A pesar de tantas deficiencias físicas, su actividad no disminuye. Su primera actuación fue en los hospitales militares donde morían más que sanaban los temidos soldados. Durante todos estos años, los hospitales militares estaban en función de las guerras y las guerras dependían de la situación de las fronteras.
En el siglo XVII, las fronteras no estaban reguladas, variaban según los resultados de las batallas, de las guerras y de los tratados de paz, que, a su vez, engendraban nuevas guerras. Richelieu-Luis XIII y Ana de Austria-Mazarino pretendían las fronteras de la Galia de César: el Mar del Norte, el Atlántico, los Pirineos, el Mediterráneo, los Alpes y el RinMosela; poco más o menos, el exágono actual. Entonces, la frontera del este estaba situada entre Champaña y Lorena, a unos 50 kms. al este de Chálons-sur-Marne, cerca de Ste.- Ménéhould. Internacionalmente, Lorena era un ducado independiente, especialmente, desde 1542, pero de hecho Francia se había apoderado en 1552 de los tres obispados de Metz, Toul y Verdun, y también, de hecho, sus ejércitos ocuparon toda Lorena en 1635. Aunque la Guerra de los Treinta Años había terminado con la Paz de Westfalia (1649), Francia y España continuaron la guerra.
A finales de octubre de 1653, las Hijas de la Caridad atendieron a los heridos en los hospitales militares de Chálons y Ste.-Ménéhould. En julio de 1656, subieron más al norte, a los hospitales de sangre de La Fére y de Calais, cerca de la frontera con los Países Bajos españoles, que iba de Gravelines, en el Mar del Norte hasta Cambrai. La región de Artois, (actual departamento francés del Nord) estaba unido a Flandes español desde 1493 y más efectivamente desde 1529. Francia no se resignaba a perder esa provincia y la guerra desoló sus tierras desde 1640 a 1659.
La guerra en el siglo XVII, no era una guerra de ocupación con frentes de trincheras, era más bien una guerra de sitios y conquista de ciudades, plazas fuertes, arsenales y almacenes de víveres. En las plazas fuertes y en las ciudades tomadas, se ponía una guarnición y allí, se recogían los soldados en caso de derrota, de mal tiempo o como cuarteles de invierno.
Fuera de las ciudades, las guerras son un arte de marchas y contramarchas, hasta que se encuentra un ejército enemigo, se buscan las mejores posiciones y, de común acuerdo, deciden dar la batalla. Es una guerra de desgaste. Pierde la guerra el primero que se queda sin víveres y sin dinero. Para ello, se convierte el país en un desierto, impidiendo el abastecimiento y el avance del enemigo. El terror, el asesinato, el pillaje, la desolación acompañan a los ejércitos. Generalmente, las batallas sólo se dan de primavera a mediados de diciembre. Durante el invierno, se retiran a las ciudades elegidas como cuarteles de invierno, acogidos con terror por los ciudadanos.
Objetivos constantes son las ciudades que constituyen puertas entre reinos o regiones o que son vías de paso de los ejércitos y de las mercancías.
Mazarino esperaba obtener una victoria definitiva que, con ventaja, obligase a España a firmar la paz. Pero sufrió el descalabro inesperado de Valenciennes. Los franceses habían sitiado la ciudad. Condé al frente del ejército español —20.000 hombres— corrió en ayuda de la ciudad. Descubrió un fallo en el cerco francés; los atacó en la noche del 15 al 16 de julio de 1656 y destrozó las tropas del mariscal La Ferté, haciéndolo prisionero. Los heridos franceses fueron evacuados al hospital de La Fére.
Maturina Guérin nos cuenta que el 28 de julio de 1650, la reina Ana de Austria pidió, por medio de la Nodriza real, Hijas de la Caridad para asistir a los pobres soldados heridos en el asedio. Si tres años antes, al aceptar por primera vez curar a los soldados en el improvisado hospital de Chálons, fue un desafío al carisma y a la organización secular de la Compañía, ahora, con el hospital de La Fére, se presentó un reto a las dos Hermanas destinadas. Frente a la caridad evangélica y al carisma vicenciano, estaba la repugnancia hacia los maldecidos soldados y el miedo humano al peligro, ciertamente posible, de un hospital de sangre. De paso, sin darle importancia, dos veces enumera Luisa este peligro: en una carta, con sencilla naturalidad, pide a Vicente de Paúl los votos para la Hermana que había quedado «jorobada, sirviendo a los pobres soldados». En otra ocasión, también sin darle importancia, escribe al comienzo de una conferencia: «La Hermana Ana, habiendo oído una cosa que le apenaba a causa de las incomodidades de la caída que tuvo durante el asedio de Montmédy». Dos Hermanas morirán en Calais y otras cuatro cayeron gravemente enfermas.
