Mi querida hija, ¡cómo me consuelan su carta y los pensamientos en ella consignados! Realmente, es preciso que le confiese que el sentimiento se ha extendido por todas las partes de mi alma, y con tanto mayor placer cuanto que esto me ha hecho ver que está usted en el estado que Dios le pide. ¡Animo!, continúe, mi querida hija, manteniéndose en esa buena disposición y deje obrar a Dios. Pero ha disminuido mi consuelo al conocer el estado de enfermedad en que se halla y que antes me había ocultado. ¡Bendito sea Nuestro Señor por todo! Tenga mucho cuidado de la salud por su amor y perdóneme el que haya retenido tanto tiempo a su mensajero, por haber estado ocupado en muchas visitas. Por lo demás, yo sigo mejor, gracias a Dios. Todavía me queda alguna pequeña sensación de fiebre; pero va disminuyendo, mientras que aumenta el deseo de que sea usted muy santa.
¡Adiós, hija mía, Dios le dé buenas noches!







