Señorita:
La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros.
Recibí ayer su carta y la memoria del reglamento de sus hijas, que todavía no he tenido tiempo de leer; lo haré tan pronto como me sea posible. En cuanto a lo que me dice de ellas, no dudo de que son tal como me las describe; pero es de esperar que se vayan haciendo y que la oración les hará ver sus defectos y las animará a corregirse de ellos. Será conveniente que les diga en qué consisten las virtudes sólidas, especialmente la de la mortificación interior y exterior de nuestro juicio, de nuestra voluntad, de los recuerdos de la vista, del oído, del habla y de los demás sentidos; de los afectos que tenemos a las cosas malas, a las inútiles y también a las buenas, por el amor de Nuestro Señor, que las ha utilizado de ese modo; y habrá que robustecerlas en esto, especialmente en la virtud de la obediencia y en la de la indiferencia, pero como el hablar mucho le perjudica, hágalo solamente de vez en cuando. Será conveniente que les diga que tienen que ayudarse en la adquisición de la virtud de la mortificación, y ser ejercitadas en ella; yo también se lo diré, para que estén dispuestas a ello.
Dejémosle todavía las prácticas de la orden tercera a esa muchacha que pertenece a ella, y haga que tenga sus prácticas aparte el miércoles, si le parece bien.
Me gustaría que esa viuda de Colombes supiese leer; mándemela a que la vea, por favor; pero ¡qué!, acabo de ver, al leer de nuevo su carta, que tiene dos hijos; ¿cómo es que se la ha recibido, siendo así?
Siempre me olvido de encargar que compren las estampas de sus hijas. Está por aquí el padre de Sergis; se las haré comprar a él.
Van cuatro líneas para el hijo del señor Gallois que está con el reverendo padre Faure. Me gustaría poder confiar en él más de lo que confío. En fin, acabemos con la súplica que le hago de que cuide de su salud. Con esta esperanza, soy en el amor de Nuestro Señor, su servidor muy humilde,
V. D.







