Señorita:
La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros.
Tengo aquí una carta de la Madre Arbiste. El padre de la Salle me ha comunicado la llegada de sus hijas y que las presentaría ayer a las hermanas de la Caridad. La señora Chaumont le dijo que les mandaría un escudo para que empezaran a alimentarse. Yo le dije que no era necesario, que se proveería por otro lado. Dígame en una palabra su parecer, por favor.
La señorita Hardy me sigue presionando para que reúna a las damas que le han dado palabra de contribuir. Si no lo hago, se entristecerá mucho; si lo hago, iría contra mis sentimientos. Dudo de que esto salga bien por la manera como están las cosas; pues ella entiende que esas damas han de ir a la casa de los niños expósitos y que todo se haga allí dentro y según el orden que se ha establecido; y mi pensamiento es que sería mejor abandonar los fondos de esa casa establecida, antes que sujetarse a tantas cuentas que rendir y a tantas dificultades con que enfrentarse, para hacer un establecimiento nuevo y dejar ese tal como está, al menos por algún tiempo. )Qué le parece? Si yo creyese que ella acepta el ensayo que usted propone de una nodriza y de alguna cabra en su casa, eso bastaría.
El asunto de su Caridad me toca el corazón y a veces tengo remordimientos de no trabajar en él; pero me resulta imposible. El asunto del Temple consume todo mi tiempo y todavía tendré para algunos días este jaleo. Cuando veo todo esto, pienso que la Providencia no lo permite en vano. No veo nada tan común como el mal resultado de las cosas que se han hecho con precipitación. ¿Creerá que ya ha ocurrido incidente en ese establecimiento de las hijas de Montmorency, que habían obtenido ya el permiso de clausura, y tienen una casa, una capilla y todo lo necesario?; sin embargo, se cree que es necesario llamar a otras religiosas en su lugar; y si eso dependiese de mí, lo haría. Todo esto lo digo para su corazón, pero para nadie más.
El buen párroco de La Chapelle tiene que venir hoy a comer aquí con su hermano para ver lo que hay que hacer con su indisposición, porque lo han reconocido tal como usted temía. ¡Oh, Dios mío, qué será de nosotros! La señora Goussault tenía antes de ayer una fiebre que se temía fuera continua. Tenga usted cuidado de su salud, por favor.
Soy v. s.
V. D.
Me urgen por la precipitación del asunto del Temple, del que temo una caída próxima. Lo digo y lo vuelvo a decir; pero pasan por encima. La humildad me obliga a ir dando largas, y la razón a temer. In nomine Domini!







