Creo que en el tema que me ha sido asignado hay tres grupos de problemas.
El primero vendría dado por la pregunta, ¿qué es la comunidad cristiana y especialmente la comunidad carismática de vida cristiana, sea orden religiosa, instituto secular o cualquier otra comunidad de tipo carismático, es decir, llamada a un servicio especial dentro de la vida de la Iglesia, y no sujeta simplemente a la economía general de la vida cristiana, sino radicalizada, en un sentido o en otro, por un carisma especial? Este sería un primer aspecto del problema. Todos sabemos de ello, pero es necesario recordarlo. ¿Qué es lo que constituye a la comunidad cristiana en general y especialmente a la comunidad carismática, que se reúne en virtud de una vocación especial en el nombre del Señor Jesús?
El segundo grupo de problemas estaría en relación con los carismas que son necesarios dentro de una comunidad evangélica de ese tipo, para que tenga una vida enérgica en el Espíritu, para que pueda, en cualquier situación responder a lo que es su vocación.
Solamente teniendo esto presente podremos abordar la otra parte de la conferencia, el tercer punto, que es: hoy, en el clima de una humanidad que se encuentra en un proceso de secularización, ¿qué exigencias especiales se derivan sobre esa comunidad, a la que hemos definido previamente como comunidad cristiana? Después de haber hablado de los carismas que constituyen a una comunidad humana en general y a una comunidad cristiana en especial, ¿qué inflexión se deriva sobre la vida comunitaria en función de su situación actual, en medio de un mundo en proceso de secularización? Tendremos que decir un poco sobre las notas de eso que constituye el proceso de secularización para pasar enseguida a lo que es una comunidad, dentro de ese proceso.
Lo primero a decir es, pues, qué es una comunidad cristiana en general y particularmente qué es una comunidad cristiana que sirve a un carisma especial, libre, dentro de la Iglesia. Recordemos algo esencial: «Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 20). Esta promesa del Señor Jesús es el germen constituyente de toda comunidad cristiana, en todo tiempo. Vale afirmarlo de la Iglesia en su totalidad, pero vale también de manera peculiar, de aquellos que libremente se reúnen en su nombre para servir a una vocación especial que ellos creen haber recibido del Señor Jesús.
Y por eso se congregan en su nombre. En su nombre equivale, en lenguaje bíblico, a sentirse llamados por El y reconocer que se obra sostenidos por su poder. Cuando los que se reúnen lo hacen accidentalmente, a través de un encuentro fortuito; o debido a una serie de inercias o mecanismos de la vida se han encontrado dentro de una misma vocación —poniendo ahora «vocación» entre comillas—; cuando no han hecho la experiencia original de haberse congregado, llamados por el Señor y en el poder que su Espíritu da para poder reunirse; si esa experiencia no ha sido hecha o no ha sido reganada, no podemos tener sentido de lo que es una comunidad cristiana.
Sea por el proceso de secularización o por lo que sea, lo cierto es que hoy Dios zarandea todos los árboles de su Iglesia. Un poco quizás con la intención de que nos demos cuenta de si, allí en donde vivimos, estamos en el nombre del Señor o más bien por otra clase de mecanismos de tipo psicológico o psicosociológico, pero que, en definitiva, no son el instrumento o el vehículo de una auténtica vocación: estar reunidos en el nombre del Señor Jesús. Hay una pregunta colectiva que corre a través de toda la Iglesia y que se hace a toda vocación cristiana, hoy: creías estar aquí en el nombre del Señor, pero ¿lo estás realmente? Es muy importante, ante todo, clarificar el por qué estamos reunidos.
Ahora bien, suponiendo que estamos reunidos en el nombre del Señor Jesús, lo estamos sólo para aquello que El nos ha llamado. Quiero dedir que a una comunidad que se ha reunido en torno del Señor Jesús para servir a los enfermos o para proporcionar a la comunidad cristiana un ministerio y un servicio teológico, la asistencia del Señor se le ha prometido respecto a eso; no para que tengan una facilidad y gusto especiales en orden a ser los pioneros de la estética en el mundo actual; o para dar una solución política más clara y neta que la de otros grupos humanos al problema político planteado hoy al hombre. Es muy importante darnos cuenta de que Cristo está con nosotros para aquello para lo que nos ha llamado y que es el origen de nuestra reunión. Poniendo unos ejemplos prácticos quizá resulte esto más inteligible. Supongan ustedes, por un momento, que yo fuera un jesuita vasco —no lo soy, sino montañés, pero estaría honradísimo de ser un jesuita vasco—. Los vascos tenemos —si yo fuera vasco— un problema político del país, que me afecta a mí, corno vasco. La gracia comunitaria que tengo, sin embargo, como jesuita, que me da mi estar reunido en el nombre del Señor Jesús, me potencia para aquellas finalidades de mi vocación como miembro de la Compañía de Jesús, pero no para mi posible vocación política como vasco, para la cual tendré las capacidades que tenga como hombre, y que no se derivan de mi estar reunido con otros jesuitas en el nombre del Señor Jesús. Si, por lo tanto, un jesuita vasco espera por el hecho de estar reunido con sus hermanos en el nombre del Señor, especial asistencia para resolver el problema vasco es un presuntuoso. Para eso no ha sido llamado a esa reunión y puede ser que tenga él, por otras razones, una dotación especial para dar respuestas a ese nivel, pero será suya, y no tendrá origen en1 a vocación que nos ha reunido conjuntamente.
