Susana Guillemin: Conferencia a las Hermanas, Ejercicios de septiembre de 1967

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

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Author: Susana Guillemin, H.C. .
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Susana Guillemin, H.C.

Susana Guillemin, H.C.

A veces dicen ustedes: hemos tenido días ‘de retiro organizados en la diócesis, con excelentes conferenciantes. Está muy bien; pero eso no es el coloquio de tú a tú con el Señor. Y éste hay que conservarlo. Hay momentos en que debemos hacer callar a las criaturas y situarnos algo así como nos encontraremos ante el Señor cuando todas las criaturas hayan desaparecido para nosotras y estemos ante El solas, con nuestra vida. Eso es precisamente lo que son los Ejercicios: estar solas ante Dios con nuestra vida, tal como somos, con la vida pasada, la presente y la futura. Ese acto es el que debemos renovar, a ser posible con un fervor creciente año tras año.

Si echan una mirada a los años pasados, saltarán en seguida a su vista Ejercicios que han dejado una huella en su vida. Algunos han señalado una verdadera curva o cambio de sentido que les ha ayudado a adelantar. Pero ¡cuántos otros vemos… digámoslo sencillamente, en que, después de haber hecho excelentes propósitos, después de haber visto delante de Dios lo que teníamos que hacer y lo que teníamos que ser, hemos de decirnos ahora: ¿cuáles fueron sus resultados? Volvimos a encontrarnos en nuestras casas con las mismas dificultades, las mismas compañeras, la misma Hermana Sirviente, y seguimos siendo las mismas, nosotras también, simplemente con un poco más de remordimiento porque habíamos visto mejor lo que había que cambiar en nuestro ser y en nuestra conducta.

Tenemos que organizar nuestra vida espiritual. Es éste, ciertamente, uno de los puntos en que deberíamos fijar nuestra atención al terminar estos ejercicios. No basta con hacer propósitos. Hay que ver: ¿cómo llevarlos a la práctica? Organicen su vida espiritual y tengan, después, la energía de mantener esa organización:

—  Ver lo que van a hacer

—  Quererlo y cumplirlo

Es difícil quererlo y cumplirlo día tras día.

No sería bueno, con pretexto de enfocar algo más doctrinal, descuidar el cultivo espiritual de nuestro ser. Ya podemos tener todas las luces de la inteligencia, conocer a fondo la doctrina; si no se traduce en nuestra vida espiritual, si no amasamos nuestro ser interior y nuestra conducta exterior con las verdades que hemos aprendido, no habremos hecho nada, será una pura ilusión.

El siglo pasado había puesto el acento en la cultura moral y espiritual del ser. Ahora se pone en las luces intelectuales. Yo creo que hay un justo medio al que tenemos que llegar, que es: iluminar doctrinalmente la inteligencia y cultivar moral y espiritualmente nuestro ser profundo y nuestra manera de vivir externa. Las mejores meditaciones serían, pues, las que unieran ambas cosas. Las que tenemos actualmente, acaso sean demasiado intelectuales, y las que teníamos antes eran demasiado morales. Pero alguna de sus frases decían cosas muy buenas, que podemos siempre aplicarnos.

Se decía en las antiguas meditaciones: «No se muere más que una vez». En el siglo pasado se repetía mucho esta ídea. Es cierto, no se muere más que una vez; pero nos presentamos todos los días ante Dios. Todos los días tenemos ese encuentro con El, que es como una especie de ensayo del encuentro eterno. Nos encontramos con El todas las marianas, todas las marianas nos presentamos ante el Señor.

Cuando nos presentemos ante El el último día, llegaremos a su presencia tal como somos. En aquel momento, tendremos que estar preparadas a morir. Triste cosa es la muerte repentina, pero posible. Lo importante es el encuentro con el Señor. Ese encuentro con el Señor lo ensayamos todos los días; y todos los días también nos examinamos, vemos lo que somos ante El.

De modo que antícipamos todos los días nuestra muerte con la comunión; lo mismo que repetimos todos los meses los Ejercicios con el retiro mensual. ¿Hacen verdaderamente su retiro mensual? No se trata sólo de hacerlo, es decir, de determinar que tal día lo vamos a hacer, aunque ya es mucho determinar ese día. Pero lo importante es hacerlo, yo, no mi compañera. No es porque nos reunamos tres veces durante el día por lo que habremos hecho el retiro. Hasta ahora, nuestros retiros mensuales se han reducido demasiado a actos exteriores, con acumulación de prácticas. Ese día teníamos que correr un poco más en el oficio para llegar, así decíamos, a hacer el retiro. De todas formas, siempre se podía hacer algo; tampoco hay que exagerar, diciendo que nada se hacía, porque no es cierto. Pero subsiste ahí una gran dificultad que, pienso, debemos abordar. Tenemos que llegar a hacer esos retiros mensuales de manera verdaderamente organizada y efectiva.

