Sor María Ana y sor Odile, mártires de la Fe

Francisco Javier Fernández ChentoMaría Ana Vaillot y Odilia BaumgartenLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Sor Lucía Rogé, H.C. · Año publicación original: 1983 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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El domingo 19 de enero de 1794, las tres Hermanas que acababan de ser arrestadas: Sor Taillade, Hermana Sirviente; Sor María Ana, y Sor Odile fueron trasladas a un antiguo convento transformado en cárcel, donde prisioneros yacían amontonados, en un estado de extrema suciedad y miseria.

Dos días más tarde fueron a buscar a Sor Taillade para trasladarla a otro convento. No quiso abandonar a sus Hermanas y para convencerla la engañaron asegurándole que retenían a las otras dos por falta de un simple requisito, pero que no tardarían en seguirla. Un breve manuscrito (conservado en la comunidad) explica la verdadera razón de esta separa­ción tan dolorosa: «Se había decidido sacrificarlas (a Sor María Ana y a Sor Odile), pensando así impresionar a la Superiora y a las demás que, hasta entonces, habían rehusado persistentemente prestar juramento».

La elección de los conventos adonde se condujo a las Hermanas no era fruto del azar; tanto las Religiosas del Buen Pastor como las de los Pe­nitentes habían prestado juramento unos días antes, se confiaba, por ello que su ejemplo arrastraría a las Hijas de la Caridad. Se esperó unos días, pero al no someterse las Hermanas, se pasó a ejecutar las amenazas tantas veces repetidas.

El interrogatorio

Ocho días justos después de su arresto, el 28 de enero, Sor María Ana y Sor Odile comparecían ante su juez, el comisario Vacheron, y su ayudan­te Brémaud. Nuestras dos Hermanas fueron las últimas en comparecer ante ellos, les tocó hacia las 2 de la tarde. Sus interrogatorios llevan los números 32 y 33 en el proceso verbal.

Después de que han pasado los demás detenidos, le corresponde el turno a Sor María Ana, a quien se le pregunta: —«¿De dónde eres? ¿Por qué estás aquí? —No sé, a no ser que sea por haber rehusado prestar juramento. –.¿Por qué no has querido prestarlo? —Mi conciencia no me lo permite. He hecho el sacrificio de dejar a mis padres desde muy joven para venir a servir a los pobres; he hecho el sacrificio de quitarme mi uni­forme y hasta el de llevar la escarapela nacional». Ante esta última frase, Vacheron se dejó llevar de un acceso de cólera tal, que la Hermana sólo pudo responderle: «Haga Vd. conmigo lo que quiera»; se enfureció de nuevo y dijo a Brenaud: «Se hará con ella lo que se quiera». Hizo que un gen­darme le quitase la escarapela nacional y añadió: «¿Es que no sabes que se castiga con la muerte a los refractarios a la ley?» A lo que ella dio la misma respuesta. Se hizo entrar a Sor Odile a quien hicieron idéntica pregunta. Vacheron dijo a Brémond: «Da lectura al interrogatorio de su Hermana». Pero éste no lo hizo. Vacheron se contentó con decirle: «¿Tú no tienes otra respuesta? —»No, dijo ella, si no es que mi conciencia no me permite hacer el juramento. —Escribe, dijo Vacheron: «La misma respuesta que su Hermana» y mandó que le quitasen su escarapela tricolor. Este emotivo diálogo entre los jueces y nuestras Hermanas está sacado de las declaraciones de tres Religiosas del Buen Pastor, testigos de los interroga­torios. Las Religiosas prestaron esta declaración ante el segundo comité revolucionario, en noviembre de 1794, en los momentos en que la reacción que siguió a la caída de Robespierre hizo que se procesase a los inicuos jueces del Terror.

Abramos ahora el registro que contiene los «expedientes de las personas condenadas a ser fusiladas», registro que se conserva en los archivos.

A la cabeza del cuaderno manuscrito de ocho páginas i folio leemos: «Prisión llamada del Buen Pastor, municipio de Angers, sesión del 9 llu­vioso, año segundo de la República una e indivisible. Consecuentemente a la resolución tomada por la comisión militar reunida en Angers en el día de la fecha, por la cual se ha dicho que Vacheron, uno de sus miem­bros, acompañado del ciudadano Brémond, se presentase en las dichas pri siones para interrogar a las personas que allí están detenidas; llegando allí comenzó su trabajo.

