[Annecy, febrero de 1640]
Mi queridísimo padre:
¡Bendito sea nuestro divino Salvador, que nos ha hecho llegar felizmente a sus queridos hijos, para su mayor gloria y para la salvación de muchos! Todos se han alegrado en nuestro Señor; pero, sobre todo el señor obispo de Ginebra y yo hemos recibido un consuelo indecible, y nos parece que se trata de nuestros verdaderos hermanos, con los que sentimos una perfecta unión de corazones, y ellos con nosotros, en medio de una santa sencillez, franqueza y confianza. Les he hablado, y ellos lo han hecho conmigo, lo mismo que si fuesen unas hijas de la Visitación. Todos tienen mucha bondad y candor. El tercero y el quinto tienen necesidad de alguna ayuda para que salgan un poco de sí mismos; se lo diré al superior, que es realmente un hombre capaz de ocupar ese cargo. El padre Escart es un santo. Les he dado a cada uno una práctica. Hago esto, y lo seguiré haciendo con la ayuda de Dios, para obedecerle, mi queridísimo padre, y para nuestro común consuelo; porque verdaderamente hay mucho que hablar de esas queridas almas. El buen padre [Duhamel] me ha expuesto sus dificultades con toda ingenuidad. Es un corazón virtuoso, con muy buen juicio, pero le costará mucho perseverar. Le he rogado con insistencia que no piense ni en salir ni en quedarse, sino en dedicarse con todo interés a la obra de Dios y en abandonarse confiadamente en la divina Providencia. Me gustaría que se afianzase, ya que ofrece buenas esperanzas. En fin, todos son muy amables y han dado muy buen ejemplo en esta ciudad durante los tres días que llevan aquí, ya que su espíritu se parece mucho al de mi queridísimo padre.







