Alabo a Dios, señorita, por ese cambio y le suplico con todo mi corazón que sea duradero y que se perfeccione y santifique su alma cada vez más con esos sufrimientos. Por lo demás, le doy gracias por el aviso que me ha dado y que me ha consolado mucho, pues ¿quién no sentiría con dolor el que apena a la persona agente y a la paciente? Ciertamente, no puede ser de otro modo.
Le deseo buenas tardes y soy, en el amor de Jesús y de su santa Madre, su servidor muy humilde.







