Señor:
Habiendo sabido por el hermano de un eclesiástico de esa ciudad de Béziers llamado señor Cassan que deseaba saber tres cosas de nosotros, y no habiendo tenido el honor de darle respuesta por entonces, debido a que me fui aquellos días a los pueblos, me he propuesto hacerlo ahora; y le diré, Monseñor: primero, nosotros estamos por entero bajo la obediencia de nuestros señores los prelados de ir a todos los lugares de sus diócesis adonde quieran enviarnos a predicar, catequizar y hacer que el pobre pueblo haga la confesión general; para enseñar toda la oración mental, la teología práctica y necesaria, las ceremonias de la Iglesia a los que tienen que recibir las órdenes, diez o doce días antes de la ordenación, y para recibirlos en nuestras casas cuando son ya sacerdotes, para renovar la devoción que Nuestro Señor les dio al recibir las órdenes; en una palabra, somos como los criados del amo del Evangelio con nuestros señores los prelados, que cuando nos digan: íd, estamos obligados a ir; venid, estamos obligados a venir; haced esto, y estamos obligados a hacerlo. Estamos, además, sometidos a su visita y corrección lo mismo que los párrocos y vicarios del campo, aunque para la conservación de la uniformidad del espíritu, hay un Superior general, a quien obedecen los misioneros en lo que se refiere a la disciplina doméstica.
He aquí, monseñor, cómo nos relacionamos con nuestros señores los prelados. Lo que es difícil es saber por ahora si podemos enviarle dos de ellos. ya que somos pocos y tenemos poca virtud. Puede creer, sin embargo, señor, que si pudiésemos hacerlo por algún prelado del reino, sería por Vuestra señoría Ilustrísima, tanto por la vida ejemplar que lleva en la Iglesia, como por la necesidad que me imagino tiene de ello el pobre pueblo de esas montañas.
Y en tercer lugar le diré, monseñor, que como marchamos sin tomar nada del pobre pueblo, ni de los eclesiásticos, para nuestra vida ni para nuestros vestidos, creo que se necesitan ochocientas o mil libras para el mantenimiento de dos sacerdotes y de un hermano.
Y esto es, monseñor, lo que puedo responder a Vuestra señoría Ilustrísima sobre las cosas que desea saber de mí. Y si pudiese tener la felicidad de hacerle algún servicio, ciertamente, monseñor, lo recibiría como una bendición particular de Dios.
Vuestra señoría Ilustrísima puede disponer enteramente de mí como de quien es, en el amor de Nuestro Señor, su muy humilde y muy obediente servidor.







