… la dureza de su corazón. ¡Ay, señorita, cómo cautiva tiránicamente este género de pecados los corazones y cuán felices son los que de él se libran! En el fondo, usted ha hecho en eso lo que estaba en su mano; y ante Dios alcanzará la recompensa como si absolutamente fuese la causa de la salvación de esas almas; porque Dios no mira el resultado del bien que se emprende, sino la caridad que uno pone en ello. Quiera su divina bondad perdonarme el defecto de la mía, que soy, en su amor, su muy humilde y obediente servidor,
Vicente de Paúl, Carta 0151: A Isabel Du Fay

[Entre 1626 y 1635]






