Vicente de Paúl, Carta 0137: A Un Sacerdote De La Misión

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Vicente de Paúl · Year of first publication: 1972 · Source: Obras completas de san Vicente de Paúl.
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[15 enero 1633]

He sabido por diversas personas la bendición que ha querido la bondad de Dios derramar sobre su misión de Mortagne. Hemos quedado todos muy consolados. Y como reconocemos que esta abundante gracia viene de Dios, y que El la sigue concediendo a los humildes cuando reconocen que todo cuanto ellos hacen viene de Dios, le ruego con todo mi corazón que le dé cada vez más el espíritu de humildad en todas sus funciones, ya que ha de creer usted con toda seguridad que Dios le retirará esta gracia apenas dé lugar en su espíritu a una vana complacencia, atribuyéndose lo que sólo a Dios pertenece. Humíllese, pues, grandemente, padre, con la idea de que Judas había recibido mayores gracias que usted, y que esas gracias habían obtenido más frutos que los de usted, y que, a pesar de todo eso, se perdió. ¿Y qué le aprovechará al mayor predicador del mundo y dotado de los talentos más excelentes, haber hecho resonar sus predicaciones con aplauso en toda una provincia, y haber convertido incluso a varios millares de almas si, a pesar de todo eso, llega a perderse él mismo?

No le digo todo esto, padre, por ningún motivo especial que yo tenga para temer esa vana complacencia ni en usted, ni en el padre…, que trabaja con usted; sino para que, si el demonio les ataca por ese lado, como sin duda lo hará, pongan mucha atención y fidelidad en rechazar sus sugestiones y en honrar la humildad de Nuestro Señor. Estos días pasados, como tema de mi meditación, pensaba en la vida común que Nuestro Señor quiso llevar en la tierra; y veía que El estimó tanto esa vida común y despreciada de los demás hombres que, para ajustarse a ella, se rebajó todo lo que pudo, hasta el punto (¡oh cosa maravillosa y que sobrepuja toda la capacidad del entendimiento humano!) que, aunque era la sabiduría increada del Padre eterno, quiso sin embargo predicar su doctrina con un estilo mucho más bajo y más vulgar que el de sus apóstoles. Vea, le ruego, cuáles fueron sus predicaciones y compárelas con las epístolas y predicaciones de san Pedro, de san Pablo y de los demás apóstoles. Parece como si el estilo que usaba fuese el de un hombre de poca ciencia, mientras que el de sus apóstoles parecía como propio de personas que sabían mucho más que El; y lo que es aún más admirable, quiso que sus predicaciones tuviesen mucho menos éxito que las de sus apóstoles; porque se ve en los evangelios que fue conquistando a sus apóstoles y discípulos uno a uno, y con mucho trabajo y fatiga, mientras que san Pedro convirtió a cinco mil en su primera predicación. Ciertamente, esto me ha dado más luz y conocimiento, según creo, de la grande y maravillosa humildad del Hijo de Dios, que ninguna otra consideración que jamás haya hecho sobre este tema.

Todos los días decimos en la santa misa estas palabras: In spiritu humilitatis, etc. Pues bien, un santo personaje me decía una vez como habiéndolo oído del bienaventurado obispo de Ginebra, que este espíritu de humildad, que le pedimos a Dios en todos nuestros sacrificios, consiste principalmente en mantenernos en una continua atención y disposición de humillarnos incesantemente, en todas las ocasiones, tanto interior como exteriormente. Pero, padre, ¿quién nos dará ese espíritu de humildad? ¡Sí! Será Nuestro Señor, si se lo pedimos y nos hacemos fieles a su gracia y deseosos de practicar esos actos. Hagámoslo, pues, por favor se lo pido, y procuremos para ello acordarnos el uno del otro, cuando pronunciemos esas mismas palabras ante el santo altar. Así lo espero de su caridad.

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