Vicente de Paúl, Carta 0332: Al Duque De Atri

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Vicente de Paúl · Year of first publication: 1972 · Source: Obras completas de san Vicente de Paúl.
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[Por marzo de 1638]

Monseñor:

El señor conde de Bourlemont y su hijo el señor abad me han hecho el honor de decirme que le agradaría a vuestra grandeza que yo le diese cuenta del estado de vuestra hija, la señorita de Atri, para que de ese modo pueda vuestra grandeza juzgar lo que sea más conveniente; yo les prometí que así lo haría con tanto mayor gusto, mi señor, cuanto que debo a una especial bendición de Dios la ocasión de servir a vuestra grandeza.

Hace 3 ó 4 meses que recibí la orden del señor provisor de París de visitar a vuestra hija, a causa de que el señor conde de Maure le había pedido permiso para hacerla exorcizar, según el parecer que le habían dado varias personas de grave piedad, temiendo que esa buena niña estuviese agitada por alguna posesión u obsesión maligna. El motivo que tenían para creerlo así era la aversión que esa buena joven tenía de las cosas de Dios, que había llegado hasta tal punto desde su infancia, estando en Villé-l’Eveque con la señorita de Longueville, que hacía tres años que no rezaba a Dios, y cerca de dos años que la habían tenido encerrada en una habitación en Port-Real, sin oír la santa misa. Ese fue, pues, el motivo de que esas buenas almas se forjasen esa opinión y la razón por la que me pareció conveniente ir a verla. Al principio ella me mostró su estado con juicio y con candor; pues tiene un entendimiento muy bueno y sólido, incomparablemente más que el común de las niñas, pero un poco melancólico. Mi pensamiento fue al principio que se trataba sólo de ese humor melancólico que la afectaba. Sin embargo, el respeto que les debía a los que creían que había allí alguna obsesión maligna, hizo que sometiese mi juicio al suyo y que, al presentar mi relación al señor provisor, le dijese que yo creía que no había inconveniente en que el señor Charpentier un eclesiástico de insigne piedad en esa ciudad le hiciese algunos exorcismos secretos, mansamente y sin provocar al espíritu maligno desde afuera, más bien por imprecación que por execración, como era la opinión del reverendo padre general del Oratorio, lo cual no se llevó a cabo debido a la enfermedad de dicho señor Charpentier. Entretanto plugo a Dios enviar a vuestra hija una enfermedad bastante grave y peligrosa, en la que se abrió su espíritu; y los señores condes de Maure, temiendo por su salud, la trajeron a confesarse conmigo; hizo una confesión general de toda su vida pasada, con la mayor exactitud que jamás había visto, pues empleó tres o cuatro horas en varias veces; y fue en esa acción donde yo me confirmé en la opinión que tenía anteriormente; y habiendo sido un poco larga la enfermedad y con una especie de debilidad, me pareció que había entrado de nuevo en aquella situación del mismo humor. Pues bien, como se curó, se vio totalmente liberada, de forma que pidió volver a confesarse conmigo y comulgar, lo cual no había hecho durante su enfermedad, y realizó esas acciones con libertad de espíritu, como habría hecho cualquier otra persona. Poco tiempo después, pidió ser religiosa y que la recibieran en Port-Réal. Cuando me lo dijo, yo le respondí que no era tiempo todavía y que necesitaba estar al menos un año con su señora tía Y que la llevase a tomar el aire de los campos, antes de pensar en la ejecución de ese designio; y esto mismo he dicho siempre que el señor y la señora condesa de Maure y ella misma me han hecho el honor de hablarme de ese asunto. Esto, sin embargo, no le ha impedido buscar secretamente su entrada en religión, ni alegar gran cantidad de razones, fundadas en parte en los juicios de Dios, y en parte en que no podía soportar las maneras de obrar del mundo. Habiéndolo sabido los señores de Bourlemont, y habiéndoles dado a entender al señor y a la señora condesa de Maure que la intención de vuestra grandeza era que entrase en religión, después de algunas dificultades por una parte y por otra, han accedido a ello, aunque con gran pena, con el miedo de que esa buena señora recayese en el mismo humor; y yo, tras haber indicado a dichos señores de Bourlemont el peligro en que se la ponía, pasando ellos por encima de todas estas dificultades, creyendo que era esa vuestra intención, la han puesto no en Port-Réal, sino en un monasterio de jacobinas.

Eso es, mi señor, lo que ha pasado en este asunto y lo que los señores de Bourlemont han creído conveniente que yo escribiese a vuestra grandeza; le corresponderá a vuestra grandeza, mi señor, juzgar al presente lo que ha de ser mejor para el porvenir de esa vuestra hija. Siento tener que entreteneros con esta clase de discursos; pero he creído. mi señor, que estaba obligado a ello según mi conciencia, y que no le resultará desagradable, mi señor, ya que existe el peligro de la salud de la señorita vuestra hija. Quiera Dios hacerme digno de hacer a vuestra grandeza algún servicio más agradable; ya sabe su divina bondad que tengo un gran deseo de ello y que no hay nadie en el mundo sobre el que Nuestro Señor le haya dado a vuestra grandeza más poder que sobre mí, que soy en el amor de Nuestro Señor…

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