Luisa había escogido confiadamente a dos buenas Hijas de la Caridad para ir a La Fére, pero una vez más, contempló que sus hijas eran de carne y hueso como las demás mujeres. La flaqueza y el miedo las empujaron a negarse rotundamente al superior Vicente. «Una con palabras bastante violentas… La otra alegó cierta enfermedad». Arrepentidas, aceptaron; una poco después «aunque por ello tuviera que morir». La otra al día siguiente. Vicente de Paúl, paciente, conocía la debilidad humana y el peligro y prefirió no obligarlas. La escena continúa: «La Providencia pronto hizo que aparecieran dos capaces de esta misión» —lo cual parece indicar que no se ofrecieron muchas—. Estas.dos Hermanas se llamaban María Marta Trumeau —Hermana Sirviente— e Isabel Brocard.
La víspera de salir —29 de julio de 1656— San Vicente las despidió con una charla bien preparada de acuerdo con lo sucedido anteriormente: No las envía él o la Señorita sino Dios las ha escogido; necesitan saber sufrir, humildad y prudencia para acercarse y tratar a los soldados; así, como aguante para soportarse y vivir unidas entre ellas. Respetar las Reglas y no comunicar a los de fuera sus quejas, pero sabiendo que las Reglas están al servicio de los enfermos.
Desde este momento, Vicente de Paúl deja el trabajo a Luisa de Marillac. Aunque no se conservan las cartas, es a ella a quien escriben las Hermanas, y es Luisa quien organiza y responde a las necesidades. Es ella quien comunica al superior que ya han llegado al destino después de un «feliz viaje» y que el capellán real, el señor St.-Jean está contento. También, es ella quien comunica con ilusión a las comunidades de las provincias que la reina ha enviado dos Hijas de la Caridad a La Fére y que «su Majestad quiere que permanezcan allí». Lo que había comenzado como una fundación transitoria: atender a los soldados heridos, se convertirá en una fundación permanente. Así, lo quiso la reina. Seguramente, los reyes lo decidieron hacia octubre, cuando después de despedir en Compiégne el 23 de septiembre a la reina Cristina de Suecia, el rey y Mazarino fueron a La Fére para «poner orden en los asuntos de la guerra»72, y comprobaron lo que más tarde dirá San Vicente a las Hermanas: «Toda la ciudad está edificada y me han escrito sobre ellas en gran estima; no solamente a mí, sino a toda la Corte que está asombrada del bien que hacen».
Sin embargo, Luisa lo consultó con su superior. Vicente de Paúl aprobó la carta que escribieron a La Fére de parte de la señora Nodriza real, pero pragmático, apostilló: «La verdad es que si el hospital no tiene bastantes fondos propios para subsistir, no podrá durar ni las Hermanas permanecer en él» (VI, c.2265). A pesar de este futuro incierto, Luisa aceptó convertir el hospital transitorio en una fundación permanente.
Aunque no se conserva carta alguna del tiempo en que Sor María Marta fue la Hermana Sirviente, es seguro que Luisa añadió nuevas preocupaciones a las que ya tenía.
Arras
Sin tiempo para asimilar a sus años la transformación del hospital transitorio en permanente, se sintió obligada a dedicar enormes energías a una nueva comunidad que se abría lejos de París, en el corazón mismo de la guerra, en Arras, ciudad importante en la frontera con Flandes. En 1493, los arrasanos se entregaron voluntariamente al emperador Maximiliano de Austria, pasando luego a Carlos I de España. Por la Unión de Arras en 1579, se mantuvo fiel a la corona española. Conquistada por Luis XIII en 1640, pasó a Francia a pesar de ser asediada inútilmente por los españoles en 1654.
