Introducción
Una palabra que penetra estos años todas nuestras vivencias, humanas y de fe, es la palabra crisis. Una palabra que habitualmente se le da un matiz negativo, pero que no es negativa. Y la pregunta que queremos hacernos hoy es esta: ¿sentimos en nosotros (1), o alrededor [cerca/lejos] (2) esta sombra de la crisis en el terreno de la fe?
Lo dijo Albert Einstein: «No pretendamos que las cosas cambien, si siempre hacemos lo mismo.
La crisis, es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países, porque la crisis trae progresos. La creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche oscura. Es en la crisis que nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Quien supera la crisis se supera a sí mismo sin quedar superado.
El inconveniente de las personas y los países es la pereza para encontrar las salidas y soluciones. Sin crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una rutina, una lenta agonía. Sin crisis no hay méritos.
Es en la crisis donde aflora lo mejor de cada uno, porque sin crisis todo viento es caricia. Hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es exaltar el conformismo. En vez de esto, trabajemos duro. Acabemos de una vez con la única crisis amenazadora, que es la tragedia de no querer luchar por superarla.»
Este texto dice bastante por si mismo. Pero tratando de concretar voy a referirme a nuestra experiencia vital, a lo que todos hemos vivido en diferentes etapas de la vida, como, por ejemplo, en la adolescencia.
La crisis, suceso normal en nuestro crecimiento, puede resultar:
- buena, como etapa en el crecimiento.
- traumática, paralizadora porque nos negamos a crecer, o por falta de realismo.
A quien acierta a crecer puede servirle para quitar/poner y siempre para construir la auténtica personalidad propia o sus circunstancias.
Primera Parte
I. Realidades problemáticas de hoy
Parto de mis estudios y de mi reflexión práctica… El Concilio Vaticano II describió, en una página muy densa, las diversas formas de ateísmo que hoy existen. También nosotros vamos a empezar con una recapitulación semejante. ¿Y por qué? Sencillamente porque esta realidad humana nos la encontramos continuamente como realidad problemática quienes intentamos «vivir de fe y comunicarla». No pretendo decirte nada nuevo; sólo ofrecer una base para la reflexión/diálogo.
Ante todo, nos encontramos con dos clases de ateísmo: el ateísmo teórico y ateísmo práctico.
El ateísmo teórico podríamos definirlo, en una primera aproximación, como «la doctrina que niega la existencia de Dios». «Ateísmo» viene del griego a-Theos («sin Dios») y debe aplicarse tan sólo a una actitud considerada por el sujeto como estable e incluso definitiva. No consideramos ateos, por lo tanto, a aquellos que están en actitud de búsqueda y que, si bien no consideran posible afirmar actualmente la existencia de Dios, tampoco descartan la posibilidad de llegar algún día a una solución positiva.
[Tenemos señalados ya dos tipos de personas que nos encontramos en nuestro hacer: quienes están convencidos de que Dios no existe y quienes están buscando entre dudas e incertidumbres. Ahora te toca a ti ver si alguno de estos tipos de ateísmo son cercanos a ti].
El ateísmo práctico es la actitud de quienes, sin negar la existencia de Dios, viven habitualmente como si éste no existiera; es decir, que han organizado su vida en función de un sistema de valores del que Dios está ausente. Al ateísmo práctico se refería Fernando Sebastián cuando observaba: «Se diría que el pueblo español ha aprendido a vivir como si fuera ateo sin dejar de ser creyente». Subrayo la palabra «habitualmente«; de lo contrario, todos seríamos ateos prácticos en algún momento de nuestra vida, a excepción quizá de los santos.
[Un tercer tipo probablemente más frecuente que el anterior; ¡ojo! algunos de estos vienen a veces a misa, pertenecen a cofradías, piden sacramentos, celebran el día de la patrona, etc… Conoces a muchos, ¿verdad?]
