Mirad cómo yo no he trabajado sólo para mí,
sino para todos aquellos
que andan en busca de verdad.
(Eccl., XXIV.)
La obra de Luisa de Marillac, bordeando las miserias de la sociedad, iba recogiendo todo lo que el mundo tiene por despreciable, por abyecto y por vil. Enfermos, pobres, niños abandonados, el lote de las Hijas de la Caridad, convertido, según el símil que Vicente hallaba tan hermoso, en «el reverso de la medalla», en Cristo mismo, tanto más real cuanto más oculto en las miserias de los pobres.
Mas el don precioso de la caridad, que tantas luces había derramado en el corazón y en la mente de los santos fundadores, les hacía entrever que, toda vez que la sociedad había producido heridas en el cuerpo místico de Cristo, había que sanarlas aun al precio de la propia vida.
En los frecuentes viajes que Luisa había hecho a las Cofradías, establecidas ya por todo el reino de Francia, había visto sobradamente que uno de los males que atenazaban a la sociedad de su tiempo, y sobre todo al pobre pueblo, era la ignorancia; que los caminos a que podía llegarse en el mal, cuando no se conoce el bien, son insospechados. Conocía el aislamiento de las pobres gentes de las aldeas que, faltas de todo medio de comunicación, apenas sabían levantar los ojos de la tierra, a la que vivían atados por el trabajo, sin redención espiritual.
En los viajes que hacía en diligencia había tocado el nivel bajo, casi nulo, de aquellas pobres gentes inclinadas sobre lo humano, sin más asidero espiritual que el que Dios les proporcionara con su misericordia.
La solución de este mal, el de la ignorancia, no le había sido extraña en ningún momento. Luisa, en cuanto llegaba por primera vez a – visitar una Cofradía, preguntaba inmediatamente si el pueblo o aldea tenía maestra; si la había, en franca comunicación con ella, la instruía sobre sus verdaderos deberes espirituales respecto a los pequeños alumnos. Si no existía en el pueblo ninguna joven dedicada a la enseñanza ella misma formaba a una de las más capaces, la instruía en los conocimientos indispensables que debía transmitir a los demás, y por estos medios no dejaba desatendida la enseñanza en los pequeños poblados.
El París de los grandes no estaba necesitado de esta ayuda. La enseñanza que empezaba a darse por entonces en las Comunidades religiosas de clausura tenía bien cubiertas todas sus posiciones en la capital de Francia, así como en otras ciudades populosas. Pero las hijas del campo, apenas asistidas en las aldeas, necesitaban remediar su ignorancia urgentemente.
Luisa, como queda dicho, catequizaba por sí misma a los niños de las aldeas, poniendo en sus instrucciones toda la claridad que sus oyentes requerían. No es difícil suponer, y así nos lo aseguran algunas líneas suyas escritas en 1652, que aprovisionara a sus hijas, no solamente con el bagaje necesario para visitar a los enfermos, sino con el que era preciso para instruir a las niñas de los pequeños lugares. Así ocurrió con las hermanas que fueron enviadas a Richelieu y a Nanteuil. Otras muchas demandas de hermanas no pudieron ser atendidas, a pesar de que las damas de alta nobleza las reclamaban para la instrucción de los colonos de sus posesiones.
Luisa de Marillac, de exquisita educación, espíritu cultivado, pensionista del Real Monasterio de San Luis de Poissy, capaz de ser admirada en los primeros años de su juventud por su penetración intelectual, amante de la lectura, de la pintura y de aquellas artes que hacían a la mujer distinguida en su época; pensionista más tarde en una modesta casa de París, plegaba más aún las posibilidades de su relevante personalidad, sujetándola, por el amor de Dios, a la instrucción rudimentaria de los ignorantes.
Consciente de la hermosa tarea que podía ser la suya; no sólo dedicó su tiempo a la educación de las niñas pobres, sino que dirigió a sus hijas para que llegaran a ser, en aquel tiempo, buenas maestras de escuela. En un horario que elabora desde 1633 no ha omitido el tiempo dedicado a hacer leer a las Hijas de la Caridad, para hacerles aprender los conocimientos en uso, y asimismo para repasar la doctrina cristiana. La instrucción que las hermanas jóvenes recibían de su madre y fundadora era la que ellas mismas debían dar a las pobres niñas que acudían a sus escuelas. Recibir para dar, lema auténtico de las Hijas de la Caridad, no sólo en lo material, sino en lo espiritual. La instrucción que se daba a las jóvenes del campo era la que podía poseer la mayor parte de la burguesía en el siglo XVII: lectura, escritura y, sobre todo, la formación catequística.