El comienzo de esta fundación de Hijas de la Caridad le pareció a Luisa de un encanto divino. Un día de verano de 1656, le dijeron las Damas del Gran Hospital de París que acudían al Director Vicente a referirle que desde Arras se les había presentado en París una joven pidiéndoles Hijas de la Caridad para una o varias Caridades, que el Obispo y los notables pensaban establecer en su ciudad. La guerra había hundido en la miseria a miles de personas y los pobres pululaban por las calles, «abandonados de todo el mundo, llenos de infección y de parásitos».
Luisa se interesó por el asunto y procuró hablar personalmente con la joven. La joven le pareció sincera y delicada de salud y hasta enferma, pero pensó, al igual que las Damas, que se debía al aire contaminado de París. El campo la curaría. Después de hablar con Vicente de Paúl y meditarlo durante un mes, Luisa escogió a dos Hermanas de toda garantía, pensaba: Sor Margarita Chétif como Hermana Sirviente y Sor Radegunda Lenfantin. Las tres, las dos Hermanas y la joven, salieron para Arras el 30 de agosto. Vicente de Paúl, en la charla de despedida, les dijo que iban «para un año o seis meses o quizá para siempre»; y les entregó una obediencia de envío, un documento avalando su pertenencia a la Cofradía de las Hijas de la Caridad y garantizando su nueva ocupación por mandato del Director General de la Cofradía, Vicente de Paúl. También, Luisa las despidió con una charla. Si San Vicente se muestra como un maestro espiritual que las anima a la virtud personal y a un servicio de amor, Luisa aparece como la organizadora pragmática que les entrega un detallado reglamento de vida y de servicio.
En Amiens, la joven empeoró y tuvieron que detenerse quince días. La joven murió y las dos Hermanas, solas, reanudaron el camino desconocido desde ahora. La llegada a Arras, nos la cuenta Sor Radegunda: Sin la joven, «no sabíamos a qué lugar dirigirnos, pues no había nadie que se interesara por recogernos, a no ser una buena señora que, por caridad, nos alojó por espacio de quince días. Y durante varias semanas, estuvimos yendo de casa en casa a comer y a dormir».
Las dificultades duras e inesperadas sorprendieron a las dos Hermanas y tambalearon la sicología de Sor Margarita y, según parece, su vida de Dios. Una desgana, casi asco por el servicio y la vocación, se apoderó de ella durante un año. Abatida, escribió a Santa Luisa y a San Vicente. Éste le contestó rápido, considerando todo como una tentación del maligno, animándola a la llamada de Dios y aconsejándola a confesarse con el P. Delville. Santa Luisa no pudo contestarle porque estaba enferma con fiebre y grandes dolores en el costado. Unos días antes, la anciana «al querer levantarse, se cayó de la cama».
De haber podido, le hubiera escrito lo mismo que le escribió justo un año más tarde, recordándole «la flojedad y la insensibilidad» que también ella sintió hacía casi 25 años. Fue en octubre de 1657, cuando le escribió que «Nuestro Señor da a gustar la suavidad que las almas llenas de su santo amor sienten entre los sufrimientos y angustias de esta vida» a semejanza de Jesucristo crucificado. Los sufrimientos interiores la empujaban a abandonar su estado y Luisa le pregunta sin titubeos: «¿piensa usted ser honrada tanto delante de Dios y de los ángeles y que no le cueste nada?». Como lo necesitó ella en 1623, le habla del placer que siente «el esposo sagrado de nuestras almas» cuando en tales ocasiones nos sometemos «con paciencia amorosa y aquiescencia tranquila». Al final de su vida, Luisa revive aquella espiritualidad nórdica que vivió antes de conocer a San Vicente de Paúl, ciertamente vestida de vicencianismo. Pero al escribir a Sor Margarita, emplea palabras que recuerdan el lenguaje que emplearon sus primeros directores espirituales para adentrarla en la santidad. Le habla de la «conducta de la divina Providencia y del cumplimiento de la santísima voluntad de Dios». Cuando llegan las pruebas de Dios, es necesario tener a Dios cogido «por el ápice del espíritu, diciéndole desde lo hondo del corazón: todo lo que te plazca, Dios mío, pero que sea tuya». Así, la introduce delicadamente en la vida del puro amor a Dios que «quiere separarla de todos los afectos de la tierra para llenar su corazón del santo amor». Arrebatada, exclama: «¡Qué consuelo cuando un alma se ve así, dependiendo enteramente de su dirección particular».
