Viaje a México (1901)

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Autor: Antonio Casulleras, C.M. · Año publicación original: 1901 · Fuente: Anales españoles, 1901.
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Carta-relación del Sr. CASULLERAS, Sacerdote de la Misión, sobre el viaje de la última expedición a Méjico, dirigida a los HH. ESTUDIANTES de Madrid.

Oaxaca, 24 de Enero de 1901.

No sé si han perdido la esperanza de recibir carta mía. Al fin la habrán recobrado al susurrarse si llegaba, y al verla habrán dicho: «¡Bendito sea Dios! Al fin ha llegado. Ni que se tratara de las pirámides de Egipto.» Les pido por ello mil perdones; y, después de saludar ante todo y sobre todo a nuestros amados é inolvidables Superiores, Directores y Catedráticos, con su misma venia, doy co­mienzo a mi relación.

«Gracias a Dios que hemos llegado al término de nues­tro viaje. «He aquí la frase que instintivamente y a coro se nos escapó al Sr. Arnáiz (Vicente), hermanos Esteban y Obrador y a un servidor de ustedes. No vayan a creer fuera sólo inspirada por la gratitud hacia Dios Nuestro Señor, que de tantos peligros nos había preservado: algo había de esto; pero había también bastante de cansancio de viajar. Cierto: los viajes de mar sólo pueden gustar  a los poetas. Como viven en esferas tan levantadas, no ven la realidad; y como para ellos todo respira frescura y verdor, ya se ve, puestos en el charco, están en su elemento. A no ser que desde su aposento, árido, escueto y fementido, se atreva a cantar, sin haberlo visto, las grandezas de aquél y, como si esto no bastara, a declararle guerra. ¡Vaya con el gigante! ¿No saben ustedes quién es?…. Pues yo también. Con todo, para el resto de los mortales, para los que palpamos la prosaica realidad, lo que más frecuentemente nos preguntamos es:– ¿Cuántos días faltan?—¡Cuándo llegaremos! ¡Qué largo se hace!

Es de ver cómo, aun los más formales, se paran a con­templar pequeñeces incapaces de excitar la curiosidad de un chicuelo de cuatro años.—Mira, mira, qué figuras forma aquella nube.—¡Uy! Si parece  Y así están formando figuras hasta que se cansan.—¡Tierra!—grita otro, como si se tratara de ganar el premio propuesto por Colón. Eran las Azores, que iban saliendo poco a poco del seno de las aguas y fueron el blanco de nuestras miradas por algunas horas. Quién, mata el tiempo contemplando las algas ma­rinas; quién, el arco iris que se forma en la espuma de las aguas; éste escudriña el horizonte para ver si vislumbra al­gún buque; aquél algún pez volador. ¿Y después? Nada: agua, y siempre agua, que a uno le representa la intermina­ble inmensidad de Dios.

Al llegar a este punto creerán ustedes que ya estamos desembarcando. Nada menos que eso. Estamos todavía en Santander, dando fin a un opíparo almuerzo, debido a nuestras Hermanas, siempre tan caritativas. En esto, ¡san­tos cielos! ¿es posible? ¿es realidad, o ilusión? Ante mis ojos veo el rostro mismo, la figura misma del hermano Atienza, acompañado del Sr. La Calle. De repente me lanzo a sus brazos, por los que soy recibido, como ustedes podrán figurarse Pero era necesario partir: nos soltamos, bajamos la escalera, tomamos el coche, y adiós para siempre. Sentí no pudiera acompañarnos a bordo. Él les hubiera descrito, de tal manera que sabe, nuestro embarque y esta ciudad flotante que se llama Reina María Cristina. Yo renuncio a ello para no deslustrarlo.

Lo primero que se nos ofreció a la vista a bordo fue el salón de descanso. Al verlo el hermano Río (Felipe), dijo al otro hermano Río:—»Oye, Martín; sólo la mitad de este buque vale más que toda la provincia de Burgos.»—»¡Caramba!»—respondió el otro mordiéndose el labio inferior. Empezó el buque a andar, y nosotros empezamos la danza: quién, se agarra de un pasamanos; quién, de la baranda; los rostros van cubriéndose de mortal palidez; las risas se han helado; las conversaciones, antes tan animadas, lan­guidecen; pronto empieza el desfile hacia los camarotes.

