Vicente de Paúl, Carta 0423: A Luis Lebreton, Sacerdote De La Misión, En Roma

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Vicente de Paúl · Year of first publication: 1972 · Source: Obras completas de san Vicente de Paúl.
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Padre:

La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros.

Recibí la suya del 13 de septiembre y algunas otras de fecha anterior, a las que respondí después de mi regreso de Troyes, y volveré a decirle por la presente que he rogado al señor párroco de Saint-Leu, que ha compuesto el martirologio francés, que me entregue las memorias que tiene de santa Veneranda; y que, antes de que salga la presente, le mandaré recado una vez más para pedirle que me entregue lo que tenga, y se lo enviaré por el mismo medio.

En cuanto a los gastos de las misiones, páguelos, por favor, cuando vaya a ellas, incluso también los de ese buen sacerdote de Sena, a no ser que él insista en lo contrario.

Sobre las letanías de Jesús, me gustaría que obtuviese el permiso de decirlas en el coro por la mañana media voce sine cantu, como tenemos por costumbre

Cuando le hablé de enviarle misioneros, se trataba de una simple propuesta. Por ahora nos sería imposible, ya que al presente hemos aumentado el número de misioneros de Aiguillon, hemos dado otros cuatro para fundar en Alet y vamos a enviar otros cuatro a la diócesis de Ginebra, en donde el señor comendador de Sillery ha hecho una fundación, y además de los misioneros de Toul, hemos enviado también a Nancy, a Verdun, a Bar-le-Duc, y vamos a enviar a Metz para asistir corporal y espiritualmente al pobre pueblo campesino retirado por esas aldeas: corporalmente, repartiendo quinientas libras de pan al mes en cada ciudad, que suman en total dos mil quinientas libras, que tenemos que buscar todos los meses; y, por la gracia de Dios, no nos han faltado hasta el presente y espero que no nos falten, ya que tenemos por lo menos fondos suficientes para todo este año; y espiritualmente, enseñándoles todas las cosas necesarias para la salvación y haciéndoles hacer una confesión general de toda su vida pasada al principio, y seguir luego cada dos o tres meses. Nuestro hermano Mateo, que hace maravillas en esto, según la gracia especialísima que le ha dado Nuestro Señor, ha creído que sería conveniente trasladar a Francia a todos los que se pueda. El mes pasado ha traído consigo a ciento, entre los que había cuarenta y seis muchachas, señoritas y otras, a las que ha conducido y alimentado hasta esta ciudad, en donde se ha colocado ya a la mayoría; y entretanto, se las alimenta en una casa en donde se cuida a los niños expósitos de esta ciudad. Algunas buenas damas obran maravillas ayudándonos en esto. Teniendo todo esto en cuenta, ya veis, padre cómo nos es imposible enviar por ahora ayuda alguna; ya se hará cuando podamos. Vamos a enviar a doce o trece a aquellos lugares.

Estas son noticias que le consolarán; pero también hay una que entristecerá su corazón; es la noticia de la muerte de nuestro buen padre de la Salle, que se fue con Dios el día de san Dionisio, entre las tres y las cuatro de la mañana, después de una fiebre purpúrea, en la que se mostró tan unido a la voluntad de Dios que no se separó ni un solo momento de ella, de forma que puede decirse que su muerte respondió a su vida. Un día antes de morir, se quitó la camisa, para morir desnudo, con tanta limpieza que todos se quedaron admirados de cómo un cuerpo que no se movía desde hacía dos días, hubiese podido hacerlo. Y en efecto, yo le pregunté por qué se había desnudado, y me dio una respuesta no articulada, que no entendí; pero el padre Dehorgny nos dijo que creía que lo había hecho para imitar a san Francisco. O, mejor dicho, a Nuestro Señor, ya que lo vio, el año pasado, muy impresionado por ese acto de san Francisco, el día en que leyeron su vida.

Nuestro Señor parece que no se quiere parar aquí ya que, en esta misma hora en que le hablo, tenemos a dos de nuestros hermanos con la extremaunción, uno de los cuales es nuestro querido y admirable hermano Alejandro. Encomiendo a sus oraciones al muerto y a los vivos, y le ruego que nos haga despachar el altar privilegiado con la dispensa del número prefijado de nueve misas. Ordinariamente se dicen de quince a veinte; pero a veces sucede, cuando van a las misiones, que sólo quedan aquí cuatro o cinco sacerdotes. El señor cardenal acaba de enviarnos un recado para preguntarnos si tenemos uno, con la orden de que se celebren misas por el difunto señor cardenal de la Valette.

