Verdad religiosa y caridad social: Tercera parte

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Congregación de la MisiónLeave a Comment

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Autor: Enrique Albiol, C.M. · Año publicación original: 1945 · Fuente: Editorial La Milagrosa.
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Tercera parte: Al Servicio del Clero

La «Religión de San Pedro».—Urgente necesidad.—Los «Ejercicios de San Vi­cente». — Los Ordenados. — Asociación Sacerdotal.—Las Conferencias eclesiásti­cas y Bossuet.—Difusión de las Conferen­cias.—El Clero Español.—Los Seminarios en Francia.—La Innovación de San Vi­cente.—La Congregación de la Misión y los Seminarios Conciliares.—En España y sus Colonias.—Episcopologio y Santoral.—Organización Interna.

La «religión de san Pedro»

Señores :

Ha dicho el historiador Rohrbacher, que «des­pués de los Apóstoles, no ha habido hombre alguno que haya prestado más servicios a la Iglesia Católi­ca y a la humanidad, que San Vicente de Paúl».

No exagera la verdad. Porque con ser tan grande su obra de las Misiones Populares y tan admirable la de sus Hijas de la Caridad, son ambas inferiores, en su interior contextura y en su trascendencia ex­terior, a otra obra —mucho menos conocida, pero mucho más importante— realizada en servicio de lo que es base y motor de las actividades sociales de la Iglesia : su Clero.

Apenas llevaba la Congregación de la Misión cuatro años de existencia cuando la llamó Dios a la obra de la santificación del sacerdocio.

Anotemos de nuevo que la Congregación de la Misión no es una Orden Religiosa, por la sencilla razón de que no se creyó jamás llamado a tan alta empresa su Fundador, el cual solía decir aguda y graciosamente a sus misioneros que se contentasen con pertenecer a la «Religión de San Pedro». Los paúles somos, por consiguiente, sacerdotes del clero secular; y nuestros votos no son públicos, ni solem­nes, sino simples y privados, aunque la dispensa de ellos esté reservada al Sumo Pontífice y al Superior General. No andaba, pues, mal informado aquel obispo de Barcelona que decía a la Majestad de Fernando VI : «… dependen en todo de los Obispos en cuyas diócesis se instalan, si se exceptúa el régi­men interior y económico del Instituto[/note].

El período de preparación y prueba que prece­de naturalmente a la emisión de nuestros votos, no se llama «Noviciado» sino SEMINARIO interno.

Perteneciendo, pues, al Clero Secular, no es extraño que la Congregación de la Misión estuviera por su misma índole al servicio de este clero desde el principio de su existencia y que San Vicente seña­lara tal servicio como el fin más alto de la Institu­ción : «eeclesiasticos adjuvare» (Reglas, cap. I). Ayudar a los eclesiásticos. Y preferentemente a los párrocos rurales.

La gratitud, veneración y simpatía que el Clero Secular coetáneo de San Vicente profesaba al Santo, se trasluce en la hermosa dedicatoria con que el Pá­rroco de San Abdón —diócesis de París— le consa­gra el «Hortus Pastorum» y de la cual voy a leeros, sin comentarios, tres párrafos elocuentes :

  1. «Cuando los párrocos se ven abru­mados por el peso de su oficio pastoral, en­seguida vuelas con pronto auxilio, ponien­do tus hombros bajo su yugo, y no :os de­jas sucumbir, substituyéndolos en el tra­bajo.»
  2. «Si algunos vacilan por su inteligen­cia menos ilustrada en estas tinieblas del siglo que envejece, alegre y gustoso les das la antorcha de tu dirección y de tu sabidu­ría.»
  3. «Otro alabe la piedad, la re:igión, la prudencia, la sinceridad, el cuidado y el trabajo con que infatigablemente te das a la Iglesia; yo no puedo callar la caridad con cuyo fervor encendido buscas las ove­juelas que no son tuyas, si andan extravia­das, y, una vez encontradas y curadas, no las retienes para ti, sino que las devuelves en tus hombros a sus pastores (los párro­cos); y así te muestras admirab:e en este nuevo modo de apacentar y curar.»

Por su parte, el profundo respeto que San Vi­cente manifestó siempre a sus amigos los párro­cos, está lleno de ingenuas delicadezas, como la de no hacer uso de licencias generales de un Obis­po para misionar su diócesis si antes no las hacía efectivas la autorización del párroco; la de man­dar a sus misioneros —dice Abelly— «que no mo­viesen ni una paja» sin el consentimiento del párroco; la preferencia con que los distinguía en la distribución de socorros a las provincias devasta­das por la guerra; la buena disposición con que dejaba otras veces el reparto de sus limosnas a merced de la voluntad del párroco; la humilde cortesía —reverente y cordial— con que recibía y agasajaba y servía a todos los que gustaban de retirarse a San Lázaro para practicar los Ejerci­cios Espirituales bajo la dirección del Santo, y otras innumerables demostraciones de puro y ser­vicial compañerismo, que eran lecciones intuiti­vas, constantes, sagraoias, para todos sus misio­neros.

La Congregación de la Misión atentaría contra su propia naturaleza, si dejara perder algún día su carácter eminentemente parroquial!

Sin embargo, hay que decir en honor de la ver­dad, que en tanto se pensó ayudar al Clero, en su formación sacerdotal sobre todo —»ad scientias vir­tutesque acquirendas, ipsorum statui requisitas» (Regí. c. 1.)— en cuanto era necesario para perpe­tuar el fruto de las misiones en el pueblo. Porque ¿de qué aprovechaba permanecer un mes o un tri­mestre misionando a los habitantes de una aldea, si después quedaban huérfanos de pastor que conso­lidase la obra iniciada con las misiones?… De este simple interrogante brotó una polifacética empre­sa al servicio directo del clero, que hace seis años encomiaba nuestro Santísimo Padre Pío XII —en­tonces Secretario de Estado— con la elocuencia de estas palabras :

«Gran reformador, San Vicente, del es­píritu sacerdotal de los obreros de la viña del Señor y de los Guardianes de su reba­ño, se nos ofrecen como prueba de su celo los Seminarios Mayores y Menores CREA­DOS por él y que dirigen sus compañeros, emprendiendo en dios la formación inte­lectual y moral de los aspirantes al sacer­docio. Pero eso es poco todavía: ¿No fué él quien propagó en Francia, en Europa y hasta en Roma los Ejercicios Espirituales para Ordenados?… Y aún hizo más : Los Sacerdotes ávidos de perfección, llenos de santo y generoso entusiasmo, acudían a las casas de su Congregación a tomar parte en los retiros que en ellas se organizaban. A la sombra de San Vicente, y merced al fue­go de su palabra, TOMARON VIDA y la fuerza necesaria para difundirse las céle­bres Conferencias de los Martes, doctas y santas reuniones de fervorosos ministros de Dios, de prelados y obispos, en las que al lado de un Cardenal de Retz se ve al joven Bossuet, fiel amigo y admirador del Fun­dador de la Misión, que había de llegar a ser la gloria incomparable del púlpito sa­grado.» (Paneg. de S. V.)

Dos siglos antes de que Pío XII se expresara de este modo, ya cantaba la Iglesia en el Oficio Propio de San Vicente :

«Aris, hoc duce, dignitas,
Clero decus scientice,
Morumque redit sanctitas.»

Urgente necesidad

Francia no había adoptado todavía la práctica de los Seminarios COnciliares, que tan buenos resultados empezaba a dar en Inglaterra, donde el Cardenal Polo se había anticipado a las decisiones de Trento; y en Italia, donde el Cardenal Borromeo las implantó rápidamente; y en España, donde los Arzobispos Antonio Agustín, de Tarragona, y Guerrero, de Granada, las divulgaron; y en Portugal, donde el obispo Bartolomé de los Márti­res fundó el primer seminario bracarense; y en Ale­mania, cuyo Colegio Germánico, fundado en Roma por la Compañía de Jesús, nutría de clero ortodoxo a la nación protestante; y en Bélgica, y en Polonia y en Suiza, donde piadosos obispos levantaban es­cuelas de ciencia y de virtud sacerdotales en con­formidad con las normas sapientísimas de Pío V. Sea por la tenaz resistencia de los Parlamentos, o por la intranquilidad de las luchas religiosas y ci­viles, lo cierto es que ni el gran Cardenal de Lo­rena, ni el Príncipe y Cardenal Carlos de Borbón, ni varios Concilios Provinciales, ni la misma Asam­blea Política del Clero, habían podido conseguir que a principios del siglo XVII hubiese un solo Se­minario en Francia.

Veintiocho diócesis estaban sin obispo; en trein­ta y cinco había cesado la administración de los san­tos sacramentos; ciento cincuenta catedrales, aba­días y gran número de iglesias parroquiales y con­ventuales habían sido saqueadas e incendiadas por los herejes.

Los aspirantes al sacerdocio carecían de medios adecuados para su preparación científica y moral desde que desaparecieron en el siglo xvi la mayor parte de las antiguas escuelas episcopales, tan flore­cientes en la alta y baja Edad Media. Los jóvenes mejor acomodados iban a adquirir sus grados académicos a las Universidades —de cuya relajación e indisciplina nos ha dejado muy curiosos apuntes Renato Gadave— mientras los menos favorecidos por la fortuna, se reducían a estudiar en alguna Colegiata, o en las casas parroquiales, donde no era posible adquirir una formación completa, maciza y conforme a las necesidades de aquella época en que los resabios del Renacimiento por una parte y la conmoción religiosa producida por el luteranismo de otra, habían dejado harto resentida la moral en todas las clases sociales.

Añadamos a todo esto el trastorno que en el régimen exterior de la Iglesia de Francia provocaba el privilegio de las regalías, y habremos comprendi­do la urgente necesidad de una Reforma en la cual empleó San Vicente lo mejor de sus energías y las de su joven Congregación.

¿Cómo?

Por los tres procedimientos que destacaba en su panegírico el Cardenal Pacelli :

  1. Introduciendo la práctica de los Ejercicios Espirituales entre los Ordenandos.
  2. Creando el sistema de las Conferencias Eclesiásticas semanales.
  3. Fomentando la creación de los Seminarios con su original separación de Mayores y Menores. He ahí tres obras gigantes emprendidas al ser­vicio del Clero y de las cuales se reconoce a San Vicente por AUTOR, no sólo en Francia, sino en toda la Iglesia Católica.