Mencionemos a continuación a los agnósticos, que ni afirman ni niegan la existencia de Dios, por considerar que se trata de un problema insoluble. Los agnósticos están de moda.
[¿Un cuarto tipo de personas? Desde luego parecen abundar]
Los neopositivistas van mucho más lejos, afirmando que se trata de una cuestión sin sentido. (Quizá se parecen a los saduceos del tiempo de Jesús). Para ellos la palabra «Dios» sería tan solo un conglomerado de letras y sonidos que no quieren decir nada. Para estos, Dios no sólo habría muerto, sino que ni siquiera tendríamos derecho a pronunciar esa palabra si queremos hablar con sentido.
Debemos mencionar, por último, a los indiferentes, que no se plantean en absoluto las cuestiones religiosas; están tan absorbidos por los problemas profanos que no les preocupa la cuestión de Dios. Este es, sin duda, el colectivo más numeroso hoy.
[Dejando los anteriores, este es un gran grupo de personas a quienes no interesan las cosas de Dios. No tengo tiempo, dicen (¿Recordáis el tema I de los GE?)].
Para nombrar a todos estos grupos hablamos del fenómeno de la increencia que es una forma de vida en la que Dios no está presente como luz que alumbra la existencia. Podríamos fijarnos en el proceso que se ha seguido desde el siglo XVIII sobre todo para llegar a esta situación. Pero, aunque sea interesante, nos llevaría demasiado lejos. (Pero si interesa, podemos intentar tratarlo en otro momento).
Una cita de la GS: Está extendida la postura de quienes «ni siquiera se plantean la cuestión de la existencia de Dios, porque, al parecer, no sienten inquietud religiosa alguna y no perciben el motivo de preocuparse por el hecho religioso». Para los indiferentes, el problema religioso ocupa un lugar modesto en su jerarquía de intereses: Dios, exista o no, no es un valor, algo que cuente.
Entre las dificultades, pues, con las que hoy tropieza la evangelización ocupa un lugar central el hecho de tener que anunciar la Buena Nueva de Jesús a un mundo no evangelizado, ciertamente, y además post-cristiano. En un folleto inédito de 1885-1886 escribió Nietzsche: «Nosotros ya no somos cristianos: hemos superado el cristianismo, porque hemos vivido no demasiado lejos de él y sí demasiado cerca; pero, sobre todo, porque es de él de donde hemos salido». (Curioso y actual, ¿verdad?).
Bien. Ateísmo práctico e indiferencia religiosa son dos actitudes bastante próximas y muy corrientes. Se distinguen tan sólo porque el ateo práctico reconoce la existencia de Dios, aunque viva al margen de él, mientras que el indiferente ni siquiera se plantea la cuestión.
[Nota1: Esta es la razón por la que están ofreciéndose catecumenados de re-iniciación, junto al catecumenado propiamente dicho que desde el principio de la Iglesia se ofrecía a los no creyentes antes del bautismo]
Max Picard diagnosticó lúcidamente la situación actual: «el hombre ha huido de Dios en todos los tiempos. Lo que distingue, empero, la huida de hoy de la de cualquier otra época es lo siguiente: antiguamente, lo predominante era la fe, y el individuo necesitaba desligarse de su mundo para huir. Hoy la situación se ha invertido, y la huida ha llegado a ser tan natural y tan autónoma que el hombre continúa huyendo aunque se olvide de huir».
En conclusión. No sólo estamos en un mundo post-cristiano, sino también en un mundo post-ateo. Generalmente, hoy ya no se combate a Dios y —lo que es más grave todavía— tampoco se habla de Él. A lo sumo se ridiculiza o se margina todo sentimiento religioso1.
Parece ser que hoy la increencia es un fenómeno en crecida. Pero quiero referirme ahora otro fenómeno para mi más preocupante: la incredulidad de los creyentes. No debemos pensar que los no creyentes están siempre fuera de la Iglesia. También están dentro. El 95% de los españoles tienen partida de bautismo, pero son muchos menos los que tienen fe. Los no creyentes pueden darse incluso entre los mismos sacerdotes, religiosos y religiosas.