Pienso que sería de desear… y hay que conseguirlo… que en una casa se liberara del trabajo del oficio a la Hermana que está haciendo el retiro mensual. Si todas lo hacen al mismo tiempo, no es posible liberar a todas. El retiro en común es bueno; y habrá que hacerlo así dos o tres veces al año para unir a toda la comunidad en la reflexión. Por ejemplo, el retiro de la Renovación, veo que deberían hacerlo todas juntas, toda la casa se reunirá para recogerse antes de realizar ese acto de la renovación que no es simplemente individual, sino comunitario, ya que, al mismo tiempo toda la comunidad local y toda la Compañía se dan al Señor. También me parece que podría hacerse así para Naviaad, fecha en que todas pueden reunirse en torno al Niño Dios. Otra vez en el año podría ser para la fiesta de San Vicente; aunque en ese momento suelen dispersarse ustedes y no es fácil hacer lo que sea juntas. Las otras veces en el año, el retiro mensual puede hacerse en dos o tres grupos, para que las que están de retiro no tengan necesidad de preocuparse del oficio. Lo ideal sería que pudieran salir de la casa… sería lo mejor… o al menos aislarse. Pero tratándose de una Comunidad pequeña, ¿por qué no hacer el retiro individualmente? Una puede estar haciendo el retiro, ya en casa, ya en otra casa, pero dedicada verdaderamente al retiro, recogida, examinándose, viendo por dónde van sus propósitos de los Ejercicios, si continúa dentro de la línea que entonces se propuso.

Quisiera que en este año, el año de la Asamblea General, se hiciera un esfuerzo especial en los retiros del mes. Creo que tenemos en ellos uno de los mejores medios de renovación espiritual permanente. Porque es de manera permanente como debemos renovarnos, como debemos poner en práctica nuestra voluntad de renovación. De ese modo es como llegaremos, verdaderamente, a conseguir frutos. Creo que si toda la Compañía, en sus sesenta y seis provincias, formase actualmente la resolución de hacer bien el retiro mensual, ya no sería necesaria la Asamblea General, porque todas quedaríamos renovadas interiormente.

¿Por qué vamos a hacer la Asamblea General? ¿Se lo han preguntado ustedes? No es una simple cuestión canónica. Estamos obligadas a hacerla por orden de Roma; pero la hacemos, sobre todo, para que la Comunidad, la Compañía toda, camine hacia la santidad. Esa es la finalidad de la vida, no tiene otra. Hay varias formas de llegar a ser santa; y una de ellas es la forma «a lo Hija de la Caridad», la forma según San Vicente y según Santa Luisa. Eso es lo que vamos a intentar con la Asamblea General. Pero corresponde a cada Hija de la Caridad aplicarlo y cada una será la que acierte o fracase.

No crean que tienen menos responsabilidad que otros. Pienso que cada Hija de la Caridad, en su puesto, tiene una responsabilidad tan grande como la que tiene el encargo de dirigir, y acaso mayor, en un sentido. Son ustedes, allá donde Dios las ha colocado, un foco de influencia, lo quieran o no. Pueden decirse: «No se me escucha; no tengo influencia, no hago gran cosa, soy una Hermana insignificante». Pues no es cierto. Un santo, haga lo que haga, tiene una influencia extraordinaria, que rebasa su medio ambiente y a veces alcanza al mundo entero.

Insisto de manera especial en el retiro mensual. Quisiera que se llevara a cabo un verdadero esfuerzo espiritual intenso, en estos a’n’os y en particular, en éste.

Les decía antes que hay que organizar la vida espiritual. Tenemos, todos los días, la preparación a la muerte con la preparación a la comunión. Tenemos los Ejercicios anuales, que constituyen uno de los principales medios de perfección. Están entrecortados por las etapas de cada uno de los retiros del mes. Pero este retiro del mes tiene también sus etapas: nuestro retiro diario.

Tenemos un retiro diario: los exámenes de conciencia. ¿Los hacemos bien? Ese breve retiro diario, ¿no queda acaso absorbído, tragado, por decirlo así, por el aparato externo que le rodea?

Hay dos clases de exámenes:

—  el examen particular

—  el examen general

El examen particular lo hacemos dos veces al día: a medio día y antes de cenar. El examen general, por la noche. No hay que confundir el uno con el otro; no tienen nada que ver. El examen particular se refiere a un punto concreto que nos hemos fijado como necesidad espiritual más urgente, para llegar a la santidad. Llegadas a cierto momento de nuestra vida, sabemos muy bien cuál es el punto concreto al que debemos dirigir nuestros esfuerzos. Generalmente, suelen ser tres:

—  la consecución de la humildad. Radicalmente somos orgullosos, pero en algunos ese orgullo está más desarrollado y amenaza con acabar con todos los demás,

—la energía para mantenernos en el trabajo. Hay temperamentos linfáticos que tienden a no esforzarse,

—la caridad. Estas son las tres principales tendencias entre las que cada una puede reconocerse.

