Un perfil heroico: santa Luisa de Marillac (08)

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

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Author: Yolanda de Montefrio · Year of first publication: 1960.
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CUANDO te vimos nosotros hambriento,
y te dimos de comer;
sediento, y te dimos de beber?…
Y el rey, en respuesta, les dirá:
«En verdad os digo: siempre que lo hicisteis con alguno de éstos,
mis más pequeños hermanos,
conmigo lo hicisteis».
(Mat. 25.)

OLYMPUS DIGITAL CAMERASi sacias el alma afligida, el Señor llenará la tuya de bendiciones.» Esta frase del Profeta Isaías, substanciosa, breve y termi­nante, es, en esencia, la que nos señala el hito luminoso que pre­sidió la vida de Luisa de Marillac en su gran aventura de santi­dad. Vicente de Paúl la asoció a las obras de caridad y él mismo tuvo que desbordar su propia medida en un siglo tan pródigo en grandezas como en miserias para Francia. Versalles y el Louvre se alzaban majestuosa­mente entre las ruinas de muchas casas pobres, en la campiña parisiense, abierta a la desgracia. Los castillos del Renacimiento albergaban a las familias de los nobles, mientras que los jornaleros, las gentes humildes que labraban la pobre parcela, estaban expuestas a los avances de una mi­seria tanto más cruel cuanto menos prevista.

Los hijos de los campesinos, mal vestidos y peor alimentados, eran a veces una carga insostenible para los pobres. Una mala cosecha, una epidemia, la falta de lluvias, eran la ruina inminente de toda una fami­lia, que se veía condenada a morir en el más espantoso de los abandonos.

En nuestra era de moderna previsión social apenas podemos adivinar la precaria situación de aquellos infelices que vivían siempre en la ma­yor de las angustias. Tanto en la paz como en la guerra la vida de los pobres era miserable, por ser menos compadecida, menos socorrida por aquellos que debieron haber sido su providencia: los ricos, los adminis­tradores de los bienes del Señor. ‘

Los grandes de la corte ignoraban que aquellas riquezas de sus cas­tillos estaban cimentadas muchas veces sobre las lágrimas y el desam­paro de los pobres aldeanos, que veían morir a sus hijos en la más es­pantosa de las situaciones, agobiados por la miseria y la enfermedad.

Este cuadro de amarguras sacude el corazón de Vicente hasta con­ducirle a una enérgica resolución. (Para él, ver el mal y concebir el re­medio apropiado no eran sino una sola cosa).

Al asociarse a las obras caritativas de San Vicente, en el alma de Luisa se obra una profunda revolución: de su vida de hogar tiene que pasar a las frecuentes salidas para visitar las Cofradías de Caridad y darles la organización necesaria. De su profundo recogimiento, de su amor a la soledad, a aquel ir y venir por los pueblos cercanos a París. De su trato exquisito con las damas de su nivel social, a la búsqueda apasionante del pobre. De la suave dirección de monseñor De Belley, al contacto con la vida parroquial, donde no siempre será bien recibida.

Pero el Profeta Isaías, con su mirada de gigante, ve que en el mundo de las almas nada hay más bello ni más santo que las obras de caridad. Por eso condiciona las bendiciones de Dios a la atención caritativa de las miserias del pobre. No es extraño que las almas encuentren en la caridad el mejor preservativo del mal y la más segura promesa de vida eterna.

El mejor pregón de la caridad es el que tiene como sello el amor. Su mejor garantía, la palabra de Jesucristo. «Lo que hiciéreis al más pequeño de los míos a Mí me lo hacéis». En la obra maravillosa de la gracia en nuestras almas lo que más puede paralizar la acción de Dios es el egoísmo, la falta de renunciamiento, el desamor para con el pró­jimo ; lo que más puede engrandecerla, la caridad.

Pongamos esa menuda gota de inquietud en ciertas vidas muelles, regaladas, sin brillo; vidas triviales, que avanzan cada día en el tiempo sin avanzar apenas en la eternidad; sujetas a un trabajo productivo, capaz de satisfacer los pequeños caprichos. Avancemos en esa cadena del acontecer diario y veremos los fugaces momentos de nuestro día sobrenadando en esa inconsecuencia de la propia vida cuando en ella no reina más que el yo con sus exigencias.

En el pequeño mar del «yo» no hay profundidades; no hay sino la escasa medida de nuestra personalidad. Pongamos en esa languidez del «yo» otra palabra viviente, capaz de revolucionar todos los sentimien­tos del alma y dar nuevos derroteros a nuestra vida: el prójimo.

