Aunque mi corazón, queridísimo padre, sea insensible a cualquier otra cosa que no sea el dolor, jamás podrá olvidar la caridad que ha tenido con él el día de su partida; pues, queridísimo padre, se vio aliviado en su mal e incluso robustecido en las ocasiones con que se tropieza y que vienen de una parte y de otra.
Me postro en espíritu a sus pies, pidiéndole perdón por la pena que le causé con mi mortificación, y la vergüenza que de allí me viene, la acepto y abrazo de corazón. ¿A quién puedo dar a conocer y saber mis debilidades, sino a mi único padre, que las sabrá soportar? Espero de su bondad que no se cansará nunca de mí.