Ya se dan cuenta de que no hablo de defectos. No he dicho: orgullo, pereza, falta de caridad. No. Pienso que no debemos hacer nuestros exámenes de conciencia en sentido negativo. Solemos tender a ser muy negativas cuando nos examinamos. Lo que debemos considerar ante todo es si hemos puesto en práctica lo que debemos ser, si hemos sido eso que debemos ser. Por ejemplo. Hemos decidido tomar como punto de examen la caridad interior. La más difícil de todas; porque se consigue practicar la caridad exterior, se llega a no hablar mal del prójimo, a contener lo que nos saldría espontáneamente… Pero la caridad interior: controlar nuestras ideas, modificarlas, no permitirnos pensar nada en contra del prójimo, razonar en nuestro interior como lo hacíamos en alta voz ante la persona en la que estamos pensando, amándola con el amor con que Dios la ama, y no con nuestros sentimientos personales más o menos rastreros… Es un buen punto para el examen particular, que nos hará adelantar magníficamente en la virtud de la caridad. En el fondo, la santidad es eso. Recuerden lo que dice el Evangelio: hay dos mandamientos: el primero, «Amarás al Señor tu Dios…» y el segundo es semejante al primero: «Amarás a tu prójimo como a tí mismo». Dirijamos, pues, nuestros esfuerzos hacia esa caridad interior, hacia esos pensamientos de bondad para con los que nos rodean, aquellos en quienes pensamos.

Algunas respuestas a los cuestionarios dicen que el tiempo del examen es demasiado breve. No es cierto, porque no se trata de un examen general. Es un examen particular. Hemos de ver si, durante la mañana que acaba de transcurrir, o la tarde, hemos cumplido lo que nos habíamos propuesto en particular. No es difícil echar una mirada y decirse: «En esto he faltado; ¡menudo movimiento interior he tenido hacia tal o cual persona! o hasta un movimiento exterior». No es difícil verlo; basta con un segundo. Si se han distraído, vuelvan al examen particular. Hay que hacerlo aunque se haya pasado el tiempo y hayamos salido ya de la capilla. A fuerza de ejercitarnos es como llegaremos a recordar lo que tenemos que hacer y cuál es el contenido de esta práctica. Nos reunimos, rezamos el «Veni, Sancte» para implorar las luces del Espíritu Santo, y terminamos con un «De Profundis» por nuestros bienhechores difuntos o por nuestras Hermanas, los Sacerdotes o los Pobres. Es eXcelente, pero todo esto es distinto del examen particular; es algo que lo rodea y no el acto mismo.

De vez en cuando, podemos hacerlo mientras vamos a la capilla; irnos ya preguntando: «¿Cómo voy?, ¿qué he hecho esta mañana?» Se ve en seguida. Si en la capilla se les ha pasado el tiempo sin hacer el examen, háganlo mientras van al refectorio, o después, es lo mismo. Tenemos que vigilarnos, mantener esa voluntad de estar sobre nosotras mismas para perfeccionarnos e ir a Dios.

El examen general de la noche es nuestro retiro diario. Ya hemos dicho que tenemos tres clases de retiros:

— los Ejercicios anuales, el retiro mensual y el retiro diario. Ese es el examen general que hacemos por la noche.

Empecemos por hacer un examen positivo: «¿He amado hoy verdaderamente al Señor? ¿He hecho actos de caridad durante este día? ¿He llevado bien mi vida de piedad, mi vida espiritual, mis exámenes, en espíritu de alabanza y de amor a Dios?» Después de continuar el examen en este plano positivo, lo negativo se desprenderá de por sí. Si no, pueden decirse: «¿He hecho algo contrario a esto?» Y en seguida se desprenderá lo negativo.

No hay que dispensarse de este examen general. Un sacerdote pareció escandalizarse un día por no ver a San Vicente prepararse a la muerte. San Vicente, con su bondad acostumbrada, le dijo: «Sepa usted, Señor, que, desde hace dieciocho años, no me acuesto ningún día sin ponerme en estado de comparecer ante Dios». Pienso que lo hacía por la noche. Ponerse en estado de comparecer ante Dios era su estado habitual de caridad con el prójimo y con Dios.