Lejos de las Hijas de la Caridad de París, Margarita Chétif necesitaba y buscaba el cariño de Luisa y lo encontró como en una madre. Cariño le sobraba a la señorita Le Gras y se lo dio en forma de consuelo.
La desorientación en la soledad lejana no fue la única dificultad, también hería su vanidad femenina el hábito extraño y ridículo para la gente del país, pensaban ellas. Pidieron permiso para cubrirse la cabeza con una mantilla de sarga a la moda de la región. Luisa lo consultó con Vicente de Paúl y convinieron en negar cualquier modificación en el vestido, por la única razón de la uniformidad. Además —pensaban los dos santos— la novedad extraña al principio, se convierte en algo normal por la costumbre, y a la larga, es un orgullo y un testimonio de entrega a los pobres. Asimismo, le pidieron permiso para beber cerveza en las comidas, también según la costumbre de la ciudad. Nuevo diálogo entre Luisa y el superior, y nueva negativa porque abriría la puerta para beber vino en otras regiones.
A las dos Hermanas, les costaba establecer la Caridad en la ciudad y pidieron ayuda al P. Delville. A los dos meses, las Caridades funcionaban admirablemente, y al año «toda la ciudad estaba edificada y contenta de las Hijas de la Caridad». Las dos Hermanas se multiplicaban en el cuidado de los enfermos pobres de casa en casa y por las calles de la ciudad. Sin embargo, los pobres destrozados por la guerra eran muchos y faltaba el dinero. El rey daba una pequeña ayuda: un sueldo por cada ración de pan —la comida exclusiva de los pobres— y las Hermanas hubieron de bregar para que la corte lo subiera a dos sueldos77. También, lucharon para que las Damas de la Caridad de París, que habían asumido los gastos de la Caridad de Arras, les enviaran el dinero que habían prometido.
El trajín de las dos Hermanas no podía detenerse, como si fuera un torbellino imparable que brotaba de la misma entrega a los pobres. Sor Margarita estaba agotada. Desde París, les repetían que pararan, que no asumieran tanto trabajo, que descansaran. Pero los pobres no pueden esperar, abrasan. Se propusieron varias soluciones, como eran enviar a una tercera Hija de la Caridad o enseñar a curar enfermos a las señoras de las Caridades y a otras mujeres que deseaban hacerlo gratuitamente o el remedio que Luisa proponía como el más eficaz y duradero: la pastoral vocacional, despertar la vocación de las jóvenes llamadas por Dios. Luisa escogió el primer camino: buscó una Hermana y las Damas de París se comprometieron a pagar 50 libras para su sustento78.
Como si el trabajo fuera pequeño, el obispo y los notables de la ciudad les ofrecieron el cuidado de una sala del hospital, dedicada exclusivamente a soldados. Santa Luisa se opuso rotundamente; no sólo, por el excesivo trabajo que ya tenían, sino porque el hospital estaba atendido por religiosas, y no era bueno que las dos Hermanas sirvieran a los enfermos «bajo la dirección de las religiosas, tanto porque son las mismas religiosas quienes deben desempeñar esta labor, pues han sido establecidas en el hospital para ello, cuanto por el motivo de que las Hijas de la Caridad están únicamente para los enfermos abandonados que no tienen a nadie que los asista».
Así, fue llegando el final de la vida de Luisa de Marillac. Año y medio antes de morir, recibió una carta de Sor Margarita Chétif cargada de desilusión. Las dos Hermanas se habían enterado que Sor Rose, natural de la región de Arras y hermana del misionero paúl P. Rose, abandonaba la Compañía y se volvía a su país. Sor Margarita, de nuevo, se sintió abrumada. La lejanía de París y cierta niebla de soledad la empujaban a escribir a Luisa:
«Esto nos ha dado y nos da terribles penas y tristezas, visto el tiempo que lleva en la Casa y que en ella ha consumido todo, sus años más hermosos y jóvenes. Y cuando avanza un poco en edad y que en verdad tiene el espíritu repleto de flaquezas, ella salga de la Casa (la Compañía) es algo de lo más triste. Le confieso que no sabemos cómo digerir esta pena y esta inquietud…
Lo digo de verdad, las lágrimas en los ojos y el corazón tan repleto de dolor —así como mi Hermana— que no lo puedo expresar. Pido a Nuestro Señor que le dé lo que requiere y necesita, y que no permita que nuestros superiores la dejen salir, por bien suyo. Esto apenas nos anima porque vemos que si ella que vive en la casa y tiene tantas ventajas, [se sale], nosotras que no las tenemos, y como dice Sor Radegunda, corremos el riesgo de caer un día enfermas, visto nuestro trabajo, podemos dudar que acaso no nos suceda en el futuro lo mismo. ¡Pero Dios sea bendito!».
