[Saint-Mihiel, principios de 1640]
Apenas llegar, empecé a repartir limosnas. Encontré tan gran cantidad de pobres que no pude darles a todos; hay más de trescientos que se encuentran en suma necesidad, y otros trescientos más en una situación extrema. Padre, se lo digo con toda sinceridad, hay más de ciento que parecen esqueletos cubiertos de piel, tan horribles que, si nuestro Señor no me diera fuerzas, no me atrevería ni a mirarlos: tienen la piel como cuero amoratado, con las mejillas tan contraídas que se les ven los dientes totalmente secos y descubiertos, con los ojos y el rostro contraídos. En fin, es la cosa más espantosa que puede imaginarse. Van buscando algunas raíces por el campo, que luego cuecen y se las comen. Recomiendo con todo interés estas grandes calamidades a las oraciones de nuestra compañía. Hay muchas muchachas que se mueren de hambre; entre ellas hay no pocas jóvenes, de las que tengo miedo que la desesperación las haga caer en una-miseria mayor aún que la temporal.