Hagán verdadera y seriamente su examen general de la noche. Pienso que es casi imposible reservar en la capilla, en el rezo de completas, el tiempo necesario para hacer debidamente el examen general. Recuerdo… no fue en Francia… haber visto en una casa durante el rezo de la noche —el rezo antiguo— dejar al examen de conciencia tiempo como para examinarse por lo menos de diez años. Era muy largo y fastidioso. No hay que llegar a eso. Unos minutos todas las noches… y podemos continuar el examen mientras nos vamos a acostar. Tenemos que dejar nos coja el sueño con pensamientos que nos lleven a Dios. Se dice en un libro del Padre Lebret, uno de los grandes maestros espirituales de nuestro tiempo, un libro que se titula «La llamada del Señor» o acaso «Oración», no me acuerdo muy bien, que hace sus oraciones y examen de conciencia por la noche mientras se acuesta. ¿Por qué no continuar el examen de conciencia mientras hacemos todos los detalles materiales de meternos en la cama, todas las noches, pensar en lo que ha sido nuestro día a los ojos del Señor. No, por cierto, de una manera triste, neurasténica. Nada hay más contrario al verdadero amor de Dios que esa actitud defectiva ante las propias faltas y deficiencias. Tenemos que ser y mostrarnos como somos, a pesar de nuestras faltas; arrojémonos en brazos de la misericordia del Señor. Pero reconociendo lo que somos. Eso sí está bien.

Vean, pues, si su vida espiritual está organizada con sus etapas o altos en el camino, hechos con seriedad: Ejercicios anuales, retiro del mes, retiro diario, es decir, examen general por la noche, con la ayuda especial de los exámenes particulares. Creo que así podemos llegar a adelantar, aun cuando no lo advirtamos. No es posible no adelantar en la virtud, en el amor de Dios, en la unión interior con El. Estamos en una época en que estas cosas se niegan. ¡Sería mejor no organizar tanto nuestra vida espiritual! He oído decir semejante enormidad, en algún cursillo ¡no de nuestra comunidad, felizmente! Ahora, no habría que obligar a las prácticas espirituales; habría que hacer la oración cuando viniere en gana, porque entonces, por lo menos, tendría un valor. Es la mayor estupidez que pueda decirse. Podemos decir, probablemente, que, 95 veces de 100, cuando vamos a hacer oración, no tenemos ganas de hacerla. 95 veces de cada 100, nuestro movimiento natural nos llevaría a seguir trabajando o a hacer otra cosa. Pero, si nos ponemos ante el Señor, si damos el primer paso, al cabo de un momento, ya tenemos deseo de estar con El. El gusto llega después. Y si no llega ¡qué se le va a hacer! Hemos ofrecido el esfuerzo de nuestra voluntad. El amor del Señor no es cuestión de sensibilidad, de atractivo personal; es cuestión de voluntad, de elección propia.

Monseñor Gonet tenía a veces cosas muy buenas. Recuerdo que en un cursillo dijo: «Cuando vamos a la oración y dedicamos así media hora a estar delante del Señor, aun cuando no hagamos nada, aunque no seamos capaces de hacer nada que valga la pena ese día, porque estamos cansados, porque estamos en sequedad… hacemos, sin embargo, un acto de amor magnífico: hacemos la ofrenda de lo que ahora se valora más en el mundo, nuestro tiempo. En el mundo actual se encuentra de todo: dinero, etc. Hay una cosa que cuesta encontrar, el tiempo»: Tomamos media hora de nuestro tiempo y se la ofrecemos gratuitamente al Señor. Es un acto de amor que supera a muchos otros.

Es angustiosa la desbandada de espíritus que se da hoy día. Al Santo Padre se le nota angustiado. Con pretexto de seguir el Concilio, hay gente que va buscando sus instintos naturales. Tenemos que tener un espíritu muy firme, convicciones sólidas, saber que la organización de nuestra vida espiritual es, actualmente, más indispensable que nunca si queremos ser fieles al Señor y llevar a cabo la verdadera renovadón de la Compañía. Con pretexto de renovación, se corre mucho el riesgo de desviarse, de empezar por querer cambiar todo lo exterior, las formas, la manera de presentarse, de actuar, etc.

Es cíerto que hay muchas cosas que se pueden modifícar, adaptar, suprimir o introducir… pero nunca debe hacerse porque otra congregación lo haya hecho o porque, de repente, no ya la Jerarquía, ni el Santo Padre, sino tal sacerdote lo ha dicho. Se dice: la Iglesia dice o hace… no es verdad, es tal curita el que lo ha dicho, y la cosa cambia por completo. El tal curita puede muy bien equivocarse, no tiene la infalibilidad; nunca la ha tenido nadie más que el Papa y aun con toda una serie de condiciones. El Papa es infalible en tal y tal circunstancia… Pero en el clero ni en un obispo aislado, no hay infalibilidad. El episcopado participa de la infalibilidad del Papa cuando está reunido, con el Papa a la cabeza, en Concilio. Un Obispo solo que habla, y sobre todo si habla de la vida religiosa, puede equivocarse en grande. Es triste decirlo, pero con frecuencia se equivoca. Tengamos, pues, mucho cuidado.