Si pasamos algunos páginas, en la cuarta encontramos lo siguiente que es lo que ahora nos interesa:

«María Ana Vaillot, de sesenta años de edad, natural de Fontainebleau, Hija de la Caridad del Hospital de St. Juan de Angers, donde residía y donde fue arrestada el domingo (según la antigua nomeclatura) hace ocho días por unos ciudadanos, ha dicho que el motivo de su arresto fue el no haber prestado el juramente y no querer prestarlo, no teme nada de lo que puedan hacerle; en sus respuestas se reconoce fácilmente que es una fanática y rebelde a las leyes de su país; no ha oído nunca la Misa de un sacerdote juramentado».

Odile Bangard (sic), de cuarenta y tres años de edad, natural de Gon­drechange (sic) en Lorena, Hija de la Caridad del Hospital de S. Juan de Angers, donde residía y donde fue arrestada, el domingo (estilo esclavo) hace ocho días, por unos ciudadanos, ha dicho que el motivo de su arresto fue el no haber prestado el juramento, no quiere prestarlo, no teme nada de lo que puedan hacerle; en sus respuestas se reconoce fácilmente que es una fanática y rebelde a las leyes de su país».

Y porque los ciudadanos administradores de la Casa nos han asegurado que no había ya nadie más a quien interrogar, hemos cerrado aquí nuestro proceso verbal hace dos horas. Vacheron ha firmado junto con Brémond su secretario: Brémond, Vacheron».

En el margen, enfrente de estos párrafos que corresponden a los dos interrogatorios, se lee 32 y 33, acompañados de una cruz y, debajo de estos números, en medio del margen, una f minúscula; esta bastaba para indicar que habían de ser fusiladas.

Queremos hacer notar que la guillotina era el medio de ejecutar a la gente acomodada; en efecto, este tipo de condena llevaba consigo la confiscación de los bienes del condenado, lo que permitía pagar los emo­lumentos, bastante elevados, del verdugo y sus ayudantes, Nuestras Herma­nas fueron ejecutadas como los pobres.

¡Que emotiva resulta esta página amarillenta del viejo cuaderno, cubierta con la fina escritura del secretario de la República! Se sienten deseos de besar este papel, porque es el acta del martirio de nuestras dos Hermanas. Y resulta dulce y consolador ver como aparecen en ella con su verdadero nombre, su título de gloria: Hijas de la Caridad, que el escribano ha con­servado pese a ser tan enemigo del «viejo estilo».

El motivo de su condena es evidentemente el de los mártires de la fe; se las condenó por haberse negado a prestar el juramento, por no haber asistido a la Misa celebrada por los sacerdotes constitucionales, y por .su voluntad, bien expresa, de preferir morir con cualquier género de suplicio antes que hacer nada en contra de su conciencia.

¡Qué sencillas y conmovedoras son las dos pobres víctimas en su heroica firmeza! Sor María Ana, tan firme y tan valiente en sus respuestas que Vacheron se asombra y exclama: «¿Es que no sabes que se castiga con la muerte a las refractarias?», acaba al fin por perder la serenidad ante este loco furioso y sobre todo al sentir que la toca su mano brutal para arrancar la escarapela de su toca, emocionada, sí, pero no desarmada, repite su ani­moso propósito de no ceder en modo alguno, diciendo: «¡Puede hacer de mí lo que quiera!».

Sor Odile pasa, por así decir, por el surco que le traza Sor María Ana; se la condena simplemente «como a su Hermana», pero no sin que haya afirmado también’ personalmente que su conciencia no le permitía prestar el juramento.

El arresto de nuestras dos Hermanas había sido ilegal. Vacheron lo sabe tan bien que hace notar que fueron arrestadas por unos «ciudadanos» sin precisar más. Su ejecución no fue menos contraria a todas las normas de la justicia.

Hemos visto, que la terrible letra f las señalaba para morir, pero esto por el solo hecho de que así lo ha decidido Vacheron, porque no se en­cuentran ni rastros de un juicio regular ante una comisión militar, de la que solo estuvo presente un delegado en uno de los interrogatorios.

