Estoy como usted, señorita; no hay nada que me apene tanto como la incertidumbre; pero deseo ciertamente que Dios quiera concederme la gracia de hacerme totalmente indiferente, y a usted también. Según eso, nos esforzaremos por conseguir, con la ayuda de Dios, esta santa virtud.
Estuve ayer hasta las cinco en san Víctor con el señor arzobispo, que me había mandado acudir; y a esa hora, me hizo subir al coche para ir con él a la ciudad, de donde me vine a dormir aquí sin ir al colegio. Ese es el motivo de que no haya tenido noticias mías. Si ahora, terminada la comida, se toma la molestia de acudir al colegio, hablaremos de todo, y yo seré, en el amor de Nuestro Señor, el de la santísima Virgen y santa Magdalena, su servidor.