El hermano Esteban es de entre nosotros el primero: sí­guenle los demás hermanos: dando traspiés me dirijo al Sr. Arnáiz:—»¿Cómo está usted?—le pregunto:—Como en tierra — contesta encogiéndose de hombros. — ¿Y usted? —Como en casa.» Es hora de comer: las mesas están desiertas: a mitad de la comida me siento indispuesto, echo a andar más a prisa de lo que la modestia manda, y antes de llegar al camarote….. ¡punto en boca!

Poco a poco fue sosegándose nuestro malestar, y nos que­damos tranquilamente dormidos hasta la Coruña. Esta sola noche nos bastó para aclimatarnos, si es permitido decirlo así; excepción hecha del hermano Esteban, nadie volvió a marearse en toda la travesía. Cual atleta vencido, el mar yacía quebrantadas sus fuerzas. Casi me daba coraje tanta calina. Pasajeros que han viajado durante muchos años afirmaban no haber tenido jamás travesía semejante. Inte­riormente apostrofaba yo al mar para excitar sus iras: fuerza es sepan ustedes que deseaba con ansia ver una tem­pestad (salva la pelleja de todos). Sí, deseaba ver al mar

en esta lucha titánica que traba contra sí mismo, deseaba oir aquellos bramidos que estremecen al alma, ver las olas subiendo hasta las nubes, el abismo abierto a nuestros pies, ser llevado el buque juguete de las olas, la intrepidez del marino, las órdenes del Capitán, el temor, angustia, zozo­bra de los pasajeros, los clamores a Dios, la lividez del rostro, los golpes de pecho; las lágrimas, las promesas

Mis deseos no fueron atendidos       por entonces. Más tarde, en el viaje que emprendimos el Sr. Arnáiz y un servidor de Progreso a Veracruz, vimos algo de esto. Ya no quiero ver otra.

Como antes insinué, nuestro despertar del día primero fue en la Coruña. El puerto y la ciudad presentaban her­mosa perspectiva. No pudimos tomar detalles de aquélla: cruzaban por aquél multitud de lanchas: éstas se dirigían a la pesca, aquéllas volvían, las más venían a nuestro vapor, unas a traer pasajeros, otras a ofrecer sus mercancías. De estas últimas subieron algunos comisionados a bordo. Éstos pregonaban las mercancías de abajo. Algunos se entendían directamente con las vendedoras, armándose una confusión que ni la de Babel. Quién, pide naranjas y le suben pepinos; quién, melones y le presentan uvas. De una cuerda con mil ramificaciones pende una espuerta: ésta es el conducto. Uno tira por aquí, otro por allá; grita éste, blasfema aquél y nadie se entiende.—Usté, caballeru, usté no me ha pagadu todavía, grita una mujer desde la barquilla.—¡Cómo le voy a pagar si esto no vale nada! Ahí va. Y tira lo que acaba de recibir.

Entretanto, está el buque cargando los productos que la madre Patria envía al extranjero, por el mismo lado iban subiendo los compañeros de viaje. Algunos, de acomodada posición; los más, pobres trabajadores que van, como dicen, a hacer fortuna. ¡El oro! He aquí lo que les seduce, lo que les fascina. Con él serán felices: gastarán coche, tendrán dorado palacio, espléndidos jardines, dormirán en mullida cama. He aquí el blanco de la mayoría de los pasajeros. De los 1.200, más de 1.000 abrigaban estos deseos. ¡Po­brecillos! ¡Como si no supieran (¡ah! tal vez no lo sepan) que las cosas de este mundo son incapaces de satisfacer las infinitas aspiraciones del corazón humano! ¿Qué hombre ha habido que haya sido feliz por tener dinero? ¿Cuántos han sido los que han maldecido su fortuna mirándola como origen de su desgracia? ¿Cuántos, levantados por ella, adulados por la fama, han deseado aquella blanca casita, aquel terruño fecundado con el sudor de sus mayores? ¿No anhelaba Horacio más por aquel que por los favores de Augusto? ¡Pobre corazón humano!