La muerte heroica

Los detenidos, después del interrogatorio, fueron conducidos de nuevo a la prisión sin, que, fueran informados de la decisión de los jueces. Así pasaron dos días en una incertidumbre que, sin embargo, apenas si dejaba lugar a la esperanza.

Una joven muy abnegada, empleada del hospital, la señorita Marta vi­sitaba a nuestras Hermanas en su prisión y nos ha conservado el relate siguiente:

«El viernes, Sor María Ana dijo: «Me parece que moriremos mañana y que yo, en la primera descarga, quedaré solamente herida» —»Sí, dijo Sor Odile, pero yo caeré raide morte atravesada por varias balas». Así el Se­ñor previno y fortificó El mismo a sus mártires antes del combate.

El sábado 1 de febrero, amaneció nublado. Para nuestras Hermanas esta fecha era un aniversario muy querido; en el Hospital de San Juan sabían muy bien que en este dí’a en 1640 la Señorita había garantizado la funda­ción firmando el convenio oficial. Y para las generaciones futuras esta fecha iba a ser doblemente bendita al convertirse en la del martirio de nuestras Hermanas.

El Viacrucis

La mañana del 1 de febrero se presentó el comisario en la prisión con una lista en la mano y empezó a llamar a las víctimas. Algunas trataron de ocultarse para escapar a la muerte. ¡Que escena tan llena de horror este llamamiento y esta caza endiablada de las víctimas!

Otro espectáculo no menos atroz esperaba a los desgraciados prisio­neros. En la fría mañana de este lluvioso día descubrieron un largo con voy de más de 200 personas, mujeres en su mayoría, atadas de dos en dos a una cuerda central. Custodiadas por gendarmes y cazadores a caballo los prisioneros avanzan penosamente por la estrecha calle. Cortando el convoy van unas carretas cargadas con los que ya no pueden seguir andando; los amontonan, dicen los testigos, como llenarían los bolsillos con granos de trigo, y se suben encima de ellos para meter más aún. Pusieron abajo a los más enfermos que llegaron muertos. Las cabezas de aquellos desgraciados colgaban de las carretas, y casi arrastraban por el suelo, tenían los ojos enrojecidos y gritaban: «Mátennos».

Sor Odile, al ver la cadena (el convoy de prisioneros encadenados) inicie un movimiento de retroceso. «La dulce Sor Odile, dice nuestro cuadernito pareció, un poco turbada, a la vista de los preparativos y temió que le faltase el valor, pero al salir de la prisión, apoyándose en el brazo de. Sor María Ana, porque las dos estaban atadas a la misma cuerda, sacó de la firmeza de esta noble amiga, una fortaleza de alma que desvaneció en adelante todo temor.

Los condenados avanzaban en medio de sus verdugos, es decir de fila: de soldados armados de fusiles, recitando salmos y cánticos religiosos. La iniciativa de estas oraciones debió partir de nuestras Hermanas. «Ellas se animaban y fortalecían mutuamente y animaban y fortalecían también a todas las que estaban condenadas a morir con ellas por Jesucristo».

Por otra parte, el cuadernito hace notar: «Se miraban una a otra con piadoso y tierno afecto y hubo testigos que, a lo largo del camino, oyeron escaparse de los labios de estas dos conmovedoras víctimas estas palabras repetidas varias veces y que no iban acompañadas por lágrimas ni entre­cortadas por sollozos: «nos está destinada una corona, no la perdamos hoy».

Después, Sor María Ana reaseguró una vez más a su compañera que ella sería la primera víctima y que moriría a la primera descarga». Los hechos confirmaron estas palabras y el valor de las Hermanas sostuvo el de los demás mártires.

Las Hermanas repetían a sus compañeras más próximas: «Un esfuerzo más y la victoria será nuestra». Volviéndose hacia María, las demás conde­nadas le dicen: «Virgen, pongo mi confianza en tu socorro». Y así, al com­pás de los salmos y otros cánticos religiosos se efectuó el largo recorrido de tres kilómetros hasta el lugar de la ejecución.