Un religioso me decía: «En estos momentos y con pretexto de renovación, más de un Instituto va a suicidarse». Pueden hacer cosas espectaculares, a veces más atrevidas y osadas que las pequeñas tonterías que pueden hacerse a nivel más bajo; pero todo ello tiene que ser en función de la voluntad de Dios, procedente de un corazón lleno de Dios, que busca a Dios y su amor, y el servicio del prójimo por Dios; nunca por imaginación fantástica o capricho o por ceder a un esnobismo que ahora se está metiendo en las congregaciones religiosas.

Tenemos que llevar a cabo la renovación de la Compañía, y tenemos que saber que su primer acto es un trabajo espiritual, cada una en nosotras mismas. Después puede hacerse el trabajo a nivel comunitario, cada casa, para progresar en el camino hacia Dios. Ese progreso puede verse muy favoreddo por los cuestionarios que han rellenado si ese trabajo se ha hecho con seriedad, con todo el corazón, con toda el alma. Tengo que decir que, en su conjunto, la Comunidad ha sido muy edificante durante estos últimos meses. Se les ha pedido a cada una un trabajo importante de reflexión que ha supuesto para todas un esfuerzo considerable. En esta ocasión también han hecho ofrenda de su tiempo a Dios y a la Compañía. Han tomado el tiempo necesario para rellenar los cuestionarios, para reflexionar. Su reflexión ha sído el primer acto de ese gran retiro que para toda la Compañía va a ser la Asamblea General.

Vamos a explotar, a sacar partido de unos cuestionarios. Tenemos aquí doce Hermanas, pronto serán trece y quizá catorce… que trabajan todo el tiempo, sin hacer otra cosa, en el recuento de los cuestionarios, con el fin de poder entresacar las grandes líneas del pensamiento de la Compañía acerca de los puntos sobre los que se les ha preguntado. La parte esencial de nuestro trabajo en torno a la revisión de las Constituciones va a partir de ahí.

¿Se ha terminado el asunto cuestionarios? No; van a tener que contestar a otros dos más… No sé si los habrán recibido ya. Son breves. Uno, sobre la Santísima Virgen. Es absolutamente necesario que la Virgen tenga un lugar en la Asamblea General, como lo tiene desde siempre en la Compañía. El otro, sobre la actividad concreta de cada una. Las actividades especializadas. Yo no tendré que rellenar ese cuestionario, porque no tengo actividad especializada. Los oficios generales, como el mío, no entran en esas actividades. Las Hermanas Asistentes que no hacen otra cosa que eso, ser asistenta en una Casa; las Hermanas Sirvientes que no tienen otro oficio, no rellenarán ese cuestionario de actividades, a menos que en su casa sí tengan y ejerzan una actividad de este tipo. Hay Hermanas que ejercen una actividad que casi podría calificarse de profesión; también están en este caso las catequistas o educadoras parroquiales. Las tres preguntas que se hacen son:

1.° ¿Está inserta la actividad que desempeña usted en la organización del país y del Estado?

2.° ¿Está inserta esa actividad en la Iglesia local y en la Iglesia diocesana?

3.° ¿Esa actividad está en conformidad con la vocación de la Compañía? (esto se refiere a un tipo de actividad muy determinado)

No quedan ya más que esos dos cuestionarios. Después, volveremos la página de los cuestionarios; quedan ya como cosa nuestra y nos servirán para esclarecer y continuar el trabajo. Para ustedes, se habrá acabado. Pero se habrán quedado con el tercer ejemplar en su poder y podrá ayudarles a reflexionar cuando lleguen las Asambleas domésticas y las Asambleas provinciales.

No teníamos obligación de consultarles individualmente; hubieran podido bastar las Asambleas domésticas y las provinciales, porque, a través de ellas, la voz de las Hermanas hubiera llegado hasta la Asamblea General. Pero pensamos que lo que nos aportarían las Asambleas doméstícas y provinciales sería la voz de la mayoría. Para que se tenga en cuenta un postulado, tiene que alcanzar la mayoría absoluta; y por lo tanto, sólo la voz de la mayoría llegaría hasta nosotros. Pero nos interesa conocer también lo que piensa la minoría; por eso creímos que sería bueno que cada Hermana pudiera expresarse y que se supiera así qué pensamientos se agitan en las mentes en general. No para censurarlos; al contrario, para que nos sirvan de luz en nuestras propias reflexiones. Los pensamientos de pequeñas minorías pueden ser extraordinariamente válidos. Queremos, por lo tanto, conocerlos.

Y vamos a entrar ahora en la 2.2 fase, la fase oficial y obligatoria de la Asamblea, la de las Asambleas domésticas y provinciales. Una parte de la Asamblea es oficial, la parte canónica. En ella no puede faltarse al reglamento previsto. Si se faltase a ese reglamento, se podría llegar a un resultado catastrófico: la Asamblea podría ser inválida, declarada nula. Si muchas Asambleas domésticas resultasen nulas, esto podría recaer en invalidez de la Asamblea provincial. Ayer he recibido una carta en que me decían: «En nuestra Provincia, al formar las comisiones especializadas, hemos tenido que poner a otras Hermanas». Es perfectamente legítimo, porque no se trataba de una elección para formar esas comisiones, sino de una consulta a las Hermanas. «En el Consejo Provincial, hemos visto después, inspirándonos en la consulta, qué Hermanas podrían trabajar mejor en las diferentes materias». Es legítimo. No hay nada contra los reglamentos. El Consejo en cuestión ha obrado muy bien; lo que ha hecho era prudente.

