Señorita:
La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros.
Hablé ayer a la compañía de los eclesiásticos de lo que la señora presidenta Goussault me indicaba sobre el estado del Hôtel-Dieu; pero por fin se ha decidido retrasar las cosas por algunos días. Más vale dejar que la gente diga que no exponer a tantas personas, de las que el inconveniente de una sola podría derrumbar toda la obra. Además, se dice que esas buenas jóvenes no merecen tanto crédito en esa materia.
¡Dios mío! ¡Cuánto siento lo de su pobre hija Bárbara y lo de la otra que está enferma en el Hôtel-Dieu, así como también lo de la buena señora Mussot! No necesito recomendárselas: ya tiene usted bastante cuidado de ellas. Pero me preocupa sobre todo lo que me dice, de que puede tan poca cosa, que da pena. Temo que usted misma esté enferma. Indíquemelo, por favor; y si es así, no vuelva al Hôtel-Dieu. María suplirá su ausencia; si no, creo que hará bien en dar mañana una vuelta, y quizás si se acostase volver al día siguiente a san Nicolás para ir poniendo poco a poco al corriente a María con esas jóvenes y a ellas con María.
¿Y qué le diré de la señorita Laurent? Parece de buen espíritu pero me da miedo su edad; sin embargo, si cree oportuno hacerla venir al Hôtel-Dieu dentro de dos o tres días con ella, y luego ir y venir de una casa a otra, en espera del tiempo oportuno para ir a los pueblos, hágalo. Ella irá viendo y ustedes la verán, pero dele a entender que sólo se trata de un ensayo, y a su corazón que soy, en el amor de Nuestro Señor, su muy humilde servidor,
V. D.
Dirección: A la señorita Le Gras.