Los «ejercicios de san Vicente»

Empecemos por los Ejercicios.

No sé si habrá en la historia hagiográfica de la Iglesia un santo que se haya declarado propagan­dista más activo y conocedor más profundo de los Ejercicios Espirituales, que San Vicente de Paúl. Sus casas están abiertas de par en par a todos los que quieran retirarse para pensar en Dios sosega­damente : por eso las aroma un amable silencio de Cartuja. «Apud nos silentium extra recreationis tempus servabitur» (Regí. cap. VIII. n. 4).

Desde 1635 hasta su muerte, acogió de este modo el Fundador más de veinte mil personas, que re­presentan unas ochocientas por año; todos varones. Porque las mujeres que también querían retirarse a participar de los grandes provechos de esta útil práctica bajo la dirección del Santo, se reunían al lado de Santa Luisa de Marillac, cuya vivienda fué la primera «Casa de Ejercicios para señoras» de que hay noticia.

Los misioneros paúles han mantenido esta cos­tumbre hospitalaria hasta el día de hoy; siendo evidente muestra de las bendiciones que Dios les otorga en dicho ministerio, la conversión del joven abogado Alfonso María de Ligorio, que, en los Ejercicios de 1722, realizados en nuestra residen­cia de Nápoles, a donde fué acompañado por su virtuoso padre, dió un rotundo viraje al volante hasta entonces indeciso de su vida, para empren­der a todo motor la brillante carrera de la san­tidad.

San Vicente es el primero que introdujo la prác­tica —hoy tan usual— de los Ejercicios en tanda, con lo cual llevó a la multitud el beneficio reservado a los particulares. Y, además, se le debe el honor de haber creado un método particular y personalísimo dentro del plan general e insustituible de los Ejercicios, que, según San Ignacio en su «Primera annotación», se reducen a «todo modo de examinar la conciencia, de meditar, de contemplar, de orar mental y vocal y de otras espirituales operaciones».

Comprendo vuestro deseo de conocer en qué consiste la especialidad de los Ejercicios de San Vi­cente, y me apresuro a satisfacerlo. Oíd :

Además del carácter de colectividad ya indicado, les infunde un espíritu de mutua cordialidad y hu­milde llaneza, que excluye todo rigor, ejercitando al alma en el estudio y aplicación de las virtudes según las normas de su «pequeño método», que, si en la oratoria tiene la virtud de vigorizar la dia­léctica, en los Ejercicios disciplina y abre cauce al pensamiento. San Vicente no impone a sus ejerci­tantes meditaciones tan bellas como la de las dos banderas, o la del rey simbólico que arenga a sus cortesanos antes de emprender una cruzada; no por­que las desconozca, ni —¡ mucho menos !— las des­estime; sino porque su espíritu se inclina más al de su santo amigo Francisco de Sales, que al de su ad­mirable precursor San Ignacio de Loyola. Y cuan­do sus ejercitantes son sacerdotes, o simplemente ordenandos, las pláticas se convierten en verdade­ras conferencias o coloquios en que unos y otros confieren mutuamente acerca de la utilidad de esta o de aquella virtud, de los motivos más acuciantes para conseguirla, de su genuina naturaleza teológica y de los medios más aptos para perfeccionarla. Eso es todo.

He observado que los Ejercicios de San Ignacio consiguen un fruto excelente actuando en el alma por medio de los sentidos y de la imaginación : porque sabida es la importancia que en ellos tiene la composición de lugar con que se preludia toda meditación, la postura corporal, la estudiada gra­duación de luz, la contemplación imaginativa no sólo en la primera semana sino también en las ul­teriores, etc. ; y el mismo San Vicente acaso debe a estos Ejercicios la célebre victoria de su espíritu sobre cierto humor melancólico —»negro» lo llama él— que empañó de imperfección el brillo de sus virtudes en algún tiempo de su juventud. Sin em­bargo, el método de nuestro Santo Padre difiere del método ignaciano, en que prefiere obrar sobre la vo­luntad por medio del raciocinio y no por la contem­plación. Y la explicación de esta diferencia la en­cuentro yo en el deseo que acaso tuvo de librar a los ejercitantes del posible peligro del «Quietismo» recién nacido en su época. Pues la célebre polé­mica de Bossuet y Fenelón sobre este punto, me hace recordar que el primero había practicado los Ejercicios de San Vicente, y el segundo no.

Por los demás, tan bellamente se hermanan los Ejercicios de San Vicente y los de San Ignacio, que estos han tomado de aquellos la práctica de hacerse en tandas, y aquellos han tomado de estos su propia iniciación básica.

Hasta trece documentos papales —seis Bulas, seis Breves y un Rescripto— aconsejan y encomian los Ejercicios de San Vicente de Paúl, enriqueciéndolos con indulgencia plenaria y recomendándolos a la porción más selecta de la Iglesia, que son sus sacerdotes.

No ignoramos que la alta autoridad de Pío XI recomienda asimismo en su encíclica «Mens nostra» los Ejercicios de San Ignacio y les reconoce una primacía justamente adquirida por la excelencia de su doctrina, unidad orgánica de sus partes, clari­dad de su método y eficacia de sus efectos. Ello nos alegra sinceramente y nos impele a bendecir a Dios, cuya dulce Providencia se ha dignado enriquecer a su Iglesia con la variedad en la unidad de estos me­dios santificadores, acomodándose a la idiosincra­sia de nuestras almas, que así podrán elegir, entre dos sistemas, el más conforme a sus gustos y con­veniencias. Porque en esto, señores míos, sucede como en las recetas de farmacopea : aunque todas las fórmulas son buenas, no por eso aprovechan todas de igual manera a cualquiera clase de pa­cientes.

Los ordenandos

San Vicente de Paúl moldeó cuidadosamente sus Ejercicios con miras a los Ordenandos principal­mente; hasta el punto de ser reconocido como AUTOR de los mismos por el Papa Clemente XII, que en su Bula de canonización «Superna Jerusa­lem» dice : «Auctor fuit ut priusquam ad ecclesias­ticos gradus ascenderent, a mundanis tumultibus in sanctam secedentem solitudinem, per aliquot dies divinis rebus meditandis contemplandisque sui mu­neris officiis vacarent.»

Con las cuales palabras viene a ratificarse la expresión de Urbano VIII, quien dijo en su Bula de erección de la Congregación, que en el fin principal y peculiar de esta entran los Ejercicios a los Orde­nandos : «Proecipuus finis et peculiare institutum.»

Fin cumplido satisfactoriamente desde el prin­cipio, ya que el Papa Alejandro VII —año 1662—en vista de su buen resultado, impuso la práctica de estos Ejercicios «in domo urbana Sacerdotum a Missione nuncupatorum» a todos los ordenados de la ciudad de Roma y de sus seis obispados suburvi­carios, bajo pena de suspensión «ab ordinibus sic susceptis», no sólo para los ordenandos, sino tam­bién para los obispos que confiriesen las órdenes : «Episcopi yero ordinantes, ab usu Pontificalium per annum.»

Estas prescripciones nunca han dejado de es­tar en vigor; antes bien, para darles más autori­dad todavía, el Papa Pío IX las renovó en su Cons­titución «Apostolicae Sedis» el 12 de octubre de 1869; y después pasaron con fuerza universal de ley al cuerpo del Código Canónico. Porque, como prueba el Cardenal Jorio, S. J., «gran parte de los medios de santificación del clero y del pueblo, prescritos por los cánones del Derecho Eclesiásti­co, se deben —al menos en la parte práctica— a San Vicente de Paúl».

La primera tanda de Ejercicios de Ordenandos la había dirigido San Vicente, en septiembre de 1626, en el palacio episcopal de Beauvais, cuyo piadoso Obispo tomó parte ejemplar en ella. Y el reglamento que para esta ocasión escribió el San­to se propagó enseguida por otros obispados.

La segunda la dió en su propia casa de San Lá­zaro, a petición del Arzobispo de París, sólo para ordenandos de aquella diócesis; pero con tal fru­to y tan abundante, que no se pudo menos de es­tablecer seis tandas anuales y admitir a todos los clérigos extradiocesanos que lo solicitaban. Uno de éllos, el austero reformador de la Trapa y famosí­simo converso, Armando Juan de Rancé, escribía después del retiro que precedió a su ordenación : «He tenido el gran consuelo de convivir unos días con estos buenos misioneros, cuya piedad es muy grande. San Lázaro es una casa de. Dios. En nin­guna parte se admiran tales ejemplos de virtud.» («Cartas de Rancé», B. Gonod.)

Pero San Vicente, que —como hemos visto—era contrario al monopolio de la Beneficencia y de las Misiones, tampoco quiso monopolizar la di­rección de los Ejercicios; y por eso aceptó la ayu­da de otros sacerdotes seculares, no pertenecien­tes a su Congregación, solicitándola a veces él mis­mo con humildad y prudencia. Ved un ejemplo que lo confirma :

En 1659 hallábase Bossuet en París, donde su palabra había resonado con tal magnificencia y fruto, que San Vicente pudo ver recompensados los afanes que por él se había impuesto. Esta co­yuntura sirvió al Santo para invitarle a predicar los sermones de Ejercicios en San Lázaro para las Ordenes de Pascua. Aceptó; y lo hizo tan a gusto de su maestro, que éste le premió con un abrazo y le rogó que volviera para las Ordenes de Pente­costés. Tampoco hubo inconveniente. Ni había de ser esta la última tanda que el gran orador diri­giese; porque en 1663 y en 1666, cuando el P. Almerás —sucesor de San Vicente— le rogó que edi­ficase e instruyese a los ordenandos con sus ser­mones, volvió a compartir la dirección de los Ejer­cicios Espirituales en la residencia de los Paúles de París, Santiago Benigno Bossuet.

Replegando ahora las ideas, me es muy grato comprobar que esta modalidad de su apostolado la trajo en todo el esplendor de su hermosura la Congregación de la Misión a España, de cuya pri­mera tanda de Ejercicios escribía el muy ilustre Arcediano Mayor de la catedral de Barcelona : «Por ser esta forma de Ejercicios peculiar a dicha Con­gregación, no se han practicado en España según la mente de los sagrados Cánones y Pontífices.»