El episodio del rosario

Un incidente dramático, cuyo recuerdo ha sido conservado fielmente por la tradición, detuvo la cadena durante algunos minutos.

… «A Sor Odile se le cayó el rosario. Probablemente lo llevaba debajo de su vestido, porque de otra manera no se hubiese tolerado tal objeto. Al querer recogerlo, la pobre Hermana puso la mano sobre una piedra y uno de los verdugos, aproximándose, se la aplastó con un golpe de su fusil. Ana mujer del pueblo, que conocía el Hospicio y que había seguido a los con­denados perdida entre la muchedumbre, recogió el rosario, que más tarde cuando se restableció la paz, devolvió al Hospicio». Tal reza, con sobria concisión, el texto del cuadernito manuscrito.

¡Como debió temblar Sor María Ana durante esos angustiosos minutos, temiendo ver a Sor Odile arrojada a una de aquellas horribles carretas, como le sucedió a una de las mujeres que cayó desvanecida en un surco y fue arrojada sobre las demás enfermas como un paquete de ropa sucia!

La animosa insistencia de Sor María Ana salvó a Sor Odile, pero ¿en medio de cuántas crisis, injurias y, blasfemias transcurrió esta escena?

El grueso saliente de piedra sobre el qué quedó aplastada la mano de la Hermana permaneció mucho tiempo al borde del camino. Se cuenta que nuestras antepasadas en sus peregrinaciones se detenían unos instantes allí para hacer una breve meditación. Dediquemos nosotras también un recuerdo agradecido a esta valerosa mujer que salvó.her6icarriente el rosario de las profanaciones de los perseguidores y nos conservó la preciosa reliquia, teñida por la sangre de nuestra mártir.

La ejecución

Unos metros más y el convoy, que ha reemprendido la marcha llega a una pequeña explanada. Las víctimas, caminando en una atmósfera de odio, penetran en el cercado de la Haie aux Bons hommes. Los gastadores habían preparado las fosas la víspera de la ejecución; arrojando con palas la tierra, formando alud, en torno a los agujeros que excavaban y que se iban alineando regularmente, ya que los instrumentos de trabajo eran guiados por los surcos del campo que descendía por la pendiente que había a lo largo del muro del cercado. Como esta ejecución del 1 de febrero era ya la séptima, para llegar a las fosas destinadas a las víctimas había que desfilar ante las tumbas de los que habían fusilado precedentemente y que apenas estaban recubiertas por un poco de tierra.

Nuestras Hermanas penetraron, pues, en el cercado «La vista de la fosa que les esperaba no les hizo retroceder con espanto y sus lamentaciones no se mezclaron al grito de horror que se elevó de todos los pechos 2 la vez. En este momento es cuando Sor Marfa Ana entonó con voz firme las letanías de la Santísima Virgen: Santa María, ruega por nosotros; Puerta del Cielo, ruega por nosotros. La multitud de condenados repetía las supremas invocaciones; se hubiera dicho que se trataba de una piadosa ­procesión.

Esta escena fue tan conmovedora que uno de los revolucionarios, de los más furiosos e impíos de Angers, no pudo presenciarla sin enternecerse y sentir remordimiento: «Duele ver morir a mujeres como éstas», dijo, 3 se retiró. ‘Conocemos este hecho por la declaración de la buenísima Seño rata Marta.

El trágico grupo se alineó a lo largo de las fosas. Sea que nuestra! Hermanas fuesen al final del convoy, sea que estuviesen en cabeza de mismo, no habían sido reconocidas más que por un pequeño grupo. Al des cubrirlas atadas juntas, tan sencillas, tan recogidas en su fervorosa oración, las demás víctimas, en un impulso de conmovida emoción, exclamaron

«unas Hermanas, unas Hermanas del Hospital, también ellas, no :es po­sible, no deben morir como nosotros» y se elevó un clamor repetido por todos: «Gracia para las Hermanas».

El viejo manuscrito cuenta la asombrosa escena que siguió:

«Los asesinos se sorprendieron y sus manos homicidas quedaron para­lizadas. Su odio cedió el paso a la admiración. Quedaron como subyugados por el ascendiente de la virtud y del valor, y sintieron como un llamamiento a su dignidad de hombres. Incluso el terror parece haber desaparecido de las tupidas filas de las 398 víctimas que, alineadas en orden de batalla cerca de la enorme fosa se aúnan a morir cristianamente a ejemplo de María Ana y de Odile cuyos nombres se repiten con fervor y con amor.