Modus agri non ita magnas
Hortus ubi, et tecto vicinus jugis aquae fons
Et
paulum silvae super his foret,

 Pero ¿se va a convertir esto en sermón? No dejarían uste­des de temerlo o esperarlo: ¡quién sabe! Mientras están pen­sativos por tan filosóficas ideas, pierden ustedes de vista, ó, mejor dicho, todavía no han divisado a tres rapazuelos que, agazapados, están escribiendo, con mal papel, peores plumas y pésimo tintero, sobre una tabla que a la altura de un palmo rodea la embarcación. ¿No aciertan ustedes lo que están haciendo? Yo tampoco lo adivinaba; y cavilando estaba para saberlo, cuando uno de ellos, enderezándose un poco y dirigiéndose a sus dos compañeros, empezó a leer en estos términos: «Querida madre » No oí más: esta frase revelaba el secreto. Eran tres asturianos, pobres, desharrapados, vivos como el hambre, que, aprovechando la ocasión de mandar la carta por el correo, escribían a la que les había dado el ser. ¡Pobres madres! ¡Acaso habían aquéllos partido sin decirles nada!

Entretanto llega la llora de partir: hora temida y horri­pilante a la flaca naturaleza; porque si el corazón se siente oprimido de angustia al pensar en tan doloroso trance, ¿qué será hallarse en él? ¿A quién no le late con violencia el corazón, qué pecho no se oprime, qué respiración no se ahoga cuando es llegado el tiempo de dar el postrer ¡adiós! a la Patria querida? ¡La Patria! ¡Ah! ¿Y qué sentimiento más noble, puro y levantado puede haber que el amor a la Patria? ¿No se lo debemos todo a ella? ¿No nos ha colmado Dios en ella de sus más preciosos dones? ¿No ha ejercido en nosotros la más poderosa influencia? ¿No ven todavía nues­tros ojos el sol que contemplábamos en los primeros días de nuestra infancia? ¿No encierra la Patria lo que más ama el hombre en este mundo? Allí descansan las cenizas de nuestros mayores; allí está aquel palacio, o tugurio, que poco importa, que nos vio nacer; allí subsisten aquellos ár­boles bajo cuya sombra jugueteábamos; allí la escuela en donde comenzamos a formarnos hombres; allí está todo. El mismo sentimiento religioso tiene mucha más vida en nues­tra aldea, villa o ciudad. ¿Por qué nos quedamos insensibles ante un Crucifijo, así sea de afamado artista, no estando en nuestro país, mientras que el solo recuerdo de aquel de nues­tro pueblo, tosco y sin arte tal vez, conmueve lo más íntimo de nuestras entrañas? No, no contradigamos jamás a quien nos diga ser su país el más hermoso, noble y viril de todos. Si alguno dijera lo contrario me causaría el mismo horror que quien me dijera que su madre no es la mejor de todas.

Pues cuando todas estas cosas se presentan a una ante la imaginación de aquel que ve cómo dentro de algunos minutos va a alejarse para siempre del lugar de tan caros recuerdos, ¿cómo es posible se pueda uno contener, y sino con las mismas palabras, con los mismos sentimientos acompañe a nuestro hermano….. y diga:

Amor hasta la muerte,
hasta la tumba obscura,
mi corazón te jura,
país donde nací;
y todo cuanto tengo,
mi nombre con mi vida,
mi ser, patria querida,
lo debo todo a ti.

