Vicente de Paúl, Carta 0234: Juan-Santiago Olier A San Vicente Y A Los Sacerdotes De La Conferencia De Los Martes

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Vicente de Paúl · Year of first publication: 1972 · Source: Obras completas de san Vicente de Paúl.
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Quien tiene a Dios, lo tiene todo.

Jesús, María, José.

Señores:

No puedo estar más tiempo ausente de la compañía, sin darles su cuenta que les debo de mis acciones. Les diré, señores, que estuvimos once días en camino hasta llegar al lugar de la misión llamado Saint-Ilpize. El favor del cielo fue tan grande que durante este tiempo no tuvimos dos horas de sol ni de lluvia, habiendo caminado siempre al abrigo de las nubes, llegando todos en buena disposición, gracias a Dios.

Se empezó la misión el domingo después de la Ascensión, y duró hasta el 15 de este mes, día de la fiesta de Saint-Ilpize, cuando se convino que yo me despidiese por la tarde, en presencia del Santísimo Sacramento; lo cual se hizo con toda la reverencia por la majestad de Dios, que presidía, y también con tantas lágrimas y suspiros que creo, señores, que habría sido menester estar allí para creerlo. ¡Dios sea bendito por todo!

Casi lo mismo sucedió en la procesión de los niños y en su comunión, que se hizo con toda la reverencia imaginable, con tanto gentío, lo mismo que en el resto de las fiestas, que era preciso hacer correr siempre el vino dentro de la iglesia para las que se desmayaban, una de las cuales ha estado enferma más de tres semanas.

El pueblo, al comienzo, venía como nosotros debíamos desear, a saber, según que los podíamos ir confesando; pero esto, señores, con tal movimiento de la gracia que por todos los lados era fácil saber dónde confesaban los sacerdotes, ya que los penitentes, con sus suspiros y sollozos se hacían oír por todas partes. ¡Jesucristo sea alabado por todo!

Pero, al final, el pueblo nos apremiaba tan vivamente, y la turba era tan grande que necesitábamos a veces (esto es, todas las fiestas) estar doce o trece sacerdotes para socorrer el ardor de este celo. Se les veía, desde el amanecer hasta la mitad del calor, que era extraordinario, y al final de la predicación, sin beber ni comer.

A veces, en favor de los forasteros, había que tener dos horas y más de catecismo, de donde salían tan hambrientos como entraron. Esto nos dejaba a todos confusos. Teníamos que dirigirlo desde el púlpito, ya que no había lugar en la iglesia, y se llenaban todos los alrededores del cementerio, con todas las puertas obstruidas y las ventanas llenas de gente. Esto mismo se veía también en el sermón de la mañana y en el de la tarde, que se llama el gran catecismo. Después de lo cual no puedo decir más que: Benedictus Deus! Benedictus Deus!, que tan liberalmente se comunica a sus criaturas, pero sobre todo a sus pobres. Porque, señores, hemos observado que es allí donde reside, y donde pide la ayuda de las criaturas para acabar todo lo que él solo no acostumbra hacer, esto es, la instrucción y la conversión total de sus pueblos.

Señores, no le nieguen esa ayuda a Jesús. Es demasiado grande la gloria de trabajar bajo El, de contribuir a la salvación de sus almas y a la gloria que El obtendrá de allí para toda la eternidad. Han comenzado ustedes felizmente y sus primeros ejemplos me han echado de París. Continúen con esas divinas ocupaciones, ya que realmente no hay nada semejante en la tierra.

París, París, ¡tú detienes a personas que convertirían a varios mundos! ¡Ay! ¡cuántas buenas obras sin fruto, cuántas falsas conversiones y cuántos santos discursos perdidos, por falta de disposiciones que Dios reparte en otros sitios! Aquí una palabra es una predicación, y nada nos parece inútil. Aquí no han degollado a ningún profeta; quiero decir, que su predicación no ha sido despreciada como en esas ciudades, y por eso, señores, todos esos pobres con muy poca instrucción se ven llenos de bendiciones y de gracias de Dios. Es lo que yo puedo desear, ya que, en su amor, soy, señores, su muy humilde, muy obediente y muy obligado hermano

Ville-Brioude, día de san Juan de 1636.

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