Vicente de Paúl, Carta 0454: A Luis Lebreton

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Vicente de Paúl · Year of first publication: 1972 · Source: Obras completas de san Vicente de Paúl.
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París, martes después de cuaresma de 1640

Padre:

¡La gracia de nuestro Señor sea siempre con nosotros!

Recibí la suya del 16 de enero. Doy gracias a Dios de que haya usted visto al buen monseñor Ingoli y de que no parezca haberse molestado con las dificultades que pusimos a la propuesta que su bondad nos había hecho. Aguardamos con afecto las gracias que nos hace esperar.

También doy gracias a Dios por la caridad que ha demostrado con usted ese buen gentilhombre, canónigo de Nuestra Señora de la Rotonda, Y creo que habrá que contentarlo de la forma que él desea, tal como usted me indica, si resulta especialmente útil. Al principio hay que establecerse de la manera que se pueda. Pero si las condiciones le parecen a usted perjudiciales, no creo que le cueste mucho decirle con toda sencillez lo que podemos y lo que no podemos.

Sería muy de desear que saliera adelante el asunto de Santa Bibiana; pero la cosa es demasiado difícil. Nuestra Señora de Loreto Marquesana es cara, y más aún el palacio donde vive el cardenal Bichi. No sé qué decirle de la iglesita de San Juan, ya que no menciona usted el precio. El de Nuestra Señora de Loreto, lo mismo que el del palacio Bichi, está por encima de nuestras fuerzas, y no hay que pensar en la ayuda que usted propone para el palacio. Repito lo que ya le dije sobre una casita bien aireada, no demasiado lejos del Vaticano, que se pueda agrandar un poco con el tiempo; y aunque no esté tan cerca de ese sagrado lugar y no tenga iglesia, da lo mismo; porque, como no trabajamos en Roma, podemos prescindir de la iglesia. Nos bastará con una capillita, a no ser que se prevea que con el tiempo podría emplearse para los ordenandos; pero entonces ya se verá. Por ahora estamos ya ocupados con todos los del reino que reciben órdenes en esta ciudad.

Nada le digo de nuestro principal asunto, si no es que me encuentro perplejo ante las dudas que se me ocurren y la resolución que hay que tomar sobre la última forma que le proponía: si bastará con hacer un voto de estabilidad y, para la observancia de la pobreza y de la obediencia, fulminar la excomunión cierto día del año solemnemente en el capítulo (en el que cada uno se verá obligado a poner en manos del superior todo lo que tenga) contra todos los que posean dinero aparte, en algún lugar, tal como hacen los cartujos, y lo mismo podría hacerse contra los desobedientes; o si,. en vez de la excomunión, se podría obligar a hacer solamente juramento solemne todos los años de observar la regla de la pobreza, de la castidad y de la obediencia. Le ruego, padre, que trate sobre esto con el reverendo padre asistente, para saber si solo el voto de estabilidad puede constituir el estado religioso. Aquí es una pena que todo el mundo sienta tanto recelo contra este estado, pero si se cree que es conveniente, habrá que hacerlo. Antes también la religión cristiana levantaba contradicciones por todas partes a pesar de que era el cuerpo místico de Jesucristo; y dichosos aquellos que, confusione contempta, abrazan ese estado.

El estado eclesiástico secular recibe actualmente muchas bendiciones de Dios. Se dice que nuestra pobre compañía ha contribuido no poco a ello con los ordenandos y con las reuniones de eclesiásticos de París. Actualmente hay muchas personas de calidad que abrazar ese estado. El señor de la Marguerie, antiguo primer presidente de provincias, se ha hecho simple sacerdote hace sólo diez días. Entre los ordenandos tenemos ahora a un consejero del Consejo mayor y a un director de Hacienda, que quieren serlo y que se han hecho simples sacerdotes por devoción. El señor de Mesgrigny, abogado general en la Corte, se ha retirado con el padre Brandon a San Mauro con esta intención, ya que nosotros no pudimos recibirlo por seis meses en nuestra casa, como él pedía, debido a la regla que sabe usted que tenemos, de no admitir entre nosotros más que a las personas que desean ser de la Compañía, a no ser a los que hacen ejercicios durante diez días.