Hoy hay muchos considerados cristianos a quienes las cosas de Dios y de la fe no les interesan. Después de muchos años de prácticas rutinarias, más o menos forzadas por la presión familiar, el cristianismo tiene una «imagen de marca» deformada. Y aún más.
Así, entre los increyentes podríamos señalar a quienes realizan actos de fe «por costumbre». Hay quienes dejaron de buscar a Dios hace mucho tiempo, porque creyeron haberlo encontrado ya. La arrogancia del que lo tiene todo muy claro es la «enfermedad profesional» de los hombres de Iglesia. [Y este tipo de personas nos lo encontramos frecuentemente en misiones]. Un ejemplo bíblico «curioso» de estos podría ser Zacarías, que de tanto pedir un hijo, había perdido la confianza.
[¿Será este un nuevo grupo que deberemos tener en cuenta cuando queremos comprometernos en la tarea evangelizadora?]
Eso sí. También hay verdaderos creyentes. Y el verdadero creyente sabe, por el contrario, que Dios es siempre mayor que nuestras ideas sobre Él, y, en consecuencia, no deja de buscarlo con temor y temblor.
¿Y los jóvenes? Por lo que a los jóvenes se refiere, cabría suponer que es un problema de la edad y esperar que, cuando crezcan, se vuelvan otra vez más religiosos. Pero es más verosímil la hipótesis de que estamos ante un cambio social y de que no volverán a darse los índices de religiosidad que se dieron en generaciones anteriores.
II. ¿Buscamos ahora las causas de fondo?
Podemos preguntarnos por el fondo de esta situación. Y me atrevo a decir (podéis opinar de otra forma) que las causas principales han podido ser tres: [1] El orgullo [grandeza humana] debido a los avances científico-técnicos; [2] el materialismo y [3] algunas posturas de los creyentes (o si queréis de la Iglesia). Me fijo primero en esta citando al Concilio Vaticano II:
«Los creyentes tienen en esto su parte de responsabilidad. Porque el ateísmo, considerado en su total integridad, no es un fenómeno originario, sino un fenómeno derivado de varias causas, entre las cuales se debe contar la reacción crítica contra las religiones… En esta génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión» (GS 19). Esto es lo que reconoció el Concilio.
Pero no es deleznable la actitud del hombre orgulloso y satisfecho. Esta actitud, la de los saduceos de hoy, está retratada en el famoso pasaje de la Torre de Babel (tema que hemos querido reflexionar en nuestro Catecumenado Vicenciano y quizá os habréis dado cuenta algunos de ello).
¿Más causas o razones?
Es generalizada la búsqueda del bullicio y del ajetreo, para no tener ocasión de pensar en sí mismo, de dónde viene, a dónde va, etc. Habría, pues, que pasar revista a la multiplicidad de solicitaciones inmediatas que «divierten» (distraen) al hombre de la civilización técnica. Por ejemplo, alguien ha escrito que «ver la televisión dos horas diarias, por término medio, es incompatible con el desarrollo y el mantenimiento de una espiritualidad cristiana. El consumo de televisión redunda en detrimento del silencio, de la conversación y de la oración».
Hemos desembocado, pues, en el problema del sentido, de superar la superficialidad, de ir más allá de la civilización del ruido y de la huida de si mismo. Es otro tema que, aunque sea de pasada, estamos tocando en misiones.
Llegados a este punto quisiera lanzar una pregunta que debería resonar en todo este encuentro, una pregunta que debería hacerse toda persona que intenta evangelizar y trasmitir la fe desde la relación cercana a los demás: ¿Quedará algo de aquella fe que dio sentido a muchas personas en lo hondo de sus vidas o de su corazón? ¿Qué nos queda de aquella familia tradicional que fue fermento de vocaciones de entrega? ¿No será que la crisis de valores ha comenzado por la familia?