La previsión de Luisa no podía quedar satisfecha con las instrucciones aisladas que daba a las hermanas en ciertos momentos del día. Si se habían organizado en otras obras los reglamentos y la provisión de recursos en bien de los pobres, con mayor razón habría que organizar la provisión de conocimientos en sus hijas, de modo que ellas, de manera indefectible y continua, pudieran transmitirlos a los demás. Por eso en la Casa Madre de la Compañía abrió para sus hijas una es- cuela, a la que llamó modestamente «pequeña escuela». Preludio fiel, en el albor de la Compañía. de las Escuelas del Magisterio de la Igle-sia, que en los tiempos actuales han sido el toque de atención que ha despertado a muchas religiosas de su postración en materia de enseñanza, para hacerlas tomar las armas en beneficio de la formación de sus alumnas.
Una vez más Santa Luisa se adelanta a su tiempo y parece decirnos, frente a nuestra pretendida novedad, que ella, luchando con medios mucho más hostiles, entre los que no serían pequeño obstáculo su falta de salud y sus muchas ocupaciones, dio las primicias de su apostolado de enseñanza a las religiosas en la «pequeña escuela» que abrió en el barrio de San Víctor para la instrucción de las Hijas de la Caridad.
El intento caritativo en favor de la infancia atrajo la bendición de Dios, ya que Él era el principal interesado en esta gran obra en beneficio de los niños. En 1649 son ciento diez mil los alumnos que las Hijas de la Caridad instruyen en Francia, según los registros de la Co-misión de Enseñanza de aquella época.
Las escuelas de aldeas no tardaron en instalarse también en la capital, y Luisa abrió la primera en ayuda de la juventud ignorante en el barrio de San Dionisio, de París.
Luisa sintió que esta obra se desgajaría ya en sus cimientos si no se la dotaba de cierta uniformidad. Seguir un método adecuado a la condición de maestras y alumnas era algo que no escapaba al vigilante alcance de esta verdadera sierva del Señor, atenta a hacer sus obras terminadas, tangibles, duraderas.
Por eso pide a sus hijas una gran modestia personal en la enseñanza, sin arrogarse conocimientos superiores a los que pudieran poseer en la realidad, con lo cual, antes que sembrar la confianza en el corazón de las alumnas, conseguirían solamente confusionismo y falsa interpretación. Consciente del bajo nivel social de las niñas a quienes iba dirigida la instrucción, las hermanas de las escuelas debían prevenir favorablemente las necesidades futuras de estas pequeñas, para lo cual tratarían de adiestrarlas en todo aquello que fuera conveniente para su desenvolvimiento en contacto con la vida. No era difícil a sus hijas, que conocían las miserias humanas, prevenir estas necesidades y aún adivinarlas ventajosamente.
En el método que reglamenta la enseñanza Luisa de Marillac subordina siempre la instrucción del cuerpo a la santificación del alma. Conoce que el ejemplo de la maestra es lo más eficaz para mover a obrar a las alumnas, y así lo indica a sus hijas. Exige la práctica de las virtudes en consonancia con las instrucciones que de ellas se dan. Vicente no era ajeno a este movimiento de renovación del saber en la Compañía. Interrogado sobre la conveniencia de que las hermanas elijan entre dos catecismos propuestos por Luisa para su preparación, se decide por el de mayor contenido doctrinal, puesto que, son sus propias palabras, «si es necesario que enseñen, es mucho más necesario que sepan» Luisa, versada completamente en las enseñanzas de la Iglesia, va a la vanguardia de la preparación catequística.
Tiene otra idea maestra, de las que pueden surgir de una inteligencia guiada por el corazón. Hay que instruir a los niños siguiendo un método similar en todas las pequeñas escuelas que están abiertas, y se carece de un catecismo diocesano o parroquial que sea asequible a las inteligencias de los niños. Dejar la empresa a las sugerencias de lo que cada hermana en particular quisiera hacer, o dejar con simples explicaciones lo que un libro puede fijar más intensamente, era un gran obstáculo.
Mas a la mujer fuerte no pueden arredrarla contratiempos momentáneos. Por eso ella misma compone un pequeño catecismo, modelo de los manuales de este género, en el que pueden admirarse la claridad y el orden de las cuestiones, el método activo con que va desarrollando las preguntas, a cuya respuesta, por parte del niño, va unida indefectiblemente una reflexión de la mente infantil sobre el punto propuesto. De este modo, el pequeño mundo a que iba destinado el precioso librito, fruto de su inteligencia y de su corazón, podía quedar iluminado con las verdades eternas, y buscar por sí, tras de alguna sugerencia de las maestras, la conclusión absoluta para su mente infantil.
