Señorita:
La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros.
Cuando tenga la dicha de verla, le diré la situación de espíritu de su hijo en relación con las órdenes. No sé si iré pronto a La Chapelle. Si no voy, trate con caridad a la señora de Marillac y a su hijo. Envíe, pues, el coche cuando le parezca. Será mejor que sea para mañana domingo, ya que tiene que dormir allí, por causa del ayuno. ¿Qué hay de la enfermedad de ese buen señor y del embarazo de su señora esposa? No sé de dónde viene esta curiosidad; pero me parece que esa familia me toca el corazón con cariño.
Espero el salvoconducto que el señor canciller nos hace esperar, y soy, en el amor de Nuestro Señor, su muy humilde y muy obediente servidor,
VICENTE DEPAUL
Sábado por la mañana.
He recibido esta mañana la suya, después de escrita la presente, para responder a la cual le diré que su hijo ha dicho al padre de la Salle que él no entraba en esta condición más que porque usted lo quería, que se ha deseado la muerte a causa de esto y que por complacerla recibiría las órdenes menores. Pues bien, ¿es esto una vocación? Creo que él preferiría morir antes que desear la muerte de usted. Sea lo que sea, bien venga esto de la naturaleza o del diablo, su voluntad no es libre para determinarse en cosa de tal importancia, y usted tampoco tiene que desearlo. Hace algún tiempo que un buen hijo de esta ciudad recibió el [subdiaconado] con este espíritu y no pudo pasar a las demás órdenes; ¿quiere exponer a su hijo a este mismo peligro? Deje que lo guíe Dios: El es más padre suyo que usted madre, y lo ama más. Deje que sea El el que lo guíe. El sabrá muy bien llamarlo en otra ocasión, si lo desea, o darle el empleo conveniente a su salvación. Me acuerdo de un sacerdote, que ha estado aquí, que recibió el orden del presbiterado con esa duda de espíritu. ¡Sabe Dios dónde está ahora!
Buenos días, señorita. Sea totalmente para Nuestro Señor y confórmese con su buena voluntad. Soy, en su amor, s. s.
V. D.
Le ruego que tenga su oración sobre la mujer de Zebedeo y sus hijos, a los que les dijo Nuestro Señor, cuando ella le urgía por el establecimiento de sus hijos: «No sabéis lo que pedís».
Dirección: A la señorita Le Gras.







