Vicente de Paúl, Carta 0298: A Bernardo Codoing, Sacerdote De La Misión, En Romans

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Vicente de Paúl · Year of first publication: 1972 · Source: Obras completas de san Vicente de Paúl.
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27 diciembre 1637

Hace tiempo que estoy pensando si tenía que rogarle que fuese a trabajar a Richelieu, en donde el señor Cardenal ha fundado una Misión, no sólo para aquel ducado sino también para el obispado de Luçon, con la atención a los ordenandos y a los ejercitantes de la diócesis de Poitiers. Por un lado, consideraba la necesidad de ese buen pueblo en donde está, y el buen uso que hace de las gracias que Nuestro Señor le presenta; pero, por otro, he considerado que esta misma necesidad y este mismo uso se aprecian en el pueblo del Poitou; pues me han escrito y me lo ha dicho también el señor Renar, que ha vuelto de allí, que jamás se han visto almas tan tocadas, ni tal afluencia por todas partes; y lo que me ha inclinado en favor de Richelieu ha sido la obligación que tenemos allí, ya que la fundación es perpetua. Hecho esto, padre, le suplico muy humildemente que parta, apenas recibida la presente, si no está en misión; y si está, que marche, en nombre de Nuestro Señor, inmediatamente después de haberla acabado, sin divulgar esto hasta su partida. No podemos faltar a la obligación que tenemos de estar en Richelieu el 20 o el 25 de enero. Podrá asegurar a los pueblos de ahí que, cuando Dios quiera enviar hombres para servirles en nuestra vocación, que acudiremos, pero que entretanto la necesidad absoluta nos obliga a actuar de esta manera.

Le había rogado al padre Grenu que fuese a trabajar a Aiguillon, que está cerca de su ciudad de Agen; pero luego le he rogado que fuese a Troyes, por cierta razón particular.

El padre de Sergis me indica que todo Aiguillon ha cumplido con su deber y que los principales han sido los primeros en empezar; que sólo quedaba un número muy pequeño que debería cumplirlo al día siguiente; que el señor Hopille, vicario general, le ha enviado cuatro o cinco párrocos de la diócesis para trabajar con él en Aiguillon durante tres semanas, excepto los domingos que se iban a sus parroquias. Me dijo además que ha habido una multitud del pueblo de los campos que ha ido allá a cumplir con sus deberes, incluso de diez leguas a la redonda. Vea, padre, cómo las espinas punzantes de nuestro natural producen buenas rosas que se abren apenas el sol de justicia hace aparecer sobre ellas los rayos de su gracia. Ha sido menester que le diga estas palabras para su consuelo.

Volvamos a su viaje. Si está pronto para partir con el padre Grenu, podrán hacer juntos el viaje hasta Lyon. De allí hay que ir a Châlons hacia Roanne, donde podrán embarcar hasta Orléans, para marchar desde allí a Saumur, en donde estarán a una jornada de Richelieu y encontrarán a los padres Lamberto y Perdu en Champigny, a una legua de Richelieu.

¡Oh, Señor, cuántas necesidades espirituales en ese país, donde hay muchos herejes, por no haber oído hablar de Dios, según dicen, en la iglesia de los católicos! En ese país es donde la herejía se ha extendido, dilatado y defendido más obstinadamente desde el principio. De ahí es de donde ha sacado sus principales fuerzas para la destrucción de nuestra santa religión y del propio Estado, si hubiese podido. ¡Oh! ¡qué gran imperio ha tenido y tiene todavía allí Satanás! Espero. padre, que Nuestro Señor se servirá de usted y del buen padre Durot para hacerle una dura guerra, no ciertamente in sublimitate sermonis et humanae sapientiae verbis, sed in ostensione virtutis spiritus, in humilitate et mansuetudine, in patientia et longanimitate. Vaya, pues, padre, in nomine Domini. Ruego a su divina bondad que le dé su santa bendición y, con ella. una mayor parte en su espíritu. No dudo que su corazón se sentirá como arrancado de ese país, en donde ha echado raíces de caridad en esas almas, y que experimentará las ternuras de San Pablo cuando dijo el último adiós a aquel pueblo que lloraba tanto por él. Pero ¿qué? A un corazón verdaderamente apostólico le corresponde robustecerse ante esas ternuras, pasar por encima de ellas y marchar a donde la santa obediencia le da a conocer que lo quiere Nuestro Señor. Ciertamente, padre, estar en esa situación es estar en el cumplimiento de la voluntad de Dios y empezar el paraíso ya en este mundo. Pero ¿qué digo yo a un alma que siempre me ha parecido dispuesta a ir hasta los antípodas por amor de Dios, si la santa obediencia se lo pedía? No sé por qué se me ha corrido la pluma para decirle todo esto. Sé muy bien que no ha sido por pensar que tenía necesidad de convencerle, ya que tiene más bien necesidad de ser reprimido en el ardor de su celo; de eso era de lo que tenía que hablarle y le hablaré algún día, si Dios quiere, el cual es el único en saber por qué me he extendido en ello sin pensar.

Será conveniente que se despida, personalmente o por escrito, de monseñor de Valence y que le agradezca la gracia que le ha concedido de apreciar su servicio en su diócesis, y que le diga que ha sido sólo la pura necesidad la que nos ha obligado a reclamarle, y que, si Dios quiere darnos los medios para ello, procuraremos volver de nuevo.

Despídase también de la buena y muy querida hermana María y encomiende por favor, a sus oraciones a esta pequeña Compañía y al más ruin y miserable de todos los hombres, que soy yo y que soy, en el amor de Nuestro Señor, su muy humilde…

No esperaré ninguna otra respuesta más que la de su partida, que le suplico sea lo antes posible. Su hermano espera carta de contestación a la que le yo le envié de su parte. Me imagino que Nuestro Señor le ha curado del amor demasiado tierno a sus parientes.

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