¿Qué quiere que le diga de la conversación que ha tenido usted con el señor embajador  sobre ese prelado italiano del que me habla? nosotros tenemos la regla, y la cumplimos con toda exactitud, por la misericordia de Dios, de no mezclarnos nunca en asuntos de Estado, ni siquiera de palabra; y esto: 1.° porque quod supra nos nihil ad nos; 2.° porque no es cuestión de unos pobres sacerdotes como somos mezclarnos en eso, ya que sólo hemos de hablar de las cosas referentes a nuestra vocación; 3.° que los asuntos de los príncipes son misterios que hemos de respetar, sin meternos a escudriñar en ellos; 4.° que la mayor parte de la gente ofende a Dios al juzgar de las cosas que hacen los demás, sobre todo los grandes, por ignorar las razones que les mueven a hacer lo que hacen; el que ignora los principios de una cosa, ¿qué conclusiones puede sacar de allí?; 5.° son problemáticas y discutibles todas las cosas, a no ser las que determina la sagrada Escritura; fuera de eso, nadie es infalible en sus opiniones; si esto es verdad, ¿no será una enorme temeridad juzgar de las opiniones y de los actos de los demás?; 6.° el Hijo de Dios, que es el modelo sobre el que hemos de conformar nuestra vida, siempre se abstuvo de hablar del gobierno de los príncipes, aunque fueran paganos e idólatras; 7.° nuestro Señor les dio a conocer a sus apóstoles que no deberían mezclarse curiosamente en lo que atañe, no ya a los asuntos de los príncipes, sino incluso a los de un particular, diciéndole a uno de ellos a propósito de otro: sic eum volo manere, quid ad te?

Por todas estas razones y otras muchas que podría decir le suplico, padre que mantenga nuestra práctica acostumbrada de no hablar nunca, ni entremeterse nunca de palabra o por escrito, en los asuntos de los príncipes, y que le comunique al señor embajador, si él le hace el honor de hablarle, que es ésa la costumbre de nuestra pequeña compañía y que le ruega usted que le dispense si, cuando le hizo el honor de sincerarse usted, le expresó el sentimiento público sobre el asunto tratado, yendo más allá de lo debido en contra de nuestra norma. Y para afianzarle más en el cumplimiento exacto de esta regla, le suplico, padre, que haga oración el día siguiente de recibir esta carta o lo antes posible, sobre esta materia, según los puntos que he señalado, pidiendo a Dios que conceda a toda la compañía la gracia de ser fiel en la observancia de esta norma. Y no será necesario que me conteste usted sobre este punto, ya que estoy seguro de que le parecerá bien todo lo que le he dicho y que se mantendrá siempre fiel a la práctica indicada.

Cuando haya encontrado usted la oportunidad para establecerse le enviaré al sacerdote y al clérigo que me pide. Si puede comprar alguna casa por tres o cuatro mil libras solamente, envíenos copia del contrato, debidamente firmada y sellada, para que pueda servir de garantía a los que nos entreguen dinero para ello y poder girar una letra de cambio a treinta días vista, en contra nuestra. Y sobre ese muchacho piamontés, lo recibiremos y le haremos estudiar, si usted nos lo envía y cree que tiene las debidas cualidades para ser buen misionero.

Le envío unos poderes del padre Dehorgny, comendador del Espíritu Santo de Toul, para entregar la casa a la compañía causa unionis, junto con un certificado del señor vicario general de Toul, que puede servir para esto mismo. Le pido, padre, que trabaje en este asunto con su acostumbrada prudencia y diligencia. El señor Le Bret le hablará de la dificultad con que tropieza este asunto, debido a la oposición que se puede esperar por parte del general del Espíritu Santo.

Termino la presente para ir a ver al buen señor Renar, que me ha mandado buscar, ya que se encuentra gravemente enfermo.

Dios ha dispuesto de nuestro querido padre Montevit, a quien conoció usted en el seminario. Su muerte tuvo lugar en Bar-le-Duc, con fama de santidad, en el colegio de los jesuitas, que hicieron el favor de acogerlo en su casa, junto con los demás padres, cuando trabajaba por el alimento corporal y espiritual de quinientos o seiscientos pobres, que lo acompañaron al sepulcro de dos en dos, con cirios en las manos, llorando la muerte de su querido padre. El reverendo padre rector me ha escrito cosas admirables sobre esto. En su lugar está el padre Boucher, que también ha caído enfermo, debido al enorme trabajo que se ha tomado con los pobres. El hermano Mateo volvió ayer por la tarde de su gira por Metz, Toul y Verdun, habiendo dejado arregladas las cosas en Nancy. Seguimos asistiendo a esos pobres con quinientas libras mensuales en cada una de dichas ciudades; pero tengo mucho miedo de que no podamos seguir haciéndolo por mucho tiempo, ya que resulta difícil encontrar todos los meses 2.500 libras.

Encomiendo a sus oraciones a nuestro difunto y a nuestro enfermo, así como también las necesidades de nuestros pobres, y soy en el amor de nuestro Señor su muy humilde servidor.

VICENTE DEPAUL

Sacerdote de la Misión

He encuadernado lo que pide el señor Ingoli, pero tan mal que me da vergüenza enviárselo a usted. Le ruego que lo arregle bien, que se lo mande y que le asegure mi obediencia.

Dirección: Al padre Lebreton, sacerdote de la Misión, en Roma.

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