Quiero que mis primeras palabras sean de acción de gracias a Dios, por quien puedo dar testimonio y a quien doy en testimonio. Mi vocación es larga y al mismo tiempo corta, la puedo narrar en veinte páginas o la puedo decir en dos palabras: llamada-respuesta. Tomaré un término medio:
Con catorce años me sentí llamado al sacerdocio, llamada que rechacé, prometiendo a Dios rezar todos los días, pues no quería apartarme de Él, pero tampoco quería hacer aquello a lo que me invitaba (porque no me gustaba lo que veía, no me llamaba la atención). Así, fue pasando el tiempo entre estudios de EGB, BUP, Diplomatura en Magisterio, etc., junto a compañeros, conocidos, profesores y mi mejor amiga y novia, Ángela. En este ajetreo de estudios, oposiciones, relaciones, Dios se hizo presente de nuevo, renovando su llamada, recordándome lo que años atrás me dijo. Una llamada, que esta vez, no podía eludir. Tomé la decisión de aclarar lo que me estaba sucediendo, saber si era real, si era verdad que hay un Dios que te habla, que quiere entrar en tu vida o si simplemente son elucubraciones de un joven que está decidiendo en un momento importante de su vida y que no sabe por dónde le viene el aire.
Para este discernimiento me acogí a cuanto tenía a mano. El primero yo mismo, el llamado, el que no se aclaraba porque en el fondo seguía sin querer ser sacerdote, porque tenía miedo de decir que sí a Alguien que conocía pero que al mismo tiempo aparecía como Alguien por conocer, y lo hice pensando, reflexionando, orando; después, o al mismo tiempo, con mi familia: comentando, dialogando, sufriendo… y también siendo ayudado por tres sacerdotes: Lorenzo, Arturo y Óscar, el primero de ellos como director espiritual (ayudante en el discernimiento). Fue una época de desierto en todo los sentidos, a esto se une mi último año de Confirmación. Tras una crisis tanto a nivel humano como espiritual (llegué a dudar de todo), me metí en un pozo sin fin, un abismo en el que caía sin poder agarrarme a nada, hasta que algo me sostuvo y paró mi caída, Él, Aquél a quien había sentido y que si yo quería, iba a ser mi base, el ascensor que me sacaría del pozo. Él era real, no era una proyección, ni una elucubración. No, realmente estaba llamando a mi vida y tenía que decidir si seguirle o no. Decidí que sí, que quería seguir este camino de discernimiento para ver si me llamaba o no a ser sacerdote (lo más duro había pasado, pero esto solamente acababa de empezar). Llamada-respuesta será el binomio que marcará toda mi vida, plasmado en jaculatorias como: «Habla Señor, que tu siervo escucha», «Hágase en mí según tu Voluntad».
En el Seminario Diocesano de Madrid comencé un curso Introductorio para el discernimiento vocacional. Eran tiempos de ver, escuchar y actuar, tiempos de reflexión, de cambio, de trabajos, de experiencia. Terminado este año tenía claras dos cosas: que el Señor quería que fuera sacerdote y que los pobres eran importantes en mi vida (esto lo supe a través de una experiencia que tuve con los pobres).
Estaba en relación con el Seminario Diocesano, pero el Señor quiso ponerme por medio, a través de una Hija de la Caridad, la información necesaria para conocer a la Congregación de la Misión (la cual tenía las dos cosas a las que me sentía llamado: «sacerdocio y pobres»). Esto estuvo también sujeto a discernimiento, como es de suponer, pero al final fue así como comencé mi andadura en dicha Congregación.
El cómo he llegado a ser misionero paúl, ya esta explicado, y el por qué también: quiero seguirle a Él en cada momento como sacerdote y en los pobres.