Supuestas estas dos cosas, en la comunidad reunida en el nombre del Señor Jesús existe una innegable superioridad; es la superioridad del Señor Jesús que está presente entre nosotros. Toda comunidad reunida en el nombre del Señor Jesús la reconoce. Empleando un lenguaje metafórico decimos que hay algo que viene de lo alto, la presencia del Señor. En el lenguaje mítico del Nuevo Testamento se expresa: «Jesus sedet ad dexteram Patris», está sentado a la diestra del poder de Dios. Querían decir con esto que El había recibido de Dios el poder de seguir configurando a hombres aquí en la tierra conforme a su propio estilo. Es un poder que no brota de nosotros, sino del hecho de que está presente entre nosotros Aquél que está con Dios. Reconocemos entonces que cuando una comunidad de hombres se reúne en el nombre del Señor hay una presidencia xcer’ilorjv, que dirían los griegos, presidencia que nadie puede negar y que es esencial a la comunidad cristiana. Y quien no se siente vinculado por esta superioridad no pertenece a esa comunidad. Es, en consecuencia, una comunidad, antes que ninguna otra cosa, vinculada por la presidencia del Espíritu del Señor Jesús.
Una de las cosas que ha traído la secularización es la pérdida del sentido del «super» en la vida humana; una pérdida del sentido de que hay en la vida lugares existencialmente más altos y excelsos. De alguna manera se ha producido una nivelación de todo. Pero no todo en la vida es horizontalidad, sino que también hay una dimensión de verticalidad, incluso a nivel puramente humano. Un gran pintor no se da todos los días. Si soy un aficionado a la pintura y a mi lado está Picasso hay una superioridad de Picasso respecto de mí. Y si no lo reconozco soy un cretino. El carisma de la pintura se da en Picasso de una manera muy distinta a como se da en mí. O el carisma de la politica se da en De Gaulle de una manera distinta que en otros. Es una tontería decir que soy igual a De Gaulle desde el punto de vista político. Ahora estamos ante otra dimensión por la cual todos nos damos cuenta de que hay algo que se hace presente a nuestro espíritu de una manera vinculante. ¿Cómo puede ser, por ejemplo, que en un determinado momento Maximiliano Kólbe creyera obedecer a lo que era más excelso en él, cuando, sin ninguna gana, se entrega a la muerte en lugar de otro ? En Maximiliano Kólbe hay, por una parte la gana de supervivir y por otra la gana de sustituir, pero no les da el mismo valor. La gana de sustituir es jerárquicamente más, tiene más poder y es más pura; en cambio, la gana de supervivir viene de un principio más bajo. Hay algo que es más ponderoso y algo menos ponderoso en la vida.
Para el creyente que sabe que su vida no es sólo suya sino que haciéndola está colaborando y obedeciendo a otro que es más que él y, en concreto, para el cristiano que se reúne con sus hermanos en el nombre del Señor Jesús existe la experiencia originaria, desde el primer día, de haber sentido esa llamada. De que hay allí la superioridad del Señor. Esto quiere decir que la comunidad reunida en el nombre del Señor es una comunidad vinculada por la presencia, en la fe, del Señor. Esto es importantísimo porque nuestra gran falta de energía en el día de hoy radica en que no nos sentimos como hermanos vinculados por la presencia del Señor y de su Espíritu. Si tuviéramos esa experiencia originaria, brotaría entre nosotros lo creativo y todos nuestros problemas serían solucionables. Si no la poseemos, lo primero que debemos hacer es recuperar ese sentido primario de la comunidad cristiana.
Decíamos que una comunidad vinculada en el nombre del Señor Jesús es a su vez vinculante. ¿Qué quiere decir esto? Que además de la superioridad del Señor existe la superioridad de la comunidad vinculada. Al acceder al nivel del Señor, al dejarse vincular por el Señor, la comunidad sube sobre sí misma como grupo humano, como entidad grupal. Una vez que está vinculada al Señor Jesús es vinculante respecto de todos sus miembros y de su propio destino. Es lo que a veces no está claro. Se confunde comunidad con la mera existencia de unos con otros en una casa o en unas reuniones. Hay momentos en que somos comunidad y hay momentos en que no lo somos. Un ejemplo un tanto gráfico nos puede ayudar. Yo puedo tener una revisión de vida que me pone realmente a nivel de comunidad, una noche, al tratar un asunto. Entonces pensamos: si la defensa de los pobres, como dice la Exhortación Apóstolica a la vida religiosa, nos lleva, en un determinado momento a la descalificación politica y social. Si se nos acusa de hacer politica. Hemos visto orando y en unión con los hermanos que lo que tenemos que hacer es eso. Pero nos vamos a la cama y nos levantamos no tan animados. A la hora del desayuno estamos todos juntos y si quizás entonces hablamos en alto, cada uno de nosotros empieza a no ver claro lo que habíamos visto anoche. ¿Somos ahora comunidad? No. Ahora somos un pobre grupo humano, que para ser comunidad tendría que reunirse de nuevo, orar, y en todo caso, reconocer las dificultades que hay en el propósito tomado. Pero no porque la comunidad se levante con una cenestesia distinta al día siguiente, la voluntad de la comunidad es diferente. Ahora no existe la comunidad, ahora existe un grupo humano ligado por unos lazos explicables por la psicología del grupo y que quizá esté menos dispuesto a obedecer a sí mismo. La comunidad vinculante es un plus de ser, de verdad y de decisión respecto del puro grupo humano, como sustrato material de la comunidad.