¡Dios mío! Padre, ¡cuán larga está resultando esta súplica!. Le pido, padre, que le meta prisa; y, aunque diga lo que diga ese buen prelado y algunos otros. standum est proposito. Acabo de hablar de este asunto con nuestro buen padre Callon, que cree, como yo, que se trata de una cosa absolutamente necesaria, y me ha dicho unas cosas tan buenas para eso, que se me ha enternecido por completo el corazón, y entre otras aquel argumento de santo Tomás: quae applicantur primo et ultimo debent esse immobilia. Ese buen padre Callon es un doctor en teología que trabaja incesantemente en la misión de Aumale. Hágalo, pues, padre, se lo suplico. No sé si hubiera sido mejor que se hubiese dirigido en primer lugar a monseñor el cardenal Antonio, y ni si la persona que ya conoce no habrá querido buscarse una vaca lechera para sacar más dinero, o algún servicio equivalente. ¡Ojalá hubiese tenido en la mano algún otro medio para hacerlo, sin que fuera necesario estropear nada, como piensa el señor de Cordes! Pero que esto quede dicho al oído de su corazón, y no a ningún otro. Y si encuentra algún peligro en el cambio de los medios. in nomine Domini, siga con los que ya tiene. Ya lo ve padre, somos mortales. Y yo no puedo prometerme una vida muy larga, pues el mes de abril próximo entraré en los sesenta. Añada a ellos los accidentes que pueden acontecer. El médico acaba de salir de mi habitación, y me acaba de decir que ahora el padre Dehorgny es el que está con fiebre. La que yo tengo ahora es la ordinaria.

Estoy más impresionado de lo que podría decirle por el feliz encuentro que ha tenido con ese buen sacerdote de Siena. ¡Oh, padre, lo estaría perfectamente si Dios quisiera unirlo a usted en su espíritu! Lo digo positis ponendis; me parece que Nuestro Señor me concede la misericordia de no codiciar a los hombres más que cuando su providencia los atrae. ¡Ay! ¡cuán vanos y falibles son, padre, nuestros deseos! Pido, no obstante, a Nuestro Señor que dé su bendición sobre la nueva vida que van a comenzar juntos en su casa y sobre la misión en la que supongo que están ahora. Me atrevo a tomarme la confianza de saludarle muy humildemente con todo el respeto y la confianza que le debo, y encomendarme a sus santas oraciones. Saludo igualmente a ese otro buen sacerdote de quien me habla para hacer quizás la terna.

Me ha hablado del reverendo padre Garanita en casi todas sus cartas y del bien que hace; pero no sé si me ha dicho de qué Orden es. Sea lo que sea, no puedo menos de alabar a Dios por la gracia que le concede, así como también por la que le ha concedido ese buen prelado que dirige esa academia de eclesiásticos. Ruego a Nuestro Señor que derrame sus bendiciones sobre ellos cada vez más.

(Jesús! Padre, estoy muy consolado por el memorial que ha presentado para tener la facultad de trabajar, y las indulgencias para la Compañía. Le ruego que me las envíe cuando las haya obtenido. Aprecio, padre, con cariño la gracia que en esto le ha concedido el cardenal Bagni y pido a Dios con todo mi corazón que le conserve largos años. Le diré dos cosas de él: la una, que jamás he visto una bondad tan parecida a la del bienaventurado Francisco de Sales obispo de Ginebra, como la suya; y la otra, que conservo su retrato con mucho cariño; y no tengo ningún otro más que el suyo y el de nuestro bienaventurado prelado. Le suplico, padre, que le asegure mi obediencia, que cuide de su salud y que me ayude con sus oraciones a obtener misericordia delante de su divina Majestad para mí y a pedirle la gracia de vivir mejor para morir bien, como ha hecho la señora presidenta Goussault, que ha empleado santamente la enfermedad que precedió a su muerte, la cual fue larga y dolorosa, muriendo con gozo y con júbilo.

Soy, en el amor de Nuestro Señor, su muy humilde y muy obediente servidor,

VICENTE DEPAUL

París, 12 de octubre de 1639.

Dirección: Al señor Marchand, banquero en la corte de Roma, para entregar, si lo tiene a bien, al padre Lebreton, sacerdote de la Misión, en Roma.

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