No puedo indicarle otra causa de su mal más que la voluntad de Dios. Adore, pues, esa voluntad, sin andar buscando de dónde será que Dios se complace en verla en el estado de sufrimiento. El se ve soberanamente glorificado por su abandono en su dirección, sin discutir las razones de su voluntad, si no es que su voluntad es su razón misma y que su razón es su voluntad. Encerrémonos, pues, dentro de ella como lo hizo Isaac con la voluntad de Abraham y Jesucristo con la voluntad de su Padre.
Vicente de Paúl, Carta 0398: A Luisa De Marillac