[Y una aclaración conclusiva]: Excluyo de este grupo de increyentes a quienes tienen dificultades de fe. Un ejemplo significativo, sta. Teresita, la santa aparentemente simplona; en su lecho de muerte le venían estos pensamientos: «La muerte te dará, no lo que tú esperas, sino una noche más profunda todavía, la noche de la nada». Y añadía: «Debo pareceros un alma llena de consuelos, para quien casi se ha rasgado el velo de la fe. Y, sin embargo…, esto no es ya un velo para mí; es un muro que se alza hasta el cielo. (…) Canto simplemente lo que QUIERO CREER«. Esta actitud pienso que es un ejemplo consolador para todos nosotros.[Bien. He pretendido señalar hasta ahora unos problemas y unas posibles causas que han conducido a dichos problemas. Ante todo esto, no podemos quedarnos «indiferentes». Tenemos que buscar soluciones, si realmente no queremos estar en la luna]
- ¡OJO! Lo dicho puede satisfacer nuestra curiosidad. Pero la pregunta que hoy debemos hacernos es esta: ¿estamos preparados, o mejor, nos preparamos para entrar en contacto con todos estos tipos de personas o tenemos «una fe de recetas o de fórmulas», aunque estemos convencidos de ella.
Segunda Parte
III. ¿Optamos por evangelizar? / ¿Qué nos diría Jesús?
Aunque existan diferencias de unas regiones a otras, Europa se presenta como un espacio geográfico técnica y económicamente hiperdesarrollado y cuyos hombres y mujeres parecen vivir «perfectamente instalados en la finitud». Todos sabemos que, en la parábola de los invitados a la boda (Lc 14,15-24), fueron precisamente los ricos y poderosos —los satisfechos, en definitiva— quienes no respondieron a la invitación; tenían excusas legítimas: no creían tener necesidad de salvación. Y a veces, en contacto con parejas jóvenes, con jóvenes y con un montón de parroquias urbanas tenemos la sensación de que este problema sigue siendo real.
Parafraseando unas famosas palabras de san Pablo (1 Cor 1,23), diríamos que Cristo crucificado —en la Europa actual y en España— es escándalo para los satisfechos y necedad para los opulentos. Pero ¡ay de nosotros si se nos encoge el ombligo y no seguimos anunciando el Evangelio!
Sin embargo, también es real la desesperanza en relación al mundo. Una gran mayoría de personas se están dando cuenta de que la salvación no puede venir ni la ofrece hoy de ningún grupo cultural o socio-político.
Un tanto acomplejados, algunos de dentro se hacen esta pregunta: si la realidad es así, ¿merece la pena empeñarse en re-evangelizar Europa?…
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Vamos a detenernos en algo práctico, «para nosotros», y a fijarnos en posibles respuestas a este mundo de la increencia. Hace muchos años que se viene insistiendo en la necesidad de una Nueva Evangelización. Pero ya en el siglo VI decía Boecio: «No es tiempo de lamentos sino de poner remedios». En una Iglesia pródiga en miedo y escasa en esperanza, es necesario mirar de frente y buscar soluciones. Y eso es lo que voy a intentar, delinear unas soluciones que he ido viendo necesarias en mi experiencia de misiones.
I. Mensaje Básico
1. Necesitamos purificar nuestra imagen de Dios. En misiones estoy percibiendo que no creemos en un solo Dios, o, por lo menos, non anunciamos al mismo Dios, que «hablamos» de muchos dioses. Un ejemplo que puede aclarar esta afirmación: No es lo mismo que Rigan dijera cuando lo de Irak Dios está con nosotros que si lo dice Teresa de Calcuta en su trabajo con los pobres.