Supuesto esto así, nos damos cuenta de qué es eso que normalmente llamamos superiores. A una comunidad cristiana le conviene saber de continuo que opera como tal comunidad cristiana y no en función de sus instintos grupales. A medida que esa comunidad comienza a perder lo que se llama la relación «vis a vis», la relación de rostro a rostro, es decir, al cobrar unas dimensiones que no son controlables por el medio normal de la presencia de unos con otros, tiene que delegar en algunos de sus miembros el poder que tiene como comunidad vinculante. En aquellos, nos dirá la sociología, a los que se confiere el papel especial de atender a ver si la comunidad funciona como comunidad de tales fines. A unos encargan ser carpinteros, ser teólogos o cuidar de los enfermos, y a otros encargan que miren cómo funcionamos cada uno de nosotros cuando obramos y si lo hacemos en nombre del Señor Jesús. Porque la comunidad, para seguir con la garantía de que el Señor Jesús está con ella, debe permanecer en aquellos fines para los cuales la ha convocado el Señor. Entonces, en una elemental división del trabajo, como sustrato sociológico de la autoridad cristiana, sucederá que esa comunidad vinculada y vinculante, tiene que confiar a alguno de sus miembros —y normalmente se hace un esfuerzo porque no sean los más ineptos— que atiendan y cuiden a que sigamos funcionando en la praxis como hemos confesado en la teoría y en la fe que queremos funcionar. Los superiores, pues, son unos órganos instrumentales de la propia comunidad, no como grupo puramente humano, sino en cuanto comunidad con autoridad que le viene derivada del Señor y de su presencia en ella. Y de ahí procede la representación del Señor Jesús que tiene el miembro a quien la comunidad ha dado el rol de representarla, porque es El el que da a la comunidad el poder vinculante. En cuanto la comunidad se vincula al Señor Jesús tiene una capacidad de vincular. Y esa es la potestad que, de alguna manera, según sus estatutos, la comunidad delega en alguno.
Pero esto puede ser muy convencional y puede cobrar diversas modalidades. Puede ser un poder de tipo monárquico, de tipo aristocrático o de tipo democrático. Normalmente se da una combinación de las tres cosas en casi todos los órganos de este tipo.
Para comprender esto añadimos lo que dicen los sociólogos sobre el «rol» de autoridad. En una sociedad matriarcal quien manda son los varones de la línea materna, por ejemplo, el hermano de la madre, el tío. Si el niño se comporta mal el tío materno le pega una zurra. Entonces dicen los sociólogos que los tíos maternos pueden pegar, «no porque tengan razón para hacerlo, sino porque son tíos maternos. Pero si a la larga actúan no teniendo razón dejan de ser tíos maternos».
Cuando una comunidad delega su autoridad que le viene de Cristo en unos miembros suyos, éstos, cuando mandan, tienen razón no porque examinemos cada caso si tienen razón o no, sino porque tienen una delegación. De lo contrario no habríamos delegado la autoridad. Si a la larga la comunidad hace la experiencia de que esos miembros no le sirven para aquello para lo que los ha elegido, los depondrá y pondrá a otros que sepan velar por los fines de tal comunidad carismática. Ahora bien, para que una comunidad pueda ser una comunidad del Señor Jesús, exige que haya en ella unos carismas. No vamos a hablar de todos, sino únicamente de cuatro que son esenciales. ¿Cuáles son esos grandes carismas? El carisma de profeta, de cantor, de médico y de rector (o de lo «regio»). Toda comunidad en marcha y viviente necesita profetas, cantores, médicos, rectores. Cuando una comunidad no tiene eso, le pasa aquello que decía el profeta: Es que no tenemos ni profetas, ni reyes, ni médicos, ni cantores. Nos cantan endechas que no so n verdaderas, nos cantan cantos de victoria cuando viene la derrota. No hay profeta que tenga visión, ni rector que sepa dirigir (Cfr. Ez 7, 26; Sal 73, 9).
Efectivamente, si en una comunidad, en un determinado momento, falta el profeta, el cantor, el médico y el rector no hay comunidad. No es capaz de discernir la voz del Señor, ni de sentirse vinculada, ni de cantar el poder que la vincula.
¿Qué es lo profético? Definirlo es fácil, lo difícil es ejercitarlo. El profeta es el hombre capaz de taladrar el hoy, en el sentido de un origen que no es el mero pasado, o de taladrar el presente en el sentido de ver un mal o un consuelo que no son lo que inmediatamente se ofrece a los ojos. El profeta es el hombre de visión profunda sea de cara al futuro, al pasado, o al presente.
