París, 17 de abril de 1643
¡La gracia de nuestro Señor sea siempre con nosotros!
Recibí la suya del 10 del mes pasado junto con las del señor vicario general de Ostia, del señor Marchand y del señor de Luzarches, en respuesta a la cual le diré que le he enviado poderes para comprar una casa y obligarnos al pago de la renta de seis mil escudos. Eso de pensar en comprar una de sesenta mil libras, como le aconsejan, ¡ay, Jesús!, no estamos en condiciones para ello. Las sesenta mil libras de que usted me habla fueron destinadas por el difunto señor cardenal a Richelieu, y ni los ejecutores testamentarios ni los herederos consentirán jamás que esa suma sea para otro lugar o para otro fin.
Aunque estaba en Richelieu el padre Blatiron, no he dejado de decirle que salga para dirigirse a Lión, el 3 de mayo, donde lo recogerá el padre Dehorgny, que va a verlos a ustedes, y al padre Brunet en Marsella, y se los llevará a los dos para volver luego con el padre Germán.
Le he entregado la carta que usted escribió a la señora duquesa de Aiguillon, como lo hago con todas las que usted escribe. La vi ayer y no… sobre eso. Tengo miedo de que la situación de los asuntos haga que el rey se quede con esa suma. ¡Que quede esto entre nos otros! Cuando hablo de esa suma, me refiero al dinero que ha dejado Su Eminencia. Dominus providebit.
El extraordinario quehacer que tengo encima me impide contestar a todos esos señores. Espero hacerlo al señor vicario general del cardenal Lenti y a los otros señores.
Ya le he indicado muchas veces que el asunto de Berbería no se realiza por cuenta nuestra, ni tampoco el de Cahors.
Me gustaría que su casa no fuera lujosa ni vistosa. Las obras de Dios se realizan de una forma muy distinta que las del mundo.
Si usted pudiera insensiblemente deshacerse de esa propuesta de recibir a ese buen señor en su casa, haría usted bien. Me parece que ya le he dicho que hay que tener como norma no mezclarse con los extraños, con cualquier pretexto que sea, ya que resulta difícil conservar entonces la caridad, no tanto a causa de los amos como de los servidores.
Si saliera bien ese plan de los Vescovandi, sería un asunto importante. Los que han sido educados aquí se distinguen entre los demás prelados, de forma que todos, incluso el rey, advierten que están hechos de otra manera. Esto es lo que le ha inducido a Su Majestad a pedirme por medio de su confesor que le enviase una lista de los que me parecen capaces de esta dignidad.
Esto es, padre, lo que he de decirle de momento, al mismo tiempo que soy, en el amor de nuestro Señor, su muy humilde y obediente servidor.
VICENTE DEPAUL
Indigno sacerdote de la Misión
Dirección: Al padre Codoing, superior de los sacerdotes de la Misión de Roma, en Roma.