Cierto que, al llegar a este punto topamos con otra dificultad, la imagen (el dios incompleto o falso) al que se agarran muchos de los indiferentes. Y como dijo Nietzsche: «Si se nos demostrara a este Dios de los cristianos, creeríamos en él menos aún». Nosotros le sentimos, «no «divino», sino lamentable, absurdo y perjudicial; no ya un error, sino un crimen contra la vida». Y aunque era Nietzsche quien lo decía, en la práctica hay muchos que pasan del Dios de los cristianos.
[Es, por tanto, de fundamental importancia preguntarnos en qué Dios creemos y qué imagen de Dios transmitimos a los demás].
Un ejemplo de la ambivalencia en la imagen de Dios dentro de la catequesis: Hasta ahora, ha sido frecuente que la catequesis presentara el infierno como un castigo eterno decidido por Dios (una especie de «Auschwitz» eterno); hoy tendemos a hablar de un Dios bonachón que no se entera de lo que pasa ni le importan las decisiones que toma el hombre; y como hay que «quedar bien» hablamos de un Dios amor cortado a medida de nuestros fallos; el Dios defensor de los pobres ni existe. [Perdón, eh, es sólo un escrúpulo, ¿vale?]. No presentamos la posibilidad de que el ser humano se cierre libre y sistemáticamente al amor-que-vivió y anunció-Jesús. Por este camino podemos hacer un flaco servicio a Dios.
2. La solución/respuesta fundamental sería desde luego el enamoramiento de Cristo y del Evangelio. No es lo mismo saber que creer; igual que no es lo mismo saber cosas sobre el amor que vivirlo.
Todos insistimos en que sin contacto con Jesús no es posible la evangelización. Como dijo san Pablo, nadie puede poner otro fundamento. Y como nadie da lo que no tiene y el testimonio vivo, repito como antes, «no la fórmula rutinaria» es el primer apoyo imprescindible.
[Permitidme en este punto una digresión: Hay unas preguntas claras, lo sabéis, que nos hizo Él mismo: ¿Quién dice la gente (nosotros) que soy Yo? / ¿Quién soy yo para ti? Si queréis, por decirlo en términos teológico-pastorales: ¿Qué Cristo es el que vivimos para luego anunciar? Es la pregunta recurrente de los Evangelios. Porque de hecho, jugamos con distintas imágenes. Una casada joven me dijo una vez: Soy camarera de este cuadro de Cristo. ¡Ojo, pues, también!]
Ante este fenómeno otro camino es recuperar el gusto por las cosas de la Fe. Para esto, cómo me decía un profesor, hay que saber educar la pregunta. [Luego nos detenemos más en ello]. O sea, hacer que la gente se pregunte al vernos por cuestiones fundamentales de la vida humana y por el sentido de lo que hacemos relacionadas con la fe, aunque parezca previo. [También en los Grupos de Encuentro tenemos esta pregunta].
3. Anunciar la Buena Nueva. ¡Que tontería verdad! Pues eso es lo que buscamos. Sí, pero, ¿es nueva? ¿es buena? ¿da respuestas para el hoy y aquí?
Para eso, hay que superar una concepción que pone la salvación sólo en la otra vida. Debemos empeñarnos, como alguien ha escrito, en hacer esta vida «otra«.
4. Como el Sembrador de la parábola, nosotros debemos poner a prueba todos los terrenos; tenemos que arriesgar la Palabra hasta en aquellos lugares que menos receptivos parecen. El mensaje sembrado en el camino, en el pedregal y entre zarzas… nos dice que no podemos renunciar a ofrecer e tesoro de la Fe que se nos ha confiado a nadie, por alejado o frío que nos parezca. Porque, además, la crisis de fe no es sólo fenómeno actual. Seres humanos poco creyentes ha habido siempre.