Una comunidad, como un pueblo en marcha, necesita visionarios, es decir, hombres que no vivan instalados en el puro hoy, porque el hoy acaba por ser aburrido, sino que tengan la visión de una patria que mana leche y miel, en la que nadie ha estado, pero en la que todos deseamos estar. Y lo mismo respecto del pasado. Es muy fácil lamentarse de lo mal que estamos ahora comparándolo con lo que había antes: antes muchas vocaciones y ahora pocas, etcétera. Esto lo vemos todos, esto no es visión profética del pasado. La visión profética del pasado es decirnos por qué pasó ese ayer y sucede este hoy, y en función de qué. Que nos descubra que la Iglesia, hoy, no ha perdido de repente el sentido de su Señor, sino que lo que hoy aflora estaba oculto y ya había acontecido originariamente. Por ejemplo, la Iglesia no estaba suficientemente presente ni a su Señor ni al mundo. Era una pared entre dos cosas que no permitía su comercio. Lo ha ido descubriendo y ahora estamos en el momento de haberlo descubierto. Pero lo hemos hecho porque lo había. Eso es lo que ve el profeta la raíz, no lo que todos, hasta los ciegos, podemos palpar.
Respecto al presente pasa lo mismo. El profeta es el hombre que tiene una capacidad de taladramiento de lo inmediato, es el hombre que en el hoy de la desolación puede llegar hasta el agua probada de la consolación. Donde todos los demás sólo vemos amargura encuentra una fuente de consuelo. Y, al revés, en el momento del optimismo recuerda que el látigo está cerca. Esa capacidad de penetrar el presente, rompiendo lo inmediato y viendo lo radical, es la visión profética. El profeta, por la profundidad de sus visiones, es tremendamente incordiante, es como una lija. Sus visiones de futuro son para los buenos ratos, pero si todo el día nos tiene delante de ellas, si nos mantiene en el recuerdo de lo más originario continuamente, si nos hace vivir de la consolación esencial en cada momento, nos abruma, porque el hombre necesita de alimentos ligeros también, de cargas que se puedan llevar.
Además, al profeta le puede pasar que vea pero que no sepa decir y expresar lo que ve. Moisés, uno de los grandes profetas, cuando el Señor le dijo: «Ve, pues; yo te envío al Faraón, para que saques a mi pueblo, a los hijos de Israel, de Egipto» (Ex 3, 10), Moisés le respondió: «pero, Señor, si soy tartaja, no soy de palabra fácil y no voy a saber decírselo»(Ex 4, 10); el Señor le dijo: «¿no tienes a tu hermano Aarón, el levita ?» (Ex 4, 14); es necesario disolver la profecía en canto. Es necesario cantar la región de donde venimos, la patria adonde vamos, la hondura del hoy y dar a un pueblo que llora el canto que le hace reír, y a un pueblo que ríe el canto que le hace pensar en la tragedia que está olvidando. Y esto no lo vean como lirismos, sino que es una cosa realísima de la vida. Una de las cosas que hoy faltan son cantores, cantores de la Iglesia de Dios, aunque sea de cosas trágicas. Pero que no lo hagan como por aburrimiento, sino que se les vea que sienten lo que dicen, que canten, para que vean que esto es muy real yo les diría: ¿En Latinoamérica es más eficaz, más activo, más real el Che Guevara o el canto sobre el Che Guevara? Tuvo que pasar el Che Guevara para que se le pudiera cantar. ¿Cómo se puede mantener el recuerdo para todo un pueblo sino es a través del canto?
Quiero decir con esto que toda comunidad que marcha tiene que tener juntamente con el profeta el hombre que sabe decir, expresar y contagiar, eso visto y entrevisto: sabe hacerlo actualidad en la palabra y en el canto, pues canto es la palabra en sus múltiples formas.
Pero no basta tampoco el cantor, es necesario el médico, y no sólo para los desgarrones gordos y serios. Es necesario el médico en las comunidades (al margen de las vocaciones que haya podido haber falsas, es decir, que una masa importante de gente neurotizada haya podido creer que tiene vocación religiosa).
Al margen de que hemos sido a veces demasiado simplistas en la aceptación de vocaciones, la vida de una vocación fina y difícil en el nombre del Señor, que congrega en un servicio libre y carismático a hombres y mujeres, si no se vive en las debidas condiciones de fe y de humanidad, puede neurotizar. Y a veces pasa que una persona que inicialmente es válida para la vocación, no lo sea al cabo de años, porque faltó lo medical dentro de esa comunidad, faltó esa mano capaz de curar las llagas ocultas, esa voz que avisaba a tiempo: ¡Cuidado! comienzas a caer en la agresividad. Y ha sido porque la vida te ha ido dando una serie de bofetadas, porque te has puesto en lugares de servicio donde normalmente se reciben bofetadas, y ahora estás internalizando las situaciones duras que has vivido. Te estás quizás haciendo senil; y viejo tiene uno derecho a hacerse, pero senil, no. La ancianidad es una edad de la vida humana, la senilidad es una enfermedad como la tuberculosis. Hemos de saber distinguir estas dos cosas: anciano y senil. El anciano es un protagonista de nuestra vida, el senil es un enfermo al que tenemos que cuidar. Hay hombres seniles a los cuarenta o cincuenta años, antes de tiempo, como los hay que mueren siendo ancianos, sin que se hubiesen convertido en seniles. El avisarnos de todo esto es la función de lo medical dentro de una comunidad. Puede curar las cicatrices que se abren, las heridas que se agravan, el pus que mana ocultamente, para que no se encuentren siendo un grupo de hombres que habiendo empezado una aventura, tan hermosa en la humanidad y en la fe, se encuentren que son un grupo de solteros o solteras, especialmente difíciles. Tiene que haber lo medical y es un gran carisma en estas comunidades. Puede ser todo un ambiente y no sólo personas. Ahora bien, últimamente el ambiente lo crean las personas.
