SED fervorosos de espíritu, acordándoos de que
es al Señor a quien servís.
Alegraos con la esperanza del premio.
(Ep. a los romanos, XII.)
EN la campiña que rodea la humilde villa de Suresnes se divisa la grácil figura de una joven pastora que cuida de su ganado. Los vestidos son pobres; el aire agita sus cabellos bajo la humilde cofia que apenas los sujeta. De vez en vez, por la carretera que bordea los prados rientes, se adivina la figura de un caminante que hace su jornada a pie o montado en su mula. Hombres y mujeres que pasan al mercado y charlan animadamente para alejar la monotonía del camino.
Al divisar a algunos hombres de rasgos menos toscos que los de un simple campesino la pastora se aparta de su pequeño rebaño y se acerca decidida y respetuosa al caminante. Sostiene en sus manos un libro, y lo muestra al viajero, abierto por una de sus páginas: «Señor, ¿quisierais decirme cómo se lee esta palabra?» Y satisfecha de la respuesta, dando las gracias con una alegre sonrisa, la joven pastora se aparta del camino y regresa junto a su rebaño, fijos los ojos en el libro de lectura, queriendo desentrañar, con toda constancia, los signos que allí hay escritos.
La misma escena se repite varias veces en la tarde apacible, hasta que el sol, al despedirse, besa las cumbres de los montes cercanos. Anochece. La joven pastora guía con diligencia sus rebaños hasta la aldea.
¿Qué significa esta actitud, repetida día tras día en las praderas cercanas al pequeño poblado? La razón puede dárnosla la misma joven que contemplamos, si seguimos su jornada de trabajo.
Ha entregado el ganado a sus dueños, y ha ido a cobijarse en su pequeño albergue. El hogar, completamente apagado. Pobres viandas para la comida de aquella joven, que, no obstante, muestra una sonrisa amable siempre. Poco a poco se reúnen en torno a ella otras jovencitas; algunos niños, que quedan rezagados en el grupo, oyen las lecturas que hace la improvisada maestra para enseñar a las demás.
Este sencillo cuadro puede reconstruirse todas las noches. Otras veces la joven abandona Suresnes para dirigirse al vecino poblado de Villepreux, donde hace lo mismo con las jóvenes que en él viven. Cabe pensar si se trata de una maestra rural que quiere instruir a sus vecinas y compañeras, ganándose así el sustento. No es ése el motivo. La joven pastora ha sentido interiormente una extrema caridad hacia la ignorancia de sus hermanos y quiere combatirla con los medios que tiene a su alcance. Pobres medios de una pastora de aldea, que se harán poderosos en un corazón de mujer que ha lanzado la mirada a su alrededor para buscar a su prójimo. La pastora de Suresnes busca la redención del alma de sus hermanos y quiere combatir la ignorancia, no por un motivo natural, sino para que las aldeanas puedan instruirse convenientemente en el catecismo y amar con más solidez a su Dios.
Este proceder no podía por menos de acarrearle la admiración de algunos y la crítica de muchos. Una muchacha que en la juventud se traslada de aldea en aldea, con el fin, desconocido hasta entonces, de enseñar gratuitamente las letras, y a la vez instruir en el catecismo a las jóvenes y a los niños, puede ser una santa o una ilusa. Y como quiera que la opinión popular es siempre dada a buscar lo menos favorable, Margarita Naseau, que éste es el nombre de la pastora, siente que la garra de la calumnia viene a hacer presa en su persona.
No obstante, dotada de un corazón magnánimo, atraída irresistiblemente por una vocación especial que la llama a ayudar al prójimo, deja pasar la nube tormentosa que podía anegar las ilusiones de su espíritu y sigue infatigable la senda que se ha trazado.
Su alimentación, sobria y escasa, consiste la mayoría de las noches en un pedazo de pan. Lo demás lo ha dado como limosna a los pobres. Le basta un duro jergón para el lecho y un sencillo vestido para preservarse del frío. Su corazón late cada vez más apresuradamente al ritmo de la caridad.
