Bien, padre, eleve su corazón a Dios y reciba, aceptando su buena voluntad, la triste noticia que le voy a dar. Ha querido su divina bondad llevarse consigo al buen padre de la Salle. Murió el día de san Dionisio, entre las 3 y las 4 de la mañana, de una fiebre purpúrea, a los 14 días de enfermedad. Su muerte ha respondido a su vida. Ha aceptado continuamente la voluntad de Dios desde el comienzo de su enfermedad hasta el fin, sin ningún pensamiento contrario. Había tenido siempre miedo de morir; pero, como desde el principio empezó a considerar la muerte con agrado, me dijo que se iba a morir porque, decía, me había oído decir que Dios les quita al final el temor de la muerte a los que lo tuvieron durante su vida y ejercitaron la caridad con los pobres. No puedo expresarle los sentimientos de devoción que ha dejado en la comunidad. Estaba por entonces en el retiro y, en la repetición de la oración, cada uno decía lo más edificante que le había oído decir y refería las virtudes que le había visto practicar; lo cual nos ha dado tema para tener algunas conferencias sobre lo mismo. Anteayer tuvimos la primera y continuaremos el próximo viernes. No puede imaginarse los efectos de esta conferencia. Yo tenía alguna dificultad; pero, considerando que el espíritu de la Iglesia es pensar en las virtudes de los que han muerto en el Señor y que por eso ha establecido notarios que recogiesen y manifestasen los combates de los mártires y las santas acciones de los confesores, las oraciones fúnebres que se tienen en París por los grandes y por toda clase de personas en Provenza y en Languedoc, en algunos sitios junto a la fosa durante su entierro, o un domingo, después de la comida del día exequial, he creído que podríamos también nosotros hacerlo útilmente y he sentido gran consuelo. Deseo incluso que esto se conserve dentro de la humildad y de la caridad cristiana. Me parece que hay motivos para esperar que algunos se corregirán de sus defectos y otros se animarán en la virtud. Uno de los que hablaron ayer dijo que estaba decidido, por la gracia de Dios y por las oraciones y el ejemplo del difunto, a una cosa de importancia, para la que anteriormente no había tenido ninguna disposición. Creo, padre, que haría bien en tener también en su casa una conferencia, cuyo primer punto podrá ser de los motivos para recordar las buenas palabras y los buenos ejemplos que hemos observado en el difunto; 2.° punto, cuáles son las palabras que le ha oído decir; 3.° punto, cuáles los ejemplos.
Vicente de Paúl, Carta 0424: A Un Sacerdote De La Misión

[Octubre de 1639]