Finalmente lo. «rector». Esto significa que dentro de una comunidad tiene que haber el hombre que a lo mejor no es profeta, ni cantor, ni médico, pero es rector. Puede ser que sea rector precisamente porque es médico o profeta o cantor. Pero puede ser también que sea un gran hombre de prudencia que sabe hacernos jugar a todos, o que sabe tener el realismo de cada situación, el realismo de la fe. Puede ser incluso una figura gris porque su carisma no es el de la brillantez, sino el del cemento que hace empastar las cosas. Es la vocación, en definitiva, de más servicio. Hasta tal punto que un autor moderno, ateo, Bloch, ha dicho esto: «Lo rector pasa a ser, en la sociedad moderna, más y más infraestructura». ¿Qué quiere decir esto? Antes era tan difícil que una carta llegara a su destino que hacían falta las «postas reales». A medida que lo rector cobra más fuerza y garantiza más la vida pasa a ser más y más infraestrutura. Hoy nadie se extraña que depositando una carta en un buzón aparezca a los dos días en Barcelona. Antes tenían que ir unos caballos con unos guerreros asegurándolo, pero precisamente porque lo «rector» se h a hecho más fino y más sutil y, en este sentido, más abarcador de todo el conjunto de la vida, necesita mucho menos aparecer con la trompetería por delante. En este sentido parece que caminamos hacia una interiorización mayor de la autoridad, de tal forma que los rectores son más los animadores de la comunidad que los detentadores de la autoridad frente a la comunidad. Pero eso en la medida en que la autoridad funciona, en la medida en que el cuerpo es muy sensible a la animación de la autoridad. Un organismo es tanto más superior cuanto los centros de control son más imperceptibles, pero más eficaces. Por eso el primate superior es el hombre, porque tiene colocados, en unos puntos sencillísimos, los miembros que reciben toda la información del exterior y la devuelven inmediatamente a la periferia, en forma de percepción que ni siquiera se percibe. Las extremidades no están recibiendo ahora del cerebro la imposición de que haga estos movimientos y sin embargo el cerebro está moviendo mi mano. El carisma de rector es tan importante como cualquier otro y cuanto más carisma de rector sea, más animará a la comunidad.
Con esto finalizo esta segunda parte que considero muy importante. Pero me dirán, ¿dónde está, en esta segunda parte, la teología de la comunidad? A Cristo le llamamos profeta, aunque no cantor y sin embargo realizó ese papel, porque nosotros entendemos los dos papeles de una manera más unida. El hombre que dijo las bienaventuranzas no sólo es profeta, es cantor, médico, rey. Estamos hablando de los carismas fundamentales de la vida comunitaria, que son los carismas de los que siempre se ha hablado desde los profetas a nuestros días. En este sentido hacemos teología, pues comprobamos cómo estos carismas esenciales a la vida humana han sido tomados por Dios para llevar la historia de la salvación a sus fines específicos.
Y entramos en el proceso de secularización. Me parece ascender demasiado a la teoría el que insista mucho en lo que es la secularización. Y voy a decirles algo muy sencillo sobre este fenómeno, lo suficiente para poder entender las especiales tareas de la comunidad religiosa y evangélica en este mundo secularizado.
Es muy importante saber que el proceso de secularización es algo real, pero que quizás el hombre no es el más apropiado. Se está haciendo de la secularización una palabra «explicalotodo». A ella recurren los de izquierdas para decir que hay que secularizarse, es decir, ponerse al día. Los de derechas lo consideran como el gran monstruo que explica todos los males que tiene la Iglesia. La secularización significa un proceso real que no es adecuadamente nombrado con esta palabra, porque es una cosa muy compleja. Pero entonces, ¿qué es?
Primero. Se refiere a un gran cambio histórico que está haciendo hoy la humanidad. Es quizás el más grande de toda la historia humana, por lo menos, en lo que se refiere a sensibilidad, a las nuevas posibilidades tecnológicas y de información y a nuestros comportamientos morales. Ante todo la secularización nombra un cambio asombrosamente nuevo, y por tanto, la vida religiosa, si quiere cumplir sus finalidades de salvación respecto a los hombres, va a tener que ser una comunidad capaz de mantener lo que hay de permanente, en su vocación cristiana, en medio de esta transformación colosal. Esto siempre lleva consigo un conflicto. Se nos ha educado en una psicología de no-conflicto. Hemos, por lo tanto, de procurar reeducamos para persistir en una sociedad de conflicto.