Vicente de Paúl va a predicar una misión a los alrededores de Suresnes. Margarita Naseau, alma vibrante, va a consultar al santo sacerdote sus proyectos, sus afanes, lo que constituye la ilusión de su vida: el deseo de instruir a las pobres hijas del campo. Vicente aplaude su proyecto, considera pausadamente los tesoros que Dios ha puesto en esta alma, y la anima a seguir viviendo su hermoso ideal de caridad.
Vicente de Paúl ha encontrado en Margarita un alma que vibra al unísono con la suya. Nada detiene el impetuoso río de caridad que va de corazón a corazón. Vicente, con su mirada sagaz, conoce perfectamente a la joven aldeana y espera la respuesta de Dios.
Más tarde la joven Margarita, enterada de que las Caridades funcionaban en las parroquias de París, se pone a disposición de Vicente de Paúl, por si puede serle útil en el servicio de los pobres y de los enfermos. Vicente sonríe. Experimentado en el trato de las almas, sabe hasta qué punto es heroica la resolución de Margarita. Precisamente le encanta la entusiasta simplicidad con que brinda toda su vida al servicio de los desgraciados.
El rostro de Vicente de Paúl se ilumina. Providente, siervo de la Providencia, mira el panorama de las Caridades parroquiales y piensa que Margarita puede ser un auxiliar valioso de las damas que visitan a los pobres. La invita a ir a París, la pone bajo la dirección de Luisa de Marillac, y la joven aldeana recorre las calles de la capital visitando los míseros tugurios de los pobres, no solamente para depositar en ellos el socorro material que había ido a buscar a las casas de las damas, sino haciendo entrar con ella un rayo de consuelo y esperanza.
La estancia del pobre se ilumina con la presencia angélica de Margarita. La diferencia que hay entre las damas y Margarita es que las primeras dan su socorro material y algo de su tiempo y de su afecto; la segunda se ha dado toda, ha dado su vida entera al servicio de los pobres.
A esta joven vienen a unirse en pocos meses otras tres, procedentes de Montdidier y de Beauvais. Todas ellas, aplicadas desde un principio al servicio de las Caridades, reciben de Vicente de Paúl el sencillo nombre de Siervas de los Pobres. Nombre simbólico que debía entrañar una realidad en ellas. Precisamente él, el hombre que más ha amado a Cristo en los pobres, quiso que estas jóvenes no llevasen otro título que el de Siervas, que era el que debía convenir a su quehacer cotidianamente caritativo con los menesterosos. No estaban junto a ellos para acompañarlos simplemente, sino para ser sus siervas, para plegarse a las menudas exigencias de sus amos y señores.
Humildes comienzos de una pequeña empresa que iba a ser gigantesca en el correr de los siglos. La alabanza que Vicente de Paúl prodigó a estas primeras hermanas que se dedicaron a servir a los enfermos tiene ecos de eternidad. El santo, parco siempre en palabras, vuelca todo el entusiasmo de su corazón cuando nos habla del proceder heroico de estas jóvenes para con los enfermos, comparándolas a las vírgenes mártires que adornaron la Iglesia con la púrpura de su sangre, si bien las hermanas lo hicieron con un martirio lento y costoso en el quehacer de la caridad.
Y, efectivamente, además del martirio de sangre existe otro menos brillante, aunque pleno de hermosura. La abnegada Margarita Naseau, primera Hija de la Caridad, iba a padecerlo y a dar su vida en completo holocausto por el servicio de los desgraciados. Compadecida de una pobre mujer atacada de la peste, la conduce a su propio aposento y la hace acostar en el pobre lecho. ¿Ignorancia del mal? No, ciertamente, puesto que en aquella época las epidemias diezmaban las ciudades, causando estragos mortales bien conocidos de todos. Rasgo heroico de caridad, que le valió indudablemente un premio eterno. Atacada ella misma del terrible mal, pidió ser llevada al hospital de San Luis para morir como una de tantas pobres y alcanzar la bienaventuranza que a ellos está prometida.
Hermoso rasgo de un alma que, en su cándida sencillez, había penetrado los secretos de Dios y sabía que los latidos del corazón de Cristo se compadecen de los gemidos y de los dolores de los pobres. Margarita Naseau, como primera Hija de la Caridad, cumplió en su persona el modelo perfecto que Dios había forjado en su mente divina. Llevada por su caridad, sirvió a los pobres con todo el amor de su corazón virginal que les consagró por completo, pasando alegre y confiada por entre las miserias, alegrando con su sonrisa candorosa los pobres tugurios donde gemía de dolor.
