Una actualización del carisma vicenciano (I)

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Miguel Lloret, C.M. · Año publicación original: 1988 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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No hay que dudar en hablar de una «dimensión social» del Mensaje de 1830 —a condición, claro está, de que se comprendan bien estas palabras. Los recientes deba­tes sobre la Teología de la Liberación han permitido poner nuevamente de relieve el impacto socio-político del Cristianismo. Lo mismo ocurre con el culto mariano que ocupa un espacio tan amplio dentro de él y, de un modo especial, en lo que se refiere a la Manifestación de la Medalla Milagrosa.

Juan Pablo II en su Encíclica sobre la Madre del Redentor insiste en este punto a propósito del Magnificat, que presenta como una invitación a hacer una opción clara en favor de los pobres y al mismo tiempo a vivir el espíritu evangélico de pobre­za. Así nuestra piedad mariana no se perderá en lo abstracto o en lo maravilloso. Efec­tivamente, veremos que el Mensaje de 1830 tuvo —y debe continuar teniendo— «in­cidencias» sociales demasiado poco conocidas pero muy significativas:

  • por una parte, el Mensaje en sí mismo no es «intemporal»;
  • por otra, la Virgen se dirigió para transmitir dicho Mensaje a una familia espi­ritual que está dedicada al servicio corporal y espiritual de los más despro­vistos y cuyo Carisma se ha visto —por ese mismo hecho— enriquecido, dinamizado, actualizado.

Es inútil añadir qué responsabilidades lleva esto consigo para todos nosotros.

1. Un contexto histórico

A. «Los tiempos en que vivimos…»

El Mensaje de 1830 se nos ha dado:

1) En función de una nueva y muy importante etapa de la historia de la Huma­nidad y de la historia de la Iglesia.

46 Industrialización e impulso sin precedentes de la ciencia y de la técnica. Socialización creciente bajo todas sus formas.

Toma de conciencia acerca de las personas, los grupos, los pueblos, las dimensiones internacionales y universales.

2) En función de una época a la vez muy rica y muy difícil en la que se mezclan más que nunca lo positivo y lo negativo:

Pensemos, por ejemplo, que Catalina Labouré vio caer bajo las armas a tres Arzobispos de París: ella misma había hecho predicciones a este respecto.

Pero todo un movimiento espiritual, doctrinal, misionero, iba a encontrar tam­bién su origen en el Mensaje de 1830 en función de los acontecimientos y de las necesidades del mundo contemporáneo. La Familia Vicenciana, en diversas circuns­tancias y de diversas maneras se vio movida a desempeñar una misión especial en este mundo… y, repitámoslo, nosotros deberíamos proseguir esta tarea si somos fie­les al espíritu de nuestra vocación que se ha visto así enriquecido y actualizado.

En una palabra, digamos que este Mensaje es una de las pruebas más hermosas de la ternura de Dios en favor de la Humanidad de hoy y una llamada a una Fe y a un Amor efectivamente renovados para estos tiempos en que vivimos. Debemos preguntarnos cuál ha sido, de hecho, el impacto de este Mensaje:

  • en una Humanidad que busca tan penosamente su camino, fascinada por el materialismo, tentada por el orgullo y el odio;
  • en una Humanidad a la que María viene a recordar el verdadero designio de Dios sobre Ella, la primacía de lo espiritual y de lo sobrenatural, la eminente dignidad de los Pobres, las exigencias de una auténtica comu­nión.

B. La vidente: Catalina Labouré y su amor por los pobres

1) El barrio de Reuilly

Aquí, lo mejor que podemos hacer es recurrir al librito de P. LANQUETIN, ca­pellán de la Casa de Reuilly: «Catherine Labouré, la Sainte de Reuilly» (S.O.S. 1976). Ya hemos hecho alusión al ambiente político, social y económico de esta época.

Al igual que otros barrios más o menos próximos —como el barrio en el que tan admirablemente trabajaba Sor Rosalía RENDU— el barrio de Reuilly estuvo marcado trágicamente por la primera ola de industrialización con todas sus consecuencias. Los obreros se amontonaban en tugurios; un proletariado miserable era víctima de un trabajo anónimo e irresponsable, salarios de miseria, explotación de los niños en el trabajo, alcoholismo, motines, violencias, represiones sangrientas, barricadas, etc. Pero no se trata aquí de describir una página de historia, sino de una simple evocación.

Y por otra parte, por fabulosas que sean desde entonces las conquistas del mundo obrero, ¿no hay todavía hoy muchas situaciones semejantes y, sobre todo, no exis­ten problemas de fondo similares?