Pero cuando se trata de la Asamblea doméstica, se les va a enviar la lista de todas las Hermanas elegibles. Si en su Provincia hay 50 casas, tendrán que elegir 50 nombres, 50 delegadas. En toda Asamblea Provincial, hay miembros de derecho: el Consejo Provincial, las Hermanas Sirvientes que estén al frente de una Casa, y tantas delegadas como Hermanas Sirvientes. Se nos ha dicho en Roma, donde se están democratizando mucho, que en la Asamblea Provincial tenía que haber tantas Hermanas no superioras como Hermanas Superioras hubiera. Una provincia de 50 casas, tendrá 50 Hermanas Sirvientes más el Consejo, y 50 Hermanas delegadas. Las delegadas ¡serán ustedes! serán las delegadas de ustedes. ¿Delegadas de quién? Un delegado lo es siempre de alguien y por alguien. Serán las delegadas de las Hermanas de la Provincia. Ustedes serán quienes las nombren; son ustedes las que las van a elegir. Deben poner los cincuenta nombres de las Hermanas que proponen. A esos nombres está completamente prohibido tocarlos; sería algo muy grave. De ser así, habría la obligación de interrumpir la Asamblea Provincial para volver a hacer las elecciones. Hasta aquí llega la cosa. Y podría llegar hasta Roma.

Tendrán que rellenar las listas de elección de las delegadas para la Asamblea Provincial. Es una verdadera elección la que van a hacer y nadie podrá modificar el resuhado. Los cincuenta primeros nombres que salgan, serán los de sus delegadas, las que las van a representar, las que serán portadoras de su voz en la Asamblea Provincial. Ese es el primer acto de las Asambleas domésticas. La Hermana Sirviente les entregará las listas para las elecciones y tendrán que rellenarlas en conciencia. Muchas Hermanas empiezan ya a decir: «Yo no conozco a cincuenta Hermanas; no conoceré a más de treinta; yo no conozco a ciento ochenta y tres Hermanas (depende de las Provincias)». A ello les contestamos: «No están obligadas en conciencia a dar ciento ochenta y tres nombres, ni siquiera cincuenta, si sólo son cincuenta las casas de su Provincia, o veinte o treinta… Están obligadas, en conciencia, a tratar de elegir el mayor número de Hermanas que puedan». No se digan: «Conozco a cuatro Hermanas que pueden ir; pondré esas cuatro, y ya se arreglarán para encontrar las ciento setenta restantes». Eso no es serio. Es inhibirse de su responsabilidad personal.

Tienen la responsabilidad personal de elegir, de proponer el mayor número que puedan. Pero tampoco a cualquiera. No pueden poner a una que saben ustedes positivamente que no podrá participar como es debido. Hay que intentar buscar Hermanas que sean:

—  verdaderas Hijas de la Caridad, que amen a Dios, a la Compañía y a los Pobres.

—  hermanas con buen juicio; no hacen falta inteligencias extraordinarias, sino buen juicio, natural y sobrenatural.

—  en cuanto sea posible, que puedan tomar parte de palabra… etc. Es conveniente, pero no esencial; no es indispensable que 183 Hermanas tomen la palabra.

Han de votar ustedes a Hermanas que sean capaces de juzgar con juicio seguro las cuestiones que se representen. Algunas dicen: «No hay muchas en la Provincia». Sí las hay. Lo que se pide son Hermanas normales, no unos «fénix». Se requieren Hermanas que tengan un juicio prudente, sensato, desde el punto de vista natural y desde el sobrenatural. No son todas ellas las que tienen que hacer la Asamblea General; no son sólo ellas las que tienen que presentar las cuestiones o explicar los asuntos. Pero son las que tienen que votar. Si tienen algo que decir, se las escuchará porque tienen derecho a hablar, pero no obligación de hablar. Lo que hace falta es que sean capaces de votar como ustedes votarían.

Si son ustedes Hermanas de hospital, conocerán otras Hermanas de la rama sanitaria. Acaso se digan: «En el campo de hospitales, conozco a unas treinta Hermanas; pero en los otros ramos no conozco a nadie». Pues no está prohibido informarse; es más, es recomendable hacerlo. Pueden muy bien preguntar a una Hermana Sirviente o a una Compañera, lo mismo da, a la que conozcan y que les merezca confianza: «¿Conoce usted Hermanas de enseñanza o de Hogares de Niños a quienes se pueda elegir?» No deben poner en sus listas un solo tipo de Hermanas. Infórmense, traten de encontrar el mayor número posible de Hermanas que elegir. En el conjunto de la Provincia, entre todas, no coincidirán con los mismos nombres. Entonces saldrán las cincuenta primeras, si son cincuenta las casas, es decir, el número requerido para Delegadas en la Asamblea Provincial. Este es el primer punto en cuanto a responsabilidad de las Asambleas domésticas.