La noche, extendiendo su manto, ha hurtado las costas a nuestra vista; gracias a la luz eléctrica vemos todavía algo de la Coruña. Lanza la sirena tristes y potentes gemi­dos, que se pierden en la inmensidad; da la señal de par­tida; deslízase sobre las ondas, que, al chocar en su cas­co, se resuelven en blanquísima espuma; óyese el pesa­do arrastrar de las cadenas, el crujir de las maderas  El alma se halla anonadada; parece comprender ó, por lo menos, estar ante la inmensidad de Dios. Todos callan; las luces van disminuyendo en intensidad, parece huyen de nosotros; ¿por qué se alejan tan pronto? Todavía se divisa el faro  Un momento más, y todo queda sumergido en las aguas  Todavía mis ojos continúan fijos, sin pestañear, mirando a través de las tinieblas; nada ven; las tinieblas me impiden ver lo que hasta ahora había sido el blanco de mis ojos. Con todo, sigo mirando, y mi ima­ginación se representaba lo que mis ojos no podían ver. Veta todavía las luces, veía las playas abandonadas, veía a mi Patria ; parecíame divisar las montañas de Montserrat; por ellas trepaba hasta postrarme a los pies de la Moreneta; allí me consagraba a ella con todo fervor; todos ustedes me rodeaban; todavía no habían acabado de darme abrazos; al mismo tiempo me hallaba en esa Casa; en confusa gavilla se me representaban ideas, personas, sucesos; tan pronto se me representaba el acto de tomar la sotana, romo el de los santos Votos; ya los Ejercicios anuales, como los de la Ordenación; ora los estudios, ora los actos de piedad; aquí mis Superiores, ahí mis Catedráticos; los siete años más felices de mi vida fueron desplegándose ante mis ojos. Estaba anonadado; yo no discurría, porque era imposible, pero sentía, sentía que me ahogaba; necesitaba explayar mi sentimiento, y lloré  ¡Qué cobarde soy!

Los otros días se pasaron con la monotonía que al prin­cipio les dije. Finalmente, después de muchas sospechas, opiniones y juicios, después de sumar, restar, multiplicar y dividir mil veces las millas andadas y las que faltaban por andar, después de repetir nuestros ejercicios santos, parti­culares y de Comunidad, como ustedes pueden suponer viajando con el observante y piadoso P. Moral, desembar­camos en la capital de la Perla de las Antillas, en la ciudad de los más tristes recuerdos para todo español. Todavía no he visto reir un español en la Habana; todos parecían cul­pables de horrendo crimen. No sé cómo están ahora Cuba y su capital; no teniendo tiempo para escribir a ustedes, ¿lo iba a tener para los periódicos? Sólo les manifestaré lo que en aquellos días me pareció.

Observábase entonces general malestar en la población; todos estaban en expectativa. Mirábanse con recelo, como si con su mirada quisieran penetrar lo que pasa en el cora­zón del prójimo. Un marino me dijo haber disminuido el comercio un 50 por l00 desde la separación de España. Los yanquis lo invaden todo y son aborrecidos por el pueblo; mas ellos, más taimados que la astucia, dan treguas a todo, dejándolo para un mañana que nunca llega; en substancia, me parecía estaban diciendo: «Si no me lo dais, me lo tomo.» Muchos de los cubanos maldicen de lo hecho; otros, es decir, aquellos cuya boca está tapada por el oro americano, dicen haber todavía esperanza de conseguir la autonomía. Por aquellos días se les ofreció ésta bajo ciertas condiciones, dos de las cuales eran como siguen: «El ejér­cito de los Estados Unidos ocupará las plazas de Cuba cuanto tiempo crea conveniente. La República Cubana no podrá celebrar tratado alguno con otra nación sin permiso de los Estados Unidos. Griten ahora los infelices: ¡Muera España la opresora! ¡Viva la libertad!»

En uno de nuestros paseos subió al tranvía un mulato yanqui, con todos los caracteres de mulato y de yanqui: estaba borracho. Apenas se hubo sentado, cuando empezó a revolverse en su asiento, y cual si estuviera poseído de una legión de demonios, ya levantaba los brazos en alto, ya se llevaba las manos a la cabeza y al cuello, haciendo ade­man de cortárselos, y con voz cavernosa y entrecortada por la vehemencia con que hablaba empezó a clamar: «¡Viva Cuba independiente y libre, y muera España!» Ya pueden figurarse cómo estaríamos: al principio la sangre se me heló en las venas; temía una barbaridad: luego me encendí de coraje y de vergüenza: volvía él los ojos hacia los circunstan­tes como para adivinar si entre ellos había un español. To­dos permanecieron callados; tal vez por no haberlos, tal vez por no poder hablar con un hombre que nada entendía de castellano. Además, ¿qué se podía decir a un hombre que no tenía de tal ni tan solo la figura? No pudiendo aguantar Aquella escena, dije por lo bajo a mis compañeros: Vámo­nos. Al bajar dije al conductor:—¿Cómo permite usted estos escándalos en el coche?— ¡Qué quiere usted Padre! si le mando bajar, lo achacan a política y me quedo sin empleo. Dios tenga compasión de todos.