Esto no era suficiente para su corazón lleno de generosidad, y dio su vida en aras de su ideal. Y para asemejarse más a Cristo pobre, su divino modelo, quiso morir como los pobres, en el lecho de un hospital; humildemente se abandonó a los cuidados de otras manos misericordiosas, que recogieran su último suspiro de virgen y de mártir de la caridad.
Vicente y Luisa guardaron siempre un recuerdo cariñoso de esta hija privilegiada que el cielo les había dado. Su figura luminosa, recortada de entre las verdes campiñas para internarse en los míseros tugurios de París; su gesto sonriente, su profunda piedad, todo era para los Santos Fundadores un recuerdo grato. Vicente solía decir de Margarita Nassau: «Todo el mundo la amaba, porque todo en ella era amable.» Y uno de los primeros biógrafos de Santa Luisa, al esbozar la figura encantadora de la pastora de Suresnes, había dicho:
«Dios, que ha puesto la encina entera en el germen de la bellota, había puesto ya a la Hija de la Caridad entera en esta obrera de los primeros tiempos de la Compañía.»
¿Qué acción cupo a Santa Luisa en torno a esta primera promoción de hermanas que venían a ser las auxiliares de las Damas de la Caridad? Hay que pensar en que San Vicente, una vez que las hubo admitido como tales, viendo la sencilla y recta voluntad de estas jóvenes, las puso bajo la custodia de la señorita, que las formó en sus nuevas obligaciones. Recordemos que, en un principio, estas jóvenes provenían de las aldeas y estaban poco acostumbradas a la vida de París, carentes casi por completo de trato social, aunque llenas de buena voluntad. No se les ocultaba a los Santos Fundadores que esto encerraba un peligro para las almas jóvenes, que, lanzadas a la calle con su cesto bien abastecido de provisiones y con sus remedios medicinales, debían tener una gran fortaleza para imponerse en sus nuevas tareas y sobrellevar el servicio de los pobres con toda perfección.
A cargo de Vicente de Paúl estaba la formación espiritual y sobrenatural de estas sencillas hijas del campo. Algo más tarde se les unieron jóvenes de las ciudades, principalmente de París, que provenían de la clase burguesa y de la buena sociedad.
Todas vinieron siguiendo las huellas de Margarita Naseau, pero no todas tenían sus bellas disposiciones para el trabajo que se les proponía. Tarea urgente de Luisa era adiestrar a estas Siervas de los Pobres en los mil modos de preparar el servicio de los enfermos, de hacerles todo cuanto necesitaran, de presentarse en casa de las damas a recoger la pesada marmita donde llevaban los alimentos, y en disponer el espíritu prontamente al mayor desprendimiento de todas las cosas, como lo exigía su nuevo género de vida.
Así nació humildemente, sencillamente, la Compañía de las Hijas de la Caridad en 29 de noviembre de 1633. La fundación de esta Compañía, que de pequeño grano de mostaza iba a transformarse en árbol frondosísimo que cobijaría bajo sus ramas todas las obras de misericordia, no fue preconcebida en el ánimo de Vicente de Paúl y de Luisa de Marillac.
«Ved, Hermanas—decía Vicente años más tarde de la fundación—, cómo hemos llegado hasta aquí. Una pobre joven, Margarita Naseau, se presentó a la señorita Legras, que le preguntó lo que sabía, de dónde venía y si quería servir a los pobres. Aceptó voluntariamente. Vino, pues,. a la parroquia de San Salvador, se le enseñó a dar los remedios y a prestar todos los servicios necesarios, y ella lo cumplió todo a maravilla. Nadie había pensado en esto. Así es corno comienzan las obras de Dios. Se hacen sin que previamente se haya pensado en ellas; he aquí, mis queridas hermanas, cómo Dios ha hecho esta obra. La señorita no había pensado en ello, yo tampoco, y mucho menos esta pobre muchacha. Por tanto, es una regla dada por San Agustín la de que, cuando no se ve el autor de una obra, es Dios mismo el que la ha hecho.»