5. Y hay algo que no podemos olvidar: el hombre de hoy, igual que el de ayer, es hombre. Hombre con unas necesidades básicas y unas insatisfacciones que no acaba de llenar. Creo que Jesús nos muestra un camino que debemos explorar nuevamente: El sé hizo hombre y con su vida nos está enseñando a evangelizar desde el hombre, desde esa realidad que es la realidad humana de siempre. No es extraño que Juan Pablo II repitiera con frecuencia que debemos ser «expertos en humanidad» [Nuevo reto y nueva necesidad]. (¿Recuperar la catequesis-formación en la fe de la experiencia?)
Pienso que debemos observar atentamente al ser humano y descubrir algunos signos esperanzadores que siguen dándose entre los no creyentes. Por ejemplo, una nostalgia de otro modo de vivir y ciertos compromisos sociales, etc. etc. Claro que esto nos exige un gran esfuerzo de cercanía. (Ejemplo de algunos de estos apoyos).
Albert Nolan en su libro Jesús, hoy indica cuatro signos de los tiempos o campos en los que y desde los que podemos trabajar: [1] el Hambre de Espiritualidad; [2] La crisis del Individualismo; [3] la Globalización desde abajo (dato este que pienso se ha estudiado desde la Sociología del Evangelizador y que Benedicto XVI señaló al proponer caminos de superación del neo-liberalismo económico en la Caritas in veritate); [4] finalmente, indica también Nolan, la ciencia después de Einstein viene a retarnos para que no tengamos ni anunciemos una idea simplista de Dios Creador.
6. Ser testigos de hecho y de palabra. El testigo es un hombre o una mujer cuya vida consigue que los demás se pregunten por la fuente de su singularidad: «A través de este testimonio sin palabras, -dijo hace años Pablo VI- estos cristianos hacen plantearse, a quienes contemplan su vida, interrogantes irresistibles: ¿por qué son así?; ¿por qué viven de esa manera?; ¿qué o quién es el que los inspira?; ¿por qué están con nosotros?… Pues bien, este testimonio constituye, ya de por sí, una proclamación silenciosa, pero también muy clara y eficaz, de la Buena Nueva».
Pero a las obras más bellas hay que unir las palabras, que también son testimonio. Vayan unas cuantas citas evangélicas que ya dicen bastante por sí solas: «A cualquiera que me confiese ante los hombres lo confesaré yo también delante de mi Padre del cielo. Pero al que me niegue ante los hombres lo negaré yo a mi vez ante mi Padre del cielo» (Mt 10,32-33). // «No se enciende una lámpara para ponerla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de la casa» (Mt 5,15). // «¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1 Cor 9,16); porque «¿Cómo creerán en aquel de quien no han oído hablar?» (Rom 10,14).
II. Otros apoyos evangélicos más para el hoy:
- Dejando como referencia y como punto de partida la parábola del Sembrador.
1. Un apoyo fundamental en el seguimiento de Jesús Evangelizador lo podemos encontrar en Lucas 4: El señor me ha enviado a anunciar la buena noticia a los pobres. Es el signo de una fe auténtica que puede convencer a muchos. Cuando Jesús se dedica a instruir a sus discípulos (recordad el recadito que le envía a Juan Bautista) lo dice claramente: «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!»
Y, ¡ojo!, no hay que ser simplista. Hay muchos que pasan de Dios, ciertamente, pero también hay muchísimos que pasan de los pobres. Faltan comprometidos en la fe, pero faltan también, incluso entre los creyentes, comprometidos en todos los campos sociales.
2. ¡Qué bien estamos aquí! ¡Hagamos tres tiendas! Otro reto: è No quedarse en el Tabor de los grupos y grupitos.
3. Buscar para hallar. ¿Dónde hay que encontrar a Dios en Garizín o en Jerusalén? Ni aquí ni allá, preponderantemente, sino dejándonos llevar por el Espíritu de Cristo y cultivando la verdad.
[De aquí brota otra exigencia evangelizadora: No renunciar a la verdad. Ayudar a no renunciar a la verdad no es fácil. A todos los pilatos de siempre les ha interesado muy poco y a quienes tienen «intereses terrenos», lo mismo].