El comandante (el terrible Ménard, sin duda, que mandaba todas las ejecuciones) no aguanta más. Avanza hacia nuestras dos heroínas para salvarlas, la piedad ha penetrado en su corazón junto con una admiración profunda. A su vez se hace un silencio desconocido hasta entonces.

Ciudadanas, les dice, aún estáis a tiempo de escapar de la muerte que os amenaza; habéis prestado servicio a la humanidad; ¡cómo! ¿querríais dar vuestra vida por un juramento que se os pide, dejando así de hacer las buenas obras que siempre habéis hecho? Que no sea así. Volved a vuestra Casa, continuad prestando los servicios que prestabais, no hagáis el juramento puesto que os repugna y os contraría, yo me comprometo a decir que lo habéis hecho y os doy mi palabra de que- no se os hará nada así como a .vuestras compañeras.

;Cuántas de las víctimas, continúa el antiguo texto, ante este lenguaje que no carece de valor ni de nobleza, no se hubiesen aferrado a la, vida? Pero las mujeres de entonces v en particular las Religiosas tenían una admirable delicadeza de conciencia que hoy apenas podemos sospechar.

Ciudadano, respondió Maria Ana, no solamente no queremos hacer el juramento de que habláis, es que ni siquiera queremos que se crea que lo hemos hecho.

Esta respuesta desconcertó al comandante, quien, por otra parte, a impulsos del propio miedo temía haber sido demasiado misericordioso. En efecto, el grupo de la comisión militar caracoleaba con sus caballos en torno suyo. Insistir era comprometerse. Prefirió. , como Pilatos, pronunciarse y actuar en contra de su conciencia. Y dio orden de tirar.

Los grupos se sucedían ante el pelotón de ejecución, los cánticos piado­sos proseguían, pero poco a poco perdían fuerza va que iba, disminuyendo el número de voces. Los, cuerpos caían en las fosas, otros, agonizaban en el borde v. trataban de levantarse de nuevo; se, oían gritos y lamentaciones. La ejecución, a cargo de veinte personas, se prolongaba. Parece que nues­tras Hermanas se encontraron entre las últimas víctimas.

Sor María Ana no cayó a la primera descarga, únicamente se rompió un brazo: con eI otro sostenía a Sor Odile, inanimada y sangrando. Como San Esteban, oraba por: sus perseguidores: ¡Dios mío, no saben lo que hacen!, decía. Por orden de los representantes de la ley y en su presencia se despojaba inmediatamente a los cadáveres de sus ropas y de todo lo que llevaban de algún valor: relojes, cadenas de oro, sortijas, monedas. etc.

En el momento del saqueo, cuenta uno de los testigos, un oficial, pro­bablemente el que había tratado de salvar a nuestras Hermanas, cogió él mismo, el cuello ensangrentado de Sor María Ana y se lo llevó como una reliquia. Ninguno de los verdugos se atrevió a hacerle ningún reproche. Incluso se cuenta que contestó a uno de ellos que quería saber lo que pre­tendía hacer con esos girones del traje: «Son para mí, y ni 300 libras me tentarían para dejarlos».

Y mientras los verdugos se marchaban, orgullosos de haber exterminado a tantos bandidos y el grupito de amigos de las víctimas se alejaba también, el profundo silencio y la inmensa paz del Cielo descendía sobre el Campo de los Mártires.

Hay entre vosotras, mis queridas Hermanas, lo sé muy bien, algunas que, por la gracia de Dios, aman tanto su vocación que se liarían crucificar, desgarrar y cortar en mil pedazos antes que sufrir algo en contra de ella.

Su mensaje para hoy

Han transcurrido casi dos siglos desde que fueron martirizadas, Sor María Ana y Sor Otilia, pero el mensaje que nos dirigen es de una singular actualidad. Juntas, podemos descubrir en él una luz y un apoyo para nues­tra vida de Hijas de la Caridad, hoy.