Si el proceso de secularización se refiere primariamente a un cambio histórico, entonces, sin necesidad de recurrir a la muerte de Dios, tenemos que decir que todos los datos culturales que expresaban a Dios, en el seno de nuestra sociedad, tienen forzosamente que resentirse. Dios para hacerse presente ha tenido que inculturarse, es decir, ha tenido que estamparse en datos culturales, en formas de hablar, de comportarse, en normativas éticas. Pues bien, los símbolos tradicionales, en tanto tradicionales, están en crisis. Pero esto no quiere decir que esté en crisis la sustancia de lo cristiano. Podría serlo, pero lo cierto es que lo que está en crisis son las expresiones culturales de lo cristiano.
Algunos datos intuitivos. El mantenimiento del crucifijo en la Universidad. ¿Tiene algún significado real? ¿Qué significado tiene cuando debajo de ese crucifijo imparte docencia un señor que, supongamos que no es marxista pero es capitalista y, en consecuencia, enseña un tipo de economía que margina al hombre? Entonces la presencia de Cristo en esa aula no hace otra cosa que engañar. La universidad hoy no es portadora de cristianismo, ni la española, ni la extranjera. Esto no quiere decir que tenemos que suprimir al crucificado como símbolo de nuestra vida. Pero hay lugares en los que ya no cumple la función que antes tenía como símbolo.
Otro dato es el hábito de los religiosos. El hábito de los religiosos está circunscripto a la época en que nace una determinada Congregación religiosa. Normalmente se tomaba una vestidura muy sencilla o la del campesino, como sería el caso de los Benedictinos, o el de aquella gente que no jugaba un papel importante en la adquisición de honor, como es la viuda. Está ligado, pues, culturalmente a una época.
Cuando voy a un barrio, ¿el hábito les trasmite una proximidad de Cristo ? Por de pronto me llaman cura, pero esto me importa muy poco, porque puede ser una palabra completamente vacía. Si les dice algo iré con él, si no pensaré qué he de ponerme. Pero lo que no puedo hacer es dar por hecho que la sotana significa para la gente de una barriada lo que yo creo que significa. Veamos «Crónicas de un pueblo», ese producto que nos ofrece la televisión los domingos por la noche. ¿Quién es el hombre más importante ahí? El maestro. ¿Qué es el cura? Un adorno. Y eso que el programa está hecho por gentes de mentalidad muy de derechas. Si para la gente de derechas el cura no es hoy figura central, qué será para la gente de izquierdas. A no ser que sea otra clase de cura, que no queda garantizada por su hábito, puede ser que este otro tipo de cura tenga un significado distinto tanto para los de derechas como para los de izquierdas. Unos le temen y los otros dicen: hombre, esto comienza a ponerse interesante.
A lo que voy únicamente es a ver cómo un símbolo cambia. Lo cual quiere decir que los símbolos tradicionales como tales no garantizan la presencia de lo cristiano en el seno de una sociedad que cambia.
Segundo. Es evidente que hoy en día se da una importancia a los elementos plásticos e intramundanos de la religión que no se daba antes. No digo que antes no se hiciera caridad; esto sería una estupidez. Quiero decir que hoy pensamos más cómo ayudar a la gente de Biafra que cómo sacar a las almas del purgatorio. Lo que nos hemos puesto a decir es que, en todo caso, lo que debemos hacer es ayudar al prójimo que lo está pasando muy mal aquí y que esto es muy valioso a los ojos de Dios. Y de esta manera hemos simplificado problemas, no teniendo que ganar indulgencias y después aplicarlas al prójimo. Lo importante es la preocupación verdadera y real por el prójimo. Si nos figuramos que Dios no es ninguna mala persona, si resulta que puede haber bondad incluso aquí abajo, mucho más tiene que haber allí arriba. Lo que es importante es Biafra, o Palomeras, o los Pizarrales, en donde la gente no tiene los medios mínimos de sanidad. Con esto no valoro, sino que digo lo que ocurre.
Subrayamos los aspectos intramundanos de la religión y en consecuencia tenemos que preocuparnos más del prójimo, de los aspectos políticos, de los aspectos sociales y se da un olvido que quizás es excesivo de los aspectos transcendentes. Quizá pensemos menos de lo debido en la Trinidad pero sucede que muy probablemente no se nos enseñó a pensar en la Trinidad en función de la vida. ¿Qué tiene que ver el Espíritu Santo con lo que hay que hacer aquí abajo? Lo que pasa es que no nos han enseñado a honrar al Espíritu Santo. En este segundo aspecto de la secularización, puede ir implícito un olvido muy serio de cosas muy importantes para los cristianos.
