Valentín Navarro

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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P. Valentín Navarro

04-06-95

Zaragoza

BPZ, mayo 1995

normal_04Me piden hacer una breve semblanza del padre, del amigo, del maestro Valentín. La única dificultad que tengo viene de que le admiro más que le conozco. Me faltan muchos datos de su rica personalidad que seguro alguno de vosotros conocéis. Pero, como no se trata más que de revivir su presencia, seguro que vosotros mejoraréis su imagen.

Y lo primero que hay resaltar en Valentín es su figura de gran misionero. Esta era la realidad que siempre, incluso ahora, le hacía vibrar. El nos contaba como había mamado esta vocación en el seno de su familia, junto a sus padres. El, parco en hablar de sí, nos había relatado para animarnos sus corre­rías por Castilla, por Canarias, por América, por todas las grandes ciu­dades de España. El, uno de los pilares firmes sobre los que se apoyó la renovación misionera de la posguerra, era un apasionado, convencido y  ­rebelde, del primer misio­nero: Jesús. El, maestro en sus últimos años nos lo ponía siempre delante: Id a lo esencial -decía-; no os vayáis por las ramas.

Porque este es uno de sus rasgos misioneros. Va­lentín, misionero en una época en la que todavía contaba mucho aquello del qué bien ha predicado, Valentín sentía repugnancia a todo lo que fuera hojarasca, o cartón piedra, o actitudes en los misioneros poco evangélicas. Era un misionero crítico. Actitud crítica que no mermaba en nada su gran corazón, su bondad, su sentido positivo del compañero, su cercanía a los despreciados, incluidos los mismos Misioneros…

Por contar alguna anécdota, dejadme que recuerde como el P. Huelin, jesuíta, con la alegría y el aplauso de todos, le nombró subdirector de la Misión de la CONFER de América-58; dejadme que recuerde cómo por mantener la misión se quedó sólo, soportando sin quejarse dos graves problemas de salud: uno de riñón y otro de corazón. Quizá este esfuerzo le pasó factura al final de su vida en la tierra… Rafael Hernández, compañero de fatigas misioneras, recuerda: Nunca, nunca dijo que no a nada. Y eso que siempre le cargaron con lo peor.

Crítico. De él aprendimos que no todo lo desarrollado en aquella época de esplendor de los años 40-50 fue positivo. Se trabajó mucho y bien. Estoy convencido que las misiones han servido y mucho en la posguerra para la reconciliación de los españoles; han sido un buen fundamento para la democracia -me comentaba un día cercano al 23F-. Pero en planteamientos, en doctrina, en relaciones, en sentido de equipo, en sencillez humilde… había cosas que no cuadraban con la imagen de un hijo de San Vicente que buscaba adaptarse sencillamente a las circunstancias del lugar, de los tiempos y de las personas…

Como muchos de nuestros «padres», Valentín ha sido un misionero exigente y duro consigo mismo, sensible al afecto y desprendido, «amigo de la vida», «amigo de los sencillos». Cuando llegamos a Socovos una de las señoras que nos recibió nos dijo al ofrecer su casa: En mi casa ni etiquetas ni puñetas. Inmediatamente contestó Valentín: ¡Huy, que bien! Me voy a tu casa.

Profundamente humano, Valentín ha sido vitalista, amigo del buen humor y del buen comer, estimulante para los compañeros, hombre de profunda fe y de oración, fiel… (Fiel, incluso, al pobre Osasuna). Externamente podía parecer a quienes no lo conocían un «viva la Virgen»; quienes lo conocíamos veíamos en él un profundo hombre de Dios. Profundo hombre de Dios que no dejaba por ello de ser tremendamente humano. Hasta del paisaje tenía una visión humana: Fijaos -nos decía- qué paisaje tan bonito, fijaos qué lechugas y qué tomates tan hermosos.

Rebelde y obediente. Daba admiración oírle decir con una expresión llena de cariño: ¡Marrano Visitador!… Con delicadeza y sin permitirse que sufriera la gente, estando en América, pensó tras un año de entrega a la tarea de evangelizar a los más pobres, que no era bueno para la iglesia hispanoamericana seguir colaborando en una misión planteada con «aires conquistadores», y se marchó junto con Rafael. Pero el P. Huelin, director de la Misión y responsable de muchos entuertos, no tuvo empacho en reconocer ante las Hijas de la Caridad: Los paúles son como los burros, cuanta más carga les echas, más levantan las orejas.

Humilde. Conocía sus límites y hasta los exageraba. Para mí, la mayor prueba de su humildad fue el comprobar como lo aceptaban, lo buscaban y le abrían el corazón los humildes.

Valentín, sacerdote. O, si me permitís, siendo más fiel a él, cura. Sabía que Dios le había puesto en el mundo al cuidado de sus Misterios que reverenciaba. Sabía que Dios le había puesto en el mundo para tener cuidado de su Palabra, que cultivó siempre. Sabía que Dios le había puesto en el mundo al cuidado de las personas: de sus «pequeños» compañeros y «de las almas». ¡Y como sabía cumplir su tarea de mediador! Hasta los últimos días de su paso por la tierra ha estado preparándose y trabajando para partir el pan de la Palabra a los pobres. Hasta el final, su tiempo, su cariño y su trato, pleno de corazón, han sido para los pobres, para los enfermos. Como lo conocí siempre, le vi vivir sus últimos días: Se olvidaba de si para acudir a quien lo necesitaba.

Valentín, el hombre de la palabra de ánimo, estoy plenamente convencido de que nos lanza un reto -se lo he oído al final-: ¡Animo! ¡Adelante! ¡Cuidad las misiones! ¡No os desaniméis por esas dificultades! ¡No dejéis que la Provincia se acomode!

Luis Mª M. San Juan



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