El segundo punto de responsabilidad es la finalidad más importante y concreta de la Asamblea doméstica: la presentación de postulados. ¿Qué es un postulado? No se trata del Postulantado… Un postulado es una petición. Viene del latín: postulare  pedir. Las postulantes piden, están pidiendo que se las reciba en la Comunidad. Ustedes van a pedir, a presentar peticiones, redactar postulados para la Asamblea provincial.

Los postulados no son cosas de poca monta. Sería, por ejemplo, ridículo pedir que, en los Ejercicios, cada Hermana tuviese una mesíta. Está muy bien, es muy buena idea, pero no es materia para un postulado a la Asamblea General. ,Es una cuestión de simple organización interior. Un día que vean ustedes a su Visitadora, pueden decirle —o bien escribírselo—: «Nos gustaría… sería necesario… etc.». Díganselo y todo lo que quieran. Pero esto no tiene nada que ver con una Asamblea General ni con la revisión de las Constituciones. Es una cuestión de orden interno.

Un postulado tampoco puede ser una cosa de orden general; por ejemplo, «desearíamos se acentuase la vida espiritual de las Hijas de la Caridad». Excelente sentimiento, pero ¿qué quieren ustedes que se haga con un postulado así? Echarlo al cesto de los papeles, porque no es postulado. Acentuar la vida espiritual, está muy bien, pero ¿cómo? Es eso lo que hay.que decir. Pueden decir, por ejemplo: «Deseamos que haya cuatro horas de oración al día, en vez de dos». Una casa determinada, por mayoría absoluta de votos desea se introduzcan cuatro horas diarias de oración en la vida espiritual de las Hijas de la Caridad.

Su postulado no puede eliminarse, una vez que ha sido propuesto y votado por la Asamblea doméstica. La Asamblea provincial lo votará a su vez y, por supuesto, lo rechazará. Pero tienen derecho a pedirlo sí en su alma, en su conciencia, creen que debe ser así. Tienen que pedirlo, y ya está. Ya ven cómo se hace un postulado. Podría darles un montón de ejemplos, pero creo que han comprendido.

Tampoco puede ser objeto de postulado una cosa intranscendente que puede arreglarse de otra forma, como el asunto de las mesitas… Quisiera decirles que en este momento se está debatiendo una cuestión de medias. Hay Hermanas que llevan unas medias demasiado claras y demasiado transparentes. Pero tampoco es esto asunto para la Asamblea General. Lo he sacado a relucir porque me lo han contado: Se pueden llevar medias grises o negras, según se acostumbre en el país; pero medias que no se asemejen a las de las personas del mundo. En el economato las venden, o en cualquiet otro sitio… medias grises, suficientemente oscuras y suficientemente tupidas para no dejar ver transparentarse la pierna y demás. Lo primero, no es bonito; lo segundo, pierden cierta nota religiosa en su manera de vestirse. Pero esto lo digo de pasada. Ya comprenden lo que puede ser un postulado: no una cosa fútil. Nunca cuestión de medias o de mesitas.

La vida espiritual de las Hijas de la Caridad no es algo inconcreto, que se pierde en las nubes. Es algo muy concreto y preciso, que la Asamblea doméstica puede votar por rnayoría absoluta.

Se les dará toda clase de información sobre la Asamblea doméstica, cuando regresen a sus casas. Se la enviarán las Visitadoras. Esas Asambleas son algo de extrema importancia que repercutirá hasta la Asamblea General y afectará a la revisión de las Constituciones. Hasta ahora, se les ha pedido su parecer personal… sus sugerencias. Ahora lo que digan, va a constituirse en voz, va a pesar en la decisión final. Es grave. No se trata de decir cualquier ligereza. Si lo que digan ustedes se vota en su casa, llegará a la Asamblea Provincial, porque la Asamblea Provincial no puede eliminar ningún postulado. Estará obligada a presentar todo lo que hayan pedido. Y si en la Asamblea Provincial se vota por mayoría absoluta, va a subir hasta la Asamblea General. Tampoco la Asamblea General puede eliminar ningún postulado que llegue de las Asambleas Provinciales. Y si la Asamblea General lo vota, pasará a las Constituciones. Ya se dan cuenta de cuál es su responsabilidad, que empieza con la elección de las delegadas y sigue con la presentación de postulados.

Por lo que se refiere a su Asamblea Doméstica, voy a decirles unas simples palabras acerca del espíritu con que deben celebrarla.