El efecto producido en nuestra Patria por la santa novedad de este ministerio, fué captado in­genuamente por la pluma del cronista en esta pá­gina alusiva a los primeros Ejercicios :

«Cansaron grande novedad en la ciudad por no haberlos visto jamás, y todos los bien intencionados los aplaudieron suma­mente… y quien los celebró más entre to­dos fué el serrar Obispo, dando muestras de su agrado en un decreto que expidió mandando expresamente que ninguno pue­da ser promovidc a los Sagrados Ordenes sin que primero haga diez días de Ejerci­cios; lo cual se ejecuta hasta el día de hoy: cuyo ejemplo han tomado también otros Obispos, como el de Solsona, Urgel, Vich, Mallorca y Tarragona, enviando a sus dio­cesanos antes de ordenarles a hacer los Ejercicios Espirituales a esta Casa.» (B. Pa­radela, «Apuntes históricos».)

Como veis, el fuego santo de aquella revolu­ción ascética iniciada por San Vicente en el clero de Francia y de Italia, se ha corrido también a España. Y podemos conjeturar el celo con que cumplieron su deber de mantenerlo, nuestros Pa­dres primitivos, por estas cifras, que son su mejor corona :

En Barcelona —cuna de la Congregación en España— se daban más de ocho tandas al año, re­basando el centenar los ordenandos que pasaban anualmente por allí. En la última tanda de 1706 asistieron cuatrocientos sacerdotes. Y en la de di­ciembre de 1708 anota el cronista de la casa QUI­NIENTOS nombres, entre los cuales figuran los Obispos de Solsona y de Vich. Estas cifras se man­tienen, poco más o menos, en nuestra residencia de Madrid durante el quinquenio que va de 1830, en que se inauguró aquí la costumbre de los Ejer­cicios a los ordenandos, hasta 1835, en que aventó la Revolución a sus directores.

Pero no lo lamentéis : la semilla había caído en tan buena tierra, que, aun antes de promul­garse el «Jus Canonicum», se había propagado a todas las diócesis de España; mientras los sembra­dores, empujados por el viento de la persecución, seguían sembrando el rico grano en las diócesis ultramarinas.

Asociación sacerdotal

La empresa de los Ejercicios a los Ordenan-dos trajo como de la mano otra empresa : la de las Conferencias Eclesiásticas Semanales.

Partió la idea de los mismos neosacerdotes, que aspiraban a perpetuar el fervor sagrado de sus Ejercicios Espirituales mediante reuniones perió­dicas de piedad y estudio, hoy generalizadas por el Derecho Canónico en todos los arciprestazgos de la Iglesia. San Vicente, que tuvo siempre la par­ticularidad de apoyar —con más interés que si fue­se propia— toda iniciativa ajena, cuando en ella flameaba la gloria de Dios, aceptó la proposición con gusto, poniendo su mano organizadora en el plan de las primeras reuniones, en las que nunca faltaron un punto de liturgia y un caso de moral.

Sin embargo, aunque —por respeto a la modes­ta expresión de San Vicente— haya conservado esta obra el nombre de «Conferencia», hay que adver­tir que no se trataba en ella solamente de confe­renciar juntos los eclesiásticos acerca de sus debe­res sacerdotales, sino también —y esto era lo prin­cipal— de formar una Pía Unión entre éllos, o una Asociación Sacerdotal, cuyo reglamento, sometido a la aprobación de los interesados, es un expo­nente más del sentido preciso y práctico de nues­tro Santo Padre.

Se ha dicho que San Vicente de Paúl quiso realizar en el espíritu eclesiástico lo que San Fran­cisco de Asís realizó en el espíritu religioso por medio de la Orden Tercera; y así como este santo puso la perfección religiosa al alcance de las per­sonas del mundo, uniéndolas con vínculo espiri­tual y dándoles normas a propósito para santifi­carse, de igual modo San Vicente unió a los sacer­dotes con el vínculo santo de un reglamento —todo sabiduría y caridad—, cuya observancia facilitaba la perfección del propio estado, formando entre sí una espiritual familia que en cierto modo les proporcionase las ventajas de la vida de comu­nidad.

He aquí los cuatro puntos cardinales de aquel reglamento :

  1. Del fin de la Asociación, que no era otro sino honrar el Sacerdocio Eterno de Jesucristo y su amor a los pobres.
  2. Del personal, compuesto de eclesiásticos del clero secular, que fuesen ejemplares en sus costumbres.
  3. De las virtudes que debían practicar prin­cipalmente, ejercicios piadosos y normas de vida.
  4. Del objeto de las Conferencias y orden que en ellas se había de seguir.

El reglamento empezó a regir el día 16 de julio de 1633.

Como es natural, en esta obra del Patriarca de las Misiones no podía faltar el perfil misione­ro, que se acusa agradablemente desde sus prime­ros ensayos.

Estábase construyendo entonces la iglesia del segundo monasterio de la Visitación en París, y el Santo rogó a los sacerdotes de la Asociación que le ayudasen a predicar una misión a los obreros que la edificaban. Aceptaron gustosos la idea y con ingeniosa caridad distribuyeron de tal modo el tiempo que, sin impedir a los obreros su tra­bajo, les dirigieron todos los días las exhortacio­nes e instrucciones acostumbradas, preparándolos para hacer una buena confesión y llevar después una vida verdaderamente cristiana. Esto, sin em­bargo, no fué más que una prueba.

San Vicente procuraba que los sacerdotes de las Conferencias diesen Misiones, no solamente en el campo, sino también en los hospitales y en las parroquias de las grandes ciudades, siendo las dos más notables : la del arrabal de San Germán, paseo favorito de los protestantes franceses y centro de un libertinaje desenfrenado, donde las conversio­nes verificadas se tuvieron por un milagro; y la de Metz, de la cual fué promotor Bossuet, entonces Arcediano de aquella catedral.

Oíd con qué santa alegría y con qué profun- da humildad daba cuenta de esta Misión a San Vi­cente la pluma del gran orador :

«Metz, 23 de mayo de 1658.

No puedo ver alejarse a esos queridos Misioneros sin manifestaros lo mucho que todos lo han sentido, y los maravillosos ejemplos de edificación que entre nosotros han dejado. Tía sido tan grande el fruto producido por éllos, que tenéis los más grandes motivos para alegraros en el Se­ñor. Jamás se había visto aquí cosa más or­denada, ni más ejemplar que esta misión. ¡cuántos ejemplos de edificación os conta­ría de todos los misioneros, especialmente de su Director, el señor Tournus, si no os creyera ya informado por otros conductos más autorizados y no temiera herir su deli­cada modestia con mis alabanzas! Al mar­charse de aquí se han llevado consigo to­dos los corazones, y al llegar a vuestra casa los encontraréis cansados en el cuerpo, pero animados en el espíritu, ostentando los des­pojos que han arrebatado al infierno y adornados con los frutos de penitencia con que Dios ha bendecido sus ministerios. Recibidles con acciones de gracias y dignaos dárselas de mi parte por el favor que me concedieron asociándome a sus trabajos.

Aprovecho esta ocasión para tributaros también a vos, señor Vicente, las más ren­didas gracias por el beneficio que nos ha­béis dispensado, y para pediros que roguéis por mí a Dios, a fin de que tenga siempre el espíritu apostólico de esos santos Mi­sioneros.»

¿Qué comentario queréis que haga a esta car­ta, si ella sola demuestra el feliz contagio del es­píritu apostólico de San Vicente en la porción más selecta del clero secular de su época?… ¡ Aquellos sacerdotes dignísimos también eran «paúles», aunque no pertenecieran al «cuerpo» de nuestra Con­gregación !

Las conferencias eclesiásticas y Bossuet

Más de trescientos sacerdotes se habían inscri­to en las Conferencias vulgarmente llamadas «de los martes», por ser este el día acordado para las reuniones semanales, que puntualmente se tenían desde la Pascua a Todos los Santos en «San Lázaro», y desde Todos los Santos hasta Pascua en los «Bue­nos Niños», siempre a las dos de la tarde. Sus nom­bres son hoy perlas de gran valor en la corona del sacerdocio francés : Santiago Olier, fundador de San Sulpicio; el Abad de Coulanges, tío de la se­ñora de Sevigné; Abelly, futuro Obispo de Rodez y primer historiador del Santo; Pavillón, Perro­chel, Godeau, Fouquet y Vialart, futuros Obispos de Alet, de Boulogne, de Vence, de Bayona y de Chalons… Pero el más ilustre de todos, y acaso el más entusiasta de esta Asociación Sacerdotal, era Bossuet, cuyo espíritu señero se formó en las Sagradas Escrituras, en los Santos Padres y en las Conferencias Eclesiásticas de San Vicente de Paúl.

De estas Conferencias Eclesiásticas nos ha de­jado él mismo unas interesantes memorias en la carta que escribió el 2 de agosto de 1702 al Vica­rio de Jesucristo, y de la cual no puedo menos de entresacar —como flores, de un búcaro apretado—los seis párrafos siguientes :

1.° Bossuet se declara discípulo de San Vi­cente de Paúl : —»… Atestiguamos que Nos le hemos conocido desde nuestra juventud y que de sus pláticas piadosas y de sus sabios consejos —cuyo recuerdo, aun ahora, nos encanta grande­mente— APRENDIMOS el verdadero y perfecto espíritu de la piedad cristiana y de la disciplina eclesiástica.»

«…Testamur eumdenz Virum ab ipsa adolescentia nobis fuisse notum, ejusdeln piis sermonibus atquc consiliis veros et ín­tegros Christiance pietatis et Erclesiasticce Disciplines sensus nobis esse instilatos, quo­rum recordatione in hac quoque ceta te mi­rifice delectamur.»

2.° Bossuet llama a San Vicente «fundador» y «alma» de las Conferencias Eclesiásticas : —»An­dando el tiempo, cuando ya Nos habíamos ascen­dido a los Sagrados Ordenes fuimos admitido en aquella Compañía de virtuosos sacerdotes INSTITUIDA POR EL, y que semanalmente se reunía bajo su dirección para conferenciar sobre las cosas de Dios. Vicente era el ALMA de aquellas piadosas reuniones. Cuando escuchábamos LLENOS DE AVIDEZ su palabra, no había quien no viese en ella cumplido el precepto del Apóstol :1Si ha­bla alguno, que sea su palabra como de Dios; si administra alguno, que su administración emane como de la virtud misma de Dios.»