Las cartas de Luisa testimonian que, no sólo en el principio, sino continuamente, siguió la formación de las hermanas que se dedicaban a las escuelas, y no perdonó en absoluto el medio de elevarlas en el amor que debían sentir por su vocación de educadoras. La formación realmente sólida que esta Santa Madre da a sus hijas hace reconocer más tarde que la obra que empezó humildemente se extendió de tal manera que, en el transcurso de los tiempos, ha sabido elevar a la juventud al nivel de la evolución que ha seguido la sociedad.
El método de Luisa para las «pequeñas escuelas» que fundaran sus hijas sobresale, ante todo, por su profundo y auténtico sabor cristiano. Esto parece lógico y natural, en cuanto al contenido de las enseñanzas se refiere, y es lo que podía esperarse del hecho y fines mismos de la fundación. Pero es de admirar sobre todo que ese método se apoye en la práctica de las virtudes más eminentemente cristianas por parte de las maestras, las cuales no deben ser, ni mucho menos, elementos pasivos puestos al servicio de las niñas; ni siquiera simples canales por los que pasan las instrucciones destinadas a abrirles ho-rizonte hacia el porvenir.
El método de Luisa se sustenta en su gran penetración pedagógica para conocer los fallos de una educación vacía del ejemplo de la maestra. Por eso, junto a las indicaciones de que no deben usar palabras altisonantes, que alarmen la ignorancia de los alumnos, les recomienda bajarse tanto a sus humildes inteligencias que, si pudiera ser, los niños encuentren en la hermana una amable guía que les dé una sencilla pauta del camino a recorrer.
Las instrucciones que hace respecto a las posibilidades de la educación se refieren principalmente a las alumnas pobres, puesto que otros sectores de la sociedad se multiplican los educadores y educadoras hasta lo infinito. Lo admirable, y lo que queda patente a través de loa siglos, es el espíritu que inculca a sus hijas en las reglas que les da, para que puedan elevarse en medio de los trabajos, y no olvidar ni un momento que están allí por el puro amor de Dios, y que la recompensa a sus desvelos por el bien de las almas deben esperarla solamente de Él. Completamente actuales, sus recomendaciones vienen una vez más selladas por ese ardiente celo de que quiere ver poseídas a sus hijas para la obra de la instrucción de las niñas.
«Pensará en la gran dicha que tiene, de haber sido llamada por Dios para cooperar con Él a la salvación de las niñas…» He aquí una de tus recomendaciones, que sitúa a la Hija de la Caridad educadora en el mismo plano espiritual en que están las hermanas que cuidan a los enfermos o a los niños abandonados. La elección de Dios para tan caritativo ministerio trae consigo, no una supervalía por parte de la que lo ejerce, no un aparejo de agradecimiento por parte de la alumna que recibe la enseñanza, sino, muy al contrario, una obligación para la hermana de rendir gracias a Dios por haberla puesto en tan ventajoso estado, en el de Sierva de los Pobres, anexo substancialmente a su condición de Hija de la Caridad.
Además, propone «que tenga gran cuidado en instruirse en las materias que debe enseñar a los otros, especialmente lo que mira a la fe y a las buenas costumbres». Esto viene a confirmar lo dicho anteriormente sobre los desvelos de Santa Luisa en cuanto a la formación de sus hijas. Y, valiéndose de sus dotes psicológicas, afirma, además, que la hermana «debe procurar por todos los medios posibles formar en las almas de las alumnas que le están confiadas el hábito de las buenas costumbres», impidiendo asimismo que contraigan otras malas, conocida la tendencia de la naturaleza a arraigarse en todo aquello que puede complacer sus exigencias.
Y, por fin, recordando, como en todas las demás empresas de que se hace fundadora, que nada puede agradar tanto a Dios como el olvido de sí mismas y la petición de la ayuda celestial, les dice que «deben estar firmemente persuadidas de que si Dios no les ayuda», es decir si Él mismo no se encarga de enseñar e instruir a las niñas, en vano la Hija de la Caridad se esforzará en hacerlo.
Por tanto, volviendo los ojos a la eternidad, les aconseja que acudan a Nuestro Señor, «suplicándole que derrame sus gracias y bendiciones tanto sobre las alumnas como sobre las maestras, a fin de que todas juntas puedan un día gozar de las recompensas que el cielo les promete».