De Sor Radegunda, se sabe poco porque en estos años estaba aprendiendo a leer y a escribir. A la muerte de Luisa de Marillac, Vicente de Paúl llamó a París a Sor Margarita Chétif para que le sucediera como Superiora General de la Compañía.
Chars
La alegría y el dolor, la emoción y la angustia sacudían el corazón emotivo de Luisa en direcciones alternas. Por un lado, sentía la ilusión serena de contemplar la expansión de la Compañía, de su Compañía. Ella la había plasmado día a día hasta ser lo que era. Ya no era una promesa, era una realidad en la sociedad y en la Iglesia. ¡Ciertamente, el superior general era Vicente de Paúl, y él tenía la última palabra en las decisiones y la Compañía se desarrollaba según sus ideas y organigrama, pero ciertamente también, sin oponerse a la mentalidad de Luisa y hasta cediendo a las intuiciones de su dirigida. Sobrenatural y humanamente, Luisa se sentía emocionada con la obra que iba configurando en el quehacer de cada día. Pero por otro lado, en el verano de 1657, se sobresaltó ante las noticias que le llegaron de Chars. Mientras fue Hermana Sirviente Sor Juliana Loret, su antigua secretaria, la comunidad se estabilizó en una calma tranquila. A ello, contribuyó el vicario de la parroquia, el señor Garson. Pero Sor Juliana dejó Chars y el vicario fue destinado a otra parroquia. El párroco, el superior del Oratorio de París, nombró vicario a otro oratoriano, el P. Pouvot, con residencia en Chars.
La gente sencilla lo acusaba de jansenista, al igual que al señor de la ciudad, el duque de Luynes. El choque con las Hermanas fue frontal. El P. Pouvot, celoso de su autoridad, no toleraba ingerencias de los superiores de París en las Hijas de la Caridad de Chars. Se consideraba su superior, a él debían obedecer y con él tenían que confesarse. Exigía que no se destinara a ninguna de las dos Hermanas; que quedaran fijas en Chars, Sor María en la escuela y Sor Clemencia en el hospital y en las visitas a los enfermos de las aldeas. La comunidad era suya.
Las dos Hermanas se opusieron, eran Hijas de la Caridad del señor Vicente de Paúl y de la señorita Le Gras. Las dos, además, eran mujeres de carácter. Sor María, la Hermana Sirviente, se enfrentó al sacerdote en público y el sacerdote, en público, le negó la comunión dos días, y en público también, la declaró pecadora pública. Luisa intervino dulce pero enérgica. Escribió a la señora de Herse, Dama de la Caridad que había intervenido en la fundación de la comunidad en Chars, exponiéndole la situación tan desagradable. Escribió también al párroco de París para que interviniera en favor de la concordia. Y escribió también a las dos Hermanas, animándolas en lo que tenían razón y corrigiéndolas de sus faltas. Al poco tiempo, destinó a Sor María, buscando la paz. El 21 de julio de 1657, Vicente de Paúl convocó un Consejo para tratar exclusivamente la situación de Chars. Se decidió levantar la comunidad. Terminado el Consejo, Vicente de Paúl dictó al Hermano Ducourneau un borrador de carta para que Luisa escribiera a la señora de Herse. Sería una carta lacónica.
Luisa, no obstante, tomó la idea principal de su Superior, pero la carta que le envió lleva un estilo sereno y firme exponiendo los motivos por los que sacaba a las hermanas. Otra carta igualmente serena y firme dirigió al párroco de París, para que indicase la persona a la que Sor Clemencia debía entregar «todos los muebles del hospital y los informes de los enfermos».







