a nadie tan cristianamente. Hace unos quince días que pidió que fuera a verlo. Y como al día siguiente se puso mejor, tuve que volverme. Hace tres días volvió a llamarme, y durante ellos nuestro Señor me ha concedido la gracia de estar a su lado. Nunca he visto tanta elevación a Dios, tanta tranquilidad, tanto horror a las más pequeñas partículas que pudieran ser pecado, tanta bondad y tanta sensatez en una persona de esa condición. Como anteayer los médicos lo vieron amodorrado y con los ojos vueltos, temieron que no saldría y avisaron al padre confesor, que lo despertó enseguida y le dijo que los médicos creían que había llegado la hora de hacer la recomendación de su alma a Dios. Entonces aquel espíritu. lleno del de Dios, abrazó cariñosamente y por largo tiempo a aquel buen padre y le dio las gracias por la buena noticia que le daba; inmediatamente después, levantando los ojos y los brazos al cielo, dijo el Te Deum laudamus y lo acabó con tanto fervor que solamente el recordarlo me conmueve mientras le escribo.
Como me llama la campana, impidiéndome decirle más cosas, acabo encomendándolo a sus oraciones y a las de la compañía. Puede usted decirle al reverendo padre asistente de los jesuitas que e] reverendo padre Dinet ha hecho al lado de este príncipe tanto bien que Su Majestad y toda su corte se han quedado muy edificados. ;Qué gran siervo de Dios es ese buen padre!
Su Majestad ha concedido su corazón a esta santa compañía para que sea enterrado en San Luis con el de la reina madre. Yo le entrego a usted el mío, y soy, en el amor de nuestro Señor y de su santa Madre, su muy humilde y obediente servidor.
VICENTE DEPAUL
Indigno sacerdote de la Misión
Me acaban de decir que la señora duquesa no ha firmado aún el contrato y que no está en disposición de poder hacerlo hasta dentro de algunos días.
Dirección: Al padre Codoing, superior de los sacerdotes de la Misión de Roma, en Roma.