4. Opción por una cercanía bondadosa, al estilo de Dios que condesciende. Cristo renunciando a su categoría de Dios descendió y paso por uno de tantos. (Fil 2, 5sig.). Más que una doctrina descendente como hemos dicho antes el seguidor de Jesús tienen que optar por el diálogo y aprender a dar razón de nuestra esperanza a quien nos lo pida.
Por coherencia evangélica, debemos promocionar y cultivar el diálogo, que lleva consigo el è prepararse para el diálogo. La tarea no es fácil, porque muy poca gente sabe dialogar. Probablemente los hombres y mujeres de Iglesia estamos poco preparados para el diálogo. Desde tiempos inmemoriales, las Iglesias han estado consagradas más a la tarea de anunciar que a la de escuchar. Sin embargo, es necesario escuchar.
[Alguien también ha dicho que hay que saber reconocer los valores evangélicos de la gente. Y de aquí brota otra necesidad: Educar la pregunta. O sea, ayudar a que la gente se pregunte por el sentido. ¡Qué es difícil y sobre todo en mundos infantiles y juveniles! Pues claro. Pero el reino de los cielos nosexige violentarnos].
- Quizá sea oportuno traer a colación la historia judía narrada por Martin Buber; gráficamente se describe en ella el dilema en que se encuentra el ser humano.
«Un racionalista, un hombre muy entendido, fue un día a disputar con un Zaddik con la idea de destruir sus viejas pruebas en favor de la verdad de su fe. Cuando entró en su aposento, lo vio pasear por la habitación, con un libro en las manos, y sumido en profunda meditación. Ni siquiera se dio cuenta de la llegada del forastero. Por fin, lo miró ligeramente y le dijo: «Quizá sea verdad». El entendido intentó en vano conservar la serenidad: el Zaddik le parecía tan terrible, su frase le pareció tan tremenda, que empezaron a temblarle las piernas. El rabí Levi Jizchak se volvió hacia él, le miró fija y tranquilamente, y le dijo: «Amigo mío, los grandes de la Tora, con los que has disputado, se han prodigado en palabras; tú te has echado a reír. Ni ellos ni yo podemos poner a Dios y a su reino sobre el tapete de la mesa. Pero piensa en esto: quizá sea verdad». El racionalista movilizó todas sus fuerzas para contrarrestar el ataque; pero aquel «quizá», que de vez en cuando retumbaba en sus oídos, oponía resistencia».
No responde esta historia a todas las dificultades que podemos encontrarnos al intentar trasmitir la fe. Pero sí nos dice que hemos de prepararnos para saber dialogar con quienes pueden contradecir la fe o pasar indiferentes.
Eso sí, si la actitud de diálogo es sincera, debemos estar dispuestos a reconocer los impulsos y motivos positivos que contiene el ateísmo y también a reconocer la debilidad de nuestra propia postura (y por tanto a prepararnos para, como decía san Pedro, dar razón de nuestra esperanza a quien nos la pida).
[Observación: Con frecuencia estudiamos o preparamos la catequesis de una forma teórica y descendente; nos cuesta en los medios eclesiales aceptar y vivir la catequesis de la experiencia].
5. No caer en trampas. Comento una de ellas. A mi me han dicho muchas veces algo que me duele profundamente: – Si usted dijera la misa, hiciera bodas así, etc. iría más gente a la iglesia. Quizá hay algo de verdad en estas expresiones. Pero no toda. Recordad la historia del Payaso que utilizamos en uno de los temas de Grupos.