Estamos ya para salir de la Habana, en donde hemos permanecido cinco o seis días, y todavía no les he dado a ustedes cuenta de cómo fuimos recibidos por nuestros her­manos. a bien que no hay para qué decirlo. ¿Cómo nos habían de recibir? Pues como se recibe en todas nuestras casas: con los brazos abiertos. Los del P. Sáiz fueron los primeros que encontré: nada ha perdido, ni de su fealdad física ni de su belleza moral: intrépido é infatigable, trabaja con el ardor de los años varoniles; de su boca tuvimos la satisfacción de oír gran parte de los muy notables hechos y peripecias de su vida, que yo quisiera describir, pero no lo hago por temor de deslustrarlo, y porque, si ustedes es­tán ya cansados de tanta digresión y desean llegar al fin de esta carta, mucho más lo deseo yo, que pienso que nunca la voy a terminar. Así, pues, es necesario que uste­des suplan con su brillante imaginación todo lo que aquí omito. Así también callaré, corno lego que soy, la des­cripción del hermoso templo de Nuestra Señora de la Merced. Cuando el hermano Cuesta pase por allá, puede em­plear las amplias facultades que le concedo para que lo haga.

Al fin llegó el día de partir. El vapor yanqui Vigilancia fue quien nos trasladó al Sr. Arnaiz, hermanos Esteban, Obrador y a un servidor al puerto del Progreso. Los otros tres hermanos continuaron su camino para Veracruz. Nues­tra travesía fue feliz: mucha sorpresa nos causó el encon­trarnos entre yanquis , ya por lo raro de su carácter, tan opuesto al español, ya por el servicio de mesa, tan distinto del de los buques españoles. Los yanquis son altos, no tan robustos ni encarnados como me los había fingido, serios, emprendedores, no gastan bromas ni por chanza, tragan a más poder, sólo piensan en el dinero, todo lo van acapa­rando. Los dos diarios de México de más circulación son suyos: poco há decían que dentro de diez años se habrán apoderado, por pacífica conquista, de la República Mexi­cana. En cuanto a religión, son indiferentes: los mejores se contentan con leer su Biblia. En uno de los dos buques yanquis, en que hemos viajado había dos ejemplares sobre la mesa escritorio del salón de descanso. a nosotros nos han tratado muy bien, a pesar de no disimular (cosa impo­sible por otra parte) el ser Sacerdotes católicos. Cuando empezábamos a acomodarnos a tan extraño régimen de vida, anclamos en Progreso. El tren nos llevó en dos horas de este puerto a la celebérrima ciudad de Mérida.

Es necesario ver a Mérida para formarse una idea de lo que es. Un andaluz, rico y de muy buenas ideas y senti­mientos religiosos, y sobre todo templado y gracioso (ello está bastante dicho sabiendo ser andaluz), a bordo del Vi­gilancia me describió Yucatán y Mérida en los términos siguientes: «Los yucatecos se tienen por la gente mejor de la República. (Hasta aquí, pensaba yo en mis adentros, no hay nada de particular; porque los andaluces, y los catala­nes, y los castellanos y todo hijo de vecino piensa lo mismo). Yucatán son los Estados Unidos de México. Los habi­tantes no son mexicanos, ellos son yucatecos. Mérida no llega a París, pero vamos… por ahí se le anda».

Naturalmente, no dejaba de haber en estas palabras su parte andaluza: voy a decirles lo que a mí me pareció. Deseo, ante todo, se fijen ustedes en estas palabras a mí me pareció. En esto, como en cuanto llevo dicho y me falta que decir, en manera alguna pretendo hagan ustedes caso alguno de mis juicios; cada cual piense como se le antoje, que no reñiremos por ello; sobre todo, antes quisiera cor­tarme la mano que lastimar a nadie en lo más mínimo. ¿Adónde irá con estos preámbulos? —habrán dicho algu­na:— «No se amosque usted, hermano Mesquida, que de menos nos hizo Dios.»

