“Un corazón indiviso”: Silencio, escucha y oración

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Autor: Patrick Griffin, C.M. · Año publicación original: 2012 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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El corazón indiviso necesita un lugar tranquilo y silencioso en el que pueda centrarse en sí mismo y estar atento a las inspiraciones del Espíritu. En la vida de la persona consagrada, debe haber un espacio para el silencio, la escucha y la oración. Nuestras Constituciones nos lo recuerdan:

«Para respetar la intimidad de cada una de las Hermanas con Dios y facilitar a todas una indispensable recuperación interior, hacen falta tiempos de silencio. Clima de Dios, el silencio, aceptado de común acuerdo, favorece encuentros de mayor riqueza en el plano espiritual» (C. 21c)

Una de las figuras religiosas más conocidas de la Iglesia americana del último siglo es el Obispo católico Monseñor Sheen J. Fullton. Cuando yo era niño, tenía un programa de televisión por la mañana temprano, cuando Monseñor Sheen salía en la televisión, las calles estaban desiertas, muchas personas de diversas confesiones religiosas, apreciaban a este fascinante orador digno de interés. Antes de hablar lanzaba una penetrante mirada sobre el espectador, luego sujetando su cruz pectoral, explicaba con soltura una verdad de la fe católica, haciéndolo a modo de conversación.

Cuando yo estaba en el Seminario, su secretario era un padre Paúl de mi Provincia, por lo que tuvimos algunos privilegios. Un día Monseñor Sheen fue invitado a hablar en la Universidad de Princeton. Era muy difícil conseguir una entrada, pero tuve la suerte de ser escogido para asistir a su intervención. La Capilla de la Universidad estaba llena, todos los asistentes deseaban escuchar a este emblemático orador.

Al llegar, dirigiéndose hacia el estrado, se mantuvo de pie. Luego permaneció callado durante un largo tiempo. Progresivamente el murmullo de voces y una cierta agitación fue cesando. Cuando la sala estuvo en total silencio, comenzó a hablar. Todos estábamos dispuestos a escucharle, nadie osaba moverse o girar la cabeza. Era excepcional. Pocas personas son capaces de hacer eso. Cuando comenzó a hablar, todo el mundo lo escuchaba, gracias al silencio los corazones estaban abiertos.

A partir de ese día, no sé si he escuchado a alguien con tanta intensidad. Incluso no he experimentado nunca ser escuchado con tanta atención. Es difícil escuchar realmente, es una disciplina importante que hay que cultivar. Para nuestra reflexión de hoy, examinemos nuestro corazón indiviso, su necesidad de crecimiento en una tierra de silencio y de alimentarse mediante la escucha y la oración.

I – Los salmos y la invitación a acercarnos a Dios en el silencio

En algunas partes del mundo puede ser más difícil encontrar silencio, un volumen sonoro permanente como ruido de fondo puede imponerse a nuestra conciencia e impedir concentrarse. Sin embargo, es importante buscar el silencio y encontrarlo, especialmente el silencio interior que dispone a la escucha. Nuestras mentes y nuestros corazones pueden estar de aquí para allá, distraídas por nuestras responsabilidades. A pesar de todo, necesitamos encontrar un lugar silencioso para escuchar al Señor y a los demás. Dejémonos interpelar por la llamada magistral del salmo 46: «¡Rendíos! Reconoced que yo soy Dios» (Sal 46, 11).

Se nos pide cesar toda actividad y reconocer la presencia del Señor. Entonces estamos dispuestos a escuchar. Meditando el salmo 131, podemos llegar a ser más atentos, meditando sobre el conocimiento de sí: «SEÑOR, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad. Sino que acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre. Espere Israel en el Señor, ahora y por siempre». (Sal. 131)

Esta actitud manifiesta nuestra pertenencia al Señor. En su presencia, somos como un niño junto a su madre. Atentos a cómo el Señor quiere revelarnos su ser divino, lo escuchamos con humildad. Muchos Salmos nos animan a adoptar esta actitud.

