Un perfil heroico: santa Luisa de Marillac (17)

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

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Author: Yolanda de Montefrio · Year of first publication: 1960.
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Id, pues, a las salidas de los caminos,
y a todos cuantos encontréis
convidadlos a las bodas.
(Mat., XXII.)

OLYMPUS DIGITAL CAMERALas obras emprendidas en la Caridad se afianzaban por todas partes bajo el prudente cuidado de los santos fundadores. Parecía imposible que dos vidas tan llenas pudieran multiplicarse nuevamente en el servicio del prójimo. Mas Vicente de Paúl, el hombre que ardía constantemente en las llamas de la caridad, tenía en sí una potencia de gigante para hacer el bien y concebir proyectos para el alivio de los necesitados. Forzosamente hemos de pensar que su unión con Dios tan constante, tan profunda, le hacía desdoblarse, después, en esa prodigiosa actividad a que quedaban prendidas su santa colaboradora y las Hijas de la Caridad.

Por eso no es sorprendente ver que, ante el espectáculo de la mendicidad pululante por todo el reino de Francia, y que había crecido merced a la falta de trabajo ocasionada por las guerras, ya en la de 1635 en las regiones del Norte, ya en la guerra civil de la Fronda, la plaga social que los mendigos suponían, reconocida por todos, llamara a su corazón de apóstol de una manera diversa a como podía hacerlo al de los particulares o al de los gobernantes.

En Francia se habían hecho intentos de recoger a los mendigos, la clase ínfima de la sociedad, integrada por lacayos, soldados y aldeanos venidos de sus pequeños caseríos a las grandes ciudades. Ya en 1611 se conocen ensayos oficiales de recoger, de grado o por fuerza, a estos mendigos, que constituían el exponente de la miseria social del país. Asimismo el Parlamento de Francia ordenó en 1619 estas mismas medidas respecto a los mendigos y vagabundos. Los refractarios a recogerse en los albergues con buena alimentación y techo seguro sabían que había establecida una ley que mandaba azotarlos, o, en casos extremos, mandarlos a las galeras como forzados. Las mujeres también eran azo-tadas y sometidas a otros castigos humillantes. Sin embargo, la vida del hampa era creciente y aquellos desgraciados, que pululaban incesantemente durante, el día implorando la conmiseración de los demás, se reunían con sus compañeros durante la noche, a gozar de sus ganancias, un lugar llamado «El patio de los milagros» con toda ironía, pues los enterraos y dolientes se veían allí completamente curados de sus enfermedades.

Vicente de Paúl buscaba una solución a estos problemas desde 1621. Obligado a ir a distintos puntos de Francia para dar misiones, encontró por los caminos a muchos de estos desgraciados a los que, por faltarles hasta lo más necesario, les faltaba toda moralidad. Su corazón no podía contener los impulsos que le guiaban a la solución de tan hondo problema.

El primer ensayo se hizo en Macon, donde, después de haber hecho el censo parroquial de las personas necesitadas, ya fueran sanas o enfermas, el santo misionero pidió caritativamente a las personas ricas del lugar que dieran alimentos y ropas necesarias en proporción a los trescientos pobres que se habían encontrado, y pusieran este depósito bajo la custodia de una Junta constituida para distribuirlos durante el año. Así, a la puerta de la iglesia de San Nazario, después de haber oído la misa dominical, cada pobre recibía el sustento para la semana, con la condición de que se abstuvieran de mendigarlo.

En París, la solución del problema tenía factores mucho más complejos, pero no era menos urgente. Luisa de Marillac, secundando siempre los intentos de su caritativo padre y director, ansiaba también poner remedio a la miseria social. Los recursos que la Providencia ponía en sus manos por entonces eran escasos. Mas un bienhechor que ha querido permanecer desconocido ante la posteridad, amante de socorrer a los ancianos «con el fin de que hallaran cuidado para sus cuerpos y salvación para sus almas», como lo hace constar en el contrato de 1647, hizo una cuantiosa donación a favor de los mendigos, para la adquisición de una casa en el barrio de San Lorenzo. La obra comenzó inmediata-mente en el Hospicio llamado del «Nombre de Jesús», previa autorización del arzobispo de París y del rey, que se encomendaba fervorosamente a las oraciones de los pobres allí acogidos.

Luisa de Marillac tuvo en esta obra aquella parte que siempre le correspondía en las grandes empresas concebidas por San Vicente. A medida que avanza el tiempo y podemos meditar sobre la acción conjunta de estos dos santos vemos que la Divina Providencia, madre amorosa de los pobres, los suscitó juntamente para que entre ambos llevaran a cabo la práctica de obras que pertenecían a Dios, como propias de su infinita caridad. A Vicente de Paúl le correspondía siempre la iniciativa, que ara inagotable en él, tratándose de hacer el bien. Mas, sin disminuir en hada su gloria, porque sería injusto, admiremos la callada y constante labor de Luisa, que supo poner en práctica tan hermosas enseñanzas> refrendarlas siempre con su aquiescencia total y añadirles esos pequeños detalles que eran el complemento obligado de su corazón de mujer.