Son los yucatecos, meridanos, mejor dicho, amantes de la patria y del trabajo. Llevarían a mal que un extranjero emprendiera obra alguna de consideración en su territo­’1o. Pueden viajar para estudiar o para recrearse, pero to­dos vuelven a su patria. El terreno es muy pobre: llano como la palma de la mano; de Progreso a Mérida, aunque ay ocho leguas de distancia, sólo se eleva el terreno 8 me­ros sobre el nivel del mar. El terreno es pedregoso: esto favorece mucho a lo que constituye toda o casi toda la riqueza del país: el henequen. Cuando se les acabe esto, quedarán pobrísimos.

Son bastante religiosos: casi todos los hombres se des­cubren al pasar junto a un Sacerdote. a nuestra llegada ya había quince días que estaban festejando al milagroso Cru­cifijo «de las Ampollas» y, a pesar de eso, todavía con­tinuaron por espacio de ocho días. Ya estaba aburrido yo de tanto cohete y triquitraque, y aun de una banda de mú­sica que, a pesar de tocar bastante bien, creo habría mareado al mismísimo hermano Payerás. Todos los gremios por turno iban celebrando su fiesta, empeñándose todos en ver quién podía derrochar más. Por falta de educación religiosa, el pueblo es ignorante aun en la misma Religión que devoto profesa.

Me decía un yucateco que Mérida no podía contarse entre las ciudades cultas. Y tenía razón, si lo decía por las calles de la población. Cuando no están convertidas en fétidos baches, gruesa alfombra de polvo las llena: apenas se puede andar a pie, como no sea con peligro moralmente cierto de volver a casa salpicado de barro. Á. pesar de haber andado varias veces en tranvía, casi pudiera afirmar no haber visto el carril por dónde anda. Al bajar de él, re­petí cierta vez la escena de la Florida. ¿Se acuerda usted, hermano? Las casas, como son bajas, están salpica­das de barro lo menos hasta la mitad de la fachada. Los edificios mejores de la ciudad son todavía restos de la bar­barie española. Encontramos al Sr. Goñi, convaleciente del vómito: cinco doctores le asistieron en su enfermedad: todos querían atribuirse el mérito de haberle curado, por­que, en verdad, fue uno de los más difíciles casos que se han visto.

Al Sr. Arnáiz y a un servidor no hizo mella. alguna el nuevo clima: en cambio los hermanos Esteban y Obrador a los pocos días fueron presa del vómito. Fueron trasladados, para evitar el contagio, a casa de una señora llamada D.’ Loreto Peón, que cual verdadera madre halla gusto, a pesar de su avanzada edad, en asistir personalmente a cuantos españoles contraen esta enfermedad en el Semi­nario. Tenemos muy buenos amigos en la ciudad: otros, en cambio, nos hacen cruda guerra, envidiosos de la prosperidad de nuestro Seminario.

Sería cosa de nunca acabar si hubiera de descubrirles cuanto tengo en mi pecho. Basta decir a ustedes que, a lo mejor, cuando mi cátedra empezaba a florecer (date tono, Milla), cuando me preparaba para asistir a las cátedras de Francés é Inglés y de Derecho Romano, cuando ya me había matriculado en la Escuela Preparatoria para gra­duarme de Licenciado en no sé qué, mi fatal estrella, la que me había quitado la borla de Bachiller por Toledo, ¡cataplúm! envía un cablegrama para que nos embarquemos para México. ¿Cuánto daban ustedes por nosotros dos, en esa de Madrid? No sé si hubiera llegado a un centavo: ten­gan, pues, muy bien entendido que sólo en partes telegrá­ficos se gastó más de 5o pesos!!!

El P. Moral, que partamos; éste, que ha de consultar con el P. Mejía, que estaba en la Habana; aquél, que esperen un poco; el de más allá, que esta semana no hay vapor….; no pueden figurarse, a pesar de la natural tristeza de abando­nar a nuestros hermanos, cuánto nos reíamos los dos.

Hénos de nuevo en el charco emprendiendo un nuevo viaje: ¿para qué describirlo?

Dicen que todos son parecidos…, pero no; éste no fue como los anteriores, porque deshecha tormenta nos hizo levantar ojos y corazón al Cielo para implorar la miseri­cordia del Señor. Acabábamos de salir del puerto de Cam­peche cuando el mar comenzó a moverse más de lo ordi­nario: progresivamente las olas se fueron agrandando, cual si montañas de agua vinieran a precipitarse encima de nuestro barco para hacer presa de nosotros. El viento so­pla furioso, la máquina lanza tristes gemidos, da el vapor convulsiones espantosas cuando la hélice gira fuera del agua, tres olas pasan por encima del puente: a pesar de tan tristes presagios, ¡oh poder de la imaginación! todavía me parecía que aquello no se podía llamar verdadera tem­pestad.