«Processu temporis, et jam in Presbyte­rio constituti, in eam Sodalitatem coaptati sumus, quce pios presbyteros, ipso duce et Auctore, in unum animabat ipse Vincen­tius, quem cum disserentem avidi audire­mus, tunc irnperi sentiebamus A postoli­cum illud : «Si quis loquitur, tanquam ser­mones Dei; si quis ministrat, tanquam ex virtute quam administrat Deus.»

3.° Ilustres Obispos, asistentes a las Confe­rencias : —La reputación y la piedad de Vicente atraían frecuentemente a esas Conferencias a ILUSTRES OBISPOS, los cuales encontraban en ellas preciosos recursos para sobrellevar su carga pastoral y sus trabajos apostólicos. Allí, en efecto, se les ofrecían infatigables obreros dispuestos a difundir la palabra de verdad en sus diócesis.

«Aderant plerumque magni ttominis Episcopi, Vincentii fama et pietate perduc­ti, ab eaque Sodalitate mirum in mochan —Auctore Vincentio— in Apostolicis curis ac laboribus juvabantur. Praesto erant Ope­rarii inconfusibiles, qui per eorum Eccle­sias recte tractabant verbum veritatis, nec minas exemplis quam verbis Evangeliwn praedicabant.»

4.° Bossuet, misionero de San Vicente en Metz : —»…Tiempo grato para Nos mismo fué aquel en que COOPERANDO en sus tareas nos esforzábamos en conducir a los pastos de vida el rebaño de la Iglesia de Metz, en la cual ejercía­mos entonces nuestro ministerio. Todo el mundo comprendió que el éxito de aquella Misión debía atribuirse a las santas exhortaciones del Venera­ble Vicente, a sus consejos y, sobre todo, a sus oraciones.»

«…Fuit etiam illud nobis desideratissi­mum tempus, quo eorum laboribus sociati, Metensem Ecclesiam, in qua tuno Eccle­siasticis Oficiis f ungebamur, in vitae pascua deducere conabamur; cujas Missionis fruc­tus venerabilis Vincentii non modo piis instigationibus atque consiliis, verum etiatu precibus, tribuendos nemo non sensit.»

5.° Bossuet, dirigido y director en los Ejer­cicios a los Ordenandos : —»EL NOS PREPARO para el sacerdocio cuando fuimos promovidos a las Sagradas Ordenes. Había establecido el retiro para los Ordenandos, y VARIAS VECES nos rogó que tomásemos la palabra para que les habláse­mos de los deberes eclesiásticos, como se practica de ordinario en estos Ejercicios; y confortado con las oraciones y CONSEJOS de aquel hombre ex­celente, Nos aceptábamos gustoso la piadosa carga.»

«Ille nos ad Sacerdotium promovendos sua suorumque opera juvi. 111c secessus pios Clericorum qui ordinandi veniebant, sedulos instituit; Nosque etiam nen semel invitati, ut consuetos per illa tempora de rebus eclesiasticis sermones haberemus, pium laborem, o ptimi viri orationibus et monitis freti, libenter suscepimus.»

6.° Bossuet, panegirista de San Vicente: «Merced a estas relaciones, hemos podido dis­frutar a nuestro placer en el Señor y admirar de cerca sus virtudes, sobre todo su caridad, verda­deramente apostólica, su gravedad, su prudencia, unida a una admirable sencillez, su amor a la dis­ciplina eclesiástica, su celo por la salvación de las almas, su fuerza invencible y su constancia contra todos los géneros de corrupción. Todo el mundo recuerda con regocijo —y yo de un modo particular— cuán pura era su fe, cuán profundo su respeto a la Sede Apostólica, cuán sincera y sin reserva su sumisión a los decretos pontificios; con qué abnegación de espíritu, con cuánta humildad de corazón servía a Dios, aun en medio de LOS MUY ALTOS CARGOS que desempeñaba en la Corte. Así es que la memoria de este santo hom­bre se afianza más de día en día en todas partes.»

«Licuitque nobis affatim eo frui in Domi­no, ejusque virtutes coram intueri, ac prae­sertim genuinam illam et apostolicam cha­ritatem, gravitatem atque prudentiam cum admirabili simplicitate con junctam, Ecclesiasticae rei studium, zelum anima­rum, et adversus omnigenas corruptelas in­victissimum robur atque constantiam.

Quam puram fidem coleret, giman Sedi A postolicce ejusque Decretis reverentiam exhiberet, quanta animi demissione et hu­militate, in amplissimis licet Regiorum etiam Consiliorum functionibus constitutus, Domino deserviret, recordantur om­nes, et ego suavissime recolo.

Crescit in dies piiViri memoria, qui, in omni loco Christi bonus odor factus, di-gnus ab omnibus habetur, qui a Sancto Pon­tifice rice et canonice Sanctoruni numero inseratur, si V estrce Beatitudine placuerit…»

Difusión de las Conferencias

Con la Asociación Sacerdotal de las Conferen­cias Semanales sucedió lo mismo que había suce­dido con las Misiones Populares, las Cofradías de Caridad y los Ejercicios en tanda : se propagaron rápidamente en torno del Fundador y se conna­turalizaron con la mayor facilidad en todos los países de Europa.

Uno de los principales frutos de aquella Mi­sión predicada en 1VIetz por los sacerdotes de las «Conferencias», fué el establecimiento de las mis­mas en la capital de esta diócesis; y para que en todo fuese la nueva asociación semejante a la «de los martes» de San Lázaro, quisieron que estuvie­se agregada a ella. Para conseguir este favor sir­vió de intermediario a los sacerdotes de Metz el mismo Bossuet, que solicitó de San Vicente la gra­cia en estos términos :

«Dios se ha dignado inspirar a los Misio­neros el establecer aquí una Asociación pa­recida a la VUESTRA. Acabamos de en­contrar el reglamento entre los papeles del excelente siervo de Dios, Sr. De Blampig­non; y como en él se lee que todos los sacer­dotes de ella se considerarán muy honrados en teneros por Director, desean obtener de vos la gracia de que sea agregada a la Con­ferencia de San Lázaro, si no tenéis algún inconveniente; y a este fin se han dirigido a mí para que yo os lo suplique, como lo hago de todo corazón. ¡Dígnese Nuestro Señor, por su infinita misericordia, conce­dernos a todos la perseverancia en el bien que aquí han fundado esos buenos Misio­neros!»

Pero no fué sola esta Conferencia la que se agregó a San Lázaro; otras muchas consiguieron la misma gracia. El venerable Olier, por ejemplo, fué uno de los principales propagandistas de tan santa obra, estableciéndola en varios lugares, especialmente entre los Canónigos de la Iglesia Ca­tedral de Puy, con el mismo reglamento de San Vicente. Por eso, escribiendo a la Conferencia de San Lázaro, se expresaba de esta manera :

«Vosotros, los que pertenecéis a la Con­ferencia de San Lázaro, estáis colocados en la gran ciudad de París como brillantes lu­ces sobre el candelero para que alumbréis a todos los sacerdotes de Francia; y para animaros a que constinuéis corno hasta aho­ra, os escribo la presente dándoos cuenta de los grandes frutos que produce en esta ciudad de Puy la Conferencia de señores sa­cerdotes, los cuales, como tienen vuestro reglamento, participan también de vues­tro espíritu, y edifican a toda la provincia con sus ejemplos, y trabajan con celo en la explicación del Catecismo, y visitan fre­cuentemente las cárceles y los hospitales, y hasta están preparándose para dar misio­nes en todos los pueblos que dependen del Cabildo.»

¡Bien se parece la hija a la madre ! ¿Verdad?. . Pues con igual parecido brotaron vástagos, o Conferencias filiales, en Saint-Flour, Pontoise, Angulema y otras diócesis, pasando las fronteras de Francia y llegando a Roma, donde, con la apro­bación del Sumo Pontífice, se implantaron y tu­vieron vida floreciente y echaron tan profundas raíces, que de allí proceden los esquejes trasplan­tados a las demás diócesis del mundo.

Señores sacerdotes : ¿sería justo ignorar quién plantó este árbol de vida en el Paraíso de la Igle­sia, al mismo tiempo que disfrutamos de su som­bra y nos alimentamos de sus frutos?…

El clero español

La estrecha simpatía, mejor diré, la compe­netración a que dió lugar el ministerio de las «Conferencias», entre la Congregación de la Mi­sión y el clero secular de toda la Iglesia, pruébase por el hecho de ser casi todas sus fundaciones —dentro y fuera de Europa— debidas al interés y a la diligencia de conspicuos sacerdotes secu­lares.

En nuestra Península, por ejemplo, se debe la primera fundación al Arcediano de la catedral de Barcelona, don Francisco Senjust y de Pagés, que después solicitó y obtuvo la gracia de ser ad­mitido en la Congregación; don Antonio Ganyó, Canónigo de la Colegiata de Santa María de Gui­sona, otorgó su testamento a favor de una fun­dación en el obispado de Urgel; otro Arcediano de Mallorca, don Miguel Sastre, dejó su capital para una fundación de misioneros paúles en la isla; don José Gómez Dacosta, sacerdote portu­gués, que había conocido a nuestros misioneros en Roma, los llevó a su patria, ingresando él mis­mo en la Congregación; Don Vicente Delgado, también Arcediano en la catedral de Las Palmas, introdujo la Congregación en el archipiélago ca­nario, hace ahora justamente cincuenta años; el Vicario General del obispado de Barcelona, Don Pedro Copons, llevó los misioneros a Gerona, ape­nas hubo tomado posesión de esta diócesis; y, pro­movido al arzobispado de Tarragona, dispuso que fuesen a su archidiócesis, prefiriendo nuestras Mi­siones a otras «porque —son palabras suyas— tie­nen de peculiar el reunir a los eclesiásticos y ha­cerles privadamente fervorosas conferencias espi­rituales dirigidas a su reformación y al desempeño de los deberes de su estado.»