2) ¿Qué sabía exactamente Catalina Labouré de todas estas cosas y cómo las vivía?

No tuvo el mismo tipo de acción que su contemporánea, Sor Rosalía Rendu, pero veremos que hay entre ellas más semejanzas de las que se podría creer. En todo caso sería falso pensar que Catalina pasó indiferente sin ver todo esto: el mensaje que el Señor y María le habían confiado era el que precisaba el tiempo que ella vivía y los tiempos que nosotros vivimos, como lo hemos dicho ya.

La casa de Enghien-Reuilly había sabido evolucionar en función de las necesi­dades de los pobres, tanto más cuanto que, en diversas ocasiones el cólera había venido a aumentar las desgracias de manera espantosa. No perdamos de vista tam­poco el amor que Catalina tuvo hacia sus ancianos y los numerosos servicios que prestaba, tanto a los huérfanos de la casa Eugenia-Napoleón, fundada al lado, como a las familias del barrio, aunque ella no estuvo encargada personalmente de ello.

Desde el punto de vista religioso, los acontecimientos más penosos fueron los de 1830 y 1870. Estos últimos afectaron directamente, de diversas maneras, a la Co­munidad de Reuilly. Los ministros de Napoleón III se creían muy fuertes y reprimían sin piedad y sin discernimiento los movimientos insurreccionales, llegando a conde­nar incluso la Asociación Internacional de Trabajadores. El 19 de julio de 1870 se de­claró la guerra con Alemania, lo que ocasionó una serie de desastres que provocaron la caída del régimen. París fue sitiado hasta que, faltos de fuerzas y de víveres, logra­ron firmar un armisticio.

Pero se iniciaba una insurrección muy grave que se conoció con el nombre de la «Comuna». La represión fue terrible. Resulta difícil hacer un juicio objetivo sobre el comportamiento de una iglesia ya debilitada por la Revolución de 1789 y aneste­siada por el Concordato napoleónico. Pío XI diría, y desgraciadamente con razón, que el gran error de la Iglesia en el siglo XIX fue el de haber perdido la clase obrera.

Pero sería gravemente injusto olvidar que precisamente fueron católicos quienes —a veces los primeros y durante largo tiempo casi los únicos— se preocuparon verdade­ramente de la suerte de esta nueva clase obrera, explotada por un capitalismo sal­vaje.

Volveremos a hablar de sor Rosalía, de su prestigioso testimonio, de su influen­cia determinante sobre Ozanam y sus amigos. Si, como Catalina, sor Rosalía detes­ta las revoluciones violentas, es precisamente porque «cuestan demasiado caras a los pobres».

Hoy, también, vemos que es difícil servir en el campo social y cívico sin dejarse manejar por unos u otros. Sin la Fe y la Caridad auténticas corre más el riesgo de desviarnos. El pueblo de Reuilly no se equivocó en este punto; dio una nota triunfal a los funerales de Catalina, creando con ello, lo que es el colmo, una dificultad para el futuro proceso de beatificación.

II. Otras evocaciones…

A. La Asociación de las Hijas de María y la promoción del laicado

En 1853, el P. ETIENNE bendice la nueva capilla de la Casa de Reuilly bajo la advocación de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Entretanto, en 1847, Pío IX había reconocido oficialmente la Asociación de Hijas de María bajo el mismo patrocinio y con la Medalla Milagrosa como insignia. Los primeros grupos se esta­blecieron en las Casas de enseñanza de las Hijas de la Caridad. Tenían como origina­lidad, con relación a las congregaciones marianas ya existentes —y esto es muy importante— reunir a jóvenes de ambientes populares. Solamente en 1876, poco an­tes de la muerte de Santa Catalina, la Asociación desbordará las escuelas y los obra­dores de la Compañía y más tarde se establecerá fuera de la misma Compañía, por ejemplo en las parroquias, conservando siempre su centro en la Familia vicenciana. Se convierte entonces en un verdadero movimiento de piedad, de caridad y de apos­tolado.

Desde el origen, el movimiento se propone, empleando las mismas palabras de los Estatutos, «un doble trabajo de santificación y de apostolado». Con ocasión del cincuentenario de su fundación, León XIII hablará de las «grandes y muchas venta­jas que procura a las familias y a la sociedad civil esta piadosa Asociación que se distingue tanto por su piedad como por su caridad». Es interesante observar que el apostolado social, como se decía entonces, formaba parte del programa y se di­versificaba en distintos compromisos, por ejemplo en responsabilidades dentro de las actividades de educación y de caridad.