El objeto que se propusieron ambos santos en el establecimiento del Hospicio del Nombre de Jesús para ancianos era completamente distinto al que se había propuesto el Estado en establecimientos similares. A Luisa cupo la gloria de saber organizar tan perfectamente el Hospicio, que admira ver sus tentativas de reforma y reeducación de los mendigos, aun contando con la edad avanzada de muchos de ellos. A diferencia del Estado, no quería acogerlos como simples piltrafas humanas, enojosas a la sociedad que los tolera, sino que deseaba elevarlos moralmente. Los mendigos del Nombre de Jesús debían convertirse en per- armas útiles y ganar el sustento con el trabajo de sus manos, pasando así de la categoría de ociosos a la de hombres conscientes de su labor.

Luisa mandó aprovisionar a los ancianos de ambos sexos de todo lo necesario para que ejercieran oficios manuales propios de su edad, y retribuyó los trabajos tan exactamente, que aún pueden verse en los registros del Hospicio los pequeños balances personales de los asilados, y escritos de mano de Luisa.

Con estas miras que alentaban en el corazón de Luisa se hacía desaparecer del ánimo de los asilados el sentimiento de «ser una carga», para verse elementos útiles en el engranaje de la sociedad. Esta sugerencia espléndida, expuesta en 1951 en el Congreso de Hospitales por el profesor Delore, hace reflexionar sobre el magnífico rasgo que supone proporcionar trabajo a los ancianos, cosa que obra de un modo maravilloso sobre la moral y la dignidad de éstos. No es extraño que, dándole a la obra un carácter estable, Luisa postulara de las autoridades o personas que habían de designar a los asilados una especie de ficha de moralidad por la que pudieran conocerse los detalles de la vida y costumbres de los acogidos.

La admisión al Hospicio, bien reglamentada, no suponía la desintegración familiar que muchos achacan a los asilos de ancianos. Puede verse aún un artículo que señala como condición indispensable para ser admitido en el Nombre de Jesús el carecer de parientes que puedan subvenir a su cuidado, lo cual garantiza de modo extraordinario el respeto que Vicente y Luisa tenían a esa célula magnífica y sagrada que es la familia. Se trataba de albergar a verdaderos mendigos, carentes de todo vínculo con la sociedad.

No era una compasión natural la que anhelaban los corazones de los santos fundadores, siempre llamados por la voz de lo sobrenatural. Comprendían el ingente abismo que hay entre caridad y filantropía, y, si bien habían aceptado la obra después de haberlo meditado mucho, y habían llevado a ella a las Hijas de la Caridad, era con el deseo exclusivo de implantar el reinado de Cristo en las pobres almas que se acercaban a la eternidad. Tarea feliz, pero que había de ejercerse en un clima completamente familiar, al que no faltase ninguno de los encantos requeridos para ello.

Por eso Vicente, el buen Padre, en sus exhortaciones de catecismo hechas a los pobres ancianos, se bajaba a las mentes de estos infelices, presentándoles con un sencillo método las más preciosas enseñanzas. Las charlas familiares de San Vicente de Paúl con los ancianos del Nombre de Jesús son un modelo de ternura y de fina penetración psicológica. No se trata de humillar a los ignorantes, sino de enseñar a los que no saben. En sus lecciones de catequesis pueden admirarse los preámbulos que el santo hacía a los ancianos para llevarlos a un clima de confianza total:

«Hijos míos—les pienso que haremos una cosa agradable a Dios si nos ocupamos de la doctrina cristiana. Por eso, os interrogaré sobre los principales misterios de la fe y del signo de la cruz. Mas no os avergoncéis si no sabéis contestar bien; nada de eso. Lo que tenéis que hacer, hijos míos, es aprenderlos bien. Si alguno no supiera hacer la señal de la cruz, no sienta pena por ello. No sois sólo vosotros los que no sabéis hacerlo…»

Así hablaba, para ejemplo de los catequistas, el hombre que ha sabido llegar con más profundidad al corazón de los pecadores en sus misiones apostólicas.

Luisa, secundando este proceder, seguía las mismas normas en lo referente a la formación profesional de los asilados, sin perdonar medio alguno de hacerla fecunda para la tierra y para el cielo. El fin que perseguían todos estos desvelos por parte de los santos fundadores y de las Hijas de la Caridad era el de hacer arribar a estos infelices a una muerte santa.

El pequeño grano de mostaza plantado en el Hospicio del Nombre de Jesús se multiplicó prodigiosamente en todas las regiones de Francia. Los pobres morían consolados con la caritativa asistencia de las hermanas. Además, posteriormente, la asistencia a los ancianos se amplió con visitas a domicilio. En el siglo XX se ha establecido una piadosa asociación de caridad que en recuerdo de Santa Luisa lleva su mismo nombre y que, plena de entusiasmo, acude en socorro de los ancianos desvalidos con sus propios medios. Las piadosas jóvenes de la Obra ‘Luisa de Marillac», acercándose a los hogares de los pobres, hacen entrar en ellos un rayo de alegría que les hace entrever el rostro de Dios.

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