19 de noviembre de 1641.
Le voy a dar unas noticias que le llenarán de tristeza. Nuestro Señor ha dispuesto de su siervo, el padre Lebreton, al volver de la misión de Ostia, adonde había ido en el mes de octubre, que resulta contagioso para los que, saliendo de Roma, van a Ostia y vuelven luego a Roma. Muchos me han dicho maravillas de los grandes trabajos que ha realizado en aquel país, y las bendiciones que nuestro Señor le ha dado. El padre Le Bret me ha escrito que los señores cardenales Barberini y Lenti han llorado su muerte, lo mismo que el señor obispo vicegerente de Roma.
Había obtenido permiso para establecerse en aquella ciudad, con la esperanza de atender allí a los ordenandos. Se cree que debemos enviar allá a algunos para lograr la fundación, y parece que la Providencia le quiere a usted para ello; le digo esto al oído de su corazón, para que no se lo diga a nadie. Ya le enviaré las instrucciones convenientes. ¡Ay, padre! ¡Cuántos motivos hay para esperar que Dios nos conceda las tareas que se le han prometido al padre Lebreton, con el que, según dice la gente, hemos perdido mucho! A mí me parece que ese santo varón hará todavía más en el cielo que lo que podría haber hecho en la tierra, y que será como una hostia ofrecida a Dios y consumada por su Iglesia, que intercederá por nosotros en el cielo y obtendrá las bendiciones que esta empresa necesita. Si puedo, meteré también en el paquete una copia del permiso para nuestra fundación. Habrá alguna dificultad en la lengua, que él hablaba tan bien como la francesa; pero Dios le dará su gracia para que pueda entenderse con los extranjeros, lo mismo que se la dio a san Vicente Ferrer, si no lo impiden los pecados del más malo de los Vicentes y de todos los hombres.