San Vicente siempre pensó que, como Hijas de la Caridad, nuestra en­trega a Dios debía llegar hasta la de la vida. Y así le vemos proponer a las primeras Hermanas que no descarten de su pensamiento el martirio como testimonio que se da de Cristo y de su doctrina hasta el sacrificio total. Al enviar a cuatro Hermanas a ‘Caíais para sustituir a las que allí acaban de morir, San Vicente les dijo, el 4 de agosto de 1658:

«Vais al martirio, si a Dios le place disponer de vosotras.»

Para ellas se trataba de ponerse enteramente en manos de Dios, sin de­tenerse a pensar en las consecuencias de su fidelidad a las llamadas recibi­das de El.

Penetradas de esta doctrina, Sor María Ana y Sor Otilia se muestran tan firmes en la Fe que sus perseguidores —Vacheron, Brémaud— se ven, no sin furor, impotentes para hacerlas renunciar a ella. Hasta el final de su vida, demostrarán con su actitud su fidelidad a Cristo y a la Iglesia. Alimentadas con el Evangelio, que leen y meditan sin cesar, habrán de vivir en sus horas de cárcel el texto mismo de San Lucas:

«… os meterán en prisión, os conducirán ante los reyes y gobernado­res por amor de mi nombre. Será para vosotros ocasión de dar tes­timonio» (Lc. 21, 12-13).

Es fácil descubrir en el sobrio relato del interrogatorio, que las Her­manas no habían preparado nada para su defensa:

«Haced propósito de no preocuparos de vuestra defensa» (Lc. 21, 11).

El único argumento que, una y otra, presentan son los derechos de su conciencia.

Repasando las Actas de los mártires de Angers y pensando en lo que viven tantas de nuestras Hermanas a través del mundo, bueno es que entremos en sus mismos sentimientos de Fe y de confianza. Como lo recordaba el Santo Padre en Lourdes, el 14 de agosto de este año:

«Las persecuciones por la Fe son a veces semejantes a las que el Martirologio de la Iglesia tiene ya escritas en los pasados siglos. Toman diversas formas de discriminación de los creyentes y de toda la comunidad de la Iglesia. Esas formas de discriminación se aplican, a veces, al mismo tiempo que se insiste en reconocer el derecho a la libertad religiosa, a la libertad de conciencia…

«Existen hoy centenares y centenares de testigos de la Fe…»

Y puede llegar nuestro turno. Basta con repasar los casos que el Papa evoca en ese discurso. ¿Estamos íntimamente persuadidas de que el mar­tirio forma parte de la vida de la Iglesia que «nació en la Cruz de Cristo y creció en medio de las persecuciones» (J. P. II, 14-8-83).

La persecución se desencadena a partir del rechazo a transgredir un mandamiento o a negar la Palabra de Dios y la Revelación, en su totalidad o en parte… También surge la persecución ante la adhesión firme a un dogma que los perseguidores rechazan. Podíamos nosotras, en comunidad, ilustrar con ejemplos esas causas de persecución y buscar en ellas un po­deroso dinamismo para desarrollar nuestra Fe.

«No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, y no pueden matar el alma» (Mt. 10, 28).

Estas palabras, el Señor las firmó con su Sangre, y con toda humildad y sencillez Sor María Ana y Sor Otilia siguieron sus huellas. Su esperanza permanece intacta y sostiene su penoso caminar a lo largo de los tres kilómetros de su última marcha, «por un camino estrecho, pedregoso, poco transitable en cualquier estación» (Monseñor Montault, 17-3-1817). La amplia carretera asfaltada de hoy no debe llamarnos a engaño: la prueba de aquel largo caminar fue tremendamente dura bajo todos los aspectos. No es de extrañar que Sor Otilia se sintiera desfallecer. Las palabras de aliento de Sor María Ana —en el lenguaje de la época—: «tenemos casi a la mano esta corona, no la dejemos escapar, unos instantes más, y será nuestra», revelan hasta qué punto estaban sus corazones impregnados del Evangelio:

«Con vuestra paciencia compraréis (la salvación de) vuestras almas» Lc 21, 19).

Saben también que:

«… si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, quedará sólo; pero si muere llevará mucho fruto» (Jn. 12, 24).