Es que la historia de la Congregación de la Mi­sión no es otra cosa, a lo largo de tres siglos, que un capítulo de la historia desconocida del sacri­ficado y humilde clero rural. ¡ Cuántos paúles han sucumbido «con las armas en la mano», como de­cía San Vicente, o «en acto de servicio», como se dice ahora, dejando sus restos bajo una cruz, de palo en los pueblos que misionaban —como el P. Mur, que duerme en el cementerio de Borjas, y el P. Planas, en el de Riudecañas—; perseveran­do contra todas las molestias de la edad, del clima y de la salud, en la sublime ocupación de ayudar a los párrocos de las aldeas, que en los siglos xvnt y xtx estaban desprovistas de luz, de médicos, de higiene, de carreteras y de toda fácil comunica­ción con el resto de la sociedad !

Por eso, en un memorial presentado al Rey en 1707 por el doctor Don Benito Vadella, Arce­diano de Besalú, dice de nuestra Congregación :

«Este Instituto, por sus ministerios, inti­ma mucho con los pueblos y con toda clase de personas, señaladamente con los ecle­siásticos, con quienes se aviene muy bien, corno se ve aquí en Barcelona, donde TODO el Clero acude a éllos —los misioneros—, dándose el caso de que a veces se vean jun­tos en la Casa de Misión más de doscientos o TRESCIENTOS eclesiásticos.»

Produce satisfacción comprobar que a los seis meses de haberse establecido la Congregación de la Misión en España, los Retiros y Conferencias sacer­dotales eran tan concurridos como los del mismo San Vicente. Y es porque el clero español, sensible a la belleza de la humildad, no pudo menos de amar y seguir un Instituto que se presentaba ante él como Jesús entre los doctores : con la pequeñez en el número, la sencillez en el método y la confiada ingenuidad en el diálogo. Prueba de esta afinidad entre el espíritu vicenciano y el de nuestro clero es que de los cuatro mil sacerdotes que hoy tiene la Congregación de la Misión, setecientos somos españoles.

Y con júbilo podemos proclamar que al lado de aquellos grandes misioneros formados por San Vicente de Paúl, como el P. Martín, llamado «el Apóstol del Piamonte» porque a sus pies se congregaban auditorios de diez a quince mil personas, y el P. Blatiron, que murió asistiendo a los apes­tados de Génova, cuyo Arzobispo —el Cardenal Durazzo— le llamaba «el mayor misionero de su tiempo»; no desdicen las figuras españolas del ara­gonés Juan Justafré, Superior del Seminario de Barbastro, que predicó más de doscientas misiones y murió mártir de la castidad en el pueblo de Biel­sa, cuya iglesia conserva sus preciosos despojos; y el catalán Buenaventura Codina, Obispo-misio­nero de Canarias, cuyas islas evangelizó con el santo P. Claret, emulándose mutuamente en el heroísmo de toda abnegación; y el burgalés Faus­tino Díez, gran poeta latino y apóstol de Galicia en la segunda mitad del siglo mx, que con la má­gica fuerza de su elocuencia conmovía auditorios de más de diez mil personas; y el extremeño Fran­cisco Amaya, descendiente de guerrilleros y con­quistadores, cuyo temperamento dinámico lo con­dujo a la misión de Siria, en la que fué Prefecto, teólogo-consultor del Delegado del Papa, mantene­dor de la piedad católica contra los herejes y cis­máticos en Damasco, Alepo, Trípoli y Beyrut, maestro del célebre José Káram, que mereció el sobrenombre de «héroe del Líbano», y defensor in­tegérrimo y formidable de los derechos de la Igle­sia de Roma frente a los abusos de las iglesias di­sidentes.

Bien conocía el espíritu de nuestros Padres aquel Obispo que en 1746 escribía en documento oficial al Rey de España :

«Dicho Instituto merece un aplauso uni­versal. Y yo le miro como digno de que en todas las diócesis de España no hubiese ca­pital de ellas en que no se introdujese, para consuelo y alivio de los Prelados, para bien del Clero, para instrucción fácil de las gen­tes que en los lugares pequeños carecen del necesario cultivo en los rudimentos de la fe, y para espiritual desahogo y refugio de aquellos hombres —así eclesiásticos como seglares— que, tocados del santo temor de Dios, llegan a gustar el provecho que sus almas sacan de los Santos Ejercicios.»

Los seminarios en Francia

Hay que reconocer, señores, que no existe for­mación más perfecta para el ejercicio de cualquiera profesión, que la iniciada en la primera juventud. Tratándose del sacerdocio, cuya responsabilidad excede a la de toda otra clase social, esta afirma­ción es inconcusa. De ahí la necesidad de los Semi­narios.

Francia no los poseía. Y San Vicente emprende la titánica obra de sus fundaciones, en la cual ha­bían fracasado : el Cardenal Berulio, su confesor; el P. Condrén, Superior General del Oratorio, a quien el Santo llamaba «el hombre incomparable», y de quien dijo la Madre Chantal que «era capaz de instruir a los ángeles»; el infatigable P. Bour­doise, cuya Congregación de San Nicolás «para educación de clérigos y santificación de sacerdotes mediante la vida común» se disolvió como cera en el fuego, apenas hubo muerto su fundador; los Prelados más virtuosos, como el Cardenal Joyeuse en Ruán, el de Sourdis en Burdeos, y el de Lorena en Reims, cuyos Seminarios, después de breves años de existencia, o habían tenido que cerrarse por fal­ta de vocaciones, o habían degenerado en simples colegios. Hasta el mismo San Francisco de Sales, no obstante el ardiente deseo que tenía de ver el clero a la altura reclamada por su dignidad subli­me, y a pesar de su obediencia exactísima a las leyes de la Iglesia, no se atrevió a acometer una obra que juzgaba tan necesaria como imposible.

Cuenta a este propósito el historiador Faillón, que hablando un día el P. Bourdoise con el Santo Obispo de Ginebra, le dijo que se admiraba de que no consagrase sus talentos a la formación de bue­nos sacerdotes. A lo cual respondió San Francis­co : «Confieso que nada hay tan necesario como eso en la Iglesia de Dios; pero habiendo trabajado yo mismo por espacio de diecisiete años en la forma­ción de tres sacerdotes, tales como yo los quería para que me ayudasen después a reformar el cle­ro de mi diócesis, y no habiendo podido formar más que uno y medio, he perdido todas las espe­ranzas que en esta obra tenía puestas.»

¡Evidentemente, no siempre «cualquiera tiempo pasado fué mejor!».

Más animoso parece en la empresa Juan Santia­go Olier, el célebre fundador de San Sulpicio, cuyo Director Espiritual era el propio San Vicente; a cuyo lado practicó los Ejercicios Espirituales para ordenarse de sacerdote; con quien tuvo la dicha de iniciarse en la predicación, acompañándole al­gún tiempo en las misiones; y en cuyos brazos es fama que murió como un predestinado.

Sería pueril, desde luego, discutir si la priori­dad de los seminarios conciliares en Francia se debe a Olier o a San Vicente, siendo así que el uno y el otro se sintieran felices cediéndose mutuamente este honor; pero justo es consignar que Olier reco­noce en San Vicente al legislador de los seminarios, por cuanto el reglamento que dió el Santo al de los «Buenos Niños» —más tarde, de San Fermín—, todo lleno de espíritu sacerdotal y de aquel peculiar pragmatismo, que puede apellidarse «vicenciano», sirvió de ley a la mayor parte de los seminarios fun­dados por Olier y de orientación básica a los de­más.

Dice a este efecto el P. Icard, Superior de San Sulpicio, que «el señor Olier SE HABIA INSPI­RADO en las Instituciones de San Carlos y en las máximas de San Vicente de Paúl y del P. Condrén, sacerdotes admirables, a quienes Dios le había uni­do con vínculo santo de caridad» («Tradit. de la Comp. de Pretres de Saint Sulpice».) Por su parte, el venerable Olier «reconocía que su comunidad le debía a San Vicente todo cuanto era en TODO LO QUE SE REFERIA A SU ESPECIAL VOCA­CION», como dice Faillón en la Biografía de este Siervo de Dios (tomo I); lo cual concuerda con lo que a su vez refiere Abelly en su «Vida de San Vi­cente» : «El señor Olier solía decir a los sacerdotes de su comunidad : el señor Vicente es NUESTRO PADRE.»

No me explico, pues, la seguridad con que afir­ma el P. Mott en su obra «San Vicente y el Sacer­docio», que San Vicente no inspiró a Olier la idea de los seminarios; fundándose en que le aconseja­ba insistentemente que aceptase un obispado que a la sazón le ofrecían. ¿Quién sabe si este consejo pretendía garantizar, precisamente, la prosperidad . de las fundaciones sulpicianas? .

Como última nota de la influencia que ejerció San Vicente sobre la vida y la obra del Gran Pá­rroco de San Sulpicio, digamos que, fallecido Olier, reuniéronse sus hijos en San Lázaro el 13 de abril de 1657 para pedir a San Vicente que le de­signara sucesor. Y por voluntad del Santo —uná­nime y humildemente acatada— fué nombrado Di­rector General de los seminarios fundados por Olier, el señor Bretonvilliers, amigo y discípulo de entrambos.

La innovación de san Vicente

Lo que no admite duda posible —sobre todo, después de haber oído la opinión de Pío XII, ante­riormente citada— es que San Vicente fué el AU­TOR de la distinción de Seminarios en «mayores» y «menores», consiguiendo por este medio hacer práctico definitivamente el decreto de Trento en todas partes.

Fué en 1635 cuando estableció una escuela pre­paratoria de clérigos jóvenes para enseñanza de humanidades y buenas costumbres. Esta escuela estaba en una casa contigua a San Lázaro, a la cual llamó el Santo : «Seminario de San Carlos». Y en 1642, .con la aprobación del Cardenal Richelieu —que fué el primer protector de esta obra—, ins­taló en el Colegio de los «Buenos Niños» clases de liturgia y de teología ascética, moral y dogmática para doce jóvenes próximos a recibir las Sagradas Ordenes Mayores. Así las dos primeras residencias de los padres paúles —Colegio de los Buenos Ni­ños y Priorato de San Lázaro— quedaron conver­tidas en los primeros Seminarios «Mayor» y «Me­nor» que ha tenido a su servicio nuestra Santa Ma­dre Iglesia.

¡La gran obra del Fomento de Vocaciones Sa­cerdotales se inició bajo los auspicios de San Vi­cente de Paúl!