En Reuilly, Catalina tuvo la alegría de ver nacer y crecer la Asociación, que llegó a ser poco a poco el armazón de todas las obras: instrucción, patronatos, visitas a domicilio, cuidados, etc. El componente social estaba por tanto integrado en la ac­ción caritativa, como lo haría notar a su vez Pío XI en la beatificación de Catalina (28 de mayo de 1933).

En esta misma línea, es de desear que las Juventudes Marianas se dejen inter­pelar por las prioridades misioneras de la Iglesia universal y de las iglesias locales desde el Vaticano II y que formen sus miembros dentro de esta perspectiva pastoral y social. Únicamente me sorprendió ver que el Cardenal Dadaglio, Presidente de la Comisión para el culto mariano dentro del marco del año mariano, escribía: «Sería bueno que los santuarios dedicados a la Virgen respondan, mediante estructuras nue­vas, a los males que azotan a la sociedad contemporánea, como por ejemplo el SIDA, la droga, la vejez o la falta de domicilio».

Hay además, actualmente, una necesidad de oración, de reflexión, de doctrina. «Partir de lo verdadero de la vida» y «partir de lo verdadero de la Fe» son dos activi­dades complementarias e indisolubles. Vemos grupos que, juntamente con el apos­tolado propiamente dicho, quieren promover la vida evangélica en el campo de la caridad, de la educación, de la catequesis, etc. Ahí tenemos ya la promoción del Laicado, su renovación espiritual, sus responsabilidades en los diversos ambientes de vida, permaneciendo siempre en la línea vicenciana.

B. Las Conferencias de san Vicente de Paúl

Encontramos en el primer tomo de «Catalina Labouré y la Medalla Milagrosa» de los PP. Laurentin y Roche (Lethielleux, 1976, p. 10) una nota-clave titulada «Oza­nam y la Medalla Milagrosa». Allí leemos varias cosas interesantes:

* El 6 de octubre de 1832, Federico Ozanam escribe a uno de sus primos: «La devoción a la Santísima Virgen ha tomado un gran impulso. Parroquias enteras van a Fourviére… Las medallas de la Virgen se han extendido con una profusión extraor­dinaria». Parece que se trata de la Medalla Milagrosa.

* Sabemos que el primer librito que habló de la Medalla, fue el «Mes de Ma­ría», del P. Le Guillou, en abril de 1834. Ozanam hizo una reseña del mismo en «La France Catholique» del 28 de junio siguiente, subrayando discretamente que uno de los méritos de la obra consiste en la presentación de «hechos históricos, la mayor parte recientes y desconocidos, todos extraordinarios, propios para inspirar la devo­ción a María». Ocurre lo mismo con las «Novenas a María», de Le Guillou que, aparecidas en septiembre de 1834, conceden un gran espacio a la Medalla; Ozanam ha­ce también su reseña un poco después en la «Revue Européenne».

El 4 de febrero de 1834, en una de las reuniones de la Conferencia de la Cari­dad que, al año siguiente se convertiría en la Sociedad de San Vicente de Paúl, Oza­nam pide a la Asociación se ponga bajo la protección de la Santísima Virgen y escoja como fiesta patronal a la Inmaculada Concepción, propuesta que fue adoptada por unanimidad. Se celebraría también, claro está, la fiesta de San Vicente, entonces el 19 de julio. Esto iba muy en línea con las apariciones a Santa Catalina: el corazón de San Vicente y María Inmaculada.

Ozanam, a quien comunicó Dominica Meynis, Secretaria de la Propagación de la Fe, la conversión de Alfonso de Ratisbona, el 20 de enero de 1842, mediante la aparición de la Virgen de la Medalla, le responde el 14 de abril: «Informaré al Con­sejo General de la Sociedad de San Vicente de Paúl de este acontecimiento. Nos ha conmovido profundamente, aquí como en todas partes, la conversión del señor de Ratisbona. Viendo tales signos y otros semejantes, nos preguntamos qué es lo que Dios prepara. Estemos seguros, sin embargo, que todo lo que El prepara es so­beranamente misericordioso». El 3 de mayo le escribiría de nuevo sobre el tema. «Por lo que a mí se refiere, estoy profundamente impresionado pero no sorprendido. Si algunas previsiones, cada vez más amenazadoras, me hacen temer las tempestades del futuro, espero también ver cómo se multiplican los signos de la protección divi­na, para que el mundo no desespere».

Ozanam llevaba una medalla que representaba, de un lado a San Bruno (lo que hace suponer que se la procuró en un Viaje a la Gran Cartuja en 1835) y del otro, la Virgen Milagrosa con la invocación: «Oh María sin pecado concebida…».