Tercero. Desenganche de la sociedad respecto de la influencia de la religión. En un estado confesional cristiano como el español se admite, al menos teóricamente, que la Iglesia tiene algo que decir en materia social y en otros campos. Sin embargo, cuando los obispos se pronuncian sobre los sindicatos, se les contesta que en el terreno de los principios está muy bien, pero que a la hora de la verdad, los que entienden sobre estas cosas son los políticos. Lo mismo sucede con la ley de educación. Lo de menos es que los religiosos se les rebaje el 60 % de la enseñanza que poseen y se les deje un 10 %. Lo importante es que se intenta que no haya influencia tan directa del factor religioso sobre lo social. Hoy el factor religioso y sobre todo el católico es un factor en el fondo explosivo y hay que controlar el uso que se hace de él. Se pretende controlarlo lo más posible y sólo entonces darle importancia. Se está pidiendo juramento de fidelidad al régimen a los hombres que enseñan religión. Es la búsqueda de un control determinado. Y esto no lo entiendan aquí como una crítica al régimen. Obedece a un fenómeno mucho más amplio. Es el desenganche de la sociedad del control directo de lo religioso. Las críticas más fuertes contra la guerra de Vietnam, sabe muy bien Nixon, que le vienen de los sectores radicalmente religiosos, además de los sectores radicalmente liberales. En consecuencia lo religioso ha de ser controlado, piensa hoy la sociedad. Debe ser delimitado dentro de una esfera privada y controlable.
Cuarto. Otra cosa que significa la secularización es que papeles que antes llenaba lo religioso ahora no lo llena. Han sido asumidos por otras funciones en la vida. Pongamos un ejemplo. Por jóvenes que sean las religiosas que están aquí estoy seguro que hay alguna que ha sido superiora hace unos años. Si le venía una hermana con especiales problemas y complicaciones, le respondía que fuese abnegada, que acudiese al P. Espiritual, y, a lo mejor, ya se le ocurría, ¿no tendría que ir al psiquiatra? Psiquiatra en el sentido bueno de la palabra. Estamos cogidos, por la mentalidad anterior el ir al psiquiatra significaba estar loco. No, simplemente que los escrúpulos que esa hermana tiene no se vencen a base de puños, se necesita algo más, una reparación de otra forma. Y en esa materia el psiquiatra sabe más que el cura. No es escrupulosa por ser religiosa, sino porque nació así, y entonces el cura tiene poco que hacer. Puede que el escrúpulo proceda del factor religioso y en ese caso entra en función el cura.
En esto se ve como una determinada función que antes llenaba lo religioso la llena ahora otra instancia que tiene derecho a ocuparla. El ámbito religioso ejercía una suplencia que ahora no tiene por qué ejercitar.
Quinto. Finalmente la secularización significa, y este es un aspecto más de fondo, una especie de eclipse de lo sagrado. Antes veíamos lo sagrado como más cercano a nosotros, hoy tenemos que decir que no. Esto se debe, sobre todo, al gran influjo que han tenido los conocimientos de tipo científico y tecnológico. Nos acostumbramos a pensar que en la vida todo es problema que podemos plantear y a la vez resolver y, en consecuencia, va desapareciendo la noción de misterio. Hay problemas, pero no hay misterios. Lo santo va vinculado al reconocimiento del misterio en la vida. Las genera-raciones de hoy no son sensibles a los misterios de la vida y sí a los problemas que ella plantea. Esto lleva consigo un eclipse de lo sagrado.
Lo cual va unido a una conciencia crítica mayor, que no me hace ver de manera tan intuitiva lo santo y lo sagrado como lo veíamos antes. Este es el factor más duro de la secularización: lo sagrado ha perdido inmediatez. En estas circunstancias, ¿cómo tiene que ser la comunidad de la que hemos hablado antes? Si las gentes no pueden apreciar lo sagrado de una manera tan directa ha de llevárselas de una manera más pedagógica. Para ello la comunidad:
- ha de estar al servicio del hombre;
- ha de ayudar a crear un clima de humanismo transcendental;
- ha de ser una comunidad capaz de dar un testimonio explicito cristiano.
Como el primer punto es fácil de entender y no se refiere tan directamente a la comunidad paso al segundo. A una comunidad difícilmente le aceptarán las palabras sagradas, las palabras sobre Cristo y sobre la santa vida de Dios, si esa comunidad carismática y’ evangélica no ha aparecido a los ojos de los que van a oír ese testimonio, como digna de crédito, por su servicio duro y serio a los hombres. Una comunidad evangélica si no está ubicada en lo que yo llamo campos de intemperie o de urgencia de lo humano no será creída.
Sólo hay dos sitios en donde la comunidad pueda manifestarse como interesada por el servicio al hombre, porque todo lo demás puede interpretarse de mil maneras. El ser gobernador puede ser un servicio, pero también puede suceder que a la mujer del gobernador le guste mucho mandar y ha empujado a su marido a ese puesto. Las dos cosas pueden suceder. Sin embargo, allí en donde los hombres están abandonados, en precario y en intemperie, y por tanto a la gente no le gusta ir, si allí hay ubicada una comunidad se preguntarán, ¿por qué estos que no son hijos de la intemperie están a la intemperie? Pero no sólo hay campos de intemperie humana sino también campos de urgencia, son los campos en donde se están ventilando grandes, urgentes intereses del hombre. Son campos más difíciles porque llevan consigo la tentación del poder. Una comunidad que se encuentre en estos campos, estando al servicio del hombre y no buscando el poder, será una comunidad creída.
