París, 9 de junio de 1641.
Mi queridísima y dignísima madre:
¡La gracia de nuestro Señor sea siempre con nosotros!
He recibido hoy la que me ha escrito su bondad por medio de la superiora del arrabal; en respuesta a ella, le diré, mi querida madre, que doy gracias a Dios por todas las que concede a sus pobres misioneros por la comunicación que su caridad soporta tengan con usted, y le ruego que los haga dignos de que siga concediéndoles esas gracias por el buen uso que mucho deseo hagan de ellas. En nombre de nuestro Señor, mi digna madre, siga haciéndoles ese favor.
Procuraré obedecerle en lo de la visita al arrabal, y seguiré el orden que usted me indica, si usted me alcanza de nuestro Señor que me dé parte en la firmeza que a usted le ha dado en medio de su mansedumbre. Su buen ángel de la guarda nos ayudará en ello, si usted, mi querida madre, se lo pide.
Le diré cómo va el asunto del que se ha quejado un prelado a esa persona que usted me dice que le ha escrito. No necesito decirle el trabajo que tienen sus queridas hijas de la MagdaIena. Como algunas de las profesas temían que se retirasen nuestras hermanas y prevaleciesen las díscolas, encontraron la manera de escribir a la señora duquesa de Aiguillon por sí mismas y le pidieron, sin saberlo la superiora, que fuera a verlas. Así lo hizo, atendiendo a su caridad y a que es bienhechora de esa casa. Le expusieron sus quejas de forma que ella se las dijo a ese señor y le pidió que terminase con ese asunto; pero como ella vio que el asunto iba para largo, que la agitación continuaba cada vez peor y que la fomentaba más todavía la audacia con que se atrevían a afirmar que las apoyaba dicho señor, esa buena señora le rogó que acabara con ese asunto o que se quejaría de él, lo cual le molestó muchísimo y le indispuso en contra de sus queridas hijas, diciendo que todo eso venía de ellas: lo cual es falso. Le aseguro a su caridad que no han tenido en todo esto la menor parte… sin que pueda decirle las circunstancias de este asunto, mi digna madre, y vería usted que son inocentes, y él mismo me confesó hace algún tiempo que no lo creía, pero que ellas eran por lo menos el motivo por el que se había visto maltratado. La casa va bien por ahora. Ha sido todo una pequeña tempestad que ya ha pasado y que ha producido una calma mayor que nunca en sus espíritus, por lo que hemos de alabar a Dios; y usted, mi querida madre, puede estar segura de que todo se ha llevado por el consejo del hermano y de la hermana de ese buen señor, y con espíritu de respeto y sumisión, y nada en contra de él.
Hace poco ha habido otro pequeño choque sobre esto mismo, que ha originado nuevas quejas, pero puedo asegurarle, mi querida madre, que no ha habido culpa alguna. Nuestro Señor permite que sus buenas hijas se vean probadas de esta forma. ¡Bendito sea Dios porque es sin motivo! La caridad es paciente, dice san Pablo la gran obra de caridad que están haciendo ¿no merece que sufran por ello, ejercitando su paciencia? Nunca se ha hecho una obra de Dios por Dios, sin que se reciba en pago esa misma moneda.
Nuestra querida madre de la caridad parece tener el espíritu de Dios en su manera de gobernar. La querida sor Angélica soporta sus achaques con tanta humildad y cordialidad para con todas que me edifica mucho. ¡Cuánto deseo esta misma bendición en todas las órdenes, y que esto es una armonía admirable a los ojos de Dios y para edificación de cuantos los ven!
Adiós, mi querida madre.
Soy, en el amor de nuestro Señor, su muy humilde y obediente servidor.
VICENTE DEPAUL
No puedo escribir por ahora al padre Codoing; lo haré en la primera ocasión que se presente. Espero que, al llegar esta carta, estará en Annecy el padre Dehorgny, de nuestra compañía, que ha ido a ver a nuestros misioneros. Haga el favor de decir al padre Codoing que le he enviado al señor de Menthon cuatrocientas libras para el trimestre de julio.
Dirección: A la dignísima madre de Chantal, superiora del primer monasterio de la Visitación de Annecy, en Annecy.







