Mi queridísima madre:
La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros.
He aquí una vez más la pluma de un hombre agradecido, ya que su caridad me da siempre nuevos motivos para estarlo con tantos actos de bondad que cada día le va sugiriendo el Espíritu Santo para nuestro bien y el de las almas de su diócesis. No se ha contentado, mi querida madre, con proponer, conducir y llevar a cabo nuestro establecimiento con tantos cuidados, solicitudes y trabajos casi continuos; a ello ha añadido el ofrecimiento de su casa para nuestro alojamiento y para los ejercicios de los ordenandos. ¡Oh mi querida madre! ¡cómo toca esto mi corazón y me hace ver el estado de un alma verdaderamente cristiana y religiosa, que ha llegado a la cima de la más alta perfección a la que estos dos estados pueden elevar a un alma en el ejercicio de la verdadera caridad! Dios sea alabado, mi querida madre, por haber querido elevarla a un estado de tan gran bondad; quedemos nosotros con el reconocimiento eterno de tanto bien como incesantemente nos hace; y haya para usted un grado de gloria en el cielo que corresponda a la bondad que Nuestro Señor ha puesto en su alma. Ese es el reconocimiento y los deseos que puede hacerle el alma más obligada del mundo con usted, mi querida madre, y que le considera además como su queridísima y amabilísima madre.
Vi ayer uno de los dos pequeños alojamientos delante de la casa de monseñor. Realmente, convendría ocupar los dos a causa de las vistas y de las demás servidumbres. Pero ¡qué se le va a hacer!; el alojamiento que necesitamos en Troyes nos urge más, según creo. ¿Cómo podríamos tenerlo sin la ayuda que nos ha querido conceder monseñor? Si lo vendiesen por el precio que vale, ¡bien!; pero nos lo ofrecen por 6.000 libras, aunque temo que apenas se podrán obtener doscientas de alquiler; porque no está alquilado. Lo había tomado un padre capuchino y había puesto allí a una buena mujer devota para que acogiese a algunos pobres recientemente convertidos; pero no sé qué es lo que pasa que no hay más personas que esa buena mujer y dos pobres muchachas, que se van a marchar. Por otro lado, no hay que regatear con nuestro bienhechor, mi querida madre. Por todo ello, salvo mejor parecer de su caridad, mi querida madre, creo que hay que quedarse allí.
El señor comendador no ha creído necesario ratificar la fundación de monseñor ya que, como monseñor no lo desea más que por causa del contrato que anteriormente se había hecho mediante escritura privada entre ese buen señor y yo, dice que, devolviendo el original de este contrato, que está en su poder, y habiéndole yo remitido el nuestro, y habiendo sido rotos los dos, ya no es necesaria ninguna ratificación. Esto es, mi querida madre, lo que yo le suplico muy humildemente que haga entender a monseñor y que yo no he visto a nadie testimoniar con mayor satisfacción de la acción que ha hecho por el bien de su diócesis que a su sobrino Bault. Ciertamente, mi querida madre la bondad con la que me ha recibido y tratado con nosotros no puede imaginarse.
Entretanto ha acabado ya nuestra misión de la corte. Los pobres misioneros han trabajado incesantemente en ella, desde la mañana a la noche, predicando, catequizando y oyendo la confesión general, desde la mañana hasta la tarde, y están tan cansados que no pueden
Haremos que descansen y se repongan un poco los que están destinados a Troyes, para que se marchen el día de la vigilia del domingo de Pasión, cuando monseñor ha creído oportuno que empiecen a trabajar en los ejercicios de los ordenandos. Y yo, importunando una vez más a mi querida y buenísima madre, acabaré suplicándole muy humildemente que nos ofrezca a Dios y que le ruegue nos perdone tantas faltas que cometemos incesantemente en el ministerio que nos ha confiado, y soy en la santa comunidad de mi queridísima Madre y en el amor de Nuestro Señor, mi queridísima madre, su muy humilde y muy obligado y obediente servidor,
VICENTE DEPAUL
Ese buen doctor al que el señor Gallemant había tomado como sucesor suyo en la parroquia de Aumale, está trabajando en las memorias o en la vida de ese bienaventurado, junto con uno o dos sacerdotes más.
París, 25 de febrero de 1638.
Dirección: A mi reverenda madre de la Santa Trinidad, priora del monasterio de carmelitas del arrabal de Troyes, en Troyes.







