Capullo entreabierto, de celestial ambrosía, que atravesaron mundanas espinas, cuyos pétalos nacarados, bañados en su purpurante licor venal, trataron, de mancillar pezuñas suicidas, pero que angelicales manos trasplantaron a búcaros divinos; tal fue el alma inocente y sencilla de Vicente Cecilia Gallardo.
De la pimpollada vicenciana (noviciado) del pueblo de Hortaleza (Madrid) salió el 19 de julio, tratando de esquivar el encuentro de sus enemigos; mas ellos olfatearon, como sabuesos, el perfume frailuno.
Aun antes de su ingreso en la Congregación de la Misión despidió siempre Vicente el característico olor de Cristo. Fue joven muy de iglesia. Y de niño era ya santo.
Sus amigos que quedaron en, el pueblo dicen hoy en día de él que era «un niño como ninguno, aplicado en la escuela y que no tenía que castigarle el señor maestro.»
Huerfanito de madre a los tres años, como verdadera madre trató siempre a la segunda esposa de su padre. Si la carne se le rebelaba, imponíase el espíritu. De ahí que su madre adoptiva confiese no haberla dado nunca un disgusto. Ella, que era la primera admiradora del chiquillo, fue la primera en alentar sus pasos y encauzar su vocación misionera.
Señales de esta vocación eran: aquella compostura ejemplarísima ante Jesús Sacramentado, que daba delicia contemplar; aquel estar al corriente de todas las novenas; aquel respeto, rayano en veneración; el no haberse echado novia, siendo mozo de más de veinte abriles: un testigo de su vida dice «que no se acercaba a ninguna muchacha, sea porque se consideraba feo, o por los hoyos de la viruela, o por lo que quiera que fuera». Esto, lo que «quiera que fuera», sin duda era su virtud; porque, ¿no vemos a diario que para un roto hay un descosido, y mujeres hermosas que se casan con Picios? A más que Vicente Cecilia era alto, proporcionado de líneas, etcétera. Añadido a esto su característico amor al trabajo, su maestría en el oficio de carpintero, su formalidad y hombría de bien, evidenciado queda el partido que Vicente suponía para una joven de seso con aspiraciones a mujer honrada.
Mas la verdad es que no le daba a él por ahí.
Respecto a su filial obediencia y a su espíritu de piedad, escribe una monjita que le conocía a fondo: «… con, sus padres, obediente en sumo grado. Se sometía a las órdenes de su padre cuando era preciso marchar al campo para guardar la cosecha, siendo como era de oficio carpintero, y entonces salía de madrugada para oír la Misa de la Comunidad. Aunque estuviera lloviendo, teníamos la satisfacción de verlo, acercarse a la Sagrada Mesa con el fervor de un, anacoreta…»
De su fineza y atildamiento al par que de su ardiente devoción, habla claro un cuadrito del Sagrado Corazón de Jesús arreglado por él y en el que encerró, artísticamente colocada, una copia de la Fe de su Bautismo.
Según reza ésta, en el libro de Bautismos 106, folio 20, de la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción y de los Angeles, de Cabra, consta que el día 10 de septiembre de 1914 nació Vicente Cecilia Gallardo, hijo legítimo de Vicente Cecilia Lama y de María de la Sierra Gallardo Nieto. La madre de Vicente llevaba, como se ve, el nombre de la Patrona de Cabra, la Santísima Virgen de la Sierra. Y el hijo, que apenas conoció a la madre de la tierra, profesó siempre tierna devoción a la del Cielo.
Para Vicente no había teatros ni cines ni ningún espectáculo que pudiera divertirle; solía decir que donde él se encontraba satisfecho era a los pies de Jesús Sacramentado.
Su alma generosa anhelaba perfección. Por eso profesó como terciario de San Francisco.
Su ejemplar conducta influía fuertemente en los compañeros de su edad y los arrastraba a participar, a las veces, del banquete eucarístico. ¡Cuánto bien hacía Vicente, quizá sin percatarse, y cuánta necesidad había de un tal modelo para la juventud en tiempos —los de la República— tan perniciosos y corrosivos!
Mas Dios Nuestro Señor le quería en ambiente más propicio al desarrollo espiritual, por haber dispuesto su Providencia que «en poco tiempo cumpliera muchos años» y estuviera en sazón el fruto que pronto había de ser acarreado a las trojes del Cielo.
Este ambiente era la familia espiritual de San Vicente de Paúl. Sus Hijas, las de la Caridad, testigos de su vida santa, en el siglo, fueron el instrumento, de la divina vocación.
Y en la Congregación de la Misión (Paúles) se esclarecieron sus virtudes. Se esclarecieron y perfeccionaron, pero no se distinguieron. La humildad es una de las características del buen Hijo de San Vicente; por ende, el H. Cecilia prefirió ser violeta a campanilla pomposa.
Los tiempos de su profesión, eran heroicos. El H. Cecilia se abrazó, consciente, y gozoso, al sacrificio diario, el de la obediencia, y al extraordinario, que se vislumbraba en posibilidad no lejana: en carta escrita poco antes del Movimiento habla del martirio.
Dios se lo otorgó en compañía del H. Trachiner en los umbrales mismos de la persecución; fue de las flores tempranas que segó el vendaval revolucionario, y por llevar una sotana en su maleta. ¡Una sotana! ¿Para qué más testigos? Reo es de muerte…
Y consumó el sacrificio. Murió por Dios y por la Patria.