Y alguien se dirá que trata con el prójimo constantemente, porque, despoblados los desiertos, hirvientes de masa humana las ciudades, no es posible desasirse de él. Sí, se vive en contacto con los demás; pero a veces «los demás» se presentan a nosotros como seres molestos a los que hay que soportar en ese ir y venir de nuestro día. En el prójimo se sus­tenta muchas veces esa contradicción, que tiene sus extremos en el amor y en el odio, pasando por la indiferencia. Esta manera de vivir la vida, unida a las vidas ajenas, es una pantalla donde se diseña nuestra propia figura, figura de trazos cortos, pocos perfiles salientes, vulgaridad de sentimientos, amor propio desmesurado, languidez para el bien.

Extraña virtud la de los santos, llamados por Dios al recogimiento interior, pero devorados a la vez por la llama activa del amor de los hermanos que pasan por su vida. Extraña aberración la de los pecadores, la de los indiferentes, la de los tibios: vivir apasionadamente en el mun­do exterior, pero cerrar en un radio minúsculo algunos seres aislados para volcar en ellos toda su vida y olvidarse de los demás.

La opinión de los que arrojan al rostro de los santos, de los piado­sos, la sarcástica palabra de «egoísmo» queda malparada ante los senti­mientos de Santa Teresa del Niño Jesús, que, en el Carmelo de Lisieux, sentía romperse su corazón dentro del pecho mientras paseaba con tra­bajoso movimiento de enferma por las avenidas del huerto conventual. El corazón de Santa Teresita se rompía, celosamente guardado para su Dios en la clausura más absoluta, porque no sólo deseaba ser un alma inmolada como víctima del Divino Amor, sino ir a través del mundo, convertir a los pecadores, volar a la cabecera de los enfermos, trasladar­se con los misioneros a tierras lejanas. Era el celo divino que ardía in­saciable en un corazón de mujer.

Es la lección constante que en el transcurso de los siglos nos dan las almas generosas. La lección del prójimo, escuchada en los latidos del co­razón de Aquel que dio la vida por sus hermanos.

Luisa vivió intensamente su donación a Dios desde el primer mo­mento. Vemos a la frágil figura de la dama acercarse a las miserias, do­minando, en un primer contacto, cuanto podía haber de repulsivo en los pobres. Mas para juzgar de la donación de una vida nos conviene entrar en los menudos detalles que la tejen; vista en su panorámica de con­junto, no nos dejaría apreciar toda su belleza. La vida de nuestra santa es un espectáculo tan hermoso de santidad que debe contemplarse dete­nidamente para apreciar en toda su hermosura las facetas que encierra.

* * *

Las Cofradías de Caridad fueron ya en su tiempo una completa obra de apostolado en el sentido más auténtico de la palabra. Porque si el apostolado exige la participación de los seglares—Acción Católica—en la obra de la Iglesia, Vicente de Paúl quiso que los fieles, por su pro­pio impulso, se lanzaran a la conquista de las almas hermanas, no sólo mediante la limosna material, sino llevándolas a Dios. El antiguo cura de Chatillon-les-Dombes no se asustaba nunca ante la envergadura de los proyectos, si previamente había conocido que era la voluntad de Dios el llevarlos a cabo. Su gran confianza radicaba precisamente en una máxima plena de fe: «Si es Dios el que quiere esta obra, Él sabrá pro­porcionar los medios para poderla llevar a buen fin», y en el reglamento de las primeras Cofradías de las Damas de la Caridad se lee que, «puesto que la madre de Dios es siempre invocada y erigida patrona de las co­sas importantes, y las Cofradías están hechas para gloria de Dios, las dichas Damas la toman por patrona y protectora de la obra».

La organización de estas Cofradías se hizo de manera tan satisfac­toria para todos que, tres meses más tarde, con gran precisión de térmi­nos, el reglamento quedaba perfectamente acabado. Este reglamento pri­mitivo, hecho tan de acuerdo con el corazón de Dios, recibió de Él mismo, desde el primer momento, una gran fuerza y una eficacia du­rable.

Desde 1617 las Cofradías de Caridad se repartieron rápidamente por las comarcas, de Champaña y de la Isla de Francia. Apenas el infatigable fundador de la Congregación de la Misión había sido llamado para pre­dicar en un nuevo territorio cuando se apresuraba a establecer en él, entre las mejores feligresas, una Cofradía de Caridad.

Ahora bien, estas Cofradías, establecidas aquí y allá sobre el suelo de Francia, no podían recibir con asiduidad las visitas de su fundador como él lo hubiera deseado para asegurarles un buen funcionamiento y proveer a su desarrollo. Pero la Providencia había venido a darle en la persona de Luisa de Marillac la visitadora ideal de estas agrupaciones femeninas; tal vez con el tiempo llegara a ser la directora de las mismas.

Siguiendo las rutas de la Providencia, audazmente dócil a sus meno­res indicaciones, Vicente de Paúl creyó que en el mes de mayo de 1629 había llegado la hora de lanzar sobre los caminos de Francia a su cola­boradora. La invitación, mitad ruego, mitad mandato, de San Vicente de Paúl fue siempre la misma «Id, pues, señorita; id en el nombre del Señor».

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