Con esta narración se puede describir la situación de los cristianos modernos; el payaso no puede conseguir que los hombres escuchen su mensaje. A tantos cristianos igual; no se les toma en serio si visten los atuendos de un payaso de la edad media o de cualquier otra época pasada. Ya puede decir lo que quiera, lleva siempre la etiqueta del papel que desempeña. Y, aunque se esfuerce por presentarse con toda seriedad, se sabe de antemano lo que es: un payaso. Se conoce lo que dice y se sabe también que sus ideas no tienen nada que ver con la realidad. Se le puede escuchar confiado, sin temor al peligro de tener que preocuparse seriamente por algo. Sin duda alguna, en esta imagen puede contemplarse la situación en la que se encuentra el pensamiento cristiano actual: en la agobiante imposibilidad de romper las formas fijas del pensamiento y del lenguaje, y en la de hacer ver que la teología es algo sumamente serio en la vida de los hombres.
Ante tanta indiferencia y cerrazón, tenemos que pensar cómo debemos trasmitir el mensaje, pero no sólo. También como debemos «ser», a que «actitudes y formas de fe no podemos renunciar», cómo podemos ser hoy testigos. He dejado para el final esta actitud básica:
6. Lo definitivo: Reconocernos a nosotros mismo y por lo tanto un buen nivel de espiritualidad y de oración, porque nadie da lo que no tiene. Somos creyentes y a veces nos podemos sentir increyentes. Los escribió hace años Benedicto XVI: El creyente y el ateo están cerca y hasta se necesitan. Por eso nuestra continua oración ha de ser: «Señor yo creo, pero aumenta mi Fe«.
Permitidme aquí una cita del poeta Paul Claudel en su obra El zapato de raso. El drama comienza con el último monólogo del jesuita: Señor, os agradezco que me hayáis atado así. A veces he encontrado penosos vuestros mandamientos. Mi voluntad, en presencia de vuestra regla, perpleja, reacia. Pero hoy no hay manera de estar más apretado con vos que lo estoy y por más que examine cada uno de mis miembros, no hay ni uno solo que de vos sea capaz de separarse. Verdad es que estoy atado a la cruz, pero la cruz no está atada a soporte alguno. Flota en el mar «.
¿No sentís a veces así, flotando en el vacío y soportando una cruz?
7. Y en medio de todo esto, hay que saber aceptar el fracaso del evangelizador. Es el primer dato evangelizador que ofrece Lucas, en el Anuncio de Jesús a sus paisanos de Nazaret.
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Conclusión
Tras toda esta larga exposición:
- ¿Hay alguna inquietud que comunicar?
- ¿Alguna pregunta que hacer?
- ¿Algo que matizar?
- ¿Algo con lo que no estáis de acuerdo, alguna opinión diferente?
Termino esta primera charla con un par de citas, una evangélica y otra poética:
Jesús hizo y dijo «En mi primer libro, querido Teófilo, escribí de todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta el día en que dio instrucciones a los apóstoles, que había escogido movido por el Espíritu Santo, y ascendió al cielo» (Hechos 1, 1-2).
Aquí vino…
y se fue
Vino, nos marco nuestra tarea
y se fue.
Vino, llenó nuestra caja de caudales
con millones de siglos y de siglos;
nos dejó unas herramientas…
y se fue. (León Felipe)
Y para lo que viene… A estas realidades de la evangelización se están dando muchas respuestas en la Iglesia. Este año con esa intención se están montando un montón de actividades en torno al mundo de la fe. No podemos abarcarlo todo. Por eso, antes de que busquemos sacar conclusiones y aterrizar en la última mañana, vamos a fijarnos en algunas respuestas que se están dando en nuestro pequeño grupo familiar. Eso es lo que haremos en las siguientes charlas.
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- Entre las dificultades con las que hoy tropieza la evangelización ocupa un lugar central el hecho de tener que anunciar la Buena Nueva de Jesús a un mundo no evangelizado, ciertamente, y además post-cristiano. En un folleto inédito de 1885-1886 escribió Nietzsche: «Nosotros ya no somos cristianos: hemos superado el cristianismo, porque hemos vivido no demasiado lejos de él y sí demasiado cerca; pero, sobre todo, porque es de él de donde hemos salido». (Curioso y actual, ¿verdad?).