Sólo en Dios descansa mi alma, porque de Él viene mi salvación. Sólo Él es mí roca y mi salvación, mi alcázar: no vacilaré. De Dios viene mi salvación y mi gloria, Él es mi roca firme; Dios es mi refugio. ¡Pueblo suyo, confiad en Él! Desahogad ante Él vuestro corazón, ¡Dios es nuestro refugio! (Sal. 62, 6-9)

Desde la confianza, uno no se contenta con escuchar al Señor, sino que se siente inclinado a desahogar el corazón en El.

El Señor está deseoso de oír cuanto tenemos que decirle y escucha con gran comprensión y solicitud. En el gran silencio de la presencia del Señor, deseamos que Él nos oiga cuando rezamos. El teólogo alemán Karl Rahner da una excelente definición del silencio de Dios en la oración:

De mis oraciones quiero hablarte, Señor. Y si otras veces me parece que te fijas poco en lo que mis oraciones quieren decirte, escucha siquiera esta vez mis palabras.

¡Ay, Señor Dios, no me admiro que mis oraciones caigan al suelo tan lejos de Ti! Si yo mismo muchas veces no escucho lo que estoy rezando. Mi oración muchas veces es para mí una mera «tarea», un «pensum» que cumplo y después de lo cual estoy contento porque ya lo he pasado. Y por eso en la oración estoy en mi «tarea», en lugar de estar orando contigo.

Sí, así es mi orar, lo reconozco. Pero, Dios mío, no puedo casi lograr arrepentirme de esa mi oración que en realidad no lo es. ¿Cómo podría el hombre hablar contigo? Estás tan lejos, y eres tan incomprensible. Cuando oro es como si todas mis palabras cayeran en una oscura sima, de la cual no regresa eco alguno que pudiera avisar que mis oraciones han dado con el fondo de tu corazón.

Señor, orar toda una vida, hablar sin recibir una respuesta, ¿no es demasiado para mí?… ya ves cuánto necesito que me respondas… y sin embargo, mis palabras nunca reciben una palabra de respuesta… ¿Por qué guardas silencio? ¿Por qué me encargas hablarte si parece que no escuchas? ¿No es tu silencio una señal de que no me escuchas?

¿O es que sí escuchas atentamente mi palabra, escuchas quizá durante toda mi vida hasta que he logrado expresarte todo mi ser, hasta que he manifestado toda mi vida? ¿Callas y es precisamente porque escuchas con tranquilidad y atención hasta que de veras he terminado, para decirme entonces tu palabra, la palabra de tu eternidad? ¿Estás silencioso porque, finalmente, mediante la luminosa palabra de la vida eterna –con la cual Tú mismo quieres hablar al penetrar en mi corazón-, cortarás el monólogo tan largo como la vida de un pobre hombre agobiado por la oscuridad de este mundo? (Karl Rahner Sj, «Dios de mis oraciones», redjuvenilignaciana.org)

Es maravilloso pensar que Dios es silencioso, que escucha con atención y espera a que nuestra oración termine. ¿Hemos pensado alguna vez que Dios está a la escucha de nuestra oración, verdaderamente a la escucha, con su oído vuelto hacia nosotros? Una atención tan intensa a lo que tenemos que decir es susceptible de impulsarnos a expresarnos más. Esto puede hacernos estar más atentos a lo que queremos decir a Dios y en el modo cómo queremos decirlo. No tenemos que buscar expresarnos de modo inteligente pues El conoce nuestro corazón. Dios nos escucha, hablémosle sencilla y libremente, siendo conscientes de nuestra debilidad. Esta cualidad de escucha permite al que habla fiarse del buen juicio y de la compasión del que escucha. Ver a Dios de este modo puede facilitar la oración que brota de lo más profundo de nuestro corazón indiviso.

II – Elías y el encuentro con el Dios del silencio

Para mantener una conversación con Dios, Elías va al monte Horeb. Leamos nuevamente este interesante e instructivo pasaje de la Biblia:

«Allí se introdujo en la cueva y pasó la noche. Le llegó la palabra del SEÑOR preguntando: ˝ ¿Qué haces aquí Elías?˝ Y él respondió: ˝Ardo en celo por el Señor, Dios del universo, porque los hijos de Israel han abandonado tu alianza, derribado tus altares y pasado a espada a tus profetas; quedo yo solo y buscan mi vida para arrebatármela˝. Le dijo: ˝sal y permanece de pie en el monte ante el Señor˝. Entonces pasó el Señor y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas ante el Señor; aunque en el huracán no estaba el Señor. Después del huracán, un terremoto, pero en el terremoto no estaba el Señor. Después del terremoto fuego, pero en el fuego tampoco estaba el Señor. Después del fuego el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la entrada de la cueva. Le llegó una voz que le dijo: ˝¿Qué haces aquí Elías?˝. Y él respondió: ˝ardo en celo por el Señor, Dios del universo, porque los hijos de Israel han abandonado tu alianza, derribado tus altares, y pasado a espada tus profetas. Quedo yo solo y buscan mi vida para arrebatármela˝» (1 Re 19, 9-14).

