París 30 de enero de 1643.
Padre:
¡La gracia de nuestro Señor sea siempre con nosotros!
Recibí al mismo tiempo dos cartas suyas, una del 8 y otra del 14 del mes pasado. No le responderé a la primera más que diciéndole en breves palabras que respeto el primer artículo, referente al medio de asegurar a la compañía por medio de esa promesa de pagar los gastos que se hicieren, si uno se sale, estando obligado a ello… pero que la experiencia nos ha hecho ver en el seminario fundado en Rouen por el difunto señor cardenal de Joyeuse, en donde hay obligación de entregar una fianza para pagar la pensión en el caso de que uno deje su vocación, que este medio es inútil y que no ha sido suficiente para remediar todos los desórdenes anteriores.
Sobre el segundo, que es el de las parroquias, le rezamos a Dios continuamente por ello, después de cuatro o cinco conferencias que se han tenido sobre ese tema, sin poder decidirnos ni por la afirmativa ni por la negativa. No le proporcionaremos a la Iglesia con nuestros seminarios menos buenos párrocos que con la misma compañía, según espero, en el caso de que la compañía se decida por la exclusión, después de muchas oraciones y conferencias. Esté usted seguro, padre, de que no podrá presentarnos ninguna razón ni en pro ni en contra que no haya sido examinada y considerada por la compañía desde el mucho tiempo que lleva pensando en ello, y en las otras cosas que dijo usted en su primera carta. Por eso le suplico que se quede tranquilo, así como también en lo referente al asunto de Berbería, del que no le diré sino que nuestra idea no excluye ni va para nada en contra de las órdenes de la Redención y de los Maturinos, y que sólo se pretende hacer de vez en cuando una especie de misión entre esos pobres esclavos; quizás, para hacer un primer ensayo, se tome como pretexto el rescate que se procurará hacer de un pequeño número de esclavos. A esto es lo que nos parece que [nos] llama la Providencia, y que vamos retrasados por esos 18 que han perdido su fe. Ante ese número he prometido que haría salir al padre [du Coudray] dentro de cinco o seis días, para Marsella, en donde irá detallando el proyecto mientras trabaja con los presos.
Adoro a la Providencia por lo que me dice usted, padre, en su segunda carta, y alabo a Dios de que el señor cardenal de Lenti piense en un seminario. ¡Ay, padre! ¡Cuánto bien por hacer, si Dios quiere bendecir esa obra buena! Acabamos de enviar esta mañana a dos seminaristas a misionar en Champagne, y mañana o pasado enviaremos siete u ocho en dos grupos. Los que han vuelto hace poco han hecho mucho bien, y los que cedimos a los señores obispos de Reims y de Chalons para que fueran sus capellanes hacen mucho bien. ¡Dios mío, padre! ¡Cómo me consuela que esté usted trabajando por allí con los pastores y con los incurables! Creo que hace usted bien en asistir a los ordenandos. Aquí todos reconocen que el bien que hoy se nota en París proviene sobre todo de eso.
Estaba ya a punto de enviarle a los padres Blatiron y Brunet; pero lo que usted me dice de que no envíe a nadie, si annona non sit duplicata, me ha hecho destinar al primero a Saintes y al segundo a otro sitio.
Todavía no tenemos el contrato de su fundación. Nos lo han pro metido para dentro de tres días y puedo asegurarle que no pierdo el tiempo para solicitarlo. Cuando lo tengamos, procuraremos retirar lo que se le debe. Entretanto pagaré los 37 pistolas que me ha dicho que han tomado ustedes, aparte de las cien que ya pagamos y las que le dije que podía usted recibir del señor Marchand, que son otras cien.
¡Cuánto me he alegrado al saber que nuestro Señor le ha dado a esos dos buenos eclesiásticos italianos! Le ruego que les diga al padre Boulier y a ellos dos que los abrazo, postrado en espíritu a sus pies, y que voy a celebrar dentro de poco la santa misa para que Dios quiera modelarlos según su corazón. Será conveniente, como usted dice, formarlos interiormente; sin eso cualquier persona vería pronto el fondo y el final de su fervor. Saludo también a los demás de la compañía, postrado igualmente en espíritu a sus pies, y les suplico muy humildemente que me perdonen por no haberles podido escribir a todos. ¡Cuánta necesidad tengo de la paciencia de todos ustedes! Se la pido, padre, con toda la humildad y el afecto que me es posible, y encomiendo a sus oraciones el retiro que espero comenzar la semana que viene, al final de la misma, y revisar nuestras reglas comunes y enviárselas a continuación.
No puedo agradecerle con toda la humildad y el afecto que me gustaría lo que me dice usted de estar dispuesto a prescindir de su modo de pensar en las cosas que me señala. Esté seguro, padre, de que nada se resuelve ni ejecuta más que después de varias consultas y conferencias con personas de insigne piedad y que, con la ayuda de Dios, siempre seguiremos estando en el clero y en la disposición de fieles servidores de nuestros señores prelados.
Lo que en otra ocasión le dije de los..
Soy en su amor, padre, su muy humilde y muy obediente servidor.
VICENTE DEPAUL
Dirección: Al padre Codoing, superior de los sacerdotes de la Misión de Roma. en Roma