—»Vamos a prometer a la Virgen de Guadalupe la cele­bración de una Misa en el Santuario de México—dije a mis compañeros;—porque, si por ahora no hay peligro, bien pudiera ser que la cosa pasara adelante.» Y no sólo se lo dije a ellos, sino también a otros tres Sres. Sacerdotes me­ridanos, a uno de los cuales, S. S. el Canónigo Acevedo, le ví bajar varias veces las escaleras como lo hacen los niños a los cuatro años. ¿Entonces sí que cambiamos la peseta de veras! Al fin fue sosegándose la mar: las olas, rendidas de tanta lucha, parecían huir avergonzadas de su derrota: aprovechando un momento oportuno, a gran velocidad nos dirigimos al puerto, en donde penetramos dos días más tarde de lo ordinario.

Llegamos a México el feliz día del Beato Perboyre, a las ocho de la noche: fuimos recibidos por la Comunidad como de costumbre. El día siguiente fuimos a visitar a la Virgen de Guadalupe, bajo cuya protección, con indecible gozo del alma, a ustedes y a nosotros colocamos. Subi­mos al cerrito, donde hubo la última milagrosa aparición de la Santísima Virgen al ínclito Juan Diego; a la bajada bebimos agua del posito y compramos algunas fotografías y medallas: en seguida tomamos de nuevo el tranvía eléc­trico para volver al lugar de donde habíamos partido, y de aquí a Tlalpan. Comimos, conversamos, reímos, otro fuerte apretón, y vuelta a casa: llegamos a las tres; en diez minutos preparamos la maleta, y sin despedirme de nadie, ni aun de mi inseparable compañero Sr. Arnáiz, monté en un coche que estaba a la puerta y  a la estación, camino de Puebla, para continuar el viaje hasta ésta de Oaxaca. No sé si con su imaginación podrán seguir ustedes tan vertiginosa y descalabrada descripción : la culpa es mía, que por acabar presto dejo que la pluma, volando, escriba lo que le dé la gana.

De este Seminario hay tanto que decir, que uno de los dos tomos prometidos por el hermano, será poco para abarcarlo. Conténtense ustedes con saber que el local es como unas tres veces mayor que el de Madrid. Dos igle­sias: una de ellas magnífica, de estilo bizantino, con ri­quísimo altar gótico traído de Alemania, regalo del Señor Arzobispo. El Sr. Quintas es el Capellán: algunos me­ses há, compró una campana de 8o arrobas: ahora va a comenzar los trabajos para levantar una torre medio derri­bada por un terremoto. El P. Coello, profesor de Dogma (obra de Castro), de Historia Eclesiástica y de tercero de Filosofía, es acabado modelo de Procuradores. Yo no sé si lo soy de Secretarios: el hermano Escribano me dijo más de una vez tener firma de tal. Explico, además, pri­mer año de Filosofía (Sucona), Literatura (Cortejón), y no sé qué cosas más: Griego y Hermenéutica. Si me dicen de dónde saco tiempo para tanto, les diré que no lo sé. Aun estando en ésa se acordarán algunos haberme oído decir que nuestros Padres de México hacían milagros: pues no es mucho que yo haga otro tanto. Atendiendo a tantas ocupaciones, creo comprenderán ustedes haberme sido del todo imposible satisfacer antes sus tan legítimos deseos. ¿Cuántas cosas me olvido de decirles? ¿De cuántas se olvi­darán ustedes cuando me escriban, que yo deseo saber? Un abrazo más y  hasta el Cielo.

Su hermano en San Vicente,

ANTONIO CASULLERAS, i. S. C. p,

P. D.—Al terminar esta mi larga carta a la clase estu­diantil, de donde soy recién salido; como insignificante tri­buto por lo mucho que debo a mis inolvidables Superiores, Directores y Catedráticos, declaro ingenuamente que estaré eternamente agradecido a los inestimables servicios que tan paternalmente me han prestado.

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