Lo primero es estar presente. He oído a una Hermana que decía: «Yo, bien podría dispensarme de asistir». Pues sí, hay que asistir, estar presente en su Asamblea doméstica. Es un deber. Si hay un caso de fuerza mayor, ya lo juzgará su Hermana Sirviente o su Visitadora. Pero deben, tienen el deber de conciencia de estar presentes, personalmente, en su Asamblea doméstica.

Tienen, en segundo lugar, el deber de estar presentes, no sólo de cuerpo sino con su espíritu, es decir, de aportar su opinión personal, de pensar en lo que deben decir, lo que deben presentar. ¿Y presentado cómo? No con intención de que su opinión prevalezca. Una preparación espiritual para las Hermanas con miras a la Asamblea doméstica es muy importante: llevar a ella un espíritu de humildad, de sencillez, de caridad.

Necesitarán la sencillez para decir lo que piensan; a veces, necesitarán valor para decirlo, sencillamente, ante Dios, porque las Compañeras tienen derecho a que se les diga la verdad; no todo lo que se les pase por la imaginación, con más o menos fantasía… Es algo más serio. Lo que puede llegar a la Asamblea General hay que reflexionarlo en la oración. No es sino en la oración donde se puede ver lo que se ha de decir. Necesitan también una gran sencillez para votar. No es difícil porque las votaciones serán secretas. Será decir sencillamente su parecer: sí o no.

Segundo: humildad. No hay que presentar la propia opinión como seguras de que es la mejor del mundo. No hay, tampoco, que dejar de escuchar la opinión de la otra. Hay que estar en esa actitud interior de humildad, que hace pensar que podemos equivocarnos y que son los demás los que tienen razón. Escuchen con ese espíritu de humildad lo que cada una dice, para poder llegar así a reformar su propia opinión y a votar según su conciencia. Pero en toda humildad. Sólo la humildad puede conducirnos a la verdad. El orgullo, al contrario, nos ciega; no nos deja ver más que a nosotros mismos y nuestro prppio pensamiento; no se comprende ya a los demás. Es muy grave.

En espíritu de caridad. Es amor a Dios, amor a la Comunidad, amor a las Compañeras; lo único que las mantendrá en ese espíritu de disponibilidad, de receptividad interior y exterior para llevar a cabo ese gran aspecto que es la Asamblea doméstica.

Les ruego a ustedes que están aquí y que me han escuchado, que acaban de hacer sus Ejercicios en la Casa Madre, aporten a sus Asambleas domésticas, y díganlo a sus Compañeras, toda la seriedad que les corresponde. No es un intercambio comunitario cualquiera, en el que cada una habla al hilo de su pensamiento y ocurrencias. Es un acto canónico importante; un acto importante de la Compañía. Durante la Asamblea doméstica no se puede interrumpir a la que habla y saltar: «No, no, de ninguna manera; se equivoca usted». Para tomar la palabra, en la Asamblea Doméstica, hay que levantar la mano para pedirla, y la Hermana Sirviente la concede sucesivamente. Esos pequeños detalles ponen una gran diferencia entre los intercambios que se hacen sin organización previa y en los que no se compromete nada, y una Asamblea doméstica. En un intercambio, se busca a Dios juntas, pero no se compromete el porvenir. Y una Asamblea Doméstica es un acto canónico muy serio e importante.

Les pido insistentemente, 1.° que ustedes hagan lo que tienen que hacer; 2.° que recen y ofrezcan por esta misma intención. Entramos, en este momento, en un período que debe ser un período de oración, de súplica y de ofrecimiento por este acto tan importante de la Renovación de la Comunidad. Somos responsables de él ante Dios; lo que se concreta en la revisión de las Constituciones, como nos lo ha impuesto la Iglesia; pero somos también responsables ante Dios, ustedes y yo, ustedes conmigo y yo con ustedes, responsables de hacer que la Compañía sea lo que tiene que ser; sirviéndonos de la expresión de Su Santidad Pablo VI: «que se haga capaz de hacer verdaderamente a Dios presente en el mundo de los Pobres». Ese es el fondo mismo de la vocación. Ser presencia de Cristo entre los Pobres. A eso es a lo que debemos llegar. Y para ser presencia de Cristo entre los Pobres, tenemos, lo primero, que estar nosotras interiormente, personalmente, verdaderamente, penetradas de Cristo; esa es la meta de la Renovación que emprendemos. Las Constituciones deben ser tales que hagan eso posible radicalmente, visiblemente.

Cuento con la oración y el ofrecimiento de todas las Hijas de la Caridad. Debo añadir que nunca me faltan. Cuando hago uno de mis pequeños viajes como el que acabo de hacer, me doy cuenta, por todas partes, del gran potencial de oraciones que representa la Comunidad. Eso es, verdaderamente, lo que infunde fortaleza y esperanza.

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