Y su innovación ha parecido tan sabia al crite­rio de Nuestra Santa Madre Iglesia, que la ha reco­gido amorosamente, se la ha apropiado y la ha di­fundido con toda la autoridad de su Magisterio, in­corporándola al canon 1.354; como incorporó la innovación de los Ejercicios a Ordenandos, al ca­non 1.001; y la de las Conferencias Eclesiásticas, al 131; y la de las Misiones Populares, al 1.349; y la de las Religiosas sin clausura, al 488; y la de las Asociaciones de Caridad, al 707; ofreciéndonos Ella misma en su «Codex Juris Canonici» cantera abundante para labrar un monumento a San Vicen­te de Paúl, como al Genio más eminente de la Juris­prudencia Eclesiástica en toda la Edad Moderna.

Porque si Genio es el que «engendra» ideas nue­vas con fuerza suficiente para hacerlas universales y mantenerlas en perpetua actualidad, ¿quién tie­ne más derecho que el Fundador de la Congrega­ción de la Misión a los limpios blasones del genio?…

Dejadme decir que la influencia de las obras de San Vicente en la compilación del Derecho Ca­nónico, es semejante a la influencia de la «Suma Teológica» en las decisiones del Concilio de Tren­to; y que el Angel de las Escuelas se siente feliz compartiendo su aureola de DOCTOR con el An­gel de la Caridad !

La Congregación de la Misión y los Seminarios Conciliares

En toda la Iglesia de Dios ejerce la Congregación de la Misión el ministerio de alta pedagogía que su­pone la dirección de los Seminarios.

Desde la Ciudad Eterna, donde Alejandro VII nos encomendó —viviendo aún San Vicente— la dirección espiritual del Colegio de Propaganda Fide y la última formación de los ordenandos en «Monte Cittorio», hasta la remota misión de Cut­tack, en la India, transformada en diócesis hace seis años, donde acaba de inaugurarse otro semina­rio conciliar; la Congregación de la Misión ha se­guido la trayectoria iniciada por el Fundador, con tal complacencia de la Jerarquía Eclesiástica, que a fines del siglo xviii regentaba 53 seminarios mayo­res y 9 menores en Francia; 15 en Polonia, entre ellos el de Varsovia; 10 en Italia; uno en Pekín; otro en Macao; dos en las Indias portuguesas; uno en Madagascar y tres en Austria —los de Viena, Vatzen y Tirnaw—, no pudiendo admitir la propo­sición del Cardenal Migazzi, que pretendía entre­gar la dirección de todos los seminarios austriacos a la Congregación de la Misión, por carecer ésta del personal requerido para obra de tanta amplitud.

El número de seminarios diocesanos atendidos en la actualidad por los Padres Paúles, es de no­venta; otros, dedicados a las Misiones Extranjeras del clero secular; y muchos, del clero indígena en países de Misión.

¡Sí! Antes de que Benedicto XV y Pío XI ra­zonaran en sus respectivas encíclicas «Maximum Illud» y «Rerum Ecclesice» la gran necesidad de la formación de sacerdotes indígenas para el sostén del cristianismo en los países paganos, la Congre­gación de la Misión —no sin luchar contra prejui­cios hondamente arraigados— se había decidido sin vacilaciones a la ejecución de esta divina em­presa. Y hasta echó los cimientos de la Obra Pon­tificia llamada hoy «de San Pedro Apóstol», esta­bleciendo con limosnas europeas, en el siglo XVIII, el PRIMER Seminario de China, cuyo Rector —Pa­dre José Gislahin— era al mismo tiempo profesor de Física en el palacio imperial de Pekín; y en el siglo xix, el PRIMER Seminario de Abisinia, con­sagrado a la Inmaculada de la Medalla Milagrosa por su fundador, el Bienaventurado Justino de Ja­cobis, Vicario Apostólico de Etiopía.

Señores : es tradición de familia. Pues ya San Vicente explicaba a sus primeros misioneros :

«Jamás hubiéramos trabajado en los or­denandos y seminarios si no hubiéramos juzgado que esto era necesario para man­tener al pueblo en el fruto de las misiones, por medio de buenos sacerdotes; a imita­ción de los conquistadores que dejan guar­nición en las plazas conquistadas para no perder lo conseguido con, tanto esfuerzo.» (P. Coste, tom. XI, pág. 133.)

 Una vez más queda comprobado que el pensa­miento progresista de San Vicente es la aurora del pensamiento cenital de la Iglesia.

En España y sus colonias

En España, el Arzobispo de Tarragona, Exce­lentísimo Señor Echanove y Zaldívar, entregó su seminario en 1847 a la dirección de los Paúles.

En el mismo año se hicieron cargo de los Semi­narios de Tarragona, Solsona y Toledo, por volun­tad de los respectivos Prelados en los dos primeros, y del Cabildo-Catedral (sede vacante) en la diócesis primada.

El Seminario «Aguirre», de Vitoria, se inaugu­ró en 1854 con la condición de que fuese regido siempre por la Congregación de la Misión.

El de Barbastro fué inaugurado por los hijos de San Vicente el 17 de abril de 1759.

El de Bajadoz, en 1803. El de Tenerife, en 1899. El de Avila, en 1922. El de Orense, en 1930. El de Oviedo, en 1900.

El día 2 de agosto de 1862 hizo cargo de su Se­minario a los padres paúles el Arzobispo de Mani­la, siguiendo su ejemplo los cuatro Obispos Sufra­gáneos en el espacio de nueve años; Seminarios que —según el anónimo autor de una obra publi­cada en 1912 en Manila— adolecían del defecto co­mún a todas las Islas Filipinas : la ignorancia; y «no merecían el nombre de establecimientos docen­tes de segunda enseñanza», pudiéndose decir, por consiguiente, que no había seminarios, y que todo el Clero indígena del archipiélago —hoy regido por sí mismo desde las sedes episcopales de Cebú, Nueva Cáceres, Calbayog, etc.— es hechura de la Con­gregación de la Misión.

Diez años antes —el 26 de noviembre de 1852—una Real Cédula de Isabel II disponía que se erigiesen dos casas de paúles en las Antillas : una en Santiago de Cuba y otra en la Habana. Era entonces Arzobispo de Santiago de Cuba el P. Claret. Y el efecto que le produjo esta orden de bendición para su seminario, lo refiere así su biógrafo Don Fran­cisco de Asís Aguilar :

«El gozo del señor Claret fué inmenso cuando recibió la Real Cédula con tanta ansia esperada. Parecióle que con el auxi­lio de los padres paúles ya NO DEBERÍA TEMER POR EL SEMINARIO, ni podrían faltarle sacerdotes para las parroquias y las misiones. hoy —escribía con este motivo al R. P. Visitador de la Congregación en España— veo, con placer y satisfacción mía, próximos a realizarse mis deseos, y, lo que es más, me prometo los mejores re­sultados para la causa de la Religión, de la disposición soberana acerca de los Padres. Ya comienzo a dar pasos para arreglarles una casa de Ejercicios, y deseo que puedan CUANTO ANTES hacerse cargo de mi Se­minario.»

Sin embargo, la Congregación de la Misión reconoce que España —inspiradora, organizadora y defensora de la disciplina eclesiástica legislada en Trento; cuna de la Compañía de Jesús, y patria de los Operarios Diocesanos, nacidos expresamente para atender a los Seminarios— no es la nación más necesitada de sus servicios en este ministerio. Y por eso ha ido reduciendo paulatinamente el núme­ro de Seminarios dirigidos por ella en la Península, a fin de surtir con abundancia de personal español los de Filipinas, Venezuela, Puerto Rico, Bolivia y Chile.

Otro motivo corrobora el anterior : es la ne­cesidad perentoria del ministerio parroquial des­pués de la guerra del 36; en virtud de la cual, y por disposición de los Señores Obispos, se ha trocado el régimen de los seminarios diocesanos por el ré­gimen de parroquias arrabaleras, como la de San­to Tomás en La Coruña, la de El Salvador y la Mer­ced en Teruel, la de San Miguel en Málaga, la de San Agustín en Melilla, la de la Milagrosa en Gi­jón y la de San Matías en el pueblo madrileño de Hortaleza. ¡ No en vano fué modelo de Párrocos, San Vicente, en los suburbios de París!

Episcopologio y santoral

Señores : En el guión que tuvisteis la gentileza de enviarme para facilitar por su medio la compo­sición de este discurso, había un punto que reque­ría noticia de las «figuras más excelsas» de nuestra Congregación.

No acertaría a señalarlas todas, a pesar de que algunas se han asomado ya en el transcurso de mi lectura, dejando entrever rápidamente su extraordinaria personalidad; sin embargo, creo salir del paso menos desairadamente tomando algunos nom­bres de nuestro episcopologio y santoral domésticos, de los cuales puede decir la Congregación de la Mi­sión la famosa frase de Cornelia, madre de los Gra­cos : «¡ Son mis mejores joyas !»

El primer obispo que exigió la Iglesia a la Con­gregación de la Misión fué Monseñor Hebert, que ocupó la sede episcopal de Angen a principios del siglo xvni después de haber sido Párroco en la iglesia real de Versalles : tan famoso por su elo­cuencia sagrada, que todos sus sermones se hallan recogidos en la Colección de Migne, al lado de los de Masillón y Bossuet. Tras él, y en el mismo siglo, ciñeron la mitra el polaco Bartolomé Tarlo, llama­do «el Crisóstomo de Polonia», y el alemán Mulle­ner, obispo titular de Myra y Vicario Apostólico del Suchuén, en China, cuya vasta región evange­lizó disfrazado de mercader de aceite, ayudado por los Padres Appiani y Pedrini, también de la Con­gregación.

¡ Qué ejemplar adhesión a la Iglesia la de aquel triunvirato apostólico !… Luis Appiani, secretario del Delegado ad látere del Papa en China y su in­térprete ante el Emperador, sufrió VEINTIUN años de prisión —día tras día— en las cárceles de Can­tón y Pekín, por defender los derechos de la Santa Sede en la enfadosa cuestión de los ritos chinos. Y Teodorico Pedrini, que nos parece admirable en su dramática odisea de Rama a China en cuyo puerto de Macao desembarcó disfrazado de capi­tán de fragata en una nave española procedente de Filipinas a donde había ido desde Italia pasando por América e invirtiendo siete años en llegar a la conclusión de su embajada, que era imponer en nombre de Su Santidad el capelo cardenalicio a Monseñor Tournón, a la sazón preso e incomunica­do; nos parece más admirable todavía por su arte de insinuarse en la corte instalándose en el propio palacio como profesor de armonía y constructor de órganos y de otros instrumentos músicos; pero mu­cho más admirable, sin duda, por su entereza en renunciar los honores y preferir primero la cárcel y después el destierro antes que ceder en la defen­sa de los derechos del Papa. ¡ Appiani y Pedrini son las preciosas ínfulas de la gloriosa mitra de Mu­llener !