Alguien podría objetar ciertos reparos a estos comienzos humildes, dado que algunos fundadores de Órdenes religiosas batallan incansablemente para establecerlas en la Iglesia de Dios y apenas pueden conseguir sus intentos. Es un poco desconcertante, para los que no conocen a fondo el espíritu vicenciano, que es el mismo que el de su santa colaboradora, la prudente espera de acontecimientos que Vicente de Paúl tuvo en todas las grandes obras que emprendió.
Hermoso ejemplo de un verdadero siervo del Señor, que no quiso nunca anticiparse a la divina voluntad y aguardó de ella las señales inequívocas por las cuales se manifiesta.
Este espíritu, auténtico espíritu de fe, a salvo de todas las defecciones, era el mismo de Luisa. Acogidas aquellas jóvenes bajo la tutela espiritual de ambos, ella, con viril corazón, dio a la obra divina un empuje poderoso; pero nunca entró en sus cálculos el hacer una gran cosa. Deja obrar a la Providencia, pero, sintiéndose enviada por ella, trabaja con gran amor en la pequeña porción de Cristo.
«Las jóvenes que la ayudaban en las Cofradías de la Caridad—decía el cardenal Pacelli—, a pesar de sus turbaciones de espíritu, le hacían entrever una visión más bella. Como un astro rasga las nubes y deshace las tinieblas, así eran a sus ojos, y a los de Vicente de Paúl, estas jóvenes, un cortejo de ángeles que iban y venían subiendo y bajando a los cuchitriles y a los refugios de la miseria, como en la escala que Jacob vio elevarse al cielo durante la noche que pasó en Bethel. Estos ángeles tenían aspecto de hijas del pueblo, no descendían del cielo, venían de los campos donde crecen el lirio de los valles y las rosas de Jericó; salían, en la ciudad, de las casas de la burguesía y de los palacios de la nobleza.»
Una de las coronas más bellas que circundarán a Santa Luisa en el cielo ha de ser lo que su espíritu trabajó en la formación de estas sencillas jóvenes, hasta convertirlas en dechado perfecto de siervas del Señor.
En aquellos siglos alguien pudo tachar de osados a los santos fundadores, que, instalando su pequeña familia religiosa en el barrio de San Víctor, lanzaban a la calle a unas jóvenes que, en fuerza de su misión, debían estar dotadas de una gran formación sobrenatural, habida cuenta de que lo que se deseaba de ellas no era solamente una prestación caritativa, sino su donación en holocausto al Dios de caridad.
Por eso Vicente no se recataba de inculcarles un gran ‘respeto a las religiosas; pero, sin embargo, les imponía una regla formidable en estas palabras:
«Si las religiosas, para ser perfectas, necesitan un grado de virtud, vosotras, hijas mías, necesitáis dos para vivir en el servicio de los pobres.»
¿ Secundaron las primeras hermanas el celo ardiente de los santos fundadores? No puede dudarse, en cuanto que sus obras son el testimonio más elocuente de aquellos primeros tiempos de caridad. Pero es preciso dejar bien sentado que aquellas jóvenes no venían a la Caridad como simples empleadas o subordinadas de las señoras, abandonando la vida de los campos para instalarse en París, cambiando el aspecto risueño de sus hogares por las lóbregas estancias de los pobres. No eran asalariadas que buscaran la sonrisa pródiga de los grandes, ni siquiera el agradecimiento de los humildes. Fueron sencillamente, íntegramente, almas dadas a Dios, que Él mismo suscitó de donde le plugo, para enriquecer a su Iglesia con una nueva porción escogida.
Es indudable que algunas llegaron con toda su rudeza a la Caridad; pero una nueva gloria de Luisa fue transformar esas toscas maneras en los sencillos ademanes que encantaban a los que las veían ir y venir entregadas por completo a sus caritativas empresas. Precisamente el servirse de ellas fue la señal que esperaban los santos fundadores en el momento en que las Caridades empezaban a decaer en manos de las Damas.