El Concilio Vaticano II recuerda a la Iglesia de nuestro tiempo —en L.G., 42— que, como cristianos, estamos llamados, a dar este supremo testimonio de amor entre todos».

Hay un vínculo interno entre la fecundidad espiritual, el dinamismo de la Iglesia y el martirio.

Ese «testimonio de amor delante de todos», quisieron darlo Sor María Ana y Sor Otilia al rechazar taparse el rostro con un velo que les ofrecían: se sentían orgullosas de morir por Cristo y deseosas de que toda la ciudad «contemplase y supiese cómo se muere por la Fe». Era la fuerza victo­riosa del Espíritu de Jesucristo la que obraba en ellas y la que nos per­mite descubrir también los frutos de una vida teologal vivida habitual­mente, de una vivencia mística de unión con Jesucristo. Sin duda habían meditado profundamente la circular en que la Madre Dubois decía a las Hermanas:

«la santificación depende también de nuestra constante fidelidad en cumplir el doble voto del servicio espiritual y corporal a los pobres confiados a nuestros cuidados, en cuyas personas hemos de ver la de Jesucristo.»

Estar en relación constante con Jesucristo les comunica una confianza extraordinaria. Están seguras del poder de Dios con Quien no han cesado de estar en comunión.

La espiritualidad de Sor María Ana y Sor Otilia abre ante nosotras pers­pectivas todavía válidas para la Iglesia y para nuestra vida de Hijas de la Caridad dentro de esa Iglesia. La Fe es siempre la causa del martirio, ¿es necesario recordar a Mons. Romero? El también habló en pie, con el rostro descubierto. Anunciaba la Palabra de Dios y sus exigencias. No es cuestión de que nos limitemos a limpiar un poco el polvo que en estos ciento noventa años haya podido depositarse sobre Sor María Ana y Sor Otilia, como imágenes de un pasado de la Compañía… De lo que se trata es de que nos interroguemos: ¿Por qué pone el Señor, ahora, sus vidas ante nuestros ojos? ¿No será acaso para que nos «despertemos»?

¿Qué profesión de Fe vivimos? ¿Son para nosotras las Bienaventuranzas una fuente de Esperanza escatológica?

«Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan…» (Mt. 5, 11).

¿Tendemos hacia su realización en nosotras y en torno nuestro? ¿Nos atre­vemos a «anunciar»? ¿Anunciar la Buena Noticia del Amor y de la fide­lidad de Dios en un mundo en el que triunfan la injusticia, el odio, la violencia? Corno Sor María Ana y Sor Otilia, ¿tenemos el valor de rechazar las componendas? —»No sólo no queremos prestar el juramento, sino que tampoco queremos que parezca que lo hemos prestado»— dicen. ¿Nuestro amor fraterno se convierte en apoyo, fortaleza, sostén inquebrantable en las pruebas que compartimos?

Esta actitud de confianza inalterable se apoya también en la inter­cesión de la Reina de los Mártires. La tradición refiere que después del canto de los Salmos y de las Letanías de la Virgen, las Hermanas em­pezaron la vieja tonada: «Pongo mi confianza, Virgen, en tu socorro…». ¿Cómo dudar de que su única Madre las haya sostenido en esos momentos decisivos en que

«Nadie tiene amor mayor que el de dar la vida por sus amigos?» (Lc. 15, 13).

Sor María Ana y Sor Otilia realizaron el mayor acto de amor siguiendo a Cristo hasta el sacrificio voluntario de su vida. Como San Vicente lo quería, «reprodujeron de una manera natural la vida de Cristo».

El 15 de mayo pasado, decía el Santo Padre:

«Cuando la Iglesia propone un modelo de vida a los fieles, lo hace teniendo en cuenta las necesidades particulares de la época en que hace tal proclamación.»

Nos sentimos doblemente aludidas, como cristianas y como Hijas de la Caridad. Propongámonos meditar la vida de Sor María Ana Vaillot y de Sor Odile Baumgarten: vida de siervas de Jesucristo en los Pobres, de hijas de la Iglesia, de hermanas que «se aman entre sí» y Se sostienen mutuamente.

Con toda humildad, en proporción a nuestras fuerzas y a nuestras circunstancias, tratemos de imitarlas.

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