En el siglo XIX, a pesar de la respetuosa oposi­ción que invariablemente ofrece la Congregación de la Misión a todo nombramiento episcopal —ya razonando su repugnancia ante la Santa Sede, ya alejando a sus individuos de toda posible contingen­cia que sirva de ocasión al mismo— hubo más de CINCUENTA Obispos Paúles, que fueron gloria de la Iglesia en sus respectivas diócesis y honor de la Congregación cuyo seno los nutrió reciamente de virtud.

En la historia de Pío VII se habla de un predi­cador italiano —Benito Fenaia— tan elocuente, que su palabra magnética apretaba auditorios de cuarenta mil almas en las avenidas y plazas de la urbe; tan sabio, que el Papa le nombró Vicario Ge­neral de Roma, desde cuyo puesto luchó con bi­zarría contra las ideas demoledoras de su época; y tan leal que sufrió cautiverio gustosamente al lado del Sumo Pontífice en Fontenebleau. Pues Benito Fenaia, nombrado posteriormente Arzobis­po de Filipos, era un misionero paúl.

En los Anales Religiosos del Ecuador, por los años que siguieron a la muerte del incomparable hombre de Estado, García Moreno, se habla de un prelado alemán —el Doctor Pedro Schumacher­Obispo de Portoviejo, que sufrió destierro, vejá­menes, calumnias y tres atentados personales de­cretados en las logias de la masonería, a la cual combatió de palabra y por escrito con la entere­za de un Tomás Bécker o un Atanasio, llegando el negro oleaje de su difamación hasta el mismo León XIII cuya gran alma le comprendió y le de­fendió comparando la integridad doctrinal de sus libros y la enérgica forma de su expresión nada menos que a las pastorales del Apóstol San Pablo. Pues aquel Obispo, mártir de su intransigencia con el error, cuya biografía anda impresa en varios idiomas para ejemplo y consuelo de prelados, era también hijo de San Vicente de Paúl.

Si del Ecuador pasamos en raudo vuelo a Es­tados Unidos, nos sorprenderá la abnegación del italiano José Rossati, primer Obispo de San Luis; la sabiduría del francés Juan Odín, primer Obispo de Tejas y primer Arzobispo de Nueva Orleans; la virtud heroica del americano Monseñor Timón, que fué el primer Visitador de la provincia de la Congregación de la Misión llamada «de los Estados Unidos»; el celo fecundísimo de los españoles Do­ménech y Amat, Obispo el primero de Pisburgo y Monterrey; y el segundo, de los Angeles, en Cali­fornia; y la elegante espiritualidad del americano Monseñor Ryan, notable por su agudeza en descubrir la herejía del liberalismo y su audacia en de­latarla y combatirla.

Al mismo tiempo que el P. Ferreira Vicoso go­bernaba la diócesis de Mariana en el Brasil, y el P. Amézqueta la de Tabasco en Méjico, y el P. To­rres la dj Tulancingo en Méjico también, y el P. Thiel la de San José de Costa Rica, y el P. Bo­netti era nombrado Delegado Apostólico en Cons­tantinopla; la Iglesia Española entregaba el báculo pastoral de las Islas Canarias —cuando las siete islas afortunadas dependían de su solo báculo— al ya nombrado P. Codina, restaurador de la Congre­gación de la Misión en España y émulo de San Car­los Borromeo en el cólera de 1851; quien habiéndose desposado con la pobreza, como San Francisco de Asís, declaró llanamente a Isabel II que no podía pagar la gran cruz de Isabel la Católica con que le había condecorado la Soberana. Su alma bella y fuerte se eleva como un pináculo de nieve sobre el fango de las pasiones humanas —disfrazadas de ra­zones políticas— que angustiaron el decenio de su pontificado !

En Italia resplandece con su ciencia Monseñor Bruni, Obispo de Ugento, mientras edifica con su humildad Monseñor Letizia, Obispo de Tricarico, y orientan con sus pastorales Monseñor De Fólgore, Arzobispo de Tarento, y Monseñor Salomoni, Obis­po de Cuneo.

Italiana es también la figura de Justino de Ja­cobis —beatificado por el Papa Pío XII— que fué consagrado Obispo a media noche en la isla Masúa del Mar Rojo, cuando bramaba en su derredor la plebe turca perseguidora de los cristianos : Estu­penda historia la suya, trenzada de milagros y heroísmos, que acabó con la muerte en el valle de Aigdelé, camino de Balay, con la cabeza sobre una piedra por almohada! Y semejante a esta alma pró­cer es la del yugoslavo Juan Francisco Geidovec, Obispo de Skoplje, a quien llaman sus compatriotas «el San Francisco de Sales moderno», recordan­do la dulzura de su paciencia y el celo conquistador de su espíritu andariego.

Pero donde los anillos pastorales centellean con brillo de constelación en nuestro episcopologio, du­rante todo el siglo pasado, es en el lejano Oriente, donde todavía no se ha esfumado el venerable per­fil de Monseñor Lorenzo Gandolfi, gran diplomá­tico, Delegado del Papa en los países orientales; ni la huella bienhechora de Monseñor Vicente Spac­capietra, Embajador del Papa en la República de Haití, Obispo de Puerto España en la isla de la Trinidad, Delegado de la Santa Sede en Jerusalén, Presidente de un Concilio Oriental preparatorio del Concilio Vaticano, y, por último, sucesor de San Po­licarpo en el Arzobispado de Esmirna, cuya cate­dral levantó pidiendo limosna personalmente en todas las naciones de Europa.

De Oriente es imposible apartar los ojos sin ha­berlos posado antes en la inmensa región de China, cuyas tres diócesis de Pekín, Nankín y Macao es­tuvieron gobernadas por paúles hasta que Grego­rio XVI las convirtió en numerosos vicariatos apos­tólicos al frente de los cuales puso paúles también; como Monseñor Delaplace, Vicario sucesivamente de Kiansí y de Chekián; Monseñor Marcial Mouly, la figura más importante de todos los Vicarios Apos­tólicos de China y cabeza de una dinastía todavía no interrumpida de prelados paúles en la sede de Pekín; Monseñor Florencio Daguín, Vicario de Mongolia; Monseñor Favier, defensor intrépido de su iglesia contra los boxers; y Monseñor Jarlín, a cuyas iniciativas y trabajos se debe la libertad de propaganda religiosa al advenimiento de la Repú­blica en 1912.

Estos dos últimos nombres son eslabones que enlazan en el presente siglo como anillos de oro los de Emilio Parodi, Arzobispo de Sásari, en Cerdeña; Vicente Tasso, Obispo de Aosta, en Italia; Emilio Lissón, Arzobispo de Lima y Primado del Perú; Guillermo Rojas, Arzobispo de Panamá; Carlos Me­jías, Obispo de Mérida de Yucatán, en Méjico; Luis Durou, Arzobispo de Guatemala; Fernando Taddei, Obispo de Jakarsinho, en el Estado bra­sileño de Paraná; Antonio Santos, Obispo de Asís, en el Estado brasileño de San Pablo; Monseñor Ar­boleya, Arzobispo de Popayán, en Colombia; Juan Sastre, Obispo de San Pedro de Sula, en Honduras; Pío Freitas, Obispo de Joinville, en el Estado bra­sileño de Santa Catalina; Augusto Blesing y Alber­to Wolgarten, Obispos de Limón, en Costa Rica; José Marina, Arzobispo de Heliópolis y Delegado Apostólico del Irán, en Persia; Santiago Downey, Obispo titular de Adada y Coadjutor de Ossory, en Irlanda; Elías Abraham, Arzobispo de la di,:,cesis caldea de Sennah; José Descuffi, Arzobispo de Iz­mir y Vicario Apostólico de Asia Menor; Juan Lo­rek, Obispo titular de Modra y Administrador Apos­tólico de Sandomir, en Polonia; Miguel Verhoeks, Obispo de Surabaya, en la isla de Java; José Gui­llén, Obispo de Cajamarca, en el Perú; Juan Cavati, Obispo de Caratinga, en el Estado brasileño de Minas; Pedro Stork, Obispo de San José de Costa Rica; Carmelo Ballester, Obispo de Vitoria, en España; y Florencio Sanz, primer Obispo de la diócesis cutackense en la India Inglesa, con el cual se cierra la lista de más de cien prelados escogidos en el espacio de dos siglos por la Iglesia en la Congre­gación de la Misión, para sus altas funciones socia­les de magisterio universal.

Sin querer, viene a la memoria aquella frase de Luis XIII, moribundo, a San Vicente de Paúl : «¡ Oh ! ¡ Si yo recobrase la salud, no designaría obispo alguno que no hubiese vivido tres años en vuestra compañía!»

Pero si la Compañía de San Vicente es tan rico filón de obispos, se debe a que es también —y sobre todo— sublime forja de santos. No hay na­ción en el mundo que no haya sido perfumada con el aroma de muy exquisitas virtudes por nuestros hermanos de Congregación.

Italia, por ejemplo, guarda amorosamente la memoria del P. Francisco FOLCHI —el San Luis Gonzaga de nuestra Congregación— muerto en Roma a los veinticuatro años con la música celeste del «Gloria in excelsis Deo» en sus labios risueños y exangües… ; y la del P. Romualdo ROBERTI, cuya alma vió ir derecha al Cielo la Bienaventura­da Ana María Taigi, después de haber escrito él desde una celda de la prisión de Santángelo : «No creí nunca que las calumnias fuesen tan dulces…»; y la del P. Vicente CUTTICA, director algún tiem­po de San Alfonso María de Ligorio, y tan poderoso ante el Señor, que por sus oraciones volvió a la vida la Duquesa de Maddaloni y al contacto de sus vestidos un moribundo recobró instantáneamente la salud… ; y la del P. Francisco PIMPI, no menos famoso por sus repetidos milagros en favor de los campos secos y de los ganados enfermos, que por las profecías —siempre cumplidas— con que es­maltaba sus sermones de misión… ; y la del P. Fé­lix DE ANDREIS, a quien Pío VII llamó «tesoro de ciencia y de piedad», emigrado a Estados Uni­dos, donde fundó la Congregación y de cuya muerte refiere Monseñor Rossati que «la agonía fué un éx­tasis durante el cual la gloria se reflejaba en su ros­tro», que «al contacto de su cadáver curó a una en­ferma crónica» y que «durante el traslado de sus restos desde San Luis a Santa Genoveva y de aquí a Santa María de los Barrens, una estrella luminosí­sima fué vista por todos sobre el féretro, caminan­do o deteniéndose, según este avanzaba o se dete­nía; desapareciendo al fin cuando se dió sepultura al cadáver».