El corazón de aquellas primeras Hijas de la Caridad, forjado en el de Santa Luisa, no podía ser sino auténtico relicario de un santo amor hacia los pobres. Un buen día la sobrina del cardenal Richelieu, futura duquesa de Aiguillon, llena de admiración por estas Siervas de los Pobres, solicitó de Vicente de Paúl el favor de instalar a una de ellas en su palacio del Pequeño Luxemburgo, situado cerca de la iglesia de San Sulpicio. Quería emplearla, no solamente en su servicio, sino en el de los pobres de su parroquia, que ella visitaba en calidad de Dama.
Vicente de Paúl, pensando que no debía excusar esta solicitud, se lo propone a una de las hermanas, invitándola a ir a morar en el palacio de la duquesa. «¡ Oh Señor—contesta la hermana—, si yo he dejado a mis padres ha sido para darme por completo al servicio de los pobres, por el amor de Dios solamente. Ruego a vuestra caridad que me perdone, pero yo no puedo cambiar mi ideal para ir a servir a una gran dama.»
Vicente de Paúl llama a otra segunda, sor Bárbara Angiboust. La envía sin ninguna explicación al palacio de la sobrina de Richelieu; él mismo la irá a buscar cuando deba regresar a la Caridad. Llega y encuentra a Bárbara un poco inquieta, mas le dice que debe quedar allí, al servicio de aquella gran dama, y, bajo su protección, al servicio de los pobres de la barriada. Bárbara llora, pero cree mejor obedecer sin razonar. A los pocos días se presenta de nuevo ante Vicente, y le dice que se encuentra totalmente desalentada en aquel palacio, en aquella gran corte donde no sabe vivir; suplica a Vicente que la retire de allí: «Nuestro Señor me ha dado a los pobres; por tanto, le ruego que me envíe directamente a su servicio para siempre». El abad de Loiacq, que había presenciado esta escena, reconoció en esta sencilla joven un gran desprecio de las riquezas del mundo.
Estos bellos rasgos apenas extrañaban a Vicente; conocía demasiado la formación que recibían por parte de la señorita Legras, y su corazón, en lugar de ensombrecerse, se regocijaba en Dios ante tales testimonios de la más pura caridad.
Estos humildes comienzos, que iban a ser el germen de una gran expansión, deben su espíritu conjuntamente a las almas de Vicente y Luisa, que vibran al unísono en este concierto de la caridad. Desde 1633 Luisa no vive más que para las Hijas de la Caridad. A ellas van dirigidos todos sus avisos, sus pensamientos, sus palabras, y todo cuanto ella se propone en su acción apostólica y en la organización de las obras. Ellas no lo han olvidado y han guardado fielmente, celosamente, esas tradiciones maternas como un tesoro de familia.
«Las heroínas de los siglos precedentes—dice el cardenal Pacelli en su panegírico—no habían tenido la menor idea de lo que había sido santificarse en las obras de caridad. Luisa de Marillac no dice a las vírgenes claustradas: «Salid de vuestro retiro, id por esos caminos, subid a la morada de los indigentes y de los abandonados, entrad a las salas de los hospitales…», pero indica a las jóvenes hermanas y a las señoritas de la villa la ruta que ella había inaugurado hacia un claustro abierto a los cuatro costados, teniendo ventanas que miran al mundo, pero tan fuertemente amurallada contra las tempestades a pesar de la carencia de rejas, que el corazón y la virtud debían ser allí más fuertes que una torre. Luisa de Marillac, ampliando el código de la vida religiosa en el inundo, lleva consigo una gran victoria, y avanza, como un rayo de sol, a través del fango y la miseria humanas y reparte a los ojos de los hombres su maravillosa luz, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre, que está en los cielos.»
Su hermosa vida es fecunda en todos los estados por que atraviesa. Madre, viuda, fundadora, educadora, enfermera a domicilio en una época en que esta hermosa práctica caritativa era desconocida, Dama de la Caridad que no se desdeña en asemejar su vida a la de las jóvenes Siervas de los Pobres, mujer de acción que lleva dentro de sí las hermosas virtudes de un alma consagrada, Luisa de Marillac, figura de gran relieve en todos los tiempos, lo es mucho más en los nuestros, en los que llega a mayor altura el apostolado de los laicos.