El humanismo transcendental que he puesto en medio entre el testimonio explícito cristiano y el testimonio del servicio al hombre significa que muchas veces, antes que predicar a Cristo y a Dios, hemos de hacer creer en el amor, en la amistad, en la justicia, porque ¿cómo van a creer los hombres que Dios es nuestro amigo si no han hecho la experiencia de la amistad y del amor? Ayudar a una gente de suburbio a hacer una seria amistad humana, con todo eso que tiene de traumático y de difícil, tejer esa trama humana es estar preevangelizando. Ahora bien, últimamente nosotros tenemos la obligación y la responsabilidad de pronunciar la palabra explícitamente cristiana.
La comunidad entonces, en una sociedad secular, tiene que ser mucho más cohesiva que antes, mucho más unida, no tanto por vínculos externos, sino personales. Y esto por dos razones. La sociedad secularizada crea indigencia de comunidad. Hace unos años se escribió un título fabuloso: «La multitud solitaria». Una de las cosas que más necesita el hombre en la actualidad es la auténtica y verdadera comunidad. Precisamente por los ásperos que son los campos de servicio humano empírico, el obrero en su fábrica, el funcionario en su despacho. Se va a la búsqueda de algo más humano y más acogedor que dé sentido de familia y de pertenencia.
Además, al perder lo religioso su papel central oficial (no digo que lo religioso haya perdido su papel central en la vida), la vida ha caído en una especie de pluralidad tremenda, es decir, no hay pautas de inteligencia y comportamientos, al no interpretar los hombres como pautas de Dios los moldes sociales.
En las comunidades religiosas que tenemos una diferencia de ministerio muy grande, que tenemos que trabajar con ricos y con pobres, se nota una falta terrible de inteligencia a nivel interno. Hay pluralismo tan fuerte de valores, de mundos en que se vive, que para que pueda existir una comunidad con cohesión se necesitan muchas más agallas que antes. El ambiente en donde se trabaja plurifica enormemente a los miembros de la Congregación y la dificultad de ser comunidad es muy grande cuando los diversos miembros trabajan en campos distintos. ¿Significa entonces que la comunidad debe retraerse sobre sí misma y no va a estar presente en campos distintos de lo humano? No. Habrá que buscar unos medios de mayor cohesión para poder estar en campos distintos, con valores distintos de lo mundano y que, sin embargo, puedan ser asimilados y digeridos en una misma comunión evangélica. Se necesita una disciplina, más interiorizada, pero mucho mayor que la anterior. Vuelvo al ejemplo del• organismo vivo. ¿En qué se diferencia una tortuga de un servidor? En que yo tengo ávbaaxeketóv y la tortuga tiene lw-axekezdv. El esqueleto de la tortuga va por fuera y no le permite gran flexibilidad. ¿Significa que el hombre tiene menos defensas que la tortuga? Tiene muchas más pero interiorizadas, hechas esqueleto interior.
Eso que parece la pérdida de disciplina religiosa hoy en la Iglesia no es otra cosa que el sacudir Dios a la Iglesia para que los organismos dignos de permanencia en ella encuentren un kvbaaxeletóv, una disciplina interior mayor, una mayor capacidad de flexibilidad, sin perder la unidad de un organismo viviente; ahora bien, eso exige una disciplina de comunidad y de comunión mucho más fuerte que la antigua. No es menos disciplina lo que se nos pide sino más. Por esta razón muchos organismos que existen hoy en la Iglesia van a perecer. No quiero hacer profecías sobre mí mismo y sobre otros, pero dicho en conjunto es válido, porque muchos organismos serán incapaces, en este evolucionismo de la historia de la salvación, de adquirir la disciplina nueva que es necesaria, en un ambiente en donde hay más libertad, pero en donde hay mucha mayor responsabilidad, donde hay mucha mayor capacidad de expresión entre los miembros, pero sólo si hay una profunda comunión que los une. Yo estaré en Madrid y otro estará en Bilbao, pero el vínculo unitario será tan fuerte que yo sostengo al de Bilbao en un ambiente determinado y éste me sostiene a mí en otro ambiente muy distinto. No podemos contentarnos con quitar la protección exterior, si al mismo tiempo no hay un movimiento hondo, serio, penetrante, para darnos un ávbacixando un esqueleto interior. Parece que hay una gran facilidad en muchos organismos para no hacer las dos cosas. Desvestirse del Icu-axElEtóv, pero para crear dentro un évbaaxeketdv, para crear una libertad mayor porque es más disciplinada, porque es más flexible, es más capaz de estar presente en sitios distintos porque hay más cohesión.
Se necesita menos del báculo, del superior, porque ha crecido la superioridad de la comunidad. Los superiores existen como las articulaciones de la superioridad, de la exigencia de unos para con otros, del control fraternal que tiene que ser más exigente. Abandonar la disciplina para ser sustituida por un mero espíritu de espontaneidad es dejar al organismo eclesial al servicio de los intereses grupales y de los egoísmos más o menos psicológicos o psicosociológicos.
Y esto es lo que nos hace contemporáneos de la primera Iglesia. Ella tuvo que hacer el gran movimiento que hizo Pablo, liberar a la Iglesia de la gran concha de tortuga, pero no para decirle haz lo que quieras, sino para darle una ley de amor penetrante y exigente. Sin eso habremos renunciado las comunidades históricas actualmente existentes a la supervivencia. Y como la Iglesia no se va a quedar sin supervivencia aparecerán otras comunidades religiosas que ocuparán nuestro lugar.