Francia, entre tanto, saluda con temblor de pal­mas y de laureles el recuerdo de Juan Gabriel PER­BOYRE, cuya alma gozó el rapto místico en la San­ta Misa y cuyo cuerpo regustó el martirio del Cuer­po Redentor de Jesucristo… ; y el de Renato BO­GUE, que subió cantando al cadalso las letrillas que le inspiró su Comunión reciente… ; y el de Juan LEVACHER, defensor de la honra de una hija del Duque de Sexto, por lo cual fué atado a la boca de un cañón y disparado al mar en cuyo seno encendió una columna de fuego como testimonio divino de su gran santidad… ; y el del Hermano Coadjutor Fe­lipe PATE asesinado en Madagascar, con el P. Nicolás ETIENNE, por el jefe de los malgaches a quienes habían ido a evangelizar… ; y los de los Beatos Juan Francisco CLET, Luis José de FRAN­COIS y Juan Enrique GRUYER, gemas fulguran­tes en el martirologio de nuestra Congregación.

También hay nombres españoles en este san­toral privado : como el del Padre FERRER, nues­tro primer Visitador, cuyo sólido ascetismo se nos transmitió a través de la sana doctrina expuesta comprimidamente en preciosos libros donde epilo­gara la experiencia de su santa vida ; y el P. MU­RILLO, director espiritual de Sor Manuela Leci­na —cuyo proceso de beatificación se ha iniciado—con la cual compartió la gloria de amargas perse­cuciones por defender uno y otra la unión de la Congregación en España a sus legítimos Superio­res ; y el P. Esteban PINELL, feliz introductor del «Mes de María» en España, devoción que se ha connaturalizado en todos los pueblos; de quien dice Torres Amat en su «Diccionario de Escritores Ca­talanes», que fué «varón muy espiritual y muy la­borioso en la dirección de las almas»… ; y el P. José María FERNANDEZ, asesinado por los comunistas en auténtico martirio, como acaba de probarse mi­lagrosamente con la curación instantánea y completa de una joven desahuciada por los médicos que hoy declaran juradamente la realidad sobrenatural del prodigio… ; y el Hermano Coadjutor Felipe Ma­nuel de BETTE, que, siendo Teniente General y Mariscal de Campo de los ejércitos de Felipe V, in­gresó en la Congregación obstinándose humilde­mente en no ser sacerdote a pesar de las instancias del Obispo de Barcelona que le invitaba a esta dig­nidad : su cuerpo hallóse incorrupto dos años después de muerto… ; y el Hermano Roque CATA­LAN, también Coadjutor de la Congregación, que desde 1922 venía prediciendo aseverativamente su martirio acaecido en 1936; gloria que con él com­parten dieciocho Hermanos Coadjutores y treinta Sacerdotes españoles de la Congregación de la Mi­sión.

Portugal aporta al catálogo de estas almas selec­tas los nombres del P. Pereira ACEBEDO, cuya tumba —cubierta de flores y exvotos— es manan­tial irrestañable de milagros; y del P. CARVALHO GOMEZ, preconizado Obispo de Nankín a los vein­tiséis años de edad, cuyo celo en visitar las cárceles y aliviar a los reclusos emuló con suerte el celo de San Vicente de Paúl… ; Austria añade otros dos : el del P. Juan KLAISCHER, Rector del Seminario de Gratz, que leía y meditaba a diario las Santas Re­glas de rodillas basta conseguir transformarse él mismo en regla viva del Instituto; y el del P. Do­mingo SCHLICK, notable —como San Bernardo—por su extraordinaria devoción a la Santísima Vir­gen, de quien obtuvo favores tan regalados como el propio Doctor Melifluo ; Polonia tiene por suyo al P. BODOIN, fundador del hospital del Niño Jesús en Varsovia, para el cual pedía limosna por los bares y casinos recibiendo alguna vez insultos, salivazos y bofetadas con tan fina mansedumbre que pasó a ser proverbial en el pueblo y celebrada por los poetas polacos… ; Irlanda, nos muestra al Hermano Clérigo Tadeo LIE, martirizado por la soldadesca de Cronwell en presencia de la madre del mártir, que lo animaba con heroísmo no inferior al de la madre de los Macabeos… ; Alemania y Yu­goeslavia pueden gloriarse en sus hijos Pedro SCHUMACHER y Juan Francisco GNIDOVEC, ambos Obispos y Confesores de Jesucristo al modo de los

Atanasios y Ambrosios ; y hasta la tez gualda de China se ufana contribuyendo a la humilde gloria de nuestro santoral con el P. Vicente OU, descuar­tizado a hachazos, junto al Padre CHEVRIER, en Tiensín, por la fe del Evangelio… ; y la negra Etio­pía reza ante el primer santo de su raza, el Beato GHEBRA MIGUEL, Seminarista abisinio de la Congregación de la Misión y conquista espiritual —»gozo y corona»— de otra gran figura vicenciana : Justino DE JACOBIS.

En la actualidad se está tramitando en Roma doce causas de beatificación y canonización de mi­sioneros pailles, siendo más las que siguen su curso y se innovan en los respectivos procesos diocesanos; lo cual prueba que el árbol de la Congregación de San Vicente, en vez de gastarse y envejecerse, tie­ne hoy más jugo que nunca para ofrecer frutos de virtud a la necesitada sociedad de nuestro siglo.

Si es cierto —como se ha dicho— que los con­flictos sociales no los resuelven los políticos, ni los oradores, ni los literatos, ni los filósofos, sino los santos; ¡ahí tenéis abocetados los esfuerzos de nues­tra Congregación para ayudaros a resolverlos!

Organización interna

Para no dejar sin contestación ni uno solo de los puntos del cuestionario que constituye —por iniciativa y voluntad vuestras— el armazón de esta conferencia, pondré término a mi trabajo con un breve apunte sobre «la organización constitucional de la Congregación de la Misión y el modo concreto cómo resuelve los problemas de gobierno comunes a toda colectividad humana».

La Congregación de la Misión es una Compa­ñía de Sacerdotes y de Hermanos ligados por votos sencillos en su forma, pero solemnes en sus efectos, y sometidos a un Superior General vitalicio. Así lo quiso su Santo Fundador, con el beneplácito de la Santa Sede, a fin de que participase en todo lo posible de la vida religiosa, conservando, sin em­bargo, el estado secular en lo que exige el cumpli­miento de las diversas funciones del Instituto.

Tras de largas reflexiones y de negociaciones con Roma todavía más largas, fijóse San Vicente en la idea —que, según él, era inspirada por Dios—de «instituir su Compañía en el estado religioso me­diante los votos perpetuos, aunque simples; y de­jarla, no obstante, en el clero secular mediante la obediencia a los Obispos».

Este modo de ser jurídico, francamente origi­nal —y, por ende, excepcional— ha valido a la Congregación de la Misión una dependencia más directa del Sumo Pontífice. Porque si bien es ver­dad que en rigor puede el Papa disponer de cada sacerdote de cualquier diócesis para fines particu­lares, no lo hace, ni lo hará, seguramente, en aten­ción al régimen jerárquico establecido en la Iglesia. Los paúles somos una brigada móvil de Sacerdotes Seculares al servicio del Papa, cuyas órdenes se nos comunican por medio de nuestro Superior Ge­neral. Así intimó Clemente XI el establecimiento de la Congregación de la Misión en España; y así nos encargó Pío XI la evangelización de Cuttack a los españoles.

En cuanto al régimen interno que se impuso a sí misma la Congregación de la Misión para la mayor eficacia de su actuación, obra en primer tér­mino la elección del Superior General a votación de la Asamblea General del Instituto, que le confie­re el derecho de elegir y nombrar por sí mismo a todos los demás Superiores, provinciales y locales.

Este régimen da fuerte cohesión al Instituto, que no ha sentido nunca ni el dolor de la relaja­ción, ni la necesidad de la reforma. Desde San Vi­cente hasta hoy, han regido la Congregación dieci­siete Superiores Generales con un interregno de seis Vicarios durante treinta años de agitaciones políticas que imposibilitaron la reunión de la Asam­blea.

La Asamblea General, que es el cuerpo legisla­tivo de la Congregación, se reúne cada doce años y tiene facultades superiores a las del Superior Ge­neral. Este puede convocarlas extraordinariamente adelantando la fecha de su reunión, si así lo cree conveniente otra Asamblea Parcial que celebra el Instituto cada sexenio. Integran el personal de la Asamblea : el Superior, sus Consejeros, los Pro­vinciales o Visitadores, y dos Delegados de cada provincia. Hoy tiene la Congregación treinta y cin­co provincias en el mundo, siendo la más numerosa la matritense, de la cual dependen las viceprovin­cias de la India, Venezuela, Puerto Rico, Chile, Bolivia y Estados Unidos.

Los dos Delegados que acompañan al Visitador en la Asamblea General son elegidos en Asamblea Provincial integrada por loá Superiores locales y un delegado de cada residencia, el cual, a su vez, ha sido elegido en Asamblea Doméstica de la comu­nidad a que pertenece. Es de advertir que las asambleas particulares ofrecen a los Superiores y Delegados los asuntos que interesan ser tratados en la Asamblea General; y de este modo el régimen tie­ne toda la vitalidad ordenada de una corriente san­guínea, porque sube de las extremidades al corazón en forma de sugerencias y baja del corazón a las ex­tremidades en forma de leyes.

* * *

He terminado, señores.

Del modo que unas cuantas piedras bastan al buen arqueólogo para apreciar la contextura del monumento a que pertenecen, creo que estas des­lavazadas ideas os habrán sido suficientes para co­nocer la contextura social de la CONGREGACION DE LA MISION.

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