Si no existe ninguna continuidad visible entre la Asociación de Hijas de María y la Sociedad de San Vicente de Paúl, no se puede olvidar su común inspiración vicenciana. El objetivo de Ozanam es «apostólico» en un sentido amplio pero muy claro. En 1835 emplea la expresión «Apostolado de los laicos» y quiere que su Socie­dad sea profundamente católica sin dejar de ser laica.

Nos gustaría saber con certeza si Sor Rosalía y Sor Catalina llegaron a cono­cerse. En cualquier caso no hay duda de que la Medalla haya reforzado entre ellas el vínculo fraterno de pertenencia a una misma Comunidad entregada al servicio de los Pobres. Laurentin escribe: «Hay que juzgar las apariciones (a Santa Catalina) por sus frutos. Los hemos visto, considerables, en la Iglesia a escala mundial, intensos en las dos familias del Sr. Vicente, fecundo en Ozanam y en la misma Catalina» (Vida auténtica de Catalina Labouré, tomo I, p. 323).

* El hecho de que, a pesar de tantas dificultades encontradas, a pesar de todas las críticas que, con razón o sin ella se le han dirigido, la obra de Ozanam y de sus discípulos ha marcado profundamente la historia social de los siglos XIX y XX. Sus nombres son inseparables del de Sor Rosalía Rendu. Es verdad que, en su conjunto, el mundo obrero permanecerá todavía mucho tiempo extraño y, lo más a menudo, hostil a la Iglesia. Pero gracias a este primer catolicismo social, se constituyó toda una herencia de pensamiento y de acción de la que aprovecharán más tarde el sindi­calismo cristiano y la segunda democracia cristiana.

C. Las Damas de la Caridad

Debo a la amabilidad del P. Baldacchino, bibliotecario y archivero de San Láza­ro, algunos informes interesantes, acompañados de referencias que permitirán, lle­gado el caso, continuar el estudio. Porque a este respecto, sería paradójico olvidar que la Congregación de la Misión y la Compañía de las Hijas de la Caridad fueron, en cierto sentido, los primeros beneficiarios de los acontecimientos de 1830 en la calle del Bac. Los dos Institutos conocieron, a partir de esa fecha, un claro renaci­miento y a través de ellos se desarrollaron Movimientos como el de las Hijas de Ma­ría, las Conferencias de San Vicente de Paúl y las Damas de la Caridad.

Estos últimos fueron suprimidos durante la Revolución francesa. El P. Etienne pensaba restablecerlos hacía largo tiempo, pero esperaba un signo de la Providencia, que le vino del «Berceau» de San Vicente de Paúl. La Señora LE VAVASSEUR, visi­tando estos lugares, se preguntó por qué no existían ya las Damas de la Caridad. De regreso a París, habló con el P. Etienne, todavía Procurador General de la Congre­gación de la Misión en esa fecha, quien aprobó y estimuló el proyecto: animó a la Sra. Le Vavasseur a unirse a otras damas caritativas y prometió su ayuda para la or­ganización de la obra.

El primer encuentro, en 1840, reunió a unas doce señoras que respondieron a la invitación (cf. Vida del P. Etienne por un Sacerdote de la Misión, Edouard Rosset, p. 237 y §s.; Anales de las Damas de la Caridad, año 1895, p. 20 y SS. y año 1901 p. 28-29).

El P. Etienne confió estas principiantes a las lecciones de una maestra sin igual: Sor Rosalía Rendu. A este nombre prestigioso hay que unir el de la Hermana Sir­viente de la casa del Gros-Caillou, Sor GUILHAUME. Las Hijas de la Caridad, efectivamente, colaboraban con las Damas en su visita a los enfermos (Boletín de las Da­mas de la Caridad, 1936, p. 22); Anales de las Damas de la Caridad, 1899, p. 61 y 79).

El 5 de enero de 1855, unos meses después de la definición del dogma de la Inmaculada Concepción, Pío IX asigna «a la Caridad, el primer lugar, en nuestros días, en la Acción Católica» (Anales de las Damas de la Caridad, 1898, p. 69). Como es de rigor, la fiesta de la Inmaculada Concepción es la fiesta patronal de la Asocia­ción (Boletín de las Damas de la Caridad, 1936, p. 20).

Lo mismo que en el caso de las Hermanas y de las Hijas de María, nos impresio­na el lugar que se da a la formación social, en el Boletín de la Cofradía, sobre todo en la primera parte del siglo XX. Ya conocemos todo el esfuerzo actual de las Aso­ciaciones Internacionales de Caridad para proseguir y renovar este mismo esfuerzo a la luz de los «signos de los tiempos».

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