La experiencia de Elías hasta este momento no ha sido muy agradable. Trata de ponerse en la presencia de Dios, espera que esa presencia se le manifieste de manera poderosa, igual que se había mostrado en el pasado al pueblo de Israel. Elías desea que el Señor manifieste su presencia con poder.

En la experiencia vivida en la cima del monte Horeb, Elías descubre que Dios no está presente ni en el huracán, ni en el terremoto, ni en el fuego: maneras explosivas mediante las que Dios había demostrado anteriormente su presencia divina en la historia de Israel. Aquí Dios está presente en el «ligero susurro de una brisa ligera», en la calma. Elías aprende así a escuchar a Dios. A la escucha de esta presencia silenciosa, Elías pronuncia su lamentación. Oculta el rostro bajo su manto al acercarse a Dios. Dios lo escucha y le hace la misma pregunta antes y después de la revelación: «¿Por qué estás aquí, Elías?». La comunicación con Dios comienza por esta pregunta, pregunta importante a la que el profeta debe responder. Dios no se contenta con mandar y exigir, quiere que el profeta desahogue su alma en su presencia, que diga lo que tiene en su corazón. Dios no interrumpe al que escucha, sino que le rodea de un profundo silencio.

Hablando con sencillez y pasión, quien dirige su oración a Dios, que escucha, descarga su corazón y llega a conocer la voluntad de Dios. Y es enviado para actuar.

Esta misma experiencia de encontrar al Señor y de estar invitado a escucharle se descubre también en el Evangelio de la Transfiguración; esto tiene lugar en la cima de una montaña, y también aparece Elías. De nuevo Dios se revela en el reflejo divino de la gloria de Jesús. La manera antigua como Dios revelaba su presencia en la Ley y los Profetas, se hace evidente en las personas de Moisés y Elías. Pero una voz procedente del cielo revela la presencia de Dios en Jesús: «Este es mi Hijo Amado, escuchadlo» (Mc 9, 7) y la comunidad debe escucharlo. Y de nuevo los discípulos no pueden quedarse en la montaña sino que marchan con Jesús a proclamar el Evangelio porque esta escucha conduce a la acción.

Al final de la parábola de Lázaro y el hombre rico, cuando este pide que Lázaro sea enviado a sus hermanos para advertirles de cómo deben vivir fielmente, Abrahán responde simplemente: «Tienen a Moisés y a los profetas, que los escuchen» (Lc 16, 29). Lo que necesitamos no es adquirir nuevas enseñanzas sino prestar atención a las que hemos recibido para comprenderlas y vivirlas.

El Documento Inter-Asambleas nos invita a una toma de conciencia de la necesidad de vivir el silencio que da valor a la vida de una persona. Anhelamos ardientemente «[Revalorizar] el silencio que permite la escucha de Dios y de los demás» (DIA 19). Cuando hay demasiado ruido, nuestro corazón está disperso en múltiples direcciones pero tenemos sed de silencio para escuchar y dejarse recrear. La liturgia nos ofrece un espacio especialmente apropiado para ello.

III – La liturgia y el silencio

Los documentos del Concilio Vaticano II subrayan la importancia del silencio en la liturgia estando este tema desarrollado en la Instrucción General del Misal romano.

«Debe guardarse también, en el momento en que corresponde, como parte de la celebración, un sagrado silencio. Sin embargo, su naturaleza depende del momento en que se observa en cada celebración. Pues en el acto penitencial y después de la invitación a orar, cada uno se recoge en sí mismo; pero terminada la lectura o la homilía, todos meditan brevemente lo que escucharon; y después de la comunión, alaban a Dios en su corazón y oran. Ya desde antes de la celebración misma, es laudable que se guarde silencio en la Iglesia, en la sacristía, y en los lugares más cercanos para que todos se dispongan devota y debidamente para la acción sagrada. (Instrucción General del Misal Romano, 45. 3ª edición corregida, 2008).

Observen que hay cuatro maneras distintas y características de guardar el silencio en nuestras celebraciones Eucarísticas:

a) Antes de la celebración: tiempo de recogimiento para ponerse en la presencia de Dios y centrarse en lo que se va a vivir.
b) Antes del acto penitencial: tiempo de recogimiento para reconocer humildemente nuestro pecado, pedir personalmente perdón antes de unirse a la oración comunitaria expresada por el celebrante.
c) Después de las lecturas y la homilía: tiempo de recogimiento para meditar la Palabra de Dios y la homilía que se nos ha ofrecido.
d) Después de la comunión, tiempo de adoración y de acción de gracias para alabar a Dios por el don que nos ha hecho.

Benedicto XVI ha escrito algunas cosas muy alentadoras sobre la importancia de mantener y observar un silencio apropiado en las celebraciones eucarísticas:

«Nos damos cuenta, cada vez con mayor claridad, de que también el silencio forma parte de la liturgia. Al Dios que habla, le respondemos cantando y orando, pero el misterio más grande, que va más allá de cualquier palabra, nos invita también al silencio. Para que el silencio sea fecundo, no puede convertirse en una mera pausa en la liturgia, sino que tiene que ser parte constitutiva de su ser… La pausa de silencio después de la homilía ha resultado poco satisfactoria: debería concluir con una invitación a la oración que dé contenido a esa breve pausa. Más útil e interiormente justificado es el silencio después de la Comunión: es, de hecho, el momento para el diálogo íntimo con el Señor, que se nos ha dado.» (Cardenal Joseph Ratzinger, El Espíritu de la Liturgia, E. Cristiandad, Madrid, 2001, p.252-253)

En el silencio es dónde uno puede escuchar más eficazmente al Verbo de Dios. En el documento Verbum Domini, el Papa invita a la Iglesia a tomar ejemplo de María:

«Solo en el silencio la Palabra puede encontrar morada en nosotros, como ocurrió en María, mujer de la Palabra y del silencio inseparablemente. Nuestras liturgias han de facilitar esta escucha auténtica: Verbo crescente, verba deficiunt». (Verbum Domini, nº 66)

Esta expresión latina «Verbo crescente, verba deficiunt» podemos traducirla aproximadamente así: «Cuando aparece la Palabra, todas las demás palabras desaparecen». Nada sustituye la escucha de la Palabra de Dios ni le permite florecer en nosotros. Esto no puede producirse más que por el don del silencio y la escucha de un corazón indiviso. Dietrich Bonhöffer nos ofrece una maravillosa reflexión sobre esta verdad:

«El silencio del templo es el signo de la santa presencia de Dios en su Palabra.[…] Callamos antes de escuchar porque nuestros pensamientos ya están dirigidos hacia el mensaje, al igual que calla un niño cuando entra en la habitación de su padre. Callamos después de oír la palabra de Dios, porque ella resuena, vive y quiere permanecer en nosotros. Callamos al levantarse la mañana porque es a Dios a quien corresponde la primera palabra y callamos al caer la noche porque la última palabra también pertenece a Dios…»

«Callar no significa otra cosa que estar atentos a la Palabra para poder caminar con su bendición. La necesidad de aprender a callar en una época dónde lo que priva es el ruido, es algo que cualquiera puede ver; el verdadero silencio, la verdadera quietud, el verdadero sujetarse la lengua viene solo como una seria consecuencia del silencio espiritual.» (Vida en comunidad. Dietrich Bonhöffer. Ediciones Sígueme.2003)

IV – Silencio y oración

Una de las bendiciones del silencio es el don de oración. Esto se produce en todas nuestras tentativas para pensar en lo que estamos haciendo. Pablo nos ofrece algunos consejos para nuestras meditaciones:

«Finalmente, hermanos, todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta.» (Flp 4,8).

Pablo ofrece siete actitudes que indican la necesidad que tiene el cristiano de llevar una vida de oración. Para entender, debemos reflexionar en lo que es verdadero, lo que es noble, justo y así sucesivamente. Se trata de una invitación a ser personas que reflexionan sobre su vida y en su manera de vivir.

Vicente y Luisa tenían buena práctica del silencio y de la oración y así nos lo enseñaron. Las conferencias de Vicente todas están centradas en la importancia de reflexionar en su vida. Y Luisa es también maravillosa en el modo en que ciertas nociones embargan su imaginación.

«No dudo de que los sentimientos que Dios ha puesto en usted y en mi querida Sor Lorenza no vayan seguidos de buenas y firmes resoluciones para el porvenir, que les servirán para hacerse grandes santas, ayudadas por la gracia de Dios.» (SLM, C. 529 A Sor Bárbara Angiboust. p.489-490)

«Señor, mi corazón está todavía lleno de gozo por la inteligencia que me parece que el Señor me ha dado de estas palabras: ¡Dios es mi Dios! y por el sentimiento que he experimentado de la gloria que todos los bienaventurados le tributan como consecuencia de esta verdad» (SLM, C. 348 Al señor Vicente. p.335)

Y aconseja:

«Cuando durante el día eleve su espíritu hacia Él, que es la divina dulzura, trate con toda sencillez y familiaridad inocente con Nuestro Señor» (SLM c. 723 ; L. 40, p.653)

La confianza de Vicente en el poder de la oración se torna en pura elocuencia al exhortar a sus seguidores a ser hombres de oración:

«¡Bendito sea Dios! Eso es todo. Bien, pongamos todos mucho interés en esta práctica de la oración, ya que por ella nos vienen todos los bienes. Si perseveramos en nuestra vocación, es gracias a la oración; si tenemos éxito en nuestras tareas, es gracias a la oración; si no caemos en el pecado, es gracias a la oración, si permanecemos en la caridad, si nos salvamos, todo esto es gracias a Dios y a la oración. Lo mismo que Dios no le niega nada a la oración, tampoco nos concede casi nada sin la oración: Rogate Dominum messis; no, nada; ni siquiera la extensión de su evangelio y lo que le interesa más a su gloria. Rogate Dominum messis. Pero, Señor, esto te concierne a ti y es cosa tuya. ¡No importa! Rogate Dominum messis. Así pues, pidámosle con toda humildad a Dios que nos haga entrar por esta práctica.» (SV XI-3, 284).

Es difícil imaginarle hablando más claro. La oración y la meditación son los medios que nosotros usamos para permanecer en contacto con el Señor y a través de las cuales Dios responde a nuestras necesidades. La meditación silenciosa conduce a orar, así, llegamos a conocernos a nosotros mismos, a conocer nuestra misión y nuestro apostolado.

Conclusión

El corazón indiviso florece en el silencio. Vita Consecrata recoge esta verdad con fuerza.

«La llamada a la santidad es acogida y puede ser cultivada sólo en el silencio de la adoración ante la infinita trascendencia de Dios: «Debemos confesar que todos tenemos necesidad de este silencio cargado de presencia adorada: la teología, para poder valorizar plenamente su propia alma sapiencial y espiritual; la oración, para que no se olvide nunca de que ver a Dios significa bajar del monte con un rostro tan radiante que obligue a cubrirlo con un velo (cf. Ex 34, 33) […]; el compromiso, para renunciar a encerrarse en una lucha sin amor y perdón […]. Todos, tanto creyentes como no creyentes, necesitan aprender un silencio que permita al Otro hablar, cuando quiera y como quiera, y a nosotros comprender esa palabra». Esto comporta en concreto una gran fidelidad a la oración litúrgica y personal, a los tiempos dedicados a la oración mental y a la contemplación, a la adoración eucarística, los retiros mensuales y los ejercicios espirituales.» (VC 38)

Para concluir, escuchemos al profeta Isaías para llegar a ser personas que dejan que el silencio y la espera dirijan sus corazones indivisos y ofrezcan un espacio para que vayamos hacia Dios y que Dios venga hacia nosotros:

«Porque así habla el Señor Dios, el Santo de Israel: «Vuestra salvación está en convertiros y en tener calma, vuestra fuerza está en confiar y estar tranquilos» pero no quisisteis». (